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jueves, 1 de enero de 2026

NAZARET, BELÉN Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN MESÍAS

Cuando el lugar importa más que el hecho: ¿Nació realmente Jesús en Belén?

Cada diciembre, cuando los belenes vuelven a ocupar aparadores, iglesias y salones familiares, un pueblo pequeño y obstinado reaparece en el centro del escenario: Belén. Un punto minúsculo en el mapa de Oriente Próximo que, desde hace dos mil años, carga con una afirmación rotunda: allí nació Jesús. El problema es que los propios Evangelios —los documentos fundacionales del cristianismo— no parecen ponerse del todo de acuerdo. Algunos cuentan la historia con lujo de detalles; otros pasan de largo como si el asunto no tuviera mayor importancia. Y eso, tratándose del nacimiento del personaje central, resulta llamativo.

Si uno lee el Nuevo Testamento con un mínimo de atención —y con menos fe de la habitual—, descubre que la pregunta “¿nació Jesús en Belén o en Nazaret?” no es un capricho moderno ni una provocación laica. Es una duda que late dentro de los propios textos.

Los Evangelios no son biografías en sentido moderno. No aspiran a la exactitud cronológica ni al detalle neutral. Son relatos teológicos escritos para convencer. Y, como ocurre siempre que hay una tesis previa, los hechos se ordenan, se ajustan o se silencian según convenga.

Mateo: Belén como punto de partida

En el Evangelio de Mateo, José y María ya están en Belén cuando nace Jesús. No hay viaje previo ni empadronamientos incómodos. La historia comienza con una escena eficaz desde el punto de vista narrativo: unos magos orientales, astrónomos o algo parecido, observan una estrella extraña y deducen que ha nacido un rey. No uno cualquiera, sino “el rey de los judíos”.

El detalle no es menor. En Jerusalén gobierna Herodes el Grande, un hombre con más paranoia que legitimidad dinástica. Cuando los magos preguntan por el recién nacido, Herodes no se alegra: calcula. Y decide matar.

La estrella conduce a los magos hasta una casa —no un establo— donde ofrecen oro, incienso y mirra. Regalos caros y simbólicos, más propios de una entronización que de un parto humilde. Advertido en sueños, José huye con su familia a Egipto. Después de la muerte de Herodes, regresan… pero no a Belén. Se instalan en Nazaret, casi como una solución secundaria, forzada por el miedo.

Mateo no improvisa. Cada paso está diseñado para encajar a Jesús en el molde del Mesías davídico, nacido en Belén, la ciudad del rey David, y perseguido, como Moisés, por un tirano asesino de niños.

Lucas: el viaje obligado

El Evangelio de Lucas cuenta otra historia. Aquí José y María viven en Galilea, en Nazaret. Belén no es el punto de partida, sino una escala obligatoria provocada por un decreto administrativo del emperador César Augusto. Un censo. El poder romano, una vez más, como motor involuntario de la historia sagrada.

Lucas explica que José, descendiente de David, debe empadronarse en Belén, “la ciudad de David”. Llegan tarde, encuentran todo lleno y el niño nace en un pesebre. No hay magos ni estrella. Hay pastores, avisados por ángeles, gente humilde y local. Tras ocho días, la familia presenta al niño en Jerusalén y regresa tranquilamente a Nazaret. Sin huidas, sin matanzas, sin Egipto.

Dos relatos, dos geografías emocionales, dos teologías distintas. Conciliarlos es prácticamente imposible sin forzar alguno de los textos.

Marcos y Juan: un silencio elocuente

El asunto se complica cuando entran en escena los otros dos Evangelios. El Evangelio de Marcos, el más antiguo, no dice una sola palabra sobre el nacimiento de Jesús. Empieza con un adulto que viene “de Nazaret de Galilea”. Así lo llaman todos. Nadie menciona Belén. Nadie parece necesitar hacerlo.

En Marcos, incluso cuando un ciego llama a Jesús “hijo de David”, la conexión con Belén no se explicita. Y eso resulta extraño, porque David era, precisamente, de Belén. El dato habría reforzado la identidad mesiánica sin coste narrativo.

El Evangelio de Juan tampoco se molesta en narrar un nacimiento. Para Juan, Jesús “desciende” más que nace. Galilea es su escenario natural. Allí predica, allí tiene familia, allí lo conocen. Juan incluso recoge una discusión entre judíos que recuerdan que el Mesías debería venir de Belén. Pero el texto no corrige la confusión. Jesús sigue siendo, para todos, el galileo.

¿Ignorancia o desinterés?

Ni Marcos ni Juan parecen interesados en Belén. Tampoco Pablo de Tarso, autor de los textos cristianos más antiguos, que afirma que Jesús desciende de David pero no menciona dónde nació. Ni siquiera el Apocalipsis, tan dado a las genealogías simbólicas, se acuerda de Belén.

Esto ha llevado a muchos historiadores a una conclusión incómoda: si Jesús nació en Belén, no fue un dato conocido ni relevante para los primeros cristianos. O no lo sabían. O no les importaba.

El bibliólogo John P. Meier lo formula con claridad: el nacimiento en Belén no es un hecho histórico comprobable, sino una afirmación teológica presentada en forma de relato. Otro investigador bíblico, Raymond E. Brown, va más allá y señala que los relatos de Mateo y Lucas no solo son distintos, sino directamente contradictorios en puntos clave.

Genealogía y poder

Para entender por qué Belén acaba siendo importante, conviene salir un momento del cristianismo y mirar alrededor. En el mundo grecorromano, las genealogías eran herramientas políticas. No servían para saber de dónde venía una enfermedad hereditaria, sino para legitimar el poder.

Alejandro Magno era hijo de Hércules. César Augusto descendía de Apolo. Fundadores míticos, héroes divinos, linajes gloriosos. No importaba tanto que fuera cierto como que funcionara. En la tradición judía, el Mesías debía pertenecer a la casa de David. Y David era de Belén. El profeta Miqueas lo había dejado por escrito siglos antes. 

Mateo y Lucas no inventan Belén por capricho: la necesitan. Al incluir Belén en el relato, conectan a Jesús con una genealogía reconocible, respetable y profética. La ciudad actúa como una palabra clave. Un certificado de autenticidad mesiánica.

Belén como idea

Probablemente, Jesús nació en Nazaret o en algún punto cercano de Galilea. Es lo que sugieren los Evangelios más antiguos y menos interesados en cumplir profecías al detalle. Belén, en cambio, funciona como una declaración de intenciones.

Belén no es tanto un lugar físico como un argumento. Una manera de decirle al lector: este hombre pertenece al linaje correcto. Tiene derecho a ser escuchado. Por eso Belén sigue apareciendo cada Navidad, en canciones, figuritas y sermones. No porque resuelva una cuestión histórica, sino porque resuelve una cuestión simbólica. Vincula a Jesús con un pasado glorioso y con una esperanza antigua.

Quizá la pregunta no sea dónde nació Jesús, sino por qué era tan importante decir que nació en Belén. Y la respuesta, como suele ocurrir, tiene menos que ver con la geografía que con el poder de las historias bien contadas.