Es lamentable que Juan Jesús
Vivas, presidente de Ceuta, dirigente del Partido Popular, católico confeso y
frecuente defensor de los valores de la civilización cristiana, no haya
considerado oportuno declarar un día de luto en la ciudad autónoma, ni siquiera
convocar un minuto de silencio, por las 141 personas muertas en el Tarajal,
entre ellas un bebé. Habían emprendido uno de esos viajes que empiezan con la
esperanza de encontrar una vida mejor y que, demasiadas veces, terminan antes
de llegar a ninguna parte.
También se ha echado de menos un
apoyo explícito a Cruz Roja y Luna Blanca, las dos organizaciones humanitarias
que están recibiendo amenazas por alimentar a unos 5.000 inmigrantes. Ambas han
respondido que «Ceuta es una ciudad solidaria» y que seguirán dando comida pese
a los insultos. La primera parte de la frase contiene quizá más optimismo que
sociología, al menos después de escuchar algunos de los gritos lanzados durante
la multitudinaria manifestación celebrada en la ciudad.
«¡Fuera los moros!», «¡No les
deis de comer para que se vayan!» o la vieja brutalidad de «al enemigo ni agua»
resumen bastante bien el clima que algunos pretenden crear. La extrema derecha
ha encontrado en la crisis migratoria un material inflamable extraordinariamente
eficaz: miedo, frontera, pobreza, religión y miles de jóvenes extranjeros
concentrados en unos pocos kilómetros cuadrados. Basta añadir la palabra
«invasión» y acercar una cerilla.
El problema empieza cuando la
derecha democrática decide competir en ese terreno. El PP ha utilizado la
crisis humanitaria como instrumento político y ha vuelto a acercarse
peligrosamente al vocabulario de quienes viven electoralmente del miedo al
extranjero. Por Ceuta han desfilado dirigentes populares no tanto para rebajar
la tensión como para subrayar el carácter casi bélico de lo sucedido. Entre
ellos, José María Aznar, que siempre se ha sentido cómodo en los escenarios
donde España parece necesitar espada, almena y enemigo.
Aznar ofrece además una
iconografía difícil de mejorar. Basta recordar aquella
extraordinaria fotografía en la que aparece caracterizado de guerrero medieval,
espada en mano y casco bajo el brazo. El antiguo presidente posee una relación
peculiar con la épica militar. En julio de 2002 ya convirtió el minúsculo
islote de Perejil, habitado habitualmente por cabras, en escenario de una
operación militar que durante unos días permitió a España sentirse protagonista
de una película de aventuras de presupuesto moderado.
Ahora vuelve el lenguaje de la
«invasión». Es una palabra formidable porque evita pensar. Una invasión exige
invasores; los invasores son enemigos y contra los enemigos no rigen las mismas
obligaciones morales que frente a personas desesperadas. Desaparecen así las
biografías, las familias, el hambre y el miedo. Queda una masa. Y las masas,
convenientemente deshumanizadas, resultan mucho más fáciles de rechazar.
Pero quienes cruzaron a nado el
espigón fronterizo no constituían un ejército. Eran, en su inmensa mayoría,
jóvenes desarmados, muchos en bañador, empujados hacia una frontera que
Marruecos había decidido dejar abierta. Algunos no llegaron vivos. Resulta
significativo que una parte de la política española encuentre más sencillo
organizar actos patrióticos contra quienes entran que actos de duelo por
quienes mueren intentando hacerlo.
Hay una fotografía, la que he usado
para encabezar este artículo, que me parece especialmente pertinente estos
días. Muestra a unos hombres lavando su ropa en una
playa de Argelès-sur-Mer, convertida en campo de concentración. Llegaron
allí en 1939 con poco más que la ropa que llevaban puesta, el miedo pegado a la
piel y la esperanza escondida en algún rincón del equipaje. Habían cruzado los
Pirineos huyendo de una guerra perdida y de la dictadura que estaba a punto de
instalarse en España.
Francia los recibió con arena,
alambradas y vigilancia. Decenas de miles de españoles fueron confinados en
playas y campos improvisados. Muchos apenas hablaban francés. Habían perdido
sus casas, sus trabajos y, en numerosos casos, sus familias. Descubrieron
entonces una vieja regla europea: perder la patria puede significar también
perder, a ojos de algunos, la condición de persona.
No faltaron quienes los llamaron
indeseables, rojos, extranjeros peligrosos o simples parásitos. La prensa
francesa más reaccionaria contribuyó a presentar a aquellos refugiados como una
amenaza para la seguridad, el empleo y la identidad nacional. La retórica
resulta familiar porque la retórica del miedo envejece extraordinariamente
bien. Sólo necesita sustituir unos sustantivos por otros.
Aquellos indeseables eran
españoles. Cinco años después ocurrió algo que debería figurar con letras
grandes en nuestra memoria colectiva. Algunos de aquellos hombres que Francia
había recibido detrás de una alambrada entraron en París empuñando las
armas contra los ocupantes alemanes. Los vehículos de La Nueve, la compañía
de la División Leclerc formada mayoritariamente por republicanos españoles,
llevaban nombres como Guadalajara, Teruel, Ebro o Guernica. El 24 de agosto de
1944 estuvieron entre los primeros soldados aliados que alcanzaron el centro de
París.
La historia tiene a veces un
sentido de la ironía del que carecemos los humanos. Los extranjeros sospechosos
de 1939 eran libertadores en 1944. Los hombres considerados una carga para
Francia contribuyeron a liberar Francia. Y algunos de quienes se habían
presentado como grandes patriotas franceses encontraron perfectamente compatible
su patriotismo con colaborar, pocos años después, con los ocupantes nazis.
Por eso conviene ser prudente
cuando alguien se apropia de la palabra «patria». El patriotismo no consiste
necesariamente en gritar más fuerte, agitar más banderas o encontrar un
extranjero al que culpar. A veces consiste simplemente en impedir que una sociedad
pierda la decencia cuando tiene miedo. Ceuta debería saberlo mejor que casi
ninguna otra ciudad española.
El Tarajal posee ya su propia
memoria trágica. El 6 de febrero de 2014, varios centenares de inmigrantes
intentaron alcanzar Ceuta desde Marruecos. Una parte trató de bordear a nado el
espigón fronterizo. La Guardia Civil utilizó material antidisturbios —entre
otros medios, pelotas de goma y botes de humo— mientras aquellas personas
estaban en el agua. Quince murieron.
La tragedia originó durante años
investigaciones judiciales, controversias políticas y denuncias de
organizaciones de derechos humanos. El Ministerio del Interior, dirigido
entonces por Jorge Fernández Díaz, defendió la actuación de los agentes. La
imagen de hombres luchando por mantenerse a flote mientras a su alrededor caía
material antidisturbios quedó, sin embargo, incorporada para siempre a la
historia reciente de la frontera sur española.
Diez años después, en 2024,
diversos colectivos convocaron una nueva Marcha por la Dignidad en recuerdo de
las víctimas del Tarajal. Recorrieron Ceuta reclamando vías migratorias seguras
y repitiendo una frase elemental: «Ningún ser humano es ilegal». La
participación de la población ceutí fue escasa. Algunos vecinos se limitaron a
contemplar la marcha desde las ventanas.
Quizá ahí se encuentre el
verdadero problema. No en que Ceuta sea una ciudad racista —una simplificación
tan injusta como inútil—, sino en el círculo del silencio que se forma cuando
una minoría grita y una mayoría calla. Los discursos de odio no necesitan que
todo el mundo los comparta. Les basta con que quienes no los comparten
permanezcan en casa.
Ceuta es una ciudad fronteriza,
española, europea, africana, cristiana, musulmana, judía e hindú. Esa
complejidad podría ser su mayor riqueza y es, al mismo tiempo, lo que algunos
desean convertir en su mayor debilidad. Porque resulta mucho más fácil obtener
votos dividiendo una ciudad entre «nosotros» y «ellos» que explicar cómo
gestionar una frontera sometida a una presión migratoria extraordinaria sin
renunciar a la ley, al orden y a la humanidad.
Argelès-sur-Mer debería servirnos
de advertencia. Cambian las fronteras, los uniformes y las banderas. Cambian
las palabras con las que designamos al recién llegado: rojo, extranjero,
ilegal, moro, invasor, amenaza. Lo que cambia mucho menos es el miedo de quien
huye, la intemperie de quien llega y la facilidad con la que las sociedades
asustadas aceptan que ciertas personas merecen menos compasión que otras.
En aquella playa francesa había
españoles detrás de las alambradas. Algunos fueron despreciados por quienes se
consideraban patriotas y, pocos años después, demostraron con las armas qué
significaba realmente defender la libertad. Conviene recordarlo cuando volvemos
a escuchar que al extranjero no hay que darle ni agua.
La historia todavía no ha
terminado de escribir quiénes fueron los refugiados y quiénes los patriotas. Y
quizá sea eso lo verdaderamente ominoso del silencio ceutí: que algún día,
cuando todo esto sea historia, alguien preguntará qué hicimos mientras unos
gritaban. Y habrá que contestarle.