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miércoles, 7 de enero de 2026

¿EL ACEITE DE COCO BLANQUEA LOS DIENTES Y MEJORA LA HIGIENE BUCAL?

 

Hay pocas actividades humanas que inviten tanto a la reflexión como estar de pie en el baño, a primera hora de la mañana, con una cucharada de aceite de coco en la boca, sin poder hablar, sin poder tragar y preguntándote en qué momento exacto de tu vida llegaste a pensar que esto era una buena idea. Durante esos minutos, el ser humano descubre verdades profundas: que la lengua se cansa, que el tiempo es relativo y que cualquier promesa de salud eterna tiene un límite práctico bastante claro.

A esto se le llama oil pulling, una expresión inglesa que suena como a maniobra industrial pero que, en realidad, consiste en algo tan sencillo como hacer buches con aceite durante quince o veinte minutos. Sus defensores aseguran que blanquea los dientes, mejora la higiene bucal y, ya puestos, arregla medio cuerpo humano. Sus detractores sospechan que es otra moda del bienestar destinada a enriquecer a alguien con un blog muy convincente.

El método ha ganado una popularidad notable en los últimos años, especialmente el oil pulling con aceite de coco, quizá porque el coco tiene la rara virtud de parecer saludable incluso cuando se presenta en forma de tarta. La explicación habitual es que el aceite de coco contiene ácido láurico —aproximadamente un 47% de su composición—, una sustancia con propiedades antibacterianas. Dicho así suena muy serio, casi farmacéutico, lo cual tranquiliza bastante cuando uno está escupiendo aceite blanquecino en el lavabo.

La sonrisa, nos recuerdan constantemente, es una de las primeras cosas que los demás notan de nosotros. También es, al parecer, una puerta de entrada a todo tipo de catástrofes sistémicas si no se cuida adecuadamente. Basta con leer los carteles en la sala de espera del dentista para convencerse de que una encía inflamada puede acabar afectando al corazón, al hígado y, probablemente, al cambio climático. De modo que no es extraño que cualquier técnica que prometa una boca más sana despierte interés inmediato.

Hemos recorrido un largo camino desde el año 3000 de nuestra Era, cuando el cepillo de dientes era básicamente una ramita con aspiraciones higiénicas. Hoy convivimos con pastas dentífricas que prometen blancuras imposibles, enjuagues bucales que saben a incendio forestal y cepillos eléctricos que parecen diseñados por ingenieros aeroespaciales. En ese contexto, el oil pulling apareció en 2023 como una de las tendencias dentales más comentadas: natural, ancestral y sospechosamente sencilla.

La práctica no es nueva. Se remonta a la medicina ayurvédica india, con más de tres mil años de historia, y su objetivo original era contribuir a una vida larga y equilibrada. Tal como suele ocurrir con estas cosas, el método volvió a ponerse de moda en los años noventa gracias a un médico llamado Tummala Koteswara Rao, quien afirmó haber curado su asma crónica mediante el enjuague bucal con aceite. Animó a su esposa a probarlo y, según él, también desaparecieron unas venas varicosas que la acompañaban desde hacía veinticinco años. A partir de ahí, el entusiasmo se propagó con la velocidad habitual de los testimonios milagrosos. Si no lo creen, pregunten en Lourdes.

Rao llegó a esta práctica tras leer un artículo que aseguraba que los chamanes siberianos utilizaban el oil pulling para protegerse de todo tipo de dolencias. Esto, aunque fascinante, no deja de pertenecer a esa categoría de argumentos que empiezan con “según los chamanes…” y terminan con una ceja levantada. Las anécdotas son reconfortantes, pero no constituyen pruebas. Aun así, el método encontró un hogar cómodo en la industria del bienestar.

Los defensores del oil pulling no se quedaron cortos en sus promesas. Según ciertas organizaciones entusiastas, este enjuague es un remedio seguro, barato, divino y casi omnipotente. Dicen que cura alergias, resfriados, caries, infecciones varias, dolores de cabeza, migrañas, problemas de espalda, labios agrietados e irritabilidad, lo cual es notable, porque la irritabilidad suele aumentar precisamente cuando uno lleva diez minutos con aceite en la boca.

El problema es que todas estas dolencias tienen algo en común: muchas mejoran solas con el paso del tiempo. Atribuir su desaparición al aceite resulta, como mínimo, aventurado. Además, algunas afirmaciones, como la supuesta eliminación de toxinas de la sangre, tropiezan con un obstáculo anatómico bastante serio: la mucosa oral no funciona como una autopista directa al torrente sanguíneo.

El procedimiento es sencillo. Se recomienda tomar una cucharada de aceite de coco o de sésamo y hacer buches durante quince o veinte minutos, hasta que el aceite se vuelva blanco y lechoso. Luego se escupe, se enjuaga la boca y —detalle crucial— se cepillan los dientes con pasta dental. El oil pulling no sustituye el cepillado, aunque hay quien parece haber pasado por alto este matiz y ha decidido confiar su higiene dental exclusivamente a una botella de aceite.

Parte del atractivo del método reside en el miedo al flúor, una sustancia injustamente tratada como villano químico pese a ser uno de los avances mejor documentados en salud dental. Que algo sea natural no lo hace automáticamente mejor. De hecho, la naturaleza ha producido algunas de las peores ideas de la historia.

En cuanto a cómo podría funcionar el oil pulling, las hipótesis son variadas. Una sugiere que la viscosidad del aceite dificulta que las bacterias se adhieran a los dientes, formando una especie de película protectora. Otra apunta a las propiedades antioxidantes del aceite. Y la tercera, quizá la más pintoresca, propone que en la boca ocurre un proceso de saponificación: básicamente, fabricar jabón con saliva y aceite. No aparecerá una pastilla de jabón entre los molares, pero la mezcla resultante podría ayudar a desprender la placa bacteriana.

Ninguna de estas teorías ha sido confirmada de manera definitiva, pero algunos estudios sugieren que el oil pulling puede mejorar la higiene bucal. Investigaciones han mostrado reducciones en bacterias orales, gingivitis, halitosis e incluso caries, con resultados comparables a ciertos enjuagues tradicionales, aunque con la desventaja evidente de requerir veinte minutos de silencio aceitosa.

El aceite de coco, además, tiene propiedades antifúngicas que podrían ayudar contra la candidiasis oral, un problema frecuente en personas mayores o en quienes toman ciertos medicamentos. No es una solución milagrosa, pero tampoco parece completamente inútil.

Así que decidí probarlo. Tomé una cucharada de aceite de coco, la introduje en la boca y comencé a hacer buches. A los dos minutos, mi lengua empezó a protestar. A los cinco, abandoné. No sé cómo alguien logra mantener esto durante quince minutos sin replantearse todas sus decisiones vitales. Tal vez la verdadera virtud del oil pulling sea enseñarnos paciencia.

¿Funciona? Quizá un poco. ¿Blanquea los dientes? De manera modesta, si acaso. ¿Es un milagro? No. Pero si se combina con cepillado, hilo dental y sentido común, puede ser una curiosidad interesante. Eso sí, conviene tener claro que la boca no es una refinería y que no todo lo que suena ancestral es automáticamente sabio.

Si te animas a probarlo, adelante. Solo asegúrate de no hablar, no tragar y no esperar que te cure el asma, las varices y el mal humor antes del desayuno.