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martes, 6 de enero de 2026

DE WILSON A ROOSEVELT: CÓMO LA EXCEPCIÓN SE CONVIRTIÓ EN NORMA

 

Durante los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se comportó como alguien que ha hecho algo grave en una noche confusa y al día siguiente decide no hablar del asunto. Oficialmente, el país volvió a casa. Rechazó la Sociedad de Naciones, se refugió en la palabra “normalidad” y recuperó una retórica de distancias oceánicas y asuntos internos. El mensaje era tranquilizador: la intervención de 1917 había sido un episodio aislado, una anomalía explicable por circunstancias extremas. Nada más.

Pero la experiencia había dejado huella. No tanto en los discursos como en la forma de pensar. Estados Unidos había intervenido en una guerra europea, había inclinado su desenlace y había descubierto algo difícil de olvidar: que el mundo exterior podía afectar directamente a su seguridad, a su economía y a su estabilidad política. El repliegue de los años veinte fue más gestual que mental. El país volvió a mirar hacia dentro, sí, pero ya no pensaba como antes.

La gran aportación de Woodrow Wilson no fue ganar la guerra ni diseñar un nuevo orden internacional —eso lo hicieron otros, y a su manera—, sino introducir una idea que resultaría decisiva: la intervención como deber moral. Wilson presentó la entrada en la guerra como una excepción histórica, justificada por la necesidad de defender principios universales. No era una nueva política permanente, insistió, sino una respuesta obligada a una crisis extraordinaria. El problema, como suele ocurrir, es que las excepciones que funcionan tienden a repetirse.

Durante el periodo de entreguerras, esa idea quedó en suspensión. No se convirtió todavía en doctrina ni en sistema, pero tampoco desapareció. Funcionó como un precedente latente, disponible para ser activado cuando las circunstancias lo exigieran. Y las circunstancias, como se sabe, no tardaron en llegar.

La crisis económica de 1929, el ascenso de los regímenes totalitarios y el deterioro del equilibrio europeo fueron erosionando poco a poco la ficción del aislamiento. El debate ya no era el mismo que en 1914. La pregunta no era si Estados Unidos debía implicarse en el mundo, sino cuánto tiempo podía permitirse no hacerlo sin que el coste fuera mayor que el de la intervención.

Ahí es donde entra en escena Franklin D. Roosevelt. A diferencia de Wilson, Roosevelt no necesitó justificar un giro brusco. Heredó un país que todavía hablaba el lenguaje del aislacionismo, pero que ya había aprendido a pensar en términos globales. La experiencia de 1917 había demostrado que la intervención no era incompatible con la estabilidad interna, y esa lección resultó fundamental.

Roosevelt entendió algo que Wilson solo había intuido: que el problema no era intervenir, sino cómo normalizar la intervención sin convertirla en trauma político recurrente. Antes incluso de la entrada formal en la Segunda Guerra Mundial, su política exterior ya apuntaba en esa dirección. La ayuda a los Aliados, el rearme, la diplomacia activa y el progresivo abandono de la neutralidad estricta no fueron improvisaciones, sino pasos cuidadosamente graduados.

Con Roosevelt desaparece definitivamente la ficción de las esferas separadas. El Atlántico deja de ser una frontera protectora y pasa a ser un espacio estratégico. Europa deja de ser un escenario ocasional y se convierte en una preocupación permanente. La seguridad nacional ya no se define en términos territoriales, sino sistémicos. No importa dónde estalle el conflicto; importa cómo afecta al equilibrio general.

A diferencia de Wilson, Roosevelt no presenta la intervención como anomalía moral. No habla de excepción, sino de responsabilidad. El lenguaje de los valores sigue ahí, pero ya no sirve para justificar una ruptura con el pasado, sino para administrar una continuidad. La intervención deja de ser un dilema filosófico y pasa a convertirse en una cuestión de gestión.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el proceso se consolida de forma irreversible. Estados Unidos no solo interviene: organiza. Diseña instituciones internacionales, establece alianzas permanentes, mantiene presencia militar estable en Europa y Asia y redefine su papel como garante del orden global. La intervención deja de ser noticia; lo que empieza a exigir explicación es la ausencia de intervención.

En este nuevo contexto, la doctrina Monroe sobrevive como referencia histórica, como gesto ritual. Se la cita, se la recuerda, incluso se la invoca de vez en cuando. Pero ya no funciona como marco operativo. Nadie siente la necesidad de derogar formalmente la promesa de no intervención en Europa. Simplemente ha dejado de ser relevante. El mundo que emerge tras 1945 no admite compartimentos estancos ni equilibrios regionales aislados.

Visto en conjunto, el arco histórico resulta menos heroico y más prosaico de lo que suele contarse. No hay una doctrina clara que guíe la acción desde el principio, ni un plan maestro cuidadosamente ejecutado. Hay decisiones sucesivas que funcionan lo bastante bien como para no revertirse. Hay soluciones provisionales que se institucionalizan. Hay excepciones que, a fuerza de repetirse, dejan de serlo.

La doctrina Monroe no fue abolida. El aislacionismo no fue derrotado en una gran batalla ideológica. El cambio se produjo de una forma mucho más discreta y eficaz: por acumulación de precedentes. Wilson abrió la puerta con cautela; Roosevelt la cruzó sin complejos. Y una vez cruzada, nadie volvió a mirar atrás.

Al final, lo que gobierna el mundo no son las doctrinas solemnes, sino las costumbres consolidadas. Las doctrinas se citan, se reinterpretan y se reciclan. Las costumbres, en cambio, se imponen sin necesidad de explicación. Y cuando la intervención se convierte en costumbre, ya no hace falta justificarla: basta con gestionarla.