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| Dos cabezas trofeo del período Nazca Temprano. Fuente |
Un cabello es una cosa
bastante insignificante mientras está en nuestra cabeza. Se cae en la almohada,
atasca el desagüe de la ducha y aparece misteriosamente en lugares donde
juraríamos que jamás hemos estado. Pero si consigue sobrevivir durante mil quinientos
o dos mil años en el desierto peruano puede convertirse en algo mucho más
interesante: una especie de diario químico.
Eso es precisamente lo que
ha aprovechado un equipo dirigido por la arqueóloga Dagmara M. Socha para averiguar qué consumían
algunos habitantes del antiguo Perú antes de morir. Y entre los muertos
había cuatro individuos que presentaban una peculiaridad difícil de pasar por
alto: de ellos solo quedaba la cabeza.
Eran las llamadas
cabezas-trofeo de la cultura Nazca, una de las manifestaciones más inquietantes
de las sociedades que habitaron la costa meridional del Perú mucho antes de los
incas. Los nazca son universalmente conocidos por esas gigantescas figuras trazadas
sobre el desierto que solo adquieren pleno sentido cuando se contemplan desde
cierta altura. Pero su mundo religioso incluía también sacrificios,
decapitaciones rituales y una relación bastante intensa con plantas capaces de
alterar la conciencia.
El equipo de investigación
estudió cabellos de veintidós individuos procedentes de Cahuachi, Estaquería y
el valle de Yauca, entre ellos cuatro cabezas-trofeo. En lugar de buscar
únicamente objetos asociados a los cadáveres —una bolsa de coca, un recipiente
o restos vegetales— hicieron algo mucho más revelador: buscaron dentro del
propio organismo las huellas químicas de lo que aquellas personas habían
consumido.
El cabello resulta magnífico
para semejante pesquisa porque crece lentamente y va incorporando algunas
sustancias presentes en el organismo. Es, salvando las distancias, algo
parecido a un rollo de película que el cuerpo va impresionando milímetro a milímetro.
La sangre cuenta lo ocurrido hace unas horas; el cabello puede conservar
noticias de semanas o meses.
Los investigadores
recurrieron a cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas, una
técnica cuyo nombre invita a pasar rápidamente al párrafo siguiente pero cuyo
funcionamiento básico es bastante sencillo: primero separa las moléculas
presentes en una muestra y después las identifica por su masa. Así pudieron
buscar cocaína y sus metabolitos, mescalina, triptaminas, harmina y harmalina.
En otras palabras, estaban interrogando químicamente a unos muertos que
llevaban muchos siglos sin posibilidad de declarar.
Y declararon, vaya si
declararon. La coca apareció asociada a individuos de la costa meridional
peruana desde el período Nazca temprano, aproximadamente entre 100 a. C. y 450
d. C. No constituye una sorpresa absoluta. El uso de coca en los Andes es
antiquísimo y conocemos restos arqueológicos de varios milenios de antigüedad.
Mucho más interesantes resultaron otras dos plantas.
Una fue Banisteriopsis
caapi, la liana amazónica que constituye uno de los ingredientes
fundamentales de lo
que hoy llamamos ayahuasca. Los investigadores detectaron harmina y
harmalina, dos de sus alcaloides característicos. La otra fue el cactus de San
Pedro —Echinopsis
pachanoi y especies próximas—, cuyo principio psicoactivo más conocido
es la mescalina.
Y aquí aparece el detalle
que convierte una investigación química interesante en una pequeña historia
estremecedora. La mescalina apareció en el cabello de un niño cuya cabeza había
sido convertida posteriormente en cabeza-trofeo. Es la primera evidencia
química directa de que al menos algunas personas destinadas a ese tratamiento
ritual habían recibido una sustancia psicoactiva antes de morir.
No sabemos exactamente para
qué. Resulta tentador imaginar al niño narcotizado antes del sacrificio para
disminuir su miedo o su resistencia. Es posible. También pudo tratarse de una
preparación religiosa destinada a inducir visiones o facilitar el contacto con
el mundo sobrenatural. Y tampoco puede excluirse un empleo medicinal. La
química nos dice qué había entrado en el cuerpo; no puede decirnos qué pensaba
quien se lo administró.
Además, el término
cabeza-trofeo puede resultar engañoso. Sugiere inmediatamente enemigos muertos
en combate, algo parecido a llevarse a casa una espantosa medalla de guerra.
Durante mucho tiempo se discutió precisamente si las cabezas nazca procedían de
enemigos capturados o de miembros de la propia comunidad sacrificados
ritualmente. La evidencia arqueológica y bioantropológica ha complicado mucho
esa imagen simple. La adquisición, preparación y conservación ritual de cabezas
fue una práctica bien establecida entre los nazca, pero no todas tienen por qué
responder al mismo mecanismo social. Revistas de la Universidad de Florida
Hay otro detalle fascinante.
La coca podía cultivarse en determinadas regiones andinas y el cactus de San
Pedro crece en los Andes occidentales. Pero Banisteriopsis caapi es una
planta propia de ambientes tropicales amazónicos. No crece espontáneamente en
el árido litoral nazca. Si llegó hasta allí, alguien tuvo que traerla.
Una molécula de harmina
conservada en un cabello se convierte así en el rastro de una red comercial que
atravesaba algunos de los paisajes más formidables de Sudamérica, comunicando
la costa desértica con los Andes y, directa o indirectamente, con las tierras
bajas amazónicas. Los investigadores consideran precisamente que la presencia
de Banisteriopsis demuestra la importancia que esas plantas debieron de
tener para justificar su transporte a larga distancia.
Y entonces la historia da un
salto de aproximadamente un milenio.
En otro estudio publicado
ese mismo año, Socha y sus colaboradores analizaron dos niños sacrificados por
los incas en el volcán Ampato, cerca de Arequipa. Allí se practicaba la
capacocha, una ceremonia estatal en la que niños y jóvenes seleccionados emprendían
largas peregrinaciones hasta determinados lugares sagrados y podían acabar
sacrificados en cumbres situadas a miles de metros de altitud.
Los análisis del cabello de
una víctima y de las uñas de otra volvieron a encontrar cocaína y, sobre todo,
harmina y harmalina, los alcaloides de Banisteriopsis caapi. No apareció
mescalina ni DMT. En este caso los autores plantean una hipótesis especialmente
sugestiva. Los cronistas españoles escribieron que durante la capacocha se
administraba chicha a los niños para tranquilizarlos y para que llegaran
felices ante los dioses. El estudio sugiere que Banisteriopsis caapi
pudo desempeñar también una función semejante. Sus alcaloides inhiben la
monoaminooxidasa y poseen efectos sobre el estado de ánimo. Quizá los incas
conocieran empíricamente esas propiedades y utilizaran la planta para disminuir
la ansiedad de unas víctimas que, cabe suponer, tenían razones bastante sólidas
para estar ansiosas. Los propios autores presentan esta interpretación como
hipótesis, no como demostración.
Lo extraordinario es la
continuidad que empieza a dibujarse. En la costa nazca, siglos antes del
Imperio inca, encontramos coca, mescalina y alcaloides de una liana amazónica.
Más de mil años después, en las alturas de Ampato, volvemos a encontrar coca y
la misma liana asociadas a un sacrificio. Eso no significa que existiera una
única tradición ininterrumpida ni que todas esas sustancias desempeñaran
idéntica función. Significa algo más interesante: que las sociedades andinas
desarrollaron durante siglos un conocimiento extraordinariamente sofisticado de
las plantas capaces de modificar el dolor, el cansancio, el ánimo y la
percepción, y las incorporaron a la medicina, al intercambio y a la religión.
Carecían de cromatógrafos,
espectrómetros de masas y fórmulas estructurales. Pero sabían que unas hojas
permitían soportar mejor el hambre y el esfuerzo, que determinado cactus abría
la puerta a un mundo de visiones y que una liana llegada desde selvas lejanas
hacía algo peculiar en la mente humana.
Nosotros hemos necesitado
dos mil años, un laboratorio y un cabello arrancado a un muerto para averiguar
que ellos ya lo sabían.
