Durante los años que siguieron a
la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se comportó como alguien que ha hecho
algo grave en una noche confusa y al día siguiente decide no hablar del asunto.
Oficialmente, el país volvió a casa. Rechazó la Sociedad de Naciones, se
refugió en la palabra “normalidad” y recuperó una retórica de distancias
oceánicas y asuntos internos. El mensaje era tranquilizador: la intervención de
1917 había sido un episodio aislado, una anomalía explicable por circunstancias
extremas. Nada más.
Pero la experiencia había dejado
huella. No tanto en los discursos como en la forma de pensar. Estados Unidos
había intervenido en una guerra europea, había inclinado su desenlace y había
descubierto algo difícil de olvidar: que el mundo exterior podía afectar
directamente a su seguridad, a su economía y a su estabilidad política. El
repliegue de los años veinte fue más gestual que mental. El país volvió a mirar
hacia dentro, sí, pero ya no pensaba como antes.
La gran aportación de Woodrow
Wilson no fue ganar la guerra ni diseñar un nuevo orden internacional —eso lo
hicieron otros, y a su manera—, sino introducir una idea que resultaría
decisiva: la intervención como deber moral. Wilson presentó la entrada en la
guerra como una excepción histórica, justificada por la necesidad de defender
principios universales. No era una nueva política permanente, insistió, sino
una respuesta obligada a una crisis extraordinaria. El problema, como suele
ocurrir, es que las excepciones que funcionan tienden a repetirse.
Durante el periodo de
entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en doctrina
ni en sistema, pero tampoco desapareció. Funcionó como un precedente latente,
disponible para ser activado cuando las circunstancias lo exigieran. Y las
circunstancias, como se sabe, no tardaron en llegar.
La crisis económica de 1929, el
ascenso de los regímenes totalitarios y el deterioro del equilibrio europeo
fueron erosionando poco a poco la ficción del aislamiento. El debate ya no era
el mismo que en 1914. La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en
el mundo, sino cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo sin que el coste fuera
mayor que el de la intervención.
Ahí es donde entra en escena
Franklin D. Roosevelt. A diferencia de Wilson, Roosevelt no necesitó justificar
un giro brusco. Heredó un país que todavía hablaba el lenguaje del
aislacionismo, pero que ya había aprendido a pensar en términos globales. La experiencia
de 1917 había demostrado que la intervención no era incompatible con la
estabilidad interna, y esa lección resultó fundamental.
Roosevelt entendió algo que
Wilson solo había intuido: que el problema no era intervenir, sino cómo
normalizar la intervención sin convertirla en trauma político recurrente. Antes
incluso de la entrada formal en la Segunda Guerra Mundial, su política exterior
ya apuntaba en esa dirección. La ayuda a los Aliados, el rearme, la diplomacia
activa y el progresivo abandono de la neutralidad estricta no fueron
improvisaciones, sino pasos cuidadosamente graduados.
Con Roosevelt desaparece
definitivamente la ficción de las esferas separadas. El Atlántico deja de ser
una frontera protectora y pasa a ser un espacio estratégico. Europa deja de ser
un escenario ocasional y se convierte en una preocupación permanente. La
seguridad nacional ya no se define en términos territoriales, sino sistémicos.
No importa dónde estalle el conflicto; importa cómo afecta al equilibrio
general.
A diferencia de Wilson, Roosevelt
no presenta la intervención como anomalía moral. No habla de excepción, sino de
responsabilidad. El lenguaje de los valores sigue ahí, pero ya no sirve para
justificar una ruptura con el pasado, sino para administrar una continuidad. La
intervención deja de ser un dilema filosófico y pasa a convertirse en una
cuestión de gestión.
Tras la Segunda Guerra Mundial,
el proceso se consolida de forma irreversible. Estados Unidos no solo
interviene: organiza. Diseña instituciones internacionales, establece alianzas
permanentes, mantiene presencia militar estable en Europa y Asia y redefine su
papel como garante del orden global. La intervención deja de ser noticia; lo
que empieza a exigir explicación es la ausencia de intervención.
En este nuevo contexto, la
doctrina Monroe sobrevive como referencia histórica, como gesto ritual. Se la
cita, se la recuerda, incluso se la invoca de vez en cuando. Pero ya no
funciona como marco operativo. Nadie siente la necesidad de derogar formalmente
la promesa de no intervención en Europa. Simplemente ha dejado de ser
relevante. El mundo que emerge tras 1945 no admite compartimentos estancos ni
equilibrios regionales aislados.
Visto en conjunto, el arco
histórico resulta menos heroico y más prosaico de lo que suele contarse. No hay
una doctrina clara que guíe la acción desde el principio, ni un plan maestro
cuidadosamente ejecutado. Hay decisiones sucesivas que funcionan lo bastante
bien como para no revertirse. Hay soluciones provisionales que se
institucionalizan. Hay excepciones que, a fuerza de repetirse, dejan de serlo.
La doctrina Monroe no fue
abolida. El aislacionismo no fue derrotado en una gran batalla ideológica. El
cambio se produjo de una forma mucho más discreta y eficaz: por acumulación de
precedentes. Wilson abrió la puerta con cautela; Roosevelt la cruzó sin
complejos. Y una vez cruzada, nadie volvió a mirar atrás.
Al final, lo que gobierna el
mundo no son las doctrinas solemnes, sino las costumbres consolidadas. Las
doctrinas se citan, se reinterpretan y se reciclan. Las costumbres, en cambio,
se imponen sin necesidad de explicación. Y cuando la intervención se convierte
en costumbre, ya no hace falta justificarla: basta con gestionarla.