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viernes, 15 de mayo de 2026

BELEÑO NEGRO: LA PLANTA QUE HACÍA VOLAR A LAS BRUJAS

 

Beleño negro o hierba mora (Hyoscyamus niger) en la fortaleza de Suomenlinna, cerca de Helsinki, Finlandia. Foto de Anneli Salo. 

Las solanáceas son una familia botánica con problemas de personalidad. En un extremo producen patatas, tomates, berenjenas y pimientos; en el otro, plantas capaces de provocar delirios, amnesias, alucinaciones y alguna que otra conversación con el demonio. Pocas familias vegetales han contribuido tanto al progreso de la cocina y, simultáneamente, al desarrollo histórico de la brujería europea. Uno puede cenar tranquilamente una tortilla de patatas mientras contempla, a escasos metros, un beleño negro creciendo en una cuneta con aspecto de conocer secretos desagradables.

El beleño negro, Hyoscyamus niger, pertenece precisamente a esa rama sombría de las solanáceas. Toda la planta es tóxica. Hojas, semillas, raíces y flores contienen alcaloides tropánicos como la hiosciamina y la escopolamina, sustancias que actúan sobre el sistema nervioso con la eficacia brutal de una ganzúa química. La hiosciamina es además precursora de la atropina, célebre compuesto utilizado todavía hoy en medicina para dilatar pupilas, tratar ciertas bradicardias o combatir intoxicaciones concretas. Lo fascinante —y alarmante— es que las mismas moléculas que permitieron avances farmacológicos notables también podían convertir una sobremesa medieval en una experiencia metafísica de consecuencias inciertas.

Porque el beleño posee una larga carrera médica y criminal a partes iguales. Durante siglos se empleó para aliviar dolores dentales, combatir el insomnio, tratar espasmos, calmar ataques asmáticos o sedar a pacientes con delirium tremens. La antigua farmacopea mantenía con estas plantas una relación muy parecida a la de un domador con un tigre hambriento: mientras todo saliera bien, el espectáculo resultaba admirable; cuando salía mal, el desenlace era rápido y bastante educativo para los espectadores.

El efecto del beleño negro no es exactamente una alucinación convencional. Las descripciones históricas coinciden una y otra vez en sensaciones de ligereza extrema, flotación o vuelo. El sujeto intoxicado siente que abandona el suelo con una perseverancia tan sólida que resulta inútil discutirlo. Esto explica buena parte de la reputación mágica de la planta. Durante siglos formó parte de ungüentos y pócimas atribuidos a hechiceras y brujas, normalmente acompañado de otras amables especies de la familia como la belladona, la copa de oro y el estramonio, además de invitados externos igualmente poco recomendables, como la cicuta. La teoría moderna sostiene que muchos relatos medievales de vuelos nocturnos y aquelarres probablemente nacieron menos de Satanás y más de la absorción cutánea de alcaloides tropánicos.

Lo cierto es que la química de las solanáceas tiene algo de teatral. La misma familia vegetal que alimentó a media Europa con la patata también produjo algunas de las plantas más peligrosas del continente. La patata, por ejemplo, pertenece a la especie Solanum tuberosum, el pimiento al género Capsicum y el tomate a la especie Solanum lycopersicum. Las tres, como su compadre el tabaco (Nicotiana tabacum) contienen asimismo alcaloides defensivos, aunque en concentraciones mucho menores y generalmente inocuas en los frutos maduros. Las plantas no producen estas sustancias pensando en la humanidad; las producen porque no desean ser comidas por insectos, mamíferos o cualquier criatura con malas intenciones. Nosotros simplemente aprendimos, a base de siglos de ensayo y error, qué partes podían cocinarse sin terminar viendo ángeles o notarios celestiales.

El género Hyoscyamus posee un aspecto característico y ligeramente inquietante. Son plantas robustas, cubiertas de pelos glandulosos que les proporcionan una textura pegajosa y un olor desagradable, mezcla de tabaco viejo, establo húmedo y medicina caducada. No parecen plantas amistosas. El beleño negro, en particular, presenta hojas grandes, blandas y sinuosas, con un tono verde oscuro algo enfermizo. Sus flores son extraordinarias: amarillentas, atravesadas por venas púrpuras o violáceas que recuerdan pequeñas redes capilares. Hay algo anatómico en ellas, como si la flor hubiese sido diseñada por un estudiante de medicina obsesionado con las disecciones.

Botánicamente, distinguir el beleño negro del beleño blanco, Hyoscyamus albus, no resulta demasiado complicado una vez conocidos algunos detalles. El beleño blanco suele presentar flores más claras y uniformes, de amarillo pálido o crema, sin el marcado reticulado violáceo que convierte a H. niger en una especie tan reconocible. También tiene un aspecto general más limpio y luminoso, si semejante adjetivo puede aplicarse a una planta venenosa. El beleño negro, por el contrario, parece siempre ligeramente sucio, sombrío, como si hubiera dormido vestido bajo la lluvia.

Las hojas ofrecen también pistas útiles. En H. niger suelen ser más oscuras, viscosas y densamente pubescentes. La planta entera transmite una impresión pegajosa y áspera. H. albus, mucho más frecuente en ambientes mediterráneos cálidos y secos, posee un porte algo más delicado y menos agresivo visualmente. Ambos, sin embargo, comparten cierta predilección por terrenos removidos, ruinas, corrales abandonados y bordes de caminos. Son plantas de lugares marginales, como si sospecharan que la civilización humana no termina de apreciarlas. Y quizá tengan razón.

La literatura sobre los beleños es inmensa. De Materia medica, el tratado escrito por Dióscorides, ya les dedicaba extensas observaciones hace casi dos mil años. Desde entonces, médicos, herboristas, botánicos, toxicólogos y aficionados a lo oculto no han dejado de escribir sobre ellos. Hay plantas útiles; hay plantas bellas; y luego están las plantas que parecen arrastrar una biografía. El beleño negro pertenece claramente a esta última categoría.

Hoy sigue creciendo en descampados y cunetas europeas, silencioso y casi ignorado. Los automóviles pasan junto a él sin sospechar que esa hierba pegajosa formó parte de rituales mágicos, anestesias primitivas y pesadillas medievales. Mientras tanto, sus parientes domésticos continúan llenando cocinas de salsa de tomate, pimientos asados y purés de patata. Las solanáceas nunca eligieron entre alimentar a la humanidad o intoxicarla. Decidieron hacer ambas cosas al mismo tiempo, quizá porque la naturaleza, a diferencia de nosotros, jamás ha visto contradicción alguna entre el remedio y el veneno.