Hace unas semanas escribía
en estas páginas sobre los hongos que afectan a los plátanos de paseo y
sobre esas pequeñas ramas secas que aparecen de pronto en las aceras como si
alguien hubiera pasado durante la noche con unas tijeras de podar invisibles.
Desde entonces he seguido paseando temprano por Alcalá de Henares y he
observado un fenómeno distinto. Ya no caen solamente ramillas. Ahora aparecen
en el suelo ramas gruesas, algunas de varios metros de longitud. No ocurre
únicamente en los plátanos. También sucede en olmos, moreras y otras especies
habituales del arbolado urbano.
La primera reacción consiste en
culpar al viento. Sin embargo, muchas de esas ramas han caído tras noches
completamente tranquilas. El responsable hay que buscarlo mucho más arriba, en
el cielo, aunque no precisamente porque sople con fuerza, sino porque cada
verano parece haber aprendido una nueva manera de secar los árboles.
Durante siglos hemos pensado que
una sequía consistía simplemente en que dejaba de llover. Hoy los climatólogos
hablan cada vez más de otro fenómeno mucho más inquietante: la sequía cálida,
un término que describe una situación muy distinta de la sequía tradicional. No
se trata solo de que falte agua, sino de que el calor extremo multiplica los
efectos de esa escasez hasta llevar a los árboles al límite de sus
posibilidades fisiológicas.
Dos veranos pueden registrar
prácticamente la misma cantidad de lluvia. Sin embargo, si uno de ellos es tres
o cuatro grados más cálido que el otro, el resultado para los árboles puede ser
completamente diferente. El incremento de la temperatura convierte una sequía
soportable en una carrera hacia el colapso. Para entender por qué sucede hay
que recordar que los árboles, aunque inmóviles, llevan millones de años
utilizando un sofisticado sistema de aire acondicionado.
Las raíces absorben agua del
suelo y la envían hacia las hojas a través del xilema, una red de conductos
microscópicos que, sumados, alcanzaría varios kilómetros de longitud en un solo
árbol adulto. Allí el agua se evapora por unos diminutos poros llamados
estomas. Igual que el sudor enfría nuestra piel al evaporarse, esa evaporación
mantiene las hojas varios grados por debajo de la temperatura del aire.
El sistema funciona de
maravilla... mientras haya agua suficiente. Los investigadores lo comprobaron hace apenas unos
años con el álamo de Fremont (Populus fremontii), una especie que
crece junto a los ríos del suroeste de Estados Unidos. Durante la
extraordinaria ola de calor que sufrió Arizona en 2023, cuando el termómetro
superó los 48 °C, estos árboles consiguieron mantener sus hojas entre dos y
cinco grados más frías que el aire circundante. Su refrigeración natural seguía
funcionando incluso bajo un calor casi insoportable.
El problema aparece cuando el
depósito empieza a vaciarse. A medida que aumenta la temperatura, la atmósfera
desarrolla una enorme capacidad para extraer agua de las hojas. Los botánicos
miden este fenómeno mediante el llamado déficit de presión de vapor, una
expresión un tanto complicada para describir algo muy sencillo: la sed del
aire.
El aire caliente puede contener
mucho más vapor de agua que el aire frío. Si esa humedad no existe, intenta
obtenerla allí donde puede. Y el lugar más accesible son las hojas de los
árboles. Cuanto más elevada es la temperatura, más intensamente "tira"
el aire del agua contenida en ellas. El árbol transpira cada vez más deprisa,
mientras las raíces son incapaces de reponer las pérdidas con la misma
velocidad.
Por eso una sequía cálida resulta
mucho más dañina que una sequía convencional. No basta con que llueva poco. El
propio aire se convierte en una gigantesca esponja que acelera la
deshidratación de toda la vegetación. Ante esa situación, el árbol hace lo
único que puede hacer: cierra parcialmente sus estomas para ahorrar agua.
Pero toda solución tiene un
precio. Al cerrarlos también deja de entrar dióxido de carbono. La fotosíntesis
disminuye, la fabricación de azúcares se ralentiza y el árbol dispone de menos
energía para crecer, reparar tejidos o defenderse de insectos y enfermedades.
Es como un corredor de maratón obligado a continuar la carrera respirando a
través de una pajita.
Mientras tanto, las hojas siguen
calentándose. Cada especie posee un límite térmico a partir del cual la
maquinaria fotosintética comienza a sufrir daños irreversibles. Ese margen de
seguridad puede desaparecer con sorprendente rapidez. Un estudio reciente
demostró que apenas setenta y dos horas con escasa humedad en el suelo bastaban
para que las hojas de algunos álamos dejaran de refrigerarse. Las hojas, que
normalmente eran más frías que el aire, pasaron a estar más calientes que la
propia atmósfera.
Los problemas no terminan ahí. Dentro
del árbol circula una columna continua de agua sometida a una tensión enorme.
Cuando el suelo está demasiado seco, esa tensión aumenta hasta que aparecen
diminutas burbujas de aire en el interior del xilema. El fenómeno recibe el
nombre de cavitación y recuerda a lo que ocurre en las instalaciones de
calefacción cuando se forman bolsas de aire y es necesario purgar los
radiadores. Ocurre, sin embargo, que un árbol no puede llamar al fontanero.
Cada una de esas burbujas bloquea
el paso del agua. Si se acumulan suficientes, algunas ramas dejan de recibir
suministro y comienzan a secarse. En ocasiones el árbol opta por una estrategia
desesperada: sacrificar parte de su copa para reducir el consumo de agua y
salvar el tronco principal. Los fisiólogos vegetales llaman a este proceso
segmentación hidráulica. Nosotros simplemente vemos una gran rama desplomada
sobre la acera.
La historia, además, no termina
cuando acaba la ola de calor. Los árboles pueden arrastrar durante años las
consecuencias del estrés sufrido. Han consumido buena parte de sus reservas,
crecen menos, producen menos hojas y quedan mucho más expuestos a insectos
perforadores, hongos y bacterias oportunistas. Algunos sobreviven un verano
especialmente duro para morir dos o tres años después, cuando una nueva sequía
encuentra ya exhausto un organismo que nunca llegó a recuperarse del todo.
Los árboles urbanos afrontan
todavía un desafío adicional. Viven rodeados de asfalto, hormigón y edificios
que almacenan calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche. Es el
conocido efecto de isla de calor urbana. Mientras un bosque puede refrescarse
al caer el sol, una avenida continúa irradiando calor hasta bien entrada la
madrugada. Los árboles apenas disponen de horas para recuperarse antes de que
comience otro día abrasador.
No es extraño que las especies
que plantamos hace cincuenta o cien años empiecen a mostrar signos de
agotamiento. Evolucionaron en un clima donde las temperaturas superiores a
cuarenta grados constituían una rareza. Hoy forman parte habitual de muchos veranos
españoles.
Quizá dentro de unas décadas
nuestros nietos paseen por calles sombreadas por árboles diferentes. No porque
alguien haya decidido cambiar el diseño de los jardines, sino porque el clima
habrá ido seleccionando silenciosamente las especies capaces de sobrevivir.
Mientras tanto, cada rama caída
que encontramos en una acera cuenta una historia mucho más compleja de lo que
parece. No habla únicamente de un árbol viejo o de una tormenta reciente. Habla
de un organismo que lleva años luchando contra un enemigo invisible: un aire
cada vez más cálido y cada vez más sediento.
¿Habrá que cambiar los árboles
de nuestras ciudades?
La pregunta ya no pertenece
únicamente al ámbito de la jardinería municipal. Se la hacen ecólogos,
ingenieros forestales y responsables de planificación urbana de media Europa.
Si el clima del centro de la Península se parece cada vez más al que hace medio
siglo era propio del sur, ¿tiene sentido seguir plantando exactamente las
mismas especies?
No existe una respuesta sencilla.
Muchos de los árboles que hoy dan carácter a nuestras calles —plátanos de
paseo, olmos, moreras, tilos o castaños de Indias— proporcionan una sombra
excelente y forman parte del paisaje sentimental de varias generaciones. Pero
algunos empiezan a mostrar signos crecientes de estrés durante los veranos más
extremos. No significa que vayan a desaparecer mañana, sino que cada ola de
calor deja tras de sí un pequeño peaje: ramas secas, crecimiento más lento,
mayor vulnerabilidad frente a hongos e insectos y una mortalidad que, poco a
poco, comienza a aumentar.
Al mismo tiempo, otras especies
parecen desenvolverse mejor bajo las nuevas condiciones. Algunas proceden del
ámbito mediterráneo, como las encinas, los alcornoques o los algarrobos; otras
llevan décadas cultivándose en nuestras ciudades y muestran una notable
resistencia al calor y a la escasez de agua, como los almeces, las sóforas o
determinadas falsas acacias. Ninguna constituye una solución universal. Cada
una presenta ventajas e inconvenientes relacionados con el crecimiento, las
raíces, la sombra, los alérgenos o el mantenimiento.
La estrategia más sensata
probablemente no consista en sustituir unas especies por otras, sino en
aumentar la diversidad. Una ciudad dominada por una sola especie es mucho más
vulnerable a una enfermedad emergente o a un cambio climático rápido que otra donde
conviven decenas de ellas. La historia lo demuestra. La grafiosis transformó
para siempre los olmedales europeos; el chancro coloreado está reduciendo las
poblaciones de plátano en numerosos países; la procesionaria aprovecha
inviernos cada vez más suaves para expandirse por nuevos territorios.
Quizá la mejor lección que nos están dando las ramas caídas de este verano sea precisamente esa. Los árboles no son simples elementos decorativos que se colocan junto a una acera. Son organismos vivos que responden, casi día a día, a las condiciones ambientales. Y cuando empiezan a fallar de forma simultánea en miles de calles, no están enviando únicamente una señal sobre su propia salud. Están actuando como uno de los indicadores más visibles y silenciosos del cambio climático.