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miércoles, 7 de enero de 2026

MANUAL PRÁCTICO PARA NO HACER YOGUR CON HORMIGAS

Internet tiene una habilidad extraordinaria para convencerte de que ideas claramente disparatadas son, en realidad, actos de curiosidad científica. Así fue como una noche acabé en la cocina, en pijama, con un tarro de leche en una mano y la vaga intención de fermentar algo con bacterias procedentes, en teoría, del intestino de una hormiga. No buscaba una revolución gastronómica; solo quería comprobar hasta dónde puede llegar una mala idea cuando se la deja sola con conexión wifi.

En algunos países europeos la tradición sostiene que colocar una pajita en un hormiguero, dejar que las hormigas treparan por ella y luego chuparla era un remedio contra el envejecimiento. ¿Cuál es el fundamento? Las hormigas son vistas como trabajadoras incansables y llenas de energía, capaces de cargar muchas veces su propio peso sin necesidad de descansar jamás. Estas pequeñas criaturas eran contempladas (y admiradas) como la personificación misma de la vitalidad, y era esa vitalidad la que se transfería al chupador de la pajitaa. Eso contaba la leyenda.

Se trata de una forma de "magia empática", donde "simpatía" en este caso significa "compartir" y "magia" implica un efecto sobrenatural. La resistencia, la energía juvenil, la fuerza y la aparente salud de las hormigas debían transmitirse mágicamente a través de la paja. Se creía que la pajita absorbía la "fuerza vital" de la hormiga y la transfería al aire interno de aquella, desde donde se dirigía al cuerpo de la persona que buscaba mayor salud, vigor y dinamismo.

Otros ejemplos de magia simpática de la historia incluyen comer el corazón de un león para lograr coraje, consumir testículos de animales para mejorar la virilidad y beber caldo de huesos para reforzar el esqueleto. La suposición era que la "esencia" del corazón, los testículos o el hueso consumidos se compartiría y repararía las partes del cuerpo correspondientes.

La ancestral "Doctrina de las Firmas" que se remonta a los antiguos griegos, pero fue popularizada en el siglo XVI por Paracelso es otro ejemplo de magia simpática. Sostenía que Dios o la naturaleza proporciona pistas sobre lo que los humanos deben consumir para curar enfermedades. Las nueces eran buenas para los trastornos cerebrales debido a su similitud en apariencia con el cerebro, la hepática trataría la enfermedad hepática ya que las hojas de la planta tienen la forma de hígado, y el cuerno de rinoceronte, por razones obvias, era la cura para la impotencia.

Creo que podemos descartar la magia simpática como una creencia mítica, impulsada en algunos casos por el efecto placebo. Pero ¿es posible que el contacto con las hormigas o sus secreciones tenga algún tipo de influencia fisiológica?

Las hormigas de la madera, las hormigas de campo y las hormigas carpinteras rocían ácido fórmico para ahuyentar a los depredadores. Lo que es todavía más interesante, ces que uando las colonias de hormigas guerrean entre sí, las hormigas soldado liberan ácido fórmico para enmascarar el olor de las feromonas que las hormigas enemigas dejan para marcar los senderos que guían a sus compañeras hacia la comida.

Dado que el ácido fórmico se aisló por primera vez de las hormigas aplastadas, su nombre deriva de "formica", el latín para hormiga. Si una hormiga se altera después de ser molestada con una pajita, puede soltar un poco de ácido fórmico. Esto ciertamente no tendría ningún efecto beneficioso para la salud, pero podría causar una leve irritación de la piel. Por otro lado, la picadura de una hormiga de fuego sería memorable, ya que tiene armas más potentes en forma de alcaloides que realmente pueden hacer daño cuando se inyectan en la piel. Tampoco aquí hay beneficios para la salud. Pero las hormigas de fuego solo se encuentran en climas tropicales del hemisferio sur.

Hay una forma en que el método de "paja en hormiguero" podría ser beneficioso para la salud. En lugar de meterse la pajita en la boca, ¡métala en un recipiente con leche! ¡Un momento, y tendrás yogur! Los orígenes del "yogur de hormiga" se remontan a Turquía y Bulgaria, donde se añadían hormigas rojas de la madera a la leche. La conversión de la leche en yogur requiere bacterias que producen ácidos láctico y acético que precipitan las proteínas de la leche y proporcionan enzimas para convertir algunas de las proteínas, grasas y azúcares de la leche en compuestos sabrosos.

La mala idea empezó, como casi todas las malas ideas modernas, a las once y media de la noche, cuando uno debería estar durmiendo, pero en su lugar está leyendo internet con una taza de té y una autoestima peligrosamente alta. En algún punto impreciso entre un artículo sobre fermentaciones “ancestrales” con hormigas y un hilo entusiasta con demasiados signos de exclamación, apareció la frase fatal: bacterias de hormigas capaces de fermentar leche.

Cerré el portátil con la determinación de quien ha aprendido algo inútil pero irreversible. Media hora después estaba en la cocina, en pijama, sosteniendo un tarro de leche como si fuera un artefacto explosivo de baja potencia. La cocina, a esas horas, tiene un aire confesional: la nevera zumba como si supiera más de ti de lo que debería y la encimera parece juzgar tus decisiones pasadas.

La idea era sencilla en teoría y profundamente sospechosa en la práctica. Según internet —esa fuente inagotable de certezas infundadas—, ciertas bacterias del género Fructobacillus, asociadas a hormigas amantes del azúcar, podían fermentar líquidos dulces. Alguien, en algún lugar, había decidido llamar a eso “yogur de hormigas”. Internet, fiel a su costumbre, no vio ningún problema en esa combinación de palabras.

Yo sí.

Empecé por abrir la nevera. El tarro de leche me miraba con inocencia bovina. No había pedido participar en ningún experimento etnobiológico ni ser el puente entre la microbiología y el arrepentimiento. Aun así, lo saqué. Lo dejé sobre la mesa. Me crucé de brazos. Pensé en las hormigas. Pensé en sus bacterias. Pensé, por primera vez con claridad, que quizá debería haberme dedicado a leer novelas.

El problema fundamental era logístico. No tenía bacterias de hormigas. Tenía, eso sí, un frutero con un plátano sospechosamente maduro y una maceta que parecía albergar más vida microscópica de la que un seguro del hogar consideraría razonable. Internet sugería que Fructobacillus vive en ambientes ricos en fructosa. Nada decía de que aceptara una invitación improvisada a un tarro de leche semidesnatada en una cocina europea.

Mientras calentaba ligeramente la leche —porque toda fermentación que se precie requiere un gesto técnico que no entendemos del todo— empecé a sospechar que el verdadero experimento no era microbiológico, sino psicológico. ¿En qué momento exacto dejamos de pensar “esto suena mal” y pasamos a pensar “qué interesante”?

Vertí la leche en un tarro limpio. O relativamente limpio. La palabra “relativamente” aquí hace mucho trabajo. Lo tapé. Lo miré. Esperé. No pasó nada. Lo cual, dadas las circunstancias, fue una noticia excelente.

Imaginé cómo sería explicarle esto a alguien al día siguiente.

—¿Qué haces con ese tarro?

—Nada. Intentaba no crear una nueva forma de vida por accidente.

Internet prometía resultados en días. Días. Nadie que haya fermentado algo involuntariamente en el fondo de una nevera confía en procesos que “mejoran con el tiempo”. El tiempo es exactamente lo que convierte la curiosidad en peligro.

Mientras el tarro reposaba en silencio, pensé en lo que realmente hacen estas bacterias en la naturaleza. Viven en hormigas, comen azúcar, producen ácidos, mantienen a raya a patógenos. No blanquean dientes, no purifican el alma y, desde luego, no tienen ninguna vocación láctea. Llamar “yogur” a lo que pudieran producir es como llamar “sinfonía” al ruido que hace una lavadora descompensada.

A la mañana siguiente, abrí el tarro con cautela. Olía… a nada. Quizá a decepción. No había cuajado, no había burbujas, no había signos visibles de revolución microbiana. Era, esencialmente, leche que había pasado la noche reflexionando sobre sí misma.

Fue un alivio.

Volví a guardar el tarro en la nevera y decidí que aquel experimento había sido un éxito precisamente porque no había tenido éxito alguno. No había creado yogur, ni probióticos, ni titulares. Había creado, eso sí, una valiosa enseñanza: internet confunde con facilidad interesante con buena idea.

Las bacterias de hormigas seguirán haciendo lo que llevan millones de años haciendo: vivir discretamente en insectos diminutos, fermentando azúcares donde nadie las ve. Y yo seguiré desayunando yogur hecho con bacterias que no provienen de un hormiguero ni de una madrugada de insomnio.

Apagué la luz de la cocina. La nevera volvió a zumbar. El tarro de leche quedó allí, intacto, como un monumento silencioso a esa frontera difusa entre la divulgación científica y el sentido común. Una frontera que, conviene recordarlo, no debería cruzarse nunca sin café… ni sin una buena dosis de paciencia.