Vistas de página en total

viernes, 10 de julio de 2026

CUANDO LOS ÁRBOLES TIENEN SED

 

Este roble sucumbió a la ola de calor de 2022. En lugar de retirarlo, el Jardín Botánico de Kew lo dejó pintado de rojo en su lugar como recordatorio de que el cambio climático ya está causando estragos en los árboles de Gran Bretaña. La ola de calor de 2022 acabó con 400 árboles de Kew, y las predicciones indican que hasta el 50% de los 11 000 árboles que crecen allí podrían ser vulnerables al cambio climático en 2090.

Hace unas semanas escribía en estas páginas sobre los hongos que afectan a los plátanos de paseo y sobre esas pequeñas ramas secas que aparecen de pronto en las aceras como si alguien hubiera pasado durante la noche con unas tijeras de podar invisibles. Desde entonces he seguido paseando temprano por Alcalá de Henares y he observado un fenómeno distinto. Ya no caen solamente ramillas. Ahora aparecen en el suelo ramas gruesas, algunas de varios metros de longitud. No ocurre únicamente en los plátanos. También sucede en olmos, moreras y otras especies habituales del arbolado urbano.

La primera reacción consiste en culpar al viento. Sin embargo, muchas de esas ramas han caído tras noches completamente tranquilas. El responsable hay que buscarlo mucho más arriba, en el cielo, aunque no precisamente porque sople con fuerza, sino porque cada verano parece haber aprendido una nueva manera de secar los árboles.

Durante siglos hemos pensado que una sequía consistía simplemente en que dejaba de llover. Hoy los climatólogos hablan cada vez más de otro fenómeno mucho más inquietante: la sequía cálida, un término que describe una situación muy distinta de la sequía tradicional. No se trata solo de que falte agua, sino de que el calor extremo multiplica los efectos de esa escasez hasta llevar a los árboles al límite de sus posibilidades fisiológicas.

Dos veranos pueden registrar prácticamente la misma cantidad de lluvia. Sin embargo, si uno de ellos es tres o cuatro grados más cálido que el otro, el resultado para los árboles puede ser completamente diferente. El incremento de la temperatura convierte una sequía soportable en una carrera hacia el colapso. Para entender por qué sucede hay que recordar que los árboles, aunque inmóviles, llevan millones de años utilizando un sofisticado sistema de aire acondicionado.

Las raíces absorben agua del suelo y la envían hacia las hojas a través del xilema, una red de conductos microscópicos que, sumados, alcanzaría varios kilómetros de longitud en un solo árbol adulto. Allí el agua se evapora por unos diminutos poros llamados estomas. Igual que el sudor enfría nuestra piel al evaporarse, esa evaporación mantiene las hojas varios grados por debajo de la temperatura del aire.

El sistema funciona de maravilla... mientras haya agua suficiente. Los investigadores lo comprobaron hace apenas unos años con el álamo de Fremont (Populus fremontii), una especie que crece junto a los ríos del suroeste de Estados Unidos. Durante la extraordinaria ola de calor que sufrió Arizona en 2023, cuando el termómetro superó los 48 °C, estos árboles consiguieron mantener sus hojas entre dos y cinco grados más frías que el aire circundante. Su refrigeración natural seguía funcionando incluso bajo un calor casi insoportable.

El problema aparece cuando el depósito empieza a vaciarse. A medida que aumenta la temperatura, la atmósfera desarrolla una enorme capacidad para extraer agua de las hojas. Los botánicos miden este fenómeno mediante el llamado déficit de presión de vapor, una expresión un tanto complicada para describir algo muy sencillo: la sed del aire.

El aire caliente puede contener mucho más vapor de agua que el aire frío. Si esa humedad no existe, intenta obtenerla allí donde puede. Y el lugar más accesible son las hojas de los árboles. Cuanto más elevada es la temperatura, más intensamente "tira" el aire del agua contenida en ellas. El árbol transpira cada vez más deprisa, mientras las raíces son incapaces de reponer las pérdidas con la misma velocidad.

Por eso una sequía cálida resulta mucho más dañina que una sequía convencional. No basta con que llueva poco. El propio aire se convierte en una gigantesca esponja que acelera la deshidratación de toda la vegetación. Ante esa situación, el árbol hace lo único que puede hacer: cierra parcialmente sus estomas para ahorrar agua.

Pero toda solución tiene un precio. Al cerrarlos también deja de entrar dióxido de carbono. La fotosíntesis disminuye, la fabricación de azúcares se ralentiza y el árbol dispone de menos energía para crecer, reparar tejidos o defenderse de insectos y enfermedades. Es como un corredor de maratón obligado a continuar la carrera respirando a través de una pajita.

Mientras tanto, las hojas siguen calentándose. Cada especie posee un límite térmico a partir del cual la maquinaria fotosintética comienza a sufrir daños irreversibles. Ese margen de seguridad puede desaparecer con sorprendente rapidez. Un estudio reciente demostró que apenas setenta y dos horas con escasa humedad en el suelo bastaban para que las hojas de algunos álamos dejaran de refrigerarse. Las hojas, que normalmente eran más frías que el aire, pasaron a estar más calientes que la propia atmósfera.

Los problemas no terminan ahí. Dentro del árbol circula una columna continua de agua sometida a una tensión enorme. Cuando el suelo está demasiado seco, esa tensión aumenta hasta que aparecen diminutas burbujas de aire en el interior del xilema. El fenómeno recibe el nombre de cavitación y recuerda a lo que ocurre en las instalaciones de calefacción cuando se forman bolsas de aire y es necesario purgar los radiadores. Ocurre, sin embargo, que un árbol no puede llamar al fontanero.

Cada una de esas burbujas bloquea el paso del agua. Si se acumulan suficientes, algunas ramas dejan de recibir suministro y comienzan a secarse. En ocasiones el árbol opta por una estrategia desesperada: sacrificar parte de su copa para reducir el consumo de agua y salvar el tronco principal. Los fisiólogos vegetales llaman a este proceso segmentación hidráulica. Nosotros simplemente vemos una gran rama desplomada sobre la acera.

La historia, además, no termina cuando acaba la ola de calor. Los árboles pueden arrastrar durante años las consecuencias del estrés sufrido. Han consumido buena parte de sus reservas, crecen menos, producen menos hojas y quedan mucho más expuestos a insectos perforadores, hongos y bacterias oportunistas. Algunos sobreviven un verano especialmente duro para morir dos o tres años después, cuando una nueva sequía encuentra ya exhausto un organismo que nunca llegó a recuperarse del todo.

Los árboles urbanos afrontan todavía un desafío adicional. Viven rodeados de asfalto, hormigón y edificios que almacenan calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche. Es el conocido efecto de isla de calor urbana. Mientras un bosque puede refrescarse al caer el sol, una avenida continúa irradiando calor hasta bien entrada la madrugada. Los árboles apenas disponen de horas para recuperarse antes de que comience otro día abrasador.

No es extraño que las especies que plantamos hace cincuenta o cien años empiecen a mostrar signos de agotamiento. Evolucionaron en un clima donde las temperaturas superiores a cuarenta grados constituían una rareza. Hoy forman parte habitual de muchos veranos españoles.

Quizá dentro de unas décadas nuestros nietos paseen por calles sombreadas por árboles diferentes. No porque alguien haya decidido cambiar el diseño de los jardines, sino porque el clima habrá ido seleccionando silenciosamente las especies capaces de sobrevivir.

Mientras tanto, cada rama caída que encontramos en una acera cuenta una historia mucho más compleja de lo que parece. No habla únicamente de un árbol viejo o de una tormenta reciente. Habla de un organismo que lleva años luchando contra un enemigo invisible: un aire cada vez más cálido y cada vez más sediento.

¿Habrá que cambiar los árboles de nuestras ciudades?

La pregunta ya no pertenece únicamente al ámbito de la jardinería municipal. Se la hacen ecólogos, ingenieros forestales y responsables de planificación urbana de media Europa. Si el clima del centro de la Península se parece cada vez más al que hace medio siglo era propio del sur, ¿tiene sentido seguir plantando exactamente las mismas especies?

No existe una respuesta sencilla. Muchos de los árboles que hoy dan carácter a nuestras calles —plátanos de paseo, olmos, moreras, tilos o castaños de Indias— proporcionan una sombra excelente y forman parte del paisaje sentimental de varias generaciones. Pero algunos empiezan a mostrar signos crecientes de estrés durante los veranos más extremos. No significa que vayan a desaparecer mañana, sino que cada ola de calor deja tras de sí un pequeño peaje: ramas secas, crecimiento más lento, mayor vulnerabilidad frente a hongos e insectos y una mortalidad que, poco a poco, comienza a aumentar.

Al mismo tiempo, otras especies parecen desenvolverse mejor bajo las nuevas condiciones. Algunas proceden del ámbito mediterráneo, como las encinas, los alcornoques o los algarrobos; otras llevan décadas cultivándose en nuestras ciudades y muestran una notable resistencia al calor y a la escasez de agua, como los almeces, las sóforas o determinadas falsas acacias. Ninguna constituye una solución universal. Cada una presenta ventajas e inconvenientes relacionados con el crecimiento, las raíces, la sombra, los alérgenos o el mantenimiento.

La estrategia más sensata probablemente no consista en sustituir unas especies por otras, sino en aumentar la diversidad. Una ciudad dominada por una sola especie es mucho más vulnerable a una enfermedad emergente o a un cambio climático rápido que otra donde conviven decenas de ellas. La historia lo demuestra. La grafiosis transformó para siempre los olmedales europeos; el chancro coloreado está reduciendo las poblaciones de plátano en numerosos países; la procesionaria aprovecha inviernos cada vez más suaves para expandirse por nuevos territorios.

Quizá la mejor lección que nos están dando las ramas caídas de este verano sea precisamente esa. Los árboles no son simples elementos decorativos que se colocan junto a una acera. Son organismos vivos que responden, casi día a día, a las condiciones ambientales. Y cuando empiezan a fallar de forma simultánea en miles de calles, no están enviando únicamente una señal sobre su propia salud. Están actuando como uno de los indicadores más visibles y silenciosos del cambio climático.