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miércoles, 7 de enero de 2026

1903: EL AÑO EN QUE ESTADOS UNIDOS SE INVENTÓ UN PAÍS A MEDIDA

Panamá no nació de una revolución ni de una epopeya nacional, sino de una necesidad logística. Y desde entonces, el mundo pasa por allí sin hacer demasiadas preguntas. Que se preparen en Groenlandia.

Hay países que nacen tras una guerra, otros después de una larga humillación colonial y algunos, los más curiosos, aparecen porque alguien necesitaba entenderse mejor con la geografía. Panamá pertenece a esta última categoría: no fue exactamente una nación soñada, sino una solución técnica. Una zanja con bandera.

Hoy, el Canal de Panamá es uno de esos lugares por los que pasa el mundo sin detenerse. Cada año lo cruzan en torno a catorce mil barcos. Portacontenedores gigantescos, petroleros, gaseros, graneleros que llevan soja, trigo o minerales y algún crucero con turistas que fotografían esclusas como quien inmortaliza una catedral hidráulica. Por allí transita alrededor del seis por ciento del comercio marítimo mundial, que no es poco para una franja de agua que cabe en un mapa escolar.

El canal ingresa varios miles de millones de dólares al año y sostiene buena parte de la economía panameña. Es rentable, estratégico y absolutamente imprescindible para el tráfico entre Asia y la costa este de América. Cuando se atasca Suez, Panamá sonríe. Cuando suben los fletes, Panamá cobra. El canal es una máquina de hacer dinero con forma de geografía. Pero antes de ser una autopista acuática, el istmo era otra cosa: un lugar incómodo y una provincia que nadie veía

A finales del siglo XIX, Panamá era una provincia lejana de Colombia, un país que entonces miraba más hacia los Andes que hacia la selva húmeda del Caribe. El istmo estaba mal comunicado, poco poblado y mentalmente desligado de Bogotá. No era tanto una periferia como una distracción.

En todo el territorio vivían unas 250.000 personas, concentradas en su mayoría entre Panamá y Colón, a lo largo del ferrocarril transístmico. El interior era rural y disperso. Y el Darién, ese tapón verde que todavía hoy interrumpe la Carretera Panamericana, era directamente otra dimensión: ríos, selva, comunidades indígenas, nubes de mosquitos, serpientes venenosas, malaria y una ausencia casi total de Estado. El Darién no separaba países; separaba realidades.

Colombia no controlaba Panamá porque no podía llegar a él con facilidad. Gobernar desde Bogotá aquel istmo era como administrar una isla sin barcos. El sentimiento nacional colombiano allí era débil; el local, práctico; el internacional, inevitable. Panamá comerciaba con el mundo mientras Colombia discutía consigo misma. Y entonces reavivó una vieja idea: la de un canal que todos querían.

La idea de unir el Atlántico y el Pacífico no era nueva. Desde que en 1513 Núñez de Balboa fuera el primer europeo en avistar el Pacífico cruzando el istmo y demostrando que aquel trozo de selva era, desde el principio, un lugar pensado para ser atravesado, no para quedarse a vivir., los españoles la habían soñado, los franceses la intentaron y fracasaron con estrépito y miles de cadáveres, y los estadounidenses tomaron nota. La lección que aprendieron era clara: el problema no era solo técnico ni sanitario. Era político.

A comienzos del siglo XX, Estados Unidos estaba dejando de ser una potencia regional para convertirse en algo más ambicioso. Necesitaba un canal para mover su flota, su comercio y su influencia de costa a costa. Negoció con Colombia un tratado para construirlo. Colombia dudó, regateó y finalmente dijo que no. Fue un error pedagógico. Que Dinamarca tome nota.

Washington entendió entonces que negociar con Bogotá era complicado. Negociar con el istmo, en cambio, podía ser rápido, barato y eficaz. Si el canal no cabía en Colombia, tal vez Colombia sobraba. Que Dinamarca siga tomando nota.

En Panamá no existía un movimiento independentista sólido, épico ni multitudinario. No hacía falta. Bastaba con activar un sentimiento latente: la idea de que el istmo funcionaría mejor sin Bogotá. Estados Unidos incentivó discretamente a las élites locales, prometió prosperidad inmediata y dejó claro que la independencia sería reconocida sin demora.

La prensa local ayudó. Se habló de abandono, de centralismo, de futuro propio. Todo era cierto, pero nunca había sido urgente hasta que alguien lo volvió rentable. Y cuando Colombia amagó con enviar tropas, aparecieron buques estadounidenses frente a la costa. Como en Venezuela: no dispararon. No hizo falta. La diplomacia naval es muy persuasiva cuando se limita a estar.

En noviembre de 1903, Panamá proclamó su independencia. Colombia protestó. Estados Unidos reconoció al nuevo país de inmediato. El tratado que concedía a Washington el control del canal se firmó con una rapidez admirable. Panamá había nacido y, además de esclusas, ya tenía cláusulas.

Detrás de todo estaba Theodore Roosevelt, un presidente con afición por las frases musculares y las obras colosales. Años después resumiría el episodio con una sinceridad poco habitual en política exterior: “I took the Canal”. No dijo “lo construimos”, ni “lo negociamos”. Dijo “lo tomé”. Panamá venía incluido en el lote.

Durante décadas, Panamá fue soberana en el papel y tutelada en la práctica. Como las marionetas. El canal era estadounidense, el territorio que lo rodeaba también, y la política panameña orbitaba alrededor de esa realidad. El país no se organizó en torno a una identidad previa, sino alrededor de una infraestructura. Primero fue la zanja; luego, la nación.

Con el tiempo y con Torrijos, Panamá recuperó el control del canal y lo ha gestionado con notable eficiencia. Hoy es un país plenamente funcional, con problemas propios y una economía que gira, inevitablemente, alrededor de aquella decisión tomada en 1903. La independencia, vista con perspectiva, fue menos un acto romántico que una externalización estratégica.

Y ahora, con la tentación de repetir la jugada es donde la historia se vuelve incómodamente contemporánea. Si Estados Unidos fue capaz de facilitar el nacimiento de un país para asegurar una obra clave de su comercio y su defensa, ¿por qué no podría volver a hacerlo si las condiciones fueran favorables? No con cañoneras ni proclamas, sino con incentivos, inversiones y una calculadora. Por ejemplo, en Groenlandia.

Groenlandia es grande, fría, riquísima en minerales estratégicos y escandalosamente poco poblada. Unas 56.000 personas. Tiene autogobierno, un debate abierto sobre la independencia y una economía sostenida en buena parte por transferencias de Dinamarca. Está en el Ártico, ese tablero donde se cruzan nuevas rutas marítimas, bases militares y ambiciones geopolíticas.

A diferencia del Panamá de 1903, Groenlandia no necesitaría inventarse desde cero. El sentimiento nacional ya existe. La pregunta no es si podría independizarse, sino con qué padrinos. No haría falta un golpe de Estado ni una revolución. Bastaría con ofrecer prosperidad, salarios atractivos, infraestructuras, inversiones bien publicitadas y una narrativa convincente sobre el futuro. En un territorio pequeño, la política es más manejable y los números salen antes. La soberanía, como concepto, es muy flexible cuando cabe en un presupuesto.

La lección del istmo no significa que Estados Unidos esté hoy fabricando países en serie ni que Groenlandia vaya a convertirse mañana en un Panamá con hielo. Significa algo más simple e inquietante: que la historia ha demostrado que crear un país puede ser más barato que negociar con uno.

Panamá no fue un accidente. Fue un precedente. Un manual temprano de geopolítica aplicada, en el que una potencia entendió que, a veces, la forma más eficaz de controlar una infraestructura no es conquistarla, sino rodearla de soberanía recién estrenada. En 1903, Estados Unidos no expandió sus fronteras. Hizo algo más elegante: ajustó el mapa a sus necesidades. El canal exigía un país dócil, funcional y nuevo. Y el país apareció.

La historia no se repite exactamente. Pero conviene recordar que, cuando los intereses estratégicos son lo bastante grandes, la identidad nacional puede acelerarse, la autodeterminación puede incentivarse y los países —en circunstancias muy concretas— pueden surgir con la misma lógica con la que se abre una ruta marítima.

A veces, para que el mundo circule mejor, alguien decide dibujar una línea nueva en el mapa. Y luego la llama nación. Por mi parte, doy Groenlandia por entregada.