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sábado, 5 de septiembre de 2026

EL OMINOSO CÍRCULO DEL SILENCIO CEUTÍ

 

Es lamentable que Juan Jesús Vivas, presidente de Ceuta, dirigente del Partido Popular, católico confeso y frecuente defensor de los valores de la civilización cristiana, no haya considerado oportuno declarar un día de luto en la ciudad autónoma, ni siquiera convocar un minuto de silencio, por las 141 personas muertas en el Tarajal, entre ellas un bebé. Habían emprendido uno de esos viajes que empiezan con la esperanza de encontrar una vida mejor y que, demasiadas veces, terminan antes de llegar a ninguna parte.

También se ha echado de menos un apoyo explícito a Cruz Roja y Luna Blanca, las dos organizaciones humanitarias que están recibiendo amenazas por alimentar a unos 5.000 inmigrantes. Ambas han respondido que «Ceuta es una ciudad solidaria» y que seguirán dando comida pese a los insultos. La primera parte de la frase contiene quizá más optimismo que sociología, al menos después de escuchar algunos de los gritos lanzados durante la multitudinaria manifestación celebrada en la ciudad.

«¡Fuera los moros!», «¡No les deis de comer para que se vayan!» o la vieja brutalidad de «al enemigo ni agua» resumen bastante bien el clima que algunos pretenden crear. La extrema derecha ha encontrado en la crisis migratoria un material inflamable extraordinariamente eficaz: miedo, frontera, pobreza, religión y miles de jóvenes extranjeros concentrados en unos pocos kilómetros cuadrados. Basta añadir la palabra «invasión» y acercar una cerilla.

El problema empieza cuando la derecha democrática decide competir en ese terreno. El PP ha utilizado la crisis humanitaria como instrumento político y ha vuelto a acercarse peligrosamente al vocabulario de quienes viven electoralmente del miedo al extranjero. Por Ceuta han desfilado dirigentes populares no tanto para rebajar la tensión como para subrayar el carácter casi bélico de lo sucedido. Entre ellos, José María Aznar, que siempre se ha sentido cómodo en los escenarios donde España parece necesitar espada, almena y enemigo.

Aznar ofrece además una iconografía difícil de mejorar. Basta recordar aquella extraordinaria fotografía en la que aparece caracterizado de guerrero medieval, espada en mano y casco bajo el brazo. El antiguo presidente posee una relación peculiar con la épica militar. En julio de 2002 ya convirtió el minúsculo islote de Perejil, habitado habitualmente por cabras, en escenario de una operación militar que durante unos días permitió a España sentirse protagonista de una película de aventuras de presupuesto moderado.

Ahora vuelve el lenguaje de la «invasión». Es una palabra formidable porque evita pensar. Una invasión exige invasores; los invasores son enemigos y contra los enemigos no rigen las mismas obligaciones morales que frente a personas desesperadas. Desaparecen así las biografías, las familias, el hambre y el miedo. Queda una masa. Y las masas, convenientemente deshumanizadas, resultan mucho más fáciles de rechazar.

Pero quienes cruzaron a nado el espigón fronterizo no constituían un ejército. Eran, en su inmensa mayoría, jóvenes desarmados, muchos en bañador, empujados hacia una frontera que Marruecos había decidido dejar abierta. Algunos no llegaron vivos. Resulta significativo que una parte de la política española encuentre más sencillo organizar actos patrióticos contra quienes entran que actos de duelo por quienes mueren intentando hacerlo.

Hay una fotografía, la que he usado para encabezar este artículo, que me parece especialmente pertinente estos días. Muestra a unos hombres lavando su ropa en una playa de Argelès-sur-Mer, convertida en campo de concentración. Llegaron allí en 1939 con poco más que la ropa que llevaban puesta, el miedo pegado a la piel y la esperanza escondida en algún rincón del equipaje. Habían cruzado los Pirineos huyendo de una guerra perdida y de la dictadura que estaba a punto de instalarse en España.

Francia los recibió con arena, alambradas y vigilancia. Decenas de miles de españoles fueron confinados en playas y campos improvisados. Muchos apenas hablaban francés. Habían perdido sus casas, sus trabajos y, en numerosos casos, sus familias. Descubrieron entonces una vieja regla europea: perder la patria puede significar también perder, a ojos de algunos, la condición de persona.

No faltaron quienes los llamaron indeseables, rojos, extranjeros peligrosos o simples parásitos. La prensa francesa más reaccionaria contribuyó a presentar a aquellos refugiados como una amenaza para la seguridad, el empleo y la identidad nacional. La retórica resulta familiar porque la retórica del miedo envejece extraordinariamente bien. Sólo necesita sustituir unos sustantivos por otros.

Aquellos indeseables eran españoles. Cinco años después ocurrió algo que debería figurar con letras grandes en nuestra memoria colectiva. Algunos de aquellos hombres que Francia había recibido detrás de una alambrada entraron en París empuñando las armas contra los ocupantes alemanes. Los vehículos de La Nueve, la compañía de la División Leclerc formada mayoritariamente por republicanos españoles, llevaban nombres como Guadalajara, Teruel, Ebro o Guernica. El 24 de agosto de 1944 estuvieron entre los primeros soldados aliados que alcanzaron el centro de París.

La historia tiene a veces un sentido de la ironía del que carecemos los humanos. Los extranjeros sospechosos de 1939 eran libertadores en 1944. Los hombres considerados una carga para Francia contribuyeron a liberar Francia. Y algunos de quienes se habían presentado como grandes patriotas franceses encontraron perfectamente compatible su patriotismo con colaborar, pocos años después, con los ocupantes nazis.

Por eso conviene ser prudente cuando alguien se apropia de la palabra «patria». El patriotismo no consiste necesariamente en gritar más fuerte, agitar más banderas o encontrar un extranjero al que culpar. A veces consiste simplemente en impedir que una sociedad pierda la decencia cuando tiene miedo. Ceuta debería saberlo mejor que casi ninguna otra ciudad española.

El Tarajal posee ya su propia memoria trágica. El 6 de febrero de 2014, varios centenares de inmigrantes intentaron alcanzar Ceuta desde Marruecos. Una parte trató de bordear a nado el espigón fronterizo. La Guardia Civil utilizó material antidisturbios —entre otros medios, pelotas de goma y botes de humo— mientras aquellas personas estaban en el agua. Quince murieron.

La tragedia originó durante años investigaciones judiciales, controversias políticas y denuncias de organizaciones de derechos humanos. El Ministerio del Interior, dirigido entonces por Jorge Fernández Díaz, defendió la actuación de los agentes. La imagen de hombres luchando por mantenerse a flote mientras a su alrededor caía material antidisturbios quedó, sin embargo, incorporada para siempre a la historia reciente de la frontera sur española.

Diez años después, en 2024, diversos colectivos convocaron una nueva Marcha por la Dignidad en recuerdo de las víctimas del Tarajal. Recorrieron Ceuta reclamando vías migratorias seguras y repitiendo una frase elemental: «Ningún ser humano es ilegal». La participación de la población ceutí fue escasa. Algunos vecinos se limitaron a contemplar la marcha desde las ventanas.

Quizá ahí se encuentre el verdadero problema. No en que Ceuta sea una ciudad racista —una simplificación tan injusta como inútil—, sino en el círculo del silencio que se forma cuando una minoría grita y una mayoría calla. Los discursos de odio no necesitan que todo el mundo los comparta. Les basta con que quienes no los comparten permanezcan en casa.

Ceuta es una ciudad fronteriza, española, europea, africana, cristiana, musulmana, judía e hindú. Esa complejidad podría ser su mayor riqueza y es, al mismo tiempo, lo que algunos desean convertir en su mayor debilidad. Porque resulta mucho más fácil obtener votos dividiendo una ciudad entre «nosotros» y «ellos» que explicar cómo gestionar una frontera sometida a una presión migratoria extraordinaria sin renunciar a la ley, al orden y a la humanidad.

Argelès-sur-Mer debería servirnos de advertencia. Cambian las fronteras, los uniformes y las banderas. Cambian las palabras con las que designamos al recién llegado: rojo, extranjero, ilegal, moro, invasor, amenaza. Lo que cambia mucho menos es el miedo de quien huye, la intemperie de quien llega y la facilidad con la que las sociedades asustadas aceptan que ciertas personas merecen menos compasión que otras.

En aquella playa francesa había españoles detrás de las alambradas. Algunos fueron despreciados por quienes se consideraban patriotas y, pocos años después, demostraron con las armas qué significaba realmente defender la libertad. Conviene recordarlo cuando volvemos a escuchar que al extranjero no hay que darle ni agua.

La historia todavía no ha terminado de escribir quiénes fueron los refugiados y quiénes los patriotas. Y quizá sea eso lo verdaderamente ominoso del silencio ceutí: que algún día, cuando todo esto sea historia, alguien preguntará qué hicimos mientras unos gritaban. Y habrá que contestarle.