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sábado, 10 de octubre de 2026

LA LOCURA CONGELADA DE WILLIAM H. SEWARD

 

William Henry Seward tenía muchas virtudes, pero la discreción a la hora de comprar no estaba entre ellas. Como secretario de Estado de Lincoln —y luego de Andrew Johnson— era un diplomático eficaz, un negociador obsesivo y un hombre capaz de ver oportunidades donde otros veían únicamente una mancha en el mapa. Lo que nadie imaginaba es que un día, sin previo aviso, decidiría comprar Alaska como quien aprovecha una oferta de última hora en un bazar ruso. Fue, quizá, la adquisición más impulsiva de la historia estadounidense: un territorio del tamaño de medio continente adquirido por un precio que hoy no alcanzaría para comprar una franquicia mediocre de béisbol.

La historia arrancó en 1867, cuando Rusia, agotada tras la guerra de Crimea y desesperadamente necesitada de dinero, decidió que poseer Alaska era tan práctico como tener un frigorífico sin cable. Habían comprobado que mantener colonias a miles de kilómetros requería barcos, soldados, administración… y un entusiasmo que los zares ya no tenían. Además, temían —con razón— que, en caso de guerra con Gran Bretaña, los ingleses desembarcarían en Alaska en cuestión de días, reclamándola con la ligereza de quien toma prestado un sombrero.

Fue entonces cuando el embajador ruso en Washington, Eduard Stoeckl, decidió tantear al gobierno estadounidense. Stoeckl era un diplomático astuto, famoso por sus cejas colosales y su capacidad para no sonreír nunca sin un cálculo previo. Su idea era simple: convencer a los estadounidenses de que Alaska era una joya por descubrir. Que estuviera cubierta de hielo, habitada por osos del tamaño de caballos y tan lejos de Washington que ni el telégrafo tenía ganas de llegar, era un detalle menor.

Cuando Stoeckl se reunió con Seward, el secretario de Estado escuchó su propuesta con un entusiasmo creciente. Seward ya había mostrado una inclinación por expandir el territorio nacional cuando fuera posible, conveniente o simplemente divertido. Tenía la teoría de que Estados Unidos debía crecer “de mar a mar y un poco más”, como si estuviera jugando a un juego de mesa continental. Ver la posibilidad de comprar Alaska fue, para él, como ver en la estantería de rebajas un objeto misterioso que nadie más quiere pero que a uno le resulta irresistible.

Lo más sorprendente es la rapidez con la que Seward tomó la decisión. No convocó comisiones. No organizó debates. No pidió estudios de impacto económico. Ni siquiera consultó a su esposa, que probablemente habría preguntado si existía un lugar más frío que Alaska. Nada de eso. En una reunión nocturna, casi improvisada, acordó la compra del territorio por 7,2 millones de dólares, pagaderos en oro. El documento final se firmó a las cuatro de la mañana del 30 de marzo de 1867, una hora a la que, tradicionalmente, solo se toman decisiones que uno lamenta al día siguiente.

Para poner la cifra en perspectiva: Estados Unidos acababa de adquirir un territorio de más de un millón y medio de kilómetros cuadrados —más grande que España, Francia, Alemania y varios estados confundidos entre sí— por un precio que, ajustado a la inflación, no supera el coste anual de calentar un edificio del Capitolio con calefacción central mal regulada. Fue un negocio extraordinario… aunque nadie lo vio así al principio.

Cuando la noticia se hizo pública, la reacción en Washington osciló entre la burla y el estupor. Los periódicos hablaron de “Seward’s Folly” (la locura de Seward), un apodo que se pegó con entusiasmo contagioso. Se decía que el secretario de Estado había comprado “un gigantesco cubo de hielo” lleno de focas tristes y montañas de nieve inútiles. En una recepción, un senador preguntó con sarcasmo si el gobierno planeaba usar Alaska como nevera natural para almacenar pescado. Otro sugirió que, si sobraba dinero, podrían adquirir también el Polo Norte y convertirlo en centro de investigación de renos.

La prensa satírica se cebó con la historia. Un diario de Boston publicó un dibujo de Seward abrazando un iceberg con expresión romántica. Otro periódico ironizó diciendo que quizá los rusos habían añadido un manual de instrucciones para descongelar el territorio. En una tertulia de Nueva York alguien bromeó: “¿Y por qué no comprar Groenlandia también? Total, ya tenemos las manos congeladas.”

Seward, imperturbable, respondía a las críticas con la serenidad de un visionario acostumbrado a que los demás no entiendan nada. Aseguraba que Alaska era un diamante en bruto, un territorio con recursos inmensos y un futuro ilimitado. Afirmaba, con mirada profética, que algún día sería tan valiosa como California. Los demás lo escuchaban con escepticismo, pensando en su fuero interno que el secretario de Estado había perdido completamente el juicio, quizá debido a un exceso de lectura de mapas en habitaciones mal ventiladas.

Pero la resistencia más difícil no vino de la prensa, sino del Congreso. Convencer a los senadores de que debía ratificarse la compra fue un proceso arduo. Circulaban rumores extravagantes: que Alaska estaba habitada únicamente por pingüinos hostiles; que las auroras boreales podían provocar pérdidas de memoria; que, al no tener carreteras, sería imposible cobrar impuestos. Seward, con una paciencia digna de un santo, dedicó semanas a explicar que los pingüinos no viven en el hemisferio norte, que las auroras son inocuas y que siempre se puede cobrar impuestos a alguien, incluso aunque viva detrás de una montaña nevada.

Finalmente, el Senado aprobó la ratificación por un margen estrechísimo. Seward celebró la victoria con moderación, consciente de que el país entero esperaba ansioso ver cómo se justificaba semejante compra impulsiva. Pronto sería evidente que no había comprado hielo… sino riqueza.

Porque en los años siguientes, Alaska se reveló como un tesoro natural. Oro, petróleo, pesca, madera… era como si la naturaleza hubiese decidido guardar todos sus secretos en un rincón remoto esperando a que alguien suficientemente temerario lo comprara. De pronto, los críticos empezaron a aflojar. El hielo ya no parecía tan inútil. Los osos no eran tan problemáticos. Y la ubicación estratégica —entre Asia y Norteamérica— se convirtió en uno de los activos geopolíticos más valiosos del continente.

Seward vivió lo suficiente para ver cómo su “locura” era reevaluada. Cuando visitó Alaska por primera vez en 1869, fue recibido como un hombre que había comprado un abrigo viejo y descubierto que tenía un diamante en el bolsillo. Los habitantes locales lo saludaron con respeto; los comerciantes lo aplaudieron; los periodistas, que antes lo ridiculizaban, escribieron crónicas más amables, siempre con la prudencia necesaria para no admitir demasiado abiertamente que se habían equivocado.

La historia de la compra de Alaska se convirtió, con el tiempo, en una de las grandes ironías de la política estadounidense. Lo que al principio parecía una imprudencia de madrugada terminó siendo un golpe maestro. Seward no solo añadió un territorio inmenso al país, sino que demostró, quizá sin proponérselo, que a veces las decisiones más impulsivas —esas que uno toma sin un plan, sin un comité y sin consultar al sentido común— pueden resultar extraordinariamente acertadas.

Hoy, cuando uno observa un mapa y contempla ese brazo gigantesco de territorio que parece asomarse al Pacífico como un coloso gélido, es imposible no pensar en Seward. En su impulso, su audacia, su total indiferencia ante la opinión pública y su entusiasmo contagioso por un pedazo de mundo que casi todos desestimaron. Y, sobre todo, en esa reunión nocturna donde, mientras el país dormía, él firmó un cheque para comprar un glaciar entero.

Tal vez el verdadero mensaje de esta historia es simple: a veces la historia avanza porque alguien, contra toda lógica, decide decir “sí” a una locura maravillosa. Seward lo hizo, y Estados Unidos terminó con Alaska. No está mal como compra impulsiva. Podría haber salido con peor resultado: imagina si los rusos le hubieran ofrecido Siberia también y Seward hubiera estado aún más animado aquella noche.