Panamá no nació de una revolución ni de una epopeya nacional, sino de una necesidad logística. Y desde entonces, el mundo pasa por allí sin hacer demasiadas preguntas. Que se preparen en Groenlandia.
Hay países que nacen tras una
guerra, otros después de una larga humillación colonial y algunos, los más
curiosos, aparecen porque alguien necesitaba entenderse mejor con la geografía.
Panamá pertenece a esta última categoría: no fue exactamente una nación soñada,
sino una solución técnica. Una zanja con bandera.
Hoy, el Canal de Panamá es uno de
esos lugares por los que pasa el mundo sin detenerse. Cada año lo cruzan en
torno a catorce mil barcos. Portacontenedores gigantescos, petroleros, gaseros,
graneleros que llevan soja, trigo o minerales y algún crucero con turistas que
fotografían esclusas como quien inmortaliza una catedral hidráulica. Por allí
transita alrededor del seis por ciento del comercio marítimo mundial, que no es
poco para una franja de agua que cabe en un mapa escolar.
El canal ingresa varios miles de
millones de dólares al año y sostiene buena parte de la economía panameña. Es
rentable, estratégico y absolutamente imprescindible para el tráfico entre Asia
y la costa este de América. Cuando se atasca Suez, Panamá sonríe. Cuando suben
los fletes, Panamá cobra. El canal es una máquina de hacer dinero con forma de
geografía. Pero antes de ser una autopista acuática, el istmo era otra cosa: un
lugar incómodo y una provincia que nadie veía
A finales del siglo XIX, Panamá
era una provincia lejana de Colombia, un país que entonces miraba más hacia los
Andes que hacia la selva húmeda del Caribe. El istmo estaba mal comunicado,
poco poblado y mentalmente desligado de Bogotá. No era tanto una periferia como
una distracción.
En todo el territorio vivían unas
250.000 personas, concentradas en su mayoría entre Panamá y Colón, a lo largo
del ferrocarril transístmico. El interior era rural y disperso. Y el Darién,
ese tapón verde que todavía hoy interrumpe la Carretera Panamericana, era
directamente otra dimensión: ríos, selva, comunidades indígenas, nubes de
mosquitos, serpientes venenosas, malaria y una ausencia casi total de Estado.
El Darién no separaba países; separaba realidades.
Colombia no controlaba Panamá
porque no podía llegar a él con facilidad. Gobernar desde Bogotá aquel istmo
era como administrar una isla sin barcos. El sentimiento nacional colombiano
allí era débil; el local, práctico; el internacional, inevitable. Panamá
comerciaba con el mundo mientras Colombia discutía consigo misma. Y entonces
reavivó una vieja idea: la de un canal que todos querían.
La idea de unir el Atlántico y el
Pacífico no era nueva. Desde que en 1513 Núñez de Balboa fuera el primer europeo
en avistar el Pacífico cruzando el istmo y demostrando que aquel trozo de selva
era, desde el principio, un lugar pensado para ser atravesado, no para quedarse
a vivir., los españoles la habían soñado, los franceses la intentaron y
fracasaron con estrépito y miles de cadáveres, y los estadounidenses tomaron
nota. La lección que aprendieron era clara: el problema no era solo técnico ni
sanitario. Era político.
A comienzos del siglo XX, Estados
Unidos estaba dejando de ser una potencia regional para convertirse en algo más
ambicioso. Necesitaba un canal para mover su flota, su comercio y su influencia
de costa a costa. Negoció con Colombia un tratado para construirlo. Colombia
dudó, regateó y finalmente dijo que no. Fue un error pedagógico. Que Dinamarca
tome nota.
Washington entendió entonces que
negociar con Bogotá era complicado. Negociar con el istmo, en cambio, podía ser
rápido, barato y eficaz. Si el canal no cabía en Colombia, tal vez Colombia
sobraba. Que Dinamarca siga tomando nota.
En Panamá no existía un
movimiento independentista sólido, épico ni multitudinario. No hacía falta.
Bastaba con activar un sentimiento latente: la idea de que el istmo funcionaría
mejor sin Bogotá. Estados Unidos incentivó discretamente a las élites locales,
prometió prosperidad inmediata y dejó claro que la independencia sería
reconocida sin demora.
La prensa local ayudó. Se habló
de abandono, de centralismo, de futuro propio. Todo era cierto, pero nunca
había sido urgente hasta que alguien lo volvió rentable. Y cuando Colombia
amagó con enviar tropas, aparecieron buques estadounidenses frente a la costa. Como
en Venezuela: no dispararon. No hizo falta. La diplomacia naval es muy
persuasiva cuando se limita a estar.
En noviembre de 1903, Panamá
proclamó su independencia. Colombia protestó. Estados Unidos reconoció al nuevo
país de inmediato. El tratado que concedía a Washington el control del canal se
firmó con una rapidez admirable. Panamá había nacido y, además de esclusas, ya
tenía cláusulas.
Detrás de todo estaba Theodore
Roosevelt, un presidente con afición por las frases musculares y las obras
colosales. Años después resumiría el episodio con una sinceridad poco habitual
en política exterior: “I took the Canal”. No dijo “lo construimos”, ni “lo
negociamos”. Dijo “lo tomé”. Panamá venía incluido en el lote.
Durante décadas, Panamá fue
soberana en el papel y tutelada en la práctica. Como las marionetas. El canal
era estadounidense, el territorio que lo rodeaba también, y la política
panameña orbitaba alrededor de esa realidad. El país no se organizó en torno a
una identidad previa, sino alrededor de una infraestructura. Primero fue la
zanja; luego, la nación.
Con el tiempo y con Torrijos,
Panamá recuperó el control del canal y lo ha gestionado con notable eficiencia.
Hoy es un país plenamente funcional, con problemas propios y una economía que
gira, inevitablemente, alrededor de aquella decisión tomada en 1903. La
independencia, vista con perspectiva, fue menos un acto romántico que una
externalización estratégica.
Y ahora, con la tentación de
repetir la jugada es donde la historia se vuelve incómodamente contemporánea. Si
Estados Unidos fue capaz de facilitar el nacimiento de un país para asegurar
una obra clave de su comercio y su defensa, ¿por qué no podría volver a hacerlo
si las condiciones fueran favorables? No con cañoneras ni proclamas, sino con
incentivos, inversiones y una calculadora. Por ejemplo, en Groenlandia.
Groenlandia es grande, fría,
riquísima en minerales estratégicos y escandalosamente poco poblada. Unas
56.000 personas. Tiene autogobierno, un debate abierto sobre la independencia y
una economía sostenida en buena parte por transferencias de Dinamarca. Está en
el Ártico, ese tablero donde se cruzan nuevas rutas marítimas, bases militares
y ambiciones geopolíticas.
A diferencia del Panamá de 1903,
Groenlandia no necesitaría inventarse desde cero. El sentimiento nacional ya
existe. La pregunta no es si podría independizarse, sino con qué padrinos. No
haría falta un golpe de Estado ni una revolución. Bastaría con ofrecer
prosperidad, salarios atractivos, infraestructuras, inversiones bien
publicitadas y una narrativa convincente sobre el futuro. En un territorio
pequeño, la política es más manejable y los números salen antes. La soberanía,
como concepto, es muy flexible cuando cabe en un presupuesto.
La lección del istmo no significa
que Estados Unidos esté hoy fabricando países en serie ni que Groenlandia vaya
a convertirse mañana en un Panamá con hielo. Significa algo más simple e
inquietante: que la historia ha demostrado que crear un país puede ser más
barato que negociar con uno.
Panamá no fue un accidente. Fue
un precedente. Un manual temprano de geopolítica aplicada, en el que una
potencia entendió que, a veces, la forma más eficaz de controlar una
infraestructura no es conquistarla, sino rodearla de soberanía recién
estrenada. En 1903, Estados Unidos no expandió sus fronteras. Hizo algo más
elegante: ajustó el mapa a sus necesidades. El canal exigía un país dócil,
funcional y nuevo. Y el país apareció.
La historia no se repite
exactamente. Pero conviene recordar que, cuando los intereses estratégicos son
lo bastante grandes, la identidad nacional puede acelerarse, la
autodeterminación puede incentivarse y los países —en circunstancias muy
concretas— pueden surgir con la misma lógica con la que se abre una ruta
marítima.
A veces, para que el mundo circule mejor, alguien decide dibujar una línea nueva en el mapa. Y luego la llama nación. Por mi parte, doy Groenlandia por entregada.