Internet tiene una habilidad extraordinaria para convencerte de que ideas claramente disparatadas son, en realidad, actos de curiosidad científica. Así fue como una noche acabé en la cocina, en pijama, con un tarro de leche en una mano y la vaga intención de fermentar algo con bacterias procedentes, en teoría, del intestino de una hormiga. No buscaba una revolución gastronómica; solo quería comprobar hasta dónde puede llegar una mala idea cuando se la deja sola con conexión wifi.
En algunos países europeos la
tradición sostiene que colocar una pajita en un hormiguero, dejar que las
hormigas treparan por ella y luego chuparla era un remedio contra el
envejecimiento. ¿Cuál es el fundamento? Las hormigas son vistas como
trabajadoras incansables y llenas de energía, capaces de cargar muchas veces su
propio peso sin necesidad de descansar jamás. Estas pequeñas criaturas eran contempladas
(y admiradas) como la personificación misma de la vitalidad, y era esa
vitalidad la que se transfería al chupador de la pajitaa. Eso contaba la leyenda.
Se trata de una forma de
"magia empática", donde "simpatía" en este caso significa
"compartir" y "magia" implica un efecto sobrenatural. La
resistencia, la energía juvenil, la fuerza y la aparente salud de las hormigas
debían transmitirse mágicamente a través de la paja. Se creía que la pajita
absorbía la "fuerza vital" de la hormiga y la transfería al aire interno
de aquella, desde donde se dirigía al cuerpo de la persona que buscaba mayor
salud, vigor y dinamismo.
Otros ejemplos de magia simpática
de la historia incluyen comer el corazón de un león para lograr coraje,
consumir testículos de animales para mejorar la virilidad y beber caldo de
huesos para reforzar el esqueleto. La suposición era que la "esencia"
del corazón, los testículos o el hueso consumidos se compartiría y repararía
las partes del cuerpo correspondientes.
La ancestral "Doctrina de
las Firmas" que se remonta a los antiguos griegos, pero fue popularizada
en el siglo XVI por Paracelso es otro ejemplo de magia simpática. Sostenía que
Dios o la naturaleza proporciona pistas sobre lo que los humanos deben consumir
para curar enfermedades. Las nueces eran buenas para los trastornos cerebrales
debido a su similitud en apariencia con el cerebro, la hepática trataría la
enfermedad hepática ya que las hojas de la planta tienen la forma de hígado, y
el cuerno de rinoceronte, por razones obvias, era la cura para la impotencia.
Creo que podemos descartar la
magia simpática como una creencia mítica, impulsada en algunos casos por el
efecto placebo. Pero ¿es posible que el contacto con las hormigas o sus
secreciones tenga algún tipo de influencia fisiológica?
Las hormigas de la madera, las
hormigas de campo y las hormigas carpinteras rocían ácido fórmico para
ahuyentar a los depredadores. Lo que es todavía más interesante, ces que uando
las colonias de hormigas guerrean entre sí, las hormigas soldado liberan ácido
fórmico para enmascarar el olor de las feromonas que las hormigas enemigas
dejan para marcar los senderos que guían a sus compañeras hacia la comida.
Dado que el ácido fórmico se
aisló por primera vez de las hormigas aplastadas, su nombre deriva de
"formica", el latín para hormiga. Si una hormiga se altera después de
ser molestada con una pajita, puede soltar un poco de ácido fórmico. Esto
ciertamente no tendría ningún efecto beneficioso para la salud, pero podría
causar una leve irritación de la piel. Por otro lado, la picadura de una
hormiga de fuego sería memorable, ya que tiene armas más potentes en forma de
alcaloides que realmente pueden hacer daño cuando se inyectan en la piel.
Tampoco aquí hay beneficios para la salud. Pero las hormigas de fuego solo se
encuentran en climas tropicales del hemisferio sur.
Hay una forma en que el método de
"paja en hormiguero" podría ser beneficioso para la salud. En lugar
de meterse la pajita en la boca, ¡métala en un recipiente con leche! ¡Un
momento, y tendrás yogur! Los orígenes del "yogur
de hormiga" se remontan a Turquía y Bulgaria, donde se añadían
hormigas rojas de la madera a la leche. La conversión de la leche en yogur
requiere bacterias que producen ácidos láctico y acético que precipitan las
proteínas de la leche y proporcionan enzimas para convertir algunas de las
proteínas, grasas y azúcares de la leche en compuestos sabrosos.
La mala idea empezó, como casi
todas las malas ideas modernas, a las once y media de la noche, cuando uno
debería estar durmiendo, pero en su lugar está leyendo internet con una taza de
té y una autoestima peligrosamente alta. En algún punto impreciso entre un
artículo sobre fermentaciones “ancestrales” con hormigas y un hilo entusiasta con demasiados
signos de exclamación, apareció la frase fatal: bacterias de hormigas capaces
de fermentar leche.
Cerré el portátil con la
determinación de quien ha aprendido algo inútil pero irreversible. Media hora
después estaba en la cocina, en pijama, sosteniendo un tarro de leche como si
fuera un artefacto explosivo de baja potencia. La cocina, a esas horas, tiene
un aire confesional: la nevera zumba como si supiera más de ti de lo que
debería y la encimera parece juzgar tus decisiones pasadas.
La idea era sencilla en teoría y
profundamente sospechosa en la práctica. Según internet —esa fuente inagotable
de certezas infundadas—, ciertas bacterias del género Fructobacillus, asociadas
a hormigas amantes del azúcar, podían fermentar líquidos dulces. Alguien, en
algún lugar, había decidido llamar a eso “yogur de hormigas”. Internet, fiel a
su costumbre, no vio ningún problema en esa combinación de palabras.
Yo sí.
Empecé por abrir la nevera. El
tarro de leche me miraba con inocencia bovina. No había pedido participar en
ningún experimento etnobiológico ni ser el puente entre la microbiología y el
arrepentimiento. Aun así, lo saqué. Lo dejé sobre la mesa. Me crucé de brazos.
Pensé en las hormigas. Pensé en sus bacterias. Pensé, por primera vez con
claridad, que quizá debería haberme dedicado a leer novelas.
El problema fundamental era
logístico. No tenía bacterias de hormigas. Tenía, eso sí, un frutero con un
plátano sospechosamente maduro y una maceta que parecía albergar más vida
microscópica de la que un seguro del hogar consideraría razonable. Internet sugería
que Fructobacillus vive en ambientes ricos en fructosa. Nada decía de
que aceptara una invitación improvisada a un tarro de leche semidesnatada en
una cocina europea.
Mientras calentaba ligeramente la
leche —porque toda fermentación que se precie requiere un gesto técnico que no
entendemos del todo— empecé a sospechar que el verdadero experimento no era
microbiológico, sino psicológico. ¿En qué momento exacto dejamos de pensar
“esto suena mal” y pasamos a pensar “qué interesante”?
Vertí la leche en un tarro
limpio. O relativamente limpio. La palabra “relativamente” aquí hace mucho
trabajo. Lo tapé. Lo miré. Esperé. No pasó nada. Lo cual, dadas las
circunstancias, fue una noticia excelente.
Imaginé cómo sería explicarle
esto a alguien al día siguiente.
—¿Qué haces con ese tarro?
—Nada. Intentaba no crear una
nueva forma de vida por accidente.
Internet prometía resultados en
días. Días. Nadie que haya fermentado algo involuntariamente en el fondo de una
nevera confía en procesos que “mejoran con el tiempo”. El tiempo es exactamente
lo que convierte la curiosidad en peligro.
Mientras el tarro reposaba en
silencio, pensé en lo que realmente hacen estas bacterias en la naturaleza.
Viven en hormigas, comen azúcar, producen ácidos, mantienen a raya a patógenos.
No blanquean dientes, no purifican el alma y, desde luego, no tienen ninguna
vocación láctea. Llamar “yogur” a lo que pudieran producir es como llamar
“sinfonía” al ruido que hace una lavadora descompensada.
A la mañana siguiente, abrí el
tarro con cautela. Olía… a nada. Quizá a decepción. No había cuajado, no había
burbujas, no había signos visibles de revolución microbiana. Era,
esencialmente, leche que había pasado la noche reflexionando sobre sí misma.
Fue un alivio.
Volví a guardar el tarro en la
nevera y decidí que aquel experimento había sido un éxito precisamente porque
no había tenido éxito alguno. No había creado yogur, ni probióticos, ni
titulares. Había creado, eso sí, una valiosa enseñanza: internet confunde con
facilidad interesante con buena idea.
Las bacterias de hormigas
seguirán haciendo lo que llevan millones de años haciendo: vivir discretamente
en insectos diminutos, fermentando azúcares donde nadie las ve. Y yo seguiré
desayunando yogur hecho con bacterias que no provienen de un hormiguero ni de
una madrugada de insomnio.
Apagué la luz de la cocina. La nevera volvió a zumbar. El tarro de leche quedó allí, intacto, como un monumento silencioso a esa frontera difusa entre la divulgación científica y el sentido común. Una frontera que, conviene recordarlo, no debería cruzarse nunca sin café… ni sin una buena dosis de paciencia.