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sábado, 10 de octubre de 2026

CUANDO JUAN CARLOS I PLANTEÓ ENTREGAR CEUTA Y MELILLA A MARRUECOS

 

El próximo martes 13 de octubre Felipe VI realizará una visita oficial a Ceuta. En Marruecos la seguirán muy atentamente y quizás aprovechen para recordar lo que planteó el hoy emérito al padre del actual monarca alauita.

En la primavera de 1979, España acababa de estrenar Constitución, Adolfo Suárez presidía su segundo Gobierno y Juan Carlos I llevaba poco más de tres años en el trono. Marruecos, mientras tanto, seguía mirando hacia el norte. Hassan II, padre del actual monarca, no había olvidado Ceuta y Melilla y nadie en Madrid podía descartar que intentara repetir con las dos ciudades españolas una operación semejante a la Marcha Verde que en 1975 había precipitado la salida de España del Sáhara Occidental.

En aquel escenario ocurrió algo que permaneció desconocido durante décadas. El 30 de abril de 1979, Juan Carlos recibió en la Zarzuela al senador Edmund Muskie, enviado personal del presidente Jimmy Carter, acompañado por el embajador estadounidense en Madrid, Terence Todman. La conversación duró más de hora y media. Ocho días después, la embajada remitió a Washington un telegrama confidencial titulado Meeting of Senator Muskie with King Juan Carlos.

El documento, conservado en los Archivos Nacionales estadounidenses, resulta extraordinario. Según el relato diplomático norteamericano, Juan Carlos dijo "con franqueza" que el gran problema entre España y Marruecos eran los dos enclaves españoles y ofreció una solución que convenía mantener en secreto hasta el momento oportuno: desprenderse de Melilla y buscar para Ceuta una fórmula de internacionalización. En el libro Un rey para la democracia el historiador Charles Powell ha documentado el episodio utilizando precisamente ese telegrama.

Encabezamiento (izquierda) y página donde se citan Ceuta y Melilla (derecha) de la transcripción del telegrama secreto citado en el texto. Archivos Nacionales de EEUU.

Según el telegrama, Juan Carlos consideraba que Melilla podía ser cedida a Marruecos en un plazo relativamente corto. Calculaba que allí vivían unos diez mil españoles. Preveía, naturalmente, una reacción muy adversa de los militares, pero pensaba que las protestas durarían aproximadamente dos meses y que él podría controlar la situación.

Ceuta era otra cosa. Allí, según las cifras manejadas por el rey, vivían unos sesenta mil españoles y resultaba complicado entregarlos sencillamente a Marruecos. Juan Carlos sugirió entonces una posible internacionalización de la ciudad mediante una situación «similar a la de Tánger».

La referencia no era a beneficio de inventario. Tánger había vivido desde 1925 hasta la independencia marroquí —con el paréntesis de la ocupación española durante la Segunda Guerra Mundial— bajo un peculiar régimen internacional establecido por el Estatuto de 1923. Formalmente se reconocía la soberanía del sultán de Marruecos, pero buena parte del gobierno efectivo correspondía a instituciones internacionales en las que participaban varias potencias. Existían una Asamblea Legislativa Internacional, un administrador, un Comité de Control integrado por representantes extranjeros y un Tribunal Mixto.

Por tanto, Juan Carlos no estaba pensando simplemente en conceder a Ceuta mayor autonomía. Si la comparación con Tánger expresaba realmente el modelo que tenía en mente, la propuesta era mucho más profunda: España dejaría de ejercer en solitario el control de la ciudad y, para vestir el muñeco, aceptaría algún tipo de administración internacional, aunque el telegrama no permite saber cómo imaginaba concretamente ese estatuto ni qué países participarían en él. Melilla podía acabar en manos de Marruecos; Ceuta también, pero quedaría sometida a una fórmula internacional que evitaría entregar directamente a decenas de miles de españoles a la soberanía marroquí, aunque el final sería precisamente ese. Eran soluciones diferentes, pero ninguna significaba conservar el statu quo.

Detrás de aquellos razonamientos había una preocupación: otra Marcha Verde. El precedente de 1975 estaba demasiado próximo. Hassan II había demostrado entonces hasta qué punto una movilización aparentemente civil podía convertirse en un formidable instrumento de presión territorial.

La historia se vuelve todavía más interesante porque apenas mes y medio después Juan Carlos viajó oficialmente a Marruecos. Los Reyes llegaron a Fez el 14 de junio de 1979. El momento era delicado. Marruecos combatía al Frente Polisario en el Sáhara Occidental y las relaciones con España estaban enrarecidas por el conflicto saharaui, la pesca y el apresamiento de pesqueros españoles. Hassan II recibió a Juan Carlos con todos los honores y ambos monarcas mantuvieron conversaciones privadas. El País, cuyo enviado especial seguía el viaje, informó de un encuentro en el que estuvieron «verdaderamente a solas».

¿Qué se dijeron? No lo sabemos. El entonces ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja declaró después que Ceuta y Melilla no habían aparecido en las conversaciones; añadió humorísticamente que tampoco habían hablado «de Guadalajara». El asunto central había sido el Sáhara. Sin embargo, un cable confidencial enviado posteriormente por la Embajada estadounidense en Madrid contiene una precisión significativa: el funcionario español que informó a los norteamericanos sobre el viaje reconoció que no conocía lo que hubiera podido ocurrir durante las conversaciones privadas entre ambos monarcas.

No existe, por tanto, documentación que permita afirmar que Juan Carlos ofreciera Ceuta o Melilla a Hassan II durante aquella visita. Mucho menos que le aconsejara llenar Ceuta de residentes marroquíes, una afirmación que circula por internet y para la que no hemos encontrado respaldo documental. Lo que sí sabemos es que seis semanas antes Juan Carlos había expuesto a los estadounidenses su disposición a considerar la cesión de Melilla y la internacionalización de Ceuta.

La posición de Adolfo Suárez ofrece un contraste formidable. El 25 de junio de 1980, Suárez se reunió en Madrid con Jimmy Carter. El acta estadounidense de aquella conversación está publicada por la Oficina del Historiador del Departamento de Estado. Cuando apareció el problema de Ceuta y Melilla, el presidente del Gobierno habló en términos radicalmente distintos de los empleados por Juan Carlos ante Muskie.

Suárez dijo que el Gobierno tenía la impresión de que Marruecos estaba dispuesto a ejercer presión sobre Ceuta y Melilla para obligar a España a ceder en determinadas negociaciones. Si Marruecos hacía algo semejante, aseguró a Carter, España respondería violentamente.

No era una frase retórica. Suárez explicó que España sabía que los dos territorios eran difíciles de defender y que, precisamente por ello, tendría que pasar a la ofensiva. Añadió que existían planes preparados para hacerlo, aunque esperaba no tener que utilizarlos nunca. Carter comprendió inmediatamente las consecuencias: aquello significaría una guerra. Suárez respondió con una sola palabra: «Exactly». Exactamente.

La conversación debió de impresionar a Carter. El presidente preguntó al embajador Todman qué podía hacer Estados Unidos. Todman sugirió advertir a Hassan II, y Carter consideró conveniente hacerle saber que Washington contemplaría cualquier ataque contra Ceuta y Melilla como un asunto muy grave. Suárez añadió un argumento histórico: Ceuta y Melilla llevaban perteneciendo a España más de quinientos años y eran españolas desde antes de la existencia del propio Marruecos como Estado.

Resulta difícil imaginar dos planteamientos más diferentes. Juan Carlos, hablando confidencialmente con los estadounidenses en abril de 1979, consideraba posible desprenderse de Melilla, calculaba cuánto duraría la protesta militar y buscaba para Ceuta una solución similar, pero emboscada en una internacionalización “fake”. Suárez, hablando confidencialmente con el presidente de Estados Unidos catorce meses después, afirmaba que una acción marroquí contra las ciudades provocaría una respuesta militar española que podía desembocar en una guerra.

Conviene no convertir esa diferencia en un enfrentamiento entre el Rey y el presidente del Gobierno que los documentos disponibles no demuestran. Las conversaciones tuvieron lugar en momentos distintos y tampoco sabemos si Juan Carlos expresaba una política discutida previamente con Suárez o una reflexión personal sobre la manera de resolver un problema que consideraba peligroso. Pero la diferencia existe y quedó escrita en los archivos diplomáticos estadounidenses.

También ayuda a entender la peculiar relación entre Juan Carlos y Hassan II. Ambos se llamaban hermanos, pero pertenecían a monarquías de naturaleza radicalmente diferente. Hassan gobernaba. Juan Carlos reinaba dentro de una monarquía parlamentaria. Powell recuerda que al soberano marroquí le costaba comprender que su colega español aceptara las limitaciones constitucionales de sus poderes y tendía a considerar a los ministros españoles poco menos que enviados del Rey.

De ahí podía surgir una peligrosa ambigüedad. Para Hassan II, una conversación con Juan Carlos podía tener un significado político que quizá no tenía dentro del sistema constitucional español.

Casi medio siglo después, los telegramas diplomáticos permiten contemplar aquella relación desde una perspectiva diferente. La versión pública ofrecía cordialidad, cooperación y prudencia. Por debajo circulaban temores a nuevas marchas verdes, cálculos sobre la reacción del Ejército, planes militares españoles y conversaciones sobre territorios cuya soberanía públicamente parecía indiscutible.

Quizá lo más revelador no sea que Juan Carlos contemplara en 1979 que algún día España pudiera desprenderse de Melilla o internacionalizar Ceuta. Los gobernantes examinan en privado escenarios que jamás convertirán en políticas. Lo llamativo es que, mientras el Rey buscaba confidencialmente una salida negociada a un problema que consideraba potencialmente explosivo, el presidente del Gobierno estaba dispuesto a hacer saber que determinadas líneas no podían cruzarse.

Entre una conversación y otra transcurrieron catorce meses. Y entre ambas posiciones, todo el Estrecho de Gibraltar, en cuyo lado español se levanta el Peñón, una plaza estratégica que otro Borbón, Felipe V, entregó graciosamente a Inglaterra en 1714. Nada nuevo bajo el sol.