El próximo martes 13 de
octubre Felipe VI realizará una visita oficial a Ceuta. En Marruecos la seguirán
muy atentamente y quizás aprovechen para recordar lo que planteó el hoy emérito
al padre del actual monarca alauita.
En la primavera de 1979,
España acababa de estrenar Constitución, Adolfo Suárez presidía su segundo
Gobierno y Juan Carlos I llevaba poco más de tres años en el trono. Marruecos,
mientras tanto, seguía mirando hacia el norte. Hassan II, padre del actual
monarca, no había olvidado Ceuta y Melilla y nadie en Madrid podía descartar
que intentara repetir con las dos ciudades españolas una operación semejante a
la Marcha Verde que en 1975 había precipitado la salida de España del Sáhara
Occidental.
En aquel escenario ocurrió
algo que permaneció desconocido durante décadas. El 30 de abril de 1979, Juan
Carlos recibió en la Zarzuela al senador Edmund Muskie, enviado personal del
presidente Jimmy Carter, acompañado por el embajador estadounidense en Madrid,
Terence Todman. La conversación duró más de hora y media. Ocho días después, la
embajada remitió a Washington un telegrama confidencial titulado Meeting
of Senator Muskie with King Juan Carlos.
El documento, conservado en
los Archivos Nacionales estadounidenses, resulta extraordinario. Según el
relato diplomático norteamericano, Juan Carlos dijo "con franqueza" que el gran problema entre
España y Marruecos eran los dos enclaves españoles y ofreció una solución que
convenía mantener en secreto hasta el momento oportuno: desprenderse de
Melilla y buscar para Ceuta una fórmula de internacionalización. En el
libro Un
rey para la democracia el historiador Charles Powell ha documentado el
episodio utilizando precisamente ese telegrama.
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| Encabezamiento (izquierda) y página donde se citan Ceuta y Melilla (derecha) de la transcripción del telegrama secreto citado en el texto. Archivos Nacionales de EEUU. |
Según el telegrama, Juan
Carlos consideraba que Melilla podía ser cedida a Marruecos en un plazo
relativamente corto. Calculaba que allí vivían unos diez mil españoles.
Preveía, naturalmente, una reacción muy adversa de los militares, pero pensaba
que las protestas durarían aproximadamente dos meses y que él podría controlar
la situación.
Ceuta era otra cosa. Allí,
según las cifras manejadas por el rey, vivían unos sesenta mil españoles y
resultaba complicado entregarlos sencillamente a Marruecos. Juan Carlos sugirió
entonces una posible internacionalización de la ciudad mediante una situación
«similar a la de Tánger».
La referencia no era a
beneficio de inventario. Tánger había vivido desde 1925 hasta la independencia
marroquí —con el paréntesis de la ocupación española durante la Segunda Guerra
Mundial— bajo un peculiar régimen internacional establecido por el Estatuto de
1923. Formalmente se reconocía la soberanía del sultán de Marruecos, pero buena
parte del gobierno efectivo correspondía a instituciones internacionales en las
que participaban varias potencias. Existían una Asamblea Legislativa
Internacional, un administrador, un Comité de Control integrado por representantes
extranjeros y un Tribunal Mixto.
Por tanto, Juan Carlos no
estaba pensando simplemente en conceder a Ceuta mayor autonomía. Si la
comparación con Tánger expresaba realmente el modelo que tenía en mente, la
propuesta era mucho más profunda: España dejaría de ejercer en solitario el
control de la ciudad y, para vestir el muñeco, aceptaría algún tipo de
administración internacional, aunque el telegrama no permite saber cómo
imaginaba concretamente ese estatuto ni qué países participarían en él. Melilla
podía acabar en manos de Marruecos; Ceuta también, pero quedaría sometida a una
fórmula internacional que evitaría entregar directamente a decenas de miles de
españoles a la soberanía marroquí, aunque el final sería precisamente ese. Eran
soluciones diferentes, pero ninguna significaba conservar el statu quo.
Detrás de aquellos
razonamientos había una preocupación: otra Marcha Verde. El precedente de 1975
estaba demasiado próximo. Hassan II había demostrado entonces hasta qué punto
una movilización aparentemente civil podía convertirse en un formidable instrumento
de presión territorial.
La historia se vuelve
todavía más interesante porque apenas mes y medio después Juan Carlos viajó
oficialmente a Marruecos. Los Reyes llegaron a Fez el 14 de junio de 1979. El
momento era delicado. Marruecos combatía al Frente Polisario en el Sáhara
Occidental y las relaciones con España estaban enrarecidas por el conflicto
saharaui, la pesca y el apresamiento de pesqueros españoles. Hassan II recibió
a Juan Carlos con todos los honores y ambos monarcas mantuvieron conversaciones
privadas. El País, cuyo enviado especial seguía el viaje, informó de un
encuentro en el que estuvieron «verdaderamente a solas».
¿Qué se dijeron? No lo
sabemos. El entonces ministro de Asuntos Exteriores Marcelino Oreja declaró
después que Ceuta y Melilla no habían aparecido en las conversaciones; añadió
humorísticamente que tampoco habían hablado «de Guadalajara». El asunto central
había sido el Sáhara. Sin embargo, un cable confidencial enviado posteriormente
por la Embajada estadounidense en Madrid contiene una precisión significativa:
el funcionario español que informó a los norteamericanos sobre el viaje
reconoció que no conocía lo que hubiera podido ocurrir durante las
conversaciones privadas entre ambos monarcas.
No existe, por tanto,
documentación que permita afirmar que Juan Carlos ofreciera Ceuta o Melilla a
Hassan II durante aquella visita. Mucho menos que le aconsejara llenar Ceuta de
residentes marroquíes, una afirmación que circula por internet y para la que no
hemos encontrado respaldo documental. Lo que sí sabemos es que seis semanas
antes Juan Carlos había expuesto a los estadounidenses su disposición a
considerar la cesión de Melilla y la internacionalización de Ceuta.
La posición de Adolfo Suárez
ofrece un contraste formidable. El 25 de junio de 1980, Suárez se reunió en
Madrid con Jimmy Carter. El acta estadounidense de aquella conversación está
publicada por la Oficina
del Historiador del Departamento de Estado. Cuando apareció el problema de
Ceuta y Melilla, el presidente del Gobierno habló en términos radicalmente
distintos de los empleados por Juan Carlos ante Muskie.
Suárez dijo que el Gobierno
tenía la impresión de que Marruecos estaba dispuesto a ejercer presión sobre
Ceuta y Melilla para obligar a España a ceder en determinadas negociaciones. Si
Marruecos hacía algo semejante, aseguró a Carter, España respondería violentamente.
No era una frase retórica.
Suárez explicó que España sabía que los dos territorios eran difíciles de
defender y que, precisamente por ello, tendría que pasar a la ofensiva. Añadió
que existían planes preparados para hacerlo, aunque esperaba no tener que utilizarlos
nunca. Carter comprendió inmediatamente las consecuencias: aquello significaría
una guerra. Suárez respondió con una sola palabra: «Exactly».
Exactamente.
La conversación debió de
impresionar a Carter. El presidente preguntó al embajador Todman qué podía
hacer Estados Unidos. Todman sugirió advertir a Hassan II, y Carter consideró
conveniente hacerle saber que Washington contemplaría cualquier ataque contra
Ceuta y Melilla como un asunto muy grave. Suárez añadió un argumento histórico:
Ceuta y Melilla llevaban perteneciendo a España más de quinientos años y eran
españolas desde antes de la existencia del propio Marruecos como Estado.
Resulta difícil imaginar dos
planteamientos más diferentes. Juan Carlos, hablando confidencialmente con los
estadounidenses en abril de 1979, consideraba posible desprenderse de Melilla,
calculaba cuánto duraría la protesta militar y buscaba para Ceuta una solución similar,
pero emboscada en una internacionalización “fake”. Suárez, hablando
confidencialmente con el presidente de Estados Unidos catorce meses después,
afirmaba que una acción marroquí contra las ciudades provocaría una respuesta
militar española que podía desembocar en una guerra.
Conviene no convertir esa
diferencia en un enfrentamiento entre el Rey y el presidente del Gobierno que
los documentos disponibles no demuestran. Las conversaciones tuvieron lugar en
momentos distintos y tampoco sabemos si Juan Carlos expresaba una política
discutida previamente con Suárez o una reflexión personal sobre la manera de
resolver un problema que consideraba peligroso. Pero la diferencia existe y
quedó escrita en los archivos diplomáticos estadounidenses.
También ayuda a entender la
peculiar relación entre Juan Carlos y Hassan II. Ambos se llamaban hermanos,
pero pertenecían a monarquías de naturaleza radicalmente diferente. Hassan
gobernaba. Juan Carlos reinaba dentro de una monarquía parlamentaria. Powell
recuerda que al soberano marroquí le costaba comprender que su colega español
aceptara las limitaciones constitucionales de sus poderes y tendía a considerar
a los ministros españoles poco menos que enviados del Rey.
De ahí podía surgir una
peligrosa ambigüedad. Para Hassan II, una conversación con Juan Carlos podía
tener un significado político que quizá no tenía dentro del sistema
constitucional español.
Casi medio siglo después,
los telegramas diplomáticos permiten contemplar aquella relación desde una
perspectiva diferente. La versión pública ofrecía cordialidad, cooperación y
prudencia. Por debajo circulaban temores a nuevas marchas verdes, cálculos sobre
la reacción del Ejército, planes militares españoles y conversaciones sobre
territorios cuya soberanía públicamente parecía indiscutible.
Quizá lo más revelador no
sea que Juan Carlos contemplara en 1979 que algún día España pudiera
desprenderse de Melilla o internacionalizar Ceuta. Los gobernantes examinan en
privado escenarios que jamás convertirán en políticas. Lo llamativo es que,
mientras el Rey buscaba confidencialmente una salida negociada a un problema
que consideraba potencialmente explosivo, el presidente del Gobierno estaba
dispuesto a hacer saber que determinadas líneas no podían cruzarse.
Entre una conversación y
otra transcurrieron catorce meses. Y entre ambas posiciones, todo el Estrecho
de Gibraltar, en cuyo lado español se levanta el Peñón, una plaza estratégica
que otro Borbón, Felipe V, entregó graciosamente a Inglaterra en 1714. Nada
nuevo bajo el sol.
