En verano, sobre todo con cielos
despejados y vientos suaves, típicos de las situaciones anticiclónicas, las
temperaturas en las ciudades pueden subir mucho más que en el entorno
circundante. Es el conocido efecto de «isla de calor urbana». La causa reside
en la escasa proporción de zonas verdes, la abundancia de edificios y la
naturaleza de materiales como el asfalto o el hormigón, que absorben y
almacenan grandes cantidades de energía solar.
Durante el día, calles, fachadas
y tejados actúan como gigantescas baterías térmicas. Al caer la noche, mientras
el campo se enfría rápidamente irradiando ese calor hacia la atmósfera, las
superficies urbanas lo liberan lentamente, manteniendo temperaturas varios
grados superiores a las del medio rural. A ello se añade el calor producido por
el tráfico, los aparatos de aire acondicionado, la industria y la actividad
humana. El resultado es un microclima más cálido que incrementa el consumo
energético, deteriora la calidad del aire y agrava los riesgos para la salud
durante las olas de calor.
Afortunadamente, la vegetación
puede mitigar una parte importante de este fenómeno. Los árboles actúan como
auténticos climatizadores naturales gracias a tres mecanismos complementarios:
enfrían el aire mediante la evapotranspiración, proyectan sombra sobre el suelo
y modifican la circulación del aire.
El primero de estos mecanismos, y
también el más importante, es la evapotranspiración. El proceso comienza en las
raíces, que absorben agua del suelo. Esta asciende por el tronco y las ramas
hasta llegar a las hojas a través de los vasos conductores. Allí, el agua
escapa en forma de vapor por millones de diminutos poros llamados estomas.
Modelos 3D de un árbol, con colores reales a la izquierda y con temperatura superficial a la derecha. INSA Estrasburgo.
A primera vista podría parecer un
enorme despilfarro. Sin embargo, esa aparente pérdida constituye uno de los
grandes logros de la evolución. Para transformar el agua líquida en vapor se
necesita una considerable cantidad de energía, y esa energía procede del calor
acumulado en las hojas y en el aire que las rodea. El fenómeno es exactamente
el mismo que ocurre cuando el sudor se evapora sobre nuestra piel y nos
refresca.
Un árbol adulto puede liberar
cientos de litros de agua a la atmósfera durante un día caluroso. Buena parte
de la energía solar que recibe deja así de transformarse en calor y se emplea
en evaporar agua. Gracias a ello, la temperatura del aire bajo su copa puede
ser entre dos y ocho grados inferior a la de una calle completamente expuesta
al sol.
El segundo mecanismo es la
sombra, mucho más evidente para cualquiera que haya buscado refugio bajo un
árbol en pleno verano. Su efecto va mucho más allá del simple confort del
peatón. Al interceptar una gran parte de la radiación solar, los árboles impiden
que esa energía alcance el pavimento, las fachadas y los vehículos. Es una
energía que nunca llega a convertirse en calor.
La diferencia puede ser
espectacular. Un pavimento de asfalto expuesto al sol puede superar fácilmente
los 60 °C durante una ola de calor, convirtiéndose en un auténtico radiador que
calienta el aire durante horas, incluso después de la puesta del sol. Bajo una
copa frondosa, en cambio, la superficie permanece varias decenas de grados más
fría. Esa reducción se transmite al aire y disminuye también el calentamiento
de los edificios cercanos, reduciendo la necesidad de utilizar aire
acondicionado.
Efecto de un árbol en su entorno inmediato: 1. Absorción de parte de la radiación solar (infrarroja); 2. Evapotranspiración; 3. Protección contra el viento; 4. Sombra. Plant & City (VegDUD)
Además, sombra y
evapotranspiración se potencian mutuamente. Al mantenerse más frescas, las
hojas continúan evaporando agua con mayor eficacia, mientras que el aire
enfriado por ese proceso circula bajo la copa y aumenta la sensación de
bienestar. El resultado es un sistema de refrigeración extraordinariamente
eficiente que funciona sin consumir electricidad, sin producir emisiones y sin
expulsar calor al exterior.
El tercer mecanismo, menos
conocido, es la forma en que los árboles modifican la circulación del aire.
Aunque a primera vista parezcan simples barreras contra el viento, sus copas
son estructuras porosas que desvían, ralentizan y mezclan las corrientes de
aire.
Cuando una brisa atraviesa un
árbol, el aire caliente procedente del pavimento entra en contacto con el aire
más fresco generado por la evapotranspiración. La masa de aire que emerge de la
copa suele ser algo más húmeda y varios grados más fría que la que penetró en
ella. Es un auténtico intercambiador de calor natural.
La disposición del arbolado
también influye en la ventilación de la ciudad. En calles amplias y parques,
las alineaciones de árboles ayudan a distribuir el aire fresco hacia las zonas
peatonales. Durante la noche, las grandes masas arboladas generan pequeñas
corrientes de aire más frío que se desplazan hacia los barrios próximos,
suavizando parcialmente la isla de calor urbana. Los urbanistas aprovechan este
fenómeno para diseñar corredores verdes capaces de mejorar el confort térmico
de toda una ciudad.
Naturalmente, este efecto tiene
sus límites. Una vegetación excesivamente densa en calles muy estrechas puede
dificultar la ventilación y favorecer la acumulación de calor o contaminantes.
Por ello, el diseño del arbolado urbano no consiste únicamente en plantar
muchos árboles, sino en escoger las especies adecuadas y distribuirlas de
manera que proporcionen sombra, evapotranspiración y una ventilación eficaz.
¿Y cuánto puede enfriar realmente
un árbol? Bastante más de lo que solemos imaginar. Las mediciones realizadas en
ciudades de todo el mundo muestran que el aire bajo una copa bien desarrollada
suele ser entre dos y ocho grados más fresco que en una zona completamente
expuesta al sol. Las diferencias son aún mayores en la temperatura del suelo:
mientras un pavimento asfaltado puede superar los 60 °C, el protegido por un
árbol suele mantenerse entre veinte y treinta grados más frío.
Cuando los árboles forman parques
o grandes masas verdes, el efecto deja de ser local. Dependiendo de su
extensión y de la disponibilidad de agua, un parque urbano puede mantener
temperaturas entre uno y cinco grados inferiores a las de las calles circundantes,
convirtiéndose en una auténtica «isla de frescor», justo lo contrario de una
isla de calor urbana.
Los beneficios no terminan ahí.
Al reducir el calentamiento de fachadas y tejados, los árboles disminuyen la
demanda de aire acondicionado y, con ello, el consumo eléctrico y el calor que
estos equipos expulsan al exterior. Es un círculo virtuoso: cuanto más eficaz
es el arbolado urbano, menos energía necesita la ciudad para refrigerarse.
Quizá la mejor forma de
comprender el valor de este servicio ecológico sea imaginar cuánto costaría
sustituirlo por tecnología. Para conseguir un efecto comparable al de un gran
árbol durante una jornada de verano harían falta varios equipos de aire acondicionado
funcionando durante horas, consumiendo electricidad y expulsando calor al
ambiente. El árbol obtiene un resultado similar utilizando únicamente agua,
energía solar y un mecanismo biológico perfeccionado por la evolución durante
cientos de millones de años. Es, probablemente, el sistema de climatización más
eficiente, silencioso y sostenible que existe sobre la Tierra.