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jueves, 8 de octubre de 2026

LO QUE CUENTAN LOS CABELLOS DE LOS MUERTOS

 

Dos cabezas trofeo del período Nazca Temprano. Fuente

Un cabello es una cosa bastante insignificante mientras está en nuestra cabeza. Se cae en la almohada, atasca el desagüe de la ducha y aparece misteriosamente en lugares donde juraríamos que jamás hemos estado. Pero si consigue sobrevivir durante mil quinientos o dos mil años en el desierto peruano puede convertirse en algo mucho más interesante: una especie de diario químico.

Eso es precisamente lo que ha aprovechado un equipo dirigido por la arqueóloga Dagmara M. Socha para averiguar qué consumían algunos habitantes del antiguo Perú antes de morir. Y entre los muertos había cuatro individuos que presentaban una peculiaridad difícil de pasar por alto: de ellos solo quedaba la cabeza.

Eran las llamadas cabezas-trofeo de la cultura Nazca, una de las manifestaciones más inquietantes de las sociedades que habitaron la costa meridional del Perú mucho antes de los incas. Los nazca son universalmente conocidos por esas gigantescas figuras trazadas sobre el desierto que solo adquieren pleno sentido cuando se contemplan desde cierta altura. Pero su mundo religioso incluía también sacrificios, decapitaciones rituales y una relación bastante intensa con plantas capaces de alterar la conciencia.

El equipo de investigación estudió cabellos de veintidós individuos procedentes de Cahuachi, Estaquería y el valle de Yauca, entre ellos cuatro cabezas-trofeo. En lugar de buscar únicamente objetos asociados a los cadáveres —una bolsa de coca, un recipiente o restos vegetales— hicieron algo mucho más revelador: buscaron dentro del propio organismo las huellas químicas de lo que aquellas personas habían consumido.

El cabello resulta magnífico para semejante pesquisa porque crece lentamente y va incorporando algunas sustancias presentes en el organismo. Es, salvando las distancias, algo parecido a un rollo de película que el cuerpo va impresionando milímetro a milímetro. La sangre cuenta lo ocurrido hace unas horas; el cabello puede conservar noticias de semanas o meses.

Los investigadores recurrieron a cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas, una técnica cuyo nombre invita a pasar rápidamente al párrafo siguiente pero cuyo funcionamiento básico es bastante sencillo: primero separa las moléculas presentes en una muestra y después las identifica por su masa. Así pudieron buscar cocaína y sus metabolitos, mescalina, triptaminas, harmina y harmalina. En otras palabras, estaban interrogando químicamente a unos muertos que llevaban muchos siglos sin posibilidad de declarar.

Y declararon, vaya si declararon. La coca apareció asociada a individuos de la costa meridional peruana desde el período Nazca temprano, aproximadamente entre 100 a. C. y 450 d. C. No constituye una sorpresa absoluta. El uso de coca en los Andes es antiquísimo y conocemos restos arqueológicos de varios milenios de antigüedad. Mucho más interesantes resultaron otras dos plantas.

Una fue Banisteriopsis caapi, la liana amazónica que constituye uno de los ingredientes fundamentales de lo que hoy llamamos ayahuasca. Los investigadores detectaron harmina y harmalina, dos de sus alcaloides característicos. La otra fue el cactus de San Pedro —Echinopsis pachanoi y especies próximas—, cuyo principio psicoactivo más conocido es la mescalina.

Y aquí aparece el detalle que convierte una investigación química interesante en una pequeña historia estremecedora. La mescalina apareció en el cabello de un niño cuya cabeza había sido convertida posteriormente en cabeza-trofeo. Es la primera evidencia química directa de que al menos algunas personas destinadas a ese tratamiento ritual habían recibido una sustancia psicoactiva antes de morir.

No sabemos exactamente para qué. Resulta tentador imaginar al niño narcotizado antes del sacrificio para disminuir su miedo o su resistencia. Es posible. También pudo tratarse de una preparación religiosa destinada a inducir visiones o facilitar el contacto con el mundo sobrenatural. Y tampoco puede excluirse un empleo medicinal. La química nos dice qué había entrado en el cuerpo; no puede decirnos qué pensaba quien se lo administró.

Además, el término cabeza-trofeo puede resultar engañoso. Sugiere inmediatamente enemigos muertos en combate, algo parecido a llevarse a casa una espantosa medalla de guerra. Durante mucho tiempo se discutió precisamente si las cabezas nazca procedían de enemigos capturados o de miembros de la propia comunidad sacrificados ritualmente. La evidencia arqueológica y bioantropológica ha complicado mucho esa imagen simple. La adquisición, preparación y conservación ritual de cabezas fue una práctica bien establecida entre los nazca, pero no todas tienen por qué responder al mismo mecanismo social. Revistas de la Universidad de Florida

Hay otro detalle fascinante. La coca podía cultivarse en determinadas regiones andinas y el cactus de San Pedro crece en los Andes occidentales. Pero Banisteriopsis caapi es una planta propia de ambientes tropicales amazónicos. No crece espontáneamente en el árido litoral nazca. Si llegó hasta allí, alguien tuvo que traerla.

Una molécula de harmina conservada en un cabello se convierte así en el rastro de una red comercial que atravesaba algunos de los paisajes más formidables de Sudamérica, comunicando la costa desértica con los Andes y, directa o indirectamente, con las tierras bajas amazónicas. Los investigadores consideran precisamente que la presencia de Banisteriopsis demuestra la importancia que esas plantas debieron de tener para justificar su transporte a larga distancia.

Y entonces la historia da un salto de aproximadamente un milenio.

En otro estudio publicado ese mismo año, Socha y sus colaboradores analizaron dos niños sacrificados por los incas en el volcán Ampato, cerca de Arequipa. Allí se practicaba la capacocha, una ceremonia estatal en la que niños y jóvenes seleccionados emprendían largas peregrinaciones hasta determinados lugares sagrados y podían acabar sacrificados en cumbres situadas a miles de metros de altitud.

Los análisis del cabello de una víctima y de las uñas de otra volvieron a encontrar cocaína y, sobre todo, harmina y harmalina, los alcaloides de Banisteriopsis caapi. No apareció mescalina ni DMT. En este caso los autores plantean una hipótesis especialmente sugestiva. Los cronistas españoles escribieron que durante la capacocha se administraba chicha a los niños para tranquilizarlos y para que llegaran felices ante los dioses. El estudio sugiere que Banisteriopsis caapi pudo desempeñar también una función semejante. Sus alcaloides inhiben la monoaminooxidasa y poseen efectos sobre el estado de ánimo. Quizá los incas conocieran empíricamente esas propiedades y utilizaran la planta para disminuir la ansiedad de unas víctimas que, cabe suponer, tenían razones bastante sólidas para estar ansiosas. Los propios autores presentan esta interpretación como hipótesis, no como demostración.

Lo extraordinario es la continuidad que empieza a dibujarse. En la costa nazca, siglos antes del Imperio inca, encontramos coca, mescalina y alcaloides de una liana amazónica. Más de mil años después, en las alturas de Ampato, volvemos a encontrar coca y la misma liana asociadas a un sacrificio. Eso no significa que existiera una única tradición ininterrumpida ni que todas esas sustancias desempeñaran idéntica función. Significa algo más interesante: que las sociedades andinas desarrollaron durante siglos un conocimiento extraordinariamente sofisticado de las plantas capaces de modificar el dolor, el cansancio, el ánimo y la percepción, y las incorporaron a la medicina, al intercambio y a la religión.

Carecían de cromatógrafos, espectrómetros de masas y fórmulas estructurales. Pero sabían que unas hojas permitían soportar mejor el hambre y el esfuerzo, que determinado cactus abría la puerta a un mundo de visiones y que una liana llegada desde selvas lejanas hacía algo peculiar en la mente humana.

Nosotros hemos necesitado dos mil años, un laboratorio y un cabello arrancado a un muerto para averiguar que ellos ya lo sabían.