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sábado, 10 de enero de 2026

DANONE: LECHE, CABRAS, BACTERIAS Y SULTANES

 

Blanco, prosaico y aparentemente inofensivo, promete mejorar la digestión mientras caduca con disciplina. Sin embargo, detrás de cada cucharada de yogur se esconden pastores anónimos, reyes enfermos, sultanes poderosos, microbios atareados y una larga cadena de casualidades. Esta es la historia de cómo la leche aprendió a estropearse mejor que nadie y terminó cambiando la dieta —y el vientre— de medio mundo.

Nadie recuerda su nombre, lo cual es una ventaja cuando se quiere pasar a la historia sin darse importancia. Érase que se era un pastor de Asia Central, que moviéndose sin parar de un lado a otro, llevaba la leche donde podía: en una bolsa cosida con el vientre de una cabra que colgada al costado de su borrico. El calor hizo lo que suele hacer el calor, y el traqueteo del camino se ocupó del resto.

 Cuando abrió la bolsa, la leche había decidido no seguir siendo leche. Olía raro, parecía sospechosa y, sin embargo, no mató a nadie. Al contrario: lo alimentó, aligeró su vientre y le permitió seguir andando con ánimos renovados. Fue un descubrimiento sin acta notarial, sin testigos y sin agradecimientos: el tipo de invento que mejora la vida y luego desaparece en el polvo del camino.

Mucho después, en un palacio francés lleno de tapices, médicos y diagnósticos inútiles, el vientre del rey Francisco I de Francia se rebeló con una obstinación impropia de la realeza. La medicina oficial fracasó y, gracias al buen hacer del embajador otomano, el auxilio llegó desde lejos, enviado por su aliado Suleimán el Magnífico: un médico y un cuenco de leche fermentada. El rey mejoró —o así se contó— y el yogur entró en Europa como entran las cosas importantes: disfrazado de remedio.

La propia palabra yogur delata su procedencia. Viene del turco yoğurt, derivado del verbo yoğurmak, que significa amasar, mezclar, trabajar con las manos. No alude a un alimento refinado ni a una receta codificada, sino a un proceso físico y doméstico: transformar algo fluido en algo denso, dejar que la leche cambie de estado. Incluso su ortografía conserva una letra muda, la ğ, que no se pronuncia, pero alarga el sonido, como si la palabra hubiera sido más transmitida de boca en boca que fijada en libros. Es un término nacido en el mundo túrquico, anterior a las cocinas cortesanas y a la ciencia moderna.

Que Europa adoptara el alimento junto con su nombre —sin traducirlo ni adaptarlo— refuerza esa filiación oriental. El yogur llegó como llegan los remedios exóticos: envuelto en prestigio ajeno, asociado a saberes médicos de fuera. En ese contexto, la leyenda del envío de yogur por Suleimán el Magnífico a Francisco I de Francia no resulta un simple capricho narrativo, sino una condensación simbólica de una verdad mayor: que el yogur entró en Europa no como alimento cotidiano, sino como herencia otomana, cargada de autoridad cultural, médica y lingüística.

Entre el pastor sin nombre y el rey con demasiados nombres se levanta el andamiaje fabuloso de la verdadera historia del yogur. No es la historia de un alimento refinado, sino la de una solución portátil a un problema básico: cómo conservar la leche sin que se vuelva peligrosa. Antes de ser moda, probiótico o postre edulcorado, el yogur fue una tecnología nómada, una casualidad bacteriana y una lección de humildad histórica. Porque, como suele ocurrir, lo que acabó servido en porcelana empezó en una bolsa de piel colgada de un burro ignorante como su dueño de que estaban colaborando con la civilización más allá de su humilde trabajo cotidiano.

Durante siglos, el yogur fue eso: un alimento local, doméstico, transmitido por costumbre más que por receta. Se tomaba en los Balcanes, en Anatolia, en el Cáucaso, en Persia; se mezclaba con sal, con pepino, con ajo o simplemente con hambre. Nadie pensaba que aquello tuviera futuro internacional. Nadie pensaba, en realidad, gran cosa al respecto. El yogur funcionaba y eso bastaba. La idea de que pudiera contener bacterias beneficiosas —y de que eso fuera una virtud y no una amenaza— habría parecido una extravagancia peligrosa.

Las leyendas sobre su origen empezaron a circular con entusiasmo recién en el siglo XIX, cuando Europa descubrió dos cosas simultáneamente: los microbios y la ansiedad por la salud. Fue entonces cuando apareció en escena un personaje decisivo, Élie Metchnikoff, un microbiólogo franco-ucraniano que trabajaba en el Instituto Pasteur de París, veía cada vez peor, bebía cada vez más y pensaba a lo grande. En 1904 impartió una conferencia en la que lanzó una idea tan audaz como provocadora: muchas enfermedades —y el envejecimiento mismo— podían deberse a la “putrefacción intestinal” causada por bacterias nocivas, y quizás esa putrefacción podía frenarse introduciendo bacterias buenas mediante alimentos fermentados.

Metchnikoff no afirmó exactamente que el yogur concediera la inmortalidad, pero se quedó muy cerca. Señaló que los campesinos búlgaros parecían vivir mucho y que consumían grandes cantidades de yogur. Para la prensa, aquello fue suficiente. El diario Le Temps proclamó, con entusiasmo casi publicitario, que quien no quisiera envejecer ni morir debía comer yogur. Era una exageración descomunal, pero tremendamente eficaz.

Al año siguiente, otro búlgaro, Stamen Grigorov, identificó la bacteria responsable de la fermentación del yogur, más tarde bautizada como Lactobacillus bulgaricus. Por primera vez, aquel alimento ancestral adquiría nombre científico y respetabilidad de laboratorio. El yogur dejaba de ser una rareza rural para convertirse en un objeto de estudio, y pronto, en un producto.

Aquí es donde la historia da un giro inesperado, no hacia un laboratorio, sino hacia una catástrofe urbana. En 1917, un incendio devastador arrasó el centro de Salónica, una ciudad que acababa de pasar del Imperio otomano a Grecia y que albergaba una próspera comunidad judía sefardí descendiente de los expulsados de España en 1492. Decenas de miles de personas perdieron sus casas y sus negocios. Entre ellas estaba Isaac Carasso, que decidió hacer lo que tantos otros a lo largo de la historia: emigrar.

Carasso llegó a Barcelona con su familia y con una memoria culinaria formada en los Balcanes, donde el yogur era algo cotidiano y saludable. En la ciudad, mientras los niños sufrían epidemias de diarrea y trastornos intestinales, Carasso vio una oportunidad que mezclaba compasión, ciencia reciente y negocio. Empezó a fabricar yogur en casa, lo envasó en pequeños tarros de cerámica y convenció a las farmacias para venderlo como alimento terapéutico. No se anunciaba como placer, sino como medicina, lo cual siempre ha sido una forma muy eficaz de introducir cosas raras en la dieta.

El producto necesitaba un nombre, y Carasso recurrió a lo que tenía más a mano: el apodo de su hijo Daniel, “Danon”. Así nació Danone, sin imaginar que aquel diminutivo infantil acabaría rotulando millones de neveras en todo el mundo.

Casualidad llaman los necios al destino: Daniel Carasso estudió bacteriología en el Instituto Pasteur, lo que le dio a la empresa un aire de respetabilidad científica que nunca abandonaría del todo. En 1929 abrió una sucursal en Francia, justo a tiempo para que Europa volviera a desmoronarse. Durante la ocupación nazi, Daniel huyó a Estados Unidos y volvió a empezar, rebautizando la empresa como Dannon, porque le sonaba más anglosajona y porque nadie había acusado nunca a un nombre simplificado de ser un error.

El problema era que el yogur no gustaba. A los estadounidenses les parecía ácido, sospechoso y demasiado cercano a la leche estropeada. Daniel hizo entonces lo que hacen todos los visionarios prácticos: añadió azúcar y fruta. El yogur con fresa fue un éxito inmediato. El sabor venció al prejuicio y el yogur dejó de ser un tratamiento para convertirse en un postre.

A partir de ahí, la historia es la de un crecimiento imparable, fusiones, diversificación y etiquetas cada vez más cuidadas. Danone se convirtió en un gigante alimentario global, y el yogur, en su producto estrella. Con él llegaron las declaraciones de propiedades saludables, cada vez más prudentes, cada vez más revisadas por autoridades regulatorias. Algunas afirmaciones fueron demasiado lejos y tuvieron que retirarse. Otras se suavizaron hasta convertirse en expresiones educadamente vagas como “favorece la salud intestinal”.

La verdad, como casi siempre, es menos espectacular y más interesante. El yogur contiene bacterias vivas que pueden ayudar a equilibrar la microbiota intestinal, mejorar modestamente el tránsito digestivo y reducir ciertos síntomas leves como la hinchazón o el estreñimiento ocasional. También aporta proteínas, calcio y vitaminas del grupo B. No previene el envejecimiento ni garantiza la longevidad, pero tampoco es poca cosa haber nacido por accidente en una bolsa de piel y acabar siendo uno de los alimentos más consumidos del planeta.

Metchnikoff exageró, los publicistas exageraron más, pero el fondo era correcto: hay bacterias que nos hacen bien, y llevamos milenios conviviendo con ellas sin saberlo. El yogur no es un milagro, pero sí una pequeña alianza entre humanos y microbios, sellada mucho antes de que existieran los nombres científicos, los tarros de plástico o los departamentos de marketing.

Quizás por eso sigue funcionando. Porque, en el fondo, cada cucharada conecta al pastor anónimo, al rey enfermo, al científico miope y al empresario exiliado. Y porque recuerda, con una discreción muy propia de las bacterias, que algunas de las mejores ideas de la civilización no fueron planeadas, sino fermentadas.