| Echinopsis cuzcoensis. Ichupampa y Chuvey, Perú. Foto de Fabio Olmos |
En los alrededores de Cusco, a
más de tres mil metros de altitud, el paisaje no se ajusta del todo a la postal
tropical que muchos esperan de Perú. Hay laderas secas, cielos de una claridad
casi excesiva, noches frías y una vegetación que ha aprendido a administrar el
agua con la meticulosidad de un contable. Allí, como en otros lugares de los
Andes peruanos, crece Echinopsis cuzcoensis, un cactus columnar de
presencia formidable: no es una planta que se deje confundir con un adorno de
ventana.
Puede alcanzar cinco o seis
metros de altura y ramificarse en varios troncos que se abren ligeramente hacia
los lados. De lejos parece un pequeño bosque de columnas verdes; de cerca
revela su temperamento. Sus tallos, cilíndricos y provistos por lo común de
siete u ocho costillas bajas y redondeadas, llevan areolas bastante próximas.
De cada una salen numerosas espinas rígidas, muy robustas y ensanchadas en la
base, capaces de medir hasta siete centímetros. No es difícil imaginar que un
rebaño hambriento, o una persona con una mala idea, prefiera buscar alimento en
otra parte.
La
especie fue descrita en 1920 por los botánicos estadounidenses Nathaniel Lord
Britton y Joseph Nelson Rose con el nombre de Trichocereus cuzcoensis,
en el segundo volumen de su monumental obra The Cactaceae. Ese sigue
siendo el nombre más usado entre coleccionistas y viveristas. Sin embargo, la
clasificación aceptada por el real Jardín Botánico de Kew lo incluye en el
género Echinopsis, como Echinopsis cuzcoensis; de ahí esta doble
denominación que puede desconcertar al aficionado. Kew
acepta actualmente Echinopsis cuzcoensis y registra Trichocereus
cuzcoensis como sinónimo.
El nombre genérico procede del
griego: echînos, erizo, y ópsis, aspecto. Es decir, algo así como
«de aspecto de erizo», una definición bastante justa para muchos de sus
parientes espinosos. El epíteto cuzcoensis alude, naturalmente, a Cusco,
la región peruana de la que procede. Su área natural se concentra en los Andes
del sur de Perú, entre unos 3.100 y 3.600 metros de altitud, en ambientes de
matorral seco y paisajes casi desérticos.
Hay una interesante
contradicción en esta planta. Su cuerpo es una maquinaria de supervivencia:
tallos suculentos que almacenan agua, cutícula resistente, superficie
relativamente reducida y espinas que sombrean y protegen. Pero cuando llega el
momento de florecer abandona toda sobriedad. Produce flores blancas, grandes,
en forma de embudo y de unos 12 a 14 centímetros de longitud. Son aromáticas y
pueden permanecer abiertas tanto de noche como durante la mañana, una
estrategia que amplía el turno de los posibles polinizadores. La planta que
durante meses parece empeñada en no llamar la atención se permite entonces una
floración espectacular.
A primera vista puede recordar
al llamado cactus de San Pedro, Echinopsis pachanoi, otro cacto andino
de tallos columnares y flores blancas. Conviene, sin embargo, no mezclarlos
alegremente. Echinopsis cuzcoensis suele presentar unas espinas mucho
más fuertes, largas y amenazadoras, mientras que el San Pedro típico es más
liso y de espinas mucho menores. Además, en los cactus columnares de los Andes
hay hibridaciones, variabilidad y una historia nomenclatural suficiente para
que dos especialistas puedan pasar una tarde entera discutiendo delante de una
maceta. Por esa razón, ni la forma del tallo ni un nombre comercial bastan para
atribuir usos, composición química o propiedades a una planta concreta.
En internet aparece a menudo
asociado, de manera bastante alegre, a los cactus usados tradicionalmente con
fines rituales o medicinales en los Andes. Es prudente separar la documentación
etnobotánica seria del entusiasmo comercial. No hay base para recomendar su
consumo ni para tratarlo como una planta medicinal doméstica; la identificación
de los cactus columnarios puede ser difícil y la ingestión de especies o
híbridos mal identificados es una mala práctica. En el jardín, la precaución
más inmediata es más prosaica: sus espinas producen heridas dolorosas y se
infectan con facilidad si se manipulan sin guantes adecuados.
Como ornamental tiene, en
cambio, méritos sobrados. En climas mediterráneos muy benignos puede cultivarse
al exterior, siempre que reciba mucho sol y disponga de un drenaje impecable.
En maceta conviene utilizar un sustrato mineral y muy aireado, regar con
moderación durante el crecimiento y mantenerlo casi seco en invierno. Lo que
tolera mal no es tanto el frío ocasional como la combinación de frío, humedad
persistente y raíces encharcadas: la receta clásica para que un cactus que
parecía indestructible se convierta en una papilla verde.
Se multiplica bien por semilla
y también mediante esquejes de tallo, que han de dejarse cicatrizar antes de
plantarlos. Pero quizá merece la pena resistir la tentación de convertirlo en
otro objeto de compra rápida. En su paisaje original, Echinopsis cuzcoensis
no es una extravagancia de colección: es una de las arquitecturas vegetales con
que los Andes secos resuelven el problema de vivir con poca agua, mucho sol y
noches que pueden ser heladoras.
La UICN lo ha evaluado como especie de «preocupación menor», aunque
esa etiqueta no convierte en inocua la extracción de ejemplares silvestres.
Como sucede con tantos cactus, lo sensato es elegir plantas propagadas en
vivero.