| Beleño negro o hierba mora (Hyoscyamus niger) en la fortaleza de Suomenlinna, cerca de Helsinki, Finlandia. Foto de Anneli Salo. |
Las solanáceas son una familia
botánica con problemas de personalidad. En un extremo producen patatas,
tomates, berenjenas y pimientos; en el otro, plantas capaces de provocar
delirios, amnesias, alucinaciones y alguna que otra conversación con el demonio.
Pocas familias vegetales han contribuido tanto al progreso de la cocina y,
simultáneamente, al desarrollo histórico de la brujería europea. Uno puede
cenar tranquilamente una tortilla de patatas mientras contempla, a escasos
metros, un beleño negro creciendo en una cuneta con aspecto de conocer secretos
desagradables.
El beleño negro, Hyoscyamus
niger, pertenece precisamente a esa rama sombría de las solanáceas. Toda la
planta es tóxica. Hojas, semillas, raíces y flores contienen alcaloides
tropánicos como la hiosciamina y la escopolamina, sustancias que actúan sobre
el sistema nervioso con la eficacia brutal de una ganzúa química. La
hiosciamina es además precursora de la atropina, célebre compuesto utilizado
todavía hoy en medicina para dilatar pupilas, tratar ciertas bradicardias o
combatir intoxicaciones concretas. Lo fascinante —y alarmante— es que las
mismas moléculas que permitieron avances farmacológicos notables también podían
convertir una sobremesa medieval en una experiencia metafísica de consecuencias
inciertas.
Porque el beleño posee una larga
carrera médica y criminal a partes iguales. Durante siglos se empleó para
aliviar dolores dentales, combatir el insomnio, tratar espasmos, calmar ataques
asmáticos o sedar a pacientes con delirium tremens. La antigua
farmacopea mantenía con estas plantas una relación muy parecida a la de un
domador con un tigre hambriento: mientras todo saliera bien, el espectáculo
resultaba admirable; cuando salía mal, el desenlace era rápido y bastante
educativo para los espectadores.
El efecto del beleño negro no es
exactamente una alucinación convencional. Las descripciones históricas
coinciden una y otra vez en sensaciones de ligereza extrema, flotación o vuelo.
El sujeto intoxicado siente que abandona el suelo con una perseverancia tan
sólida que resulta inútil discutirlo. Esto explica buena parte de la reputación
mágica de la planta. Durante siglos formó parte de ungüentos y pócimas
atribuidos a hechiceras y brujas, normalmente acompañado de otras amables
especies de la familia como la
belladona, la
copa de oro y el
estramonio, además de invitados externos igualmente poco recomendables,
como la cicuta. La teoría moderna sostiene que muchos relatos medievales de
vuelos nocturnos y aquelarres probablemente nacieron menos de Satanás y más de
la absorción cutánea de alcaloides tropánicos.
Lo cierto es que la química de
las solanáceas tiene algo de teatral. La misma familia vegetal que alimentó a
media Europa con la patata también produjo algunas de las plantas más
peligrosas del continente. La patata, por ejemplo, pertenece a la especie Solanum
tuberosum, el pimiento al género Capsicum y el tomate a la especie Solanum
lycopersicum. Las tres, como su compadre el tabaco (Nicotiana
tabacum) contienen asimismo alcaloides defensivos, aunque en
concentraciones mucho menores y generalmente inocuas en los frutos maduros. Las
plantas no producen estas sustancias pensando en la humanidad; las producen
porque no desean ser comidas por insectos, mamíferos o cualquier criatura con
malas intenciones. Nosotros simplemente aprendimos, a base de siglos de ensayo
y error, qué partes podían cocinarse sin terminar viendo ángeles o notarios
celestiales.
El género Hyoscyamus posee
un aspecto característico y ligeramente inquietante. Son plantas robustas,
cubiertas de pelos glandulosos que les proporcionan una textura pegajosa y un
olor desagradable, mezcla de tabaco viejo, establo húmedo y medicina caducada.
No parecen plantas amistosas. El beleño negro, en particular, presenta hojas
grandes, blandas y sinuosas, con un tono verde oscuro algo enfermizo. Sus
flores son extraordinarias: amarillentas, atravesadas por venas púrpuras o
violáceas que recuerdan pequeñas redes capilares. Hay algo anatómico en ellas,
como si la flor hubiese sido diseñada por un estudiante de medicina obsesionado
con las disecciones.
Botánicamente, distinguir el
beleño negro del beleño
blanco, Hyoscyamus albus, no resulta demasiado complicado una vez
conocidos algunos detalles. El beleño blanco suele presentar flores más claras
y uniformes, de amarillo pálido o crema, sin el marcado reticulado violáceo que
convierte a H. niger en una especie tan reconocible. También tiene un
aspecto general más limpio y luminoso, si semejante adjetivo puede aplicarse a
una planta venenosa. El beleño negro, por el contrario, parece siempre
ligeramente sucio, sombrío, como si hubiera dormido vestido bajo la lluvia.
Las hojas ofrecen también pistas
útiles. En H. niger suelen ser más oscuras, viscosas y densamente
pubescentes. La planta entera transmite una impresión pegajosa y áspera. H.
albus, mucho más frecuente en ambientes mediterráneos cálidos y secos,
posee un porte algo más delicado y menos agresivo visualmente. Ambos, sin
embargo, comparten cierta predilección por terrenos removidos, ruinas, corrales
abandonados y bordes de caminos. Son plantas de lugares marginales, como si
sospecharan que la civilización humana no termina de apreciarlas. Y quizá
tengan razón.
La literatura sobre los beleños
es inmensa. De Materia medica, el tratado escrito por Dióscorides, ya
les dedicaba extensas observaciones hace casi dos mil años. Desde entonces,
médicos, herboristas, botánicos, toxicólogos y aficionados a lo oculto no han
dejado de escribir sobre ellos. Hay plantas útiles; hay plantas bellas; y luego
están las plantas que parecen arrastrar una biografía. El beleño negro
pertenece claramente a esta última categoría.
Hoy sigue creciendo en
descampados y cunetas europeas, silencioso y casi ignorado. Los automóviles
pasan junto a él sin sospechar que esa hierba pegajosa formó parte de rituales
mágicos, anestesias primitivas y pesadillas medievales. Mientras tanto, sus parientes
domésticos continúan llenando cocinas de salsa de tomate, pimientos asados y
purés de patata. Las solanáceas nunca eligieron entre alimentar a la humanidad
o intoxicarla. Decidieron hacer ambas cosas al mismo tiempo, quizá porque la
naturaleza, a diferencia de nosotros, jamás ha visto contradicción alguna entre
el remedio y el veneno.