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domingo, 24 de enero de 2010

La buena salud de las ciencias biomédicas en la Universidad de Alcalá





La colocación simbólica de la primera piedra del Instituto Cajal la pasada semana en el Campus de Experimentales es una prueba más de que las ciencias biomédicas gozan de buena salud en la Universidad de Alcalá (UAH).

La investigación y la docencia en biomedicina son dos de los pilares que deben sustentar la UAH en la competencia por la calidad que se va a establecer en los próximos años dentro del sistema universitario español. Los rankings que clasifican a las universidades de todo el mundo están cambiando su punto de vista a la hora de valorar los indicadores de calidad. Mientras que hasta ahora se venía utilizando como criterio generalista el valor medio de la productividad investigadora por profesor, cada vez se va imponiendo más la clasificación por “islas de excelencia”, un sistema que reduce el análisis a disciplinas puntuales. La última entrega del más difundido de esos escalafones, presentado por la Universidad de Shangai Jiao Tong en diciembre de 2009, ha introducido un enfoque más matizado y certero en su clasificación. Esta vez han diagnosticado también cuáles son las universidades que mejor hacen las cosas en seis áreas clave: Matemáticas, Física, Química, Ciencias Computacionales y Economía/Empresa. Mientras que utilizando el criterio generalista las universidades españolas apenas aparecen entre las 500 primeras, baremando en esas seis áreas aparecen cinco entre las cien primeras.

La identificación de las “islas de excelencia” va a ser, sin duda, el criterio que se imponga en el futuro; cualquier universidad competitiva que aspire a jugar en las grandes ligas internacionales de las universidades “completas” debe identificar esas áreas, potenciarlas y cuidarlas porque esas, y no otras, se convertirán en el motor impulsor de toda la institución.



Por eso, la llegada al Campus externo de dos nuevos institutos, el de Medicina Molecular Príncipe de Asturias (IMMPA) y el Cajal (IC), es una excelente oportunidad que debemos alentar en el futuro inmediato. Ambos institutos pertenecen al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), aunque tendrán una personalidad jurídica diferente: mientras que el primero se configura como un centro mixto cuya titularidad es compartida con la Universidad de Alcalá, el IC es un centro exclusivo del CSIC. Ambos se ubicarán muy próximos a la Facultad de Medicina, a la Escuela de Enfermería-Fisioterapia y al Hospital Príncipe de Asturias, lo que, junto a su proximidad al edificio de Farmacia y al de Biología Celular y Genética, generará un verdadero “biocorredor” dentro del campus que supondrá un importante núcleo de actividad en diversos aspectos relacionados con la salud humana.

La incorporación de estos dos centros reforzará sin duda la capacidad investigadora de nuestra Universidad y es, en ambos casos, una operación de gran importancia. Partiendo de esta incuestionable premisa, quizá sea interesante analizar con algo más de profundidad los beneficios tangibles que cabe esperar de su implantación en nuestro Campus. El primero de ellos podríamos centrarlo en las nuevas oportunidades que abre a nuestros estudiantes de los diversos grados en Ciencias de la Salud, que tendrán muy cercanos unos excelentes centros de referencia en los que conocer de primera mano la actividad investigadora en biomedicina, donde se desarrollarán seminarios científicos de profundo interés y especialización y donde, en caso de optar por una carrera científica, podrán realizar sus estudios de postgrado con niveles académicos de excelencia que amplían la oferta generada por diversos departamentos universitarios.

A priori podría pensarse que su importancia en la mejora de la investigación en nuestra Universidad es igual de inmediata. Pero, a este respecto, es necesario plantear algunas reflexiones más. En primer lugar, no debe asumirse directamente que el hecho de contar con importantes recursos y grupos de investigación externos en nuestro campus sea equiparable a una mejora inmediata en la calidad investigadora de la Universidad. En este sentido quisiera hacer notar que en todo momento he hablado de la incorporación de estos institutos a nuestro Campus y, de forma consciente, he evitado hablar de su plena integración en la Universidad. En el caso del Instituto Cajal porque, de hecho, no se incorpora a la Universidad: se trata de un centro del CSIC que migrará desde su ubicación actual en el centro de Madrid a nuestro campus. Al tratarse de un centro de titularidad exclusiva del CSIC, todos sus investigadores pertenecen y pertenecerán al mismo. Ello no ha impedido que en los acuerdos tomados para su implantación en Alcalá se haya avanzado en prever colaboraciones entre ambas instituciones tanto desde el punto de vista de investigación como en el de docencia.



En el caso del IMMPA, al tratarse de un instituto mixto CSIC-Universidad, la situación debería ser todavía más favorecedora para la UAH. En este caso sí que está contemplada la incorporación al nuevo centro de grupos de investigación formados por profesores de la UAH que tendrán acceso a los importantes recursos con que se dotará el centro. De esta manera, la mejora en los indicadores que juzgan la investigación en nuestra Universidad debería ser palpable. Es necesario recordar que, a la hora de la verdad, la calidad de las publicaciones de nuestros profesores, junto con algunos otros resultados cuantificables como las patentes, constituye la base de los criterios que se utilizan para evaluar la calidad de las Universidades.

Es tarea de todos conseguir que la implantación de estos dos nuevos centros contribuya a escalar posiciones en los indicadores de productividad científica, que es lo que realmente redundará en la mejora de la calidad investigadora de la UAH. Pensando en mínimos, es obvio que simplemente la existencia de una importante masa crítica investigadora de excelencia en un entorno próximo repercutirá directamente en mejoras sobre la situación actual. Sin embargo, es una excelente oportunidad para pensar en alcanzar la máxima sinergia posible con estas dos importantísimas incorporaciones, las cuales, por otra parte, refuerzan las oportunidades que supone esa auténtica “biorregión” que es el Corredor del Henares.

martes, 19 de enero de 2010

Lo que no se evalúa, se devalúa





En el Consejo de Gobierno de la Universidad de Alcalá celebrado el día de hoy hemos aprobado por unanimidad el Manual de Evaluación de la Actividad Docente que a partir del próximo curso será la herramienta a utilizar en sustitución de las encuestas practicadas hasta ahora para valorar las actividades de los profesores. Se trata de una excelente noticia que merece alguna reflexión.

Se puede concebir al profesor universitario actual como un profesional del sistema educativo que, en colaboración con otros docentes de distintos niveles, tiene como cometido que los estudiantes aprendan y se interesen por el conocimiento. Además, a diferencia de lo que ocurre en otros niveles educativos, del profesor universitario se espera que haya adquirido las competencias y capacidades para desarrollar una investigación de calidad en el campo de su especialidad. Aunque asumamos la doble faceta docente e investigadora/innovadora del profesor universitario, no existe un único perfil de profesor-investigador, aunque por simplificar podemos situarlo entre dos modelos extremos: el del investigador que enseña y el del docente que investiga.


Desde la promulgación de la Ley de Reforma Universitaria (LRU) de 1983 el sistema universitario español apostó por el modelo de profesor-investigador (PDI), un modelo que ha sido asumido en las sucesivas modificaciones legales, aunque desde los primeros procesos de selección de profesorado se apreció un claro desequilibrio en la evaluación de la actividad docente e investigadora. El Real Decreto 1086/1989, pretendió incentivar la labor docente e investigadora individualizada mediante la concesión de retribuciones quinquenales por actividades docentes evaluadas positivamente y por tramos de seis años de investigación de producción científica de calidad. No cabe la menor duda de que los conocidos como sexenios han sido uno de los factores que más han contribuido a que la investigación española haya subido muchos enteros en el contexto internacional. Por el contrario, la docencia no ha sido nunca adecuadamente evaluada y los quinquenios se conceden automáticamente, con independencia de la calidad del trabajo realizado.




Debido a la excelencia investigadora exigida a los profesores para la obtención de sexenios, desde la implantación de la LRU la selección de profesorado se rigió de forma casi exclusiva o muy predominante por los méritos de investigación y nada o casi nada por la docencia, lo que ha conducido a percibir la actividad docente como el “peaje” inevitable para poder ejercer la investigación dentro del sistema universitario, una percepción que conduce al modelo del investigador que enseña, pero al que la enseñanza le “distrae” de la principal actividad por la que es valorado. Consecuencia de ello es la aparición del sintagma “carga docente” como expresión peyorativa de la actividad educativa en los departamentos universitarios, en los cuales la investigación no es considerada como carga, sino como símbolo de excelencia.

La sobrevaloración de la actividad investigadora ha ido instalando la percepción de que la actividad docente ni se ha evaluado convenientemente en los procedimientos de selección del profesorado o en la concesión de quinquenios, ni se ha estimulado institucionalmente a nivel de universidades, autoridades autonómicas y estatales. El extinto sistema de Habilitación para acceder a los cuerpos de funcionarios, su heredero procedimental (la Acreditación) y el EEES han puesto nuevamente a la actividad docente el punto de mira, aunque por el momento la metodología de su evaluación parece ser mucho más compleja y difícil de aplicar que la utilizada en investigación, sea por la ausencia de una cultura de evaluación, sea por la propia dificultad intrínseca de la misma o por la falta de voluntad política de aplicarla.

Sea como fuere, la universidad española tiene una asignatura pendiente que puede suponer una devaluación de la enseñanza, dado que lo que no se evalúa, se devalúa. Pero la buena noticia es que ya estamos en condiciones de superar este desajuste. La implantación en nuestras universidades del programa Docentia, promovido por la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y ahora adaptado a la UAH a través del Manual, permite contar con un instrumento clave para abordar la evaluación de la actividad docente y supone una oportunidad única para revitalizarla.


La cultura de la evaluación es una forma de reconocer el esfuerzo de muchos profesores en su quehacer cotidiano, de unos docentes que necesitan que su labor sea valorada, incentivada y premiada. Como miembro del Consejo de Gobierno me congratulo de haber colaborado en la implantación de este procedimiento de evaluación que aumentará la calidad de la labor docente del profesorado y la de la UAH, cumpliendo así con la responsabilidad de ofrecer un mejor servicio a la sociedad a la que nos debemos.


Nos hemos adelantado a aprobar un modelo de evaluación cuya implantación a corto o medio plazo será ineludible debido a la declarada y decidida voluntad de las administraciones competentes de considerar a las evaluaciones docentes –en paridad con la investigación/innovación- como uno de los requisitos fundamentales para acreditar a quienes aspiren a la contratación o a la promoción dentro del sistema universitario español.





domingo, 17 de enero de 2010

La vida en minúscula


«El arte consiste precisamente en no escribir lo que se tiene que decir, sino algo completamente imprevisto.» Witold Gombrowicz.



Alfred Polgar hacia 1940

 «Como una aparición, emergió en la Viena en decadencia un mundo de imágenes escondido, y en los muros de sus casas, en el estuco mellado, se pudo apreciar, como si fuera una mancha blanca, el sello premonitorio que Polgar ya había sabido leer.» Así se refería Walter Benjamin a los textos del escritor Alfred Polgar (Viena, 1873-Zurich, 1955), a quien consideraba el cronista de la decadencia vienesa.

Polgar es un escritor casi desconocido en España (el mejor testimonio: no aparece en la versión española de Wikipedia, mientras que la versión inglesa remite a la alemana) al que he llegado las pasadas navidades gracias a la casual caída en mis manos del único de sus libros publicado en español, La vida en minúscula, rescatado en España por Acantilado, una editorial joven que está obteniendo éxito tras éxito recuperando obras olvidadas de escritores extraordinarios. Un consejo de lector; si buscas un libro al azar y te tropiezas con cualquiera de los publicados por Acantilado, cógelo: no te defraudará.

Y en el caso del libro de Polgar aún menos. No te fíes de mi, fíate de Kafka, para quien Polgar era uno de sus escritores favoritos y acerca de cuya prosa escribió: «Las frases de Alfred Polgar son tan fluidas y agradables que acogemos sus textos como una especie de entretenimiento social inofensivo, y no nos percatamos de cómo nos influyen y educan. Bajo el guante frío de la forma se esconde una voluntad esencial fuerte e intrépida.»




Alfred Polgar cultivó el formato breve. La vida en minúscula, una colección de treinta relatos que eluden la retórica o lo superfluo, es una pequeña joya, uno de esos libros que a uno, sin darse cuenta, le atrapan hasta absorberlo por su sencillez, su inteligencia y su prosa breve, nítida y aguda. Hay cuentos que apenas ocupan una página, narraciones que recrean lo real con una brevedad casi mágica, sin que la fugacidad del texto produzca la sensación de lo inacabado. En poco más de cien páginas, el escritor vienés muestra las carencias de la condición humana, la extraordinaria superficialidad de los afectos y su falta de fe en el progreso. Para Polgar, la humanidad no avanza hacia lo mejor, sino hacia el desorden, hacia la discordia universal. Su mirada es la mirada de un moralista, que contempla la historia afligido por la prosperidad del sufrimiento. Han transcurrido más de cincuenta años desde su muerte y el pesimismo sólo ha renovado sus argumentos. Sólo nos queda la lucidez de reconocerlo.

Todo un descubrimiento. Os dejo una pequeña perla que refuerza lo que decía de él Musil, que la ironía de Polgar «desvelaba las imposturas de la sociedad burguesa, tan perversa como autocomplaciente».  Se comprende también que Polgar fuera uno de los muchos escritores perseguidos por el nazismo.


 

Diálogo entre caballos

-Dime, Bayo, ¿por qué dejas que un mono encorvado vestido de colorines se siente en tu pescuezo, te taladre los ijares con un hierro puntiagudo y te azote con la fusta?
-No preguntes tonterías, Alazán. Tiene que ser así.
-¿Por qué?
-Porque sí. Nosotros tenemos que dar hasta donde alcancen los pulmones, el corazón, los músculos y los nervios. Luchar y vencer, ése es el lema caballeril.
-¿Por qué debemos luchar y vencer?
-En primer lugar, por el premio; y en segundo por el honor.
-Pero no nos los llevamos nosotros, sino nuestros propietarios.
-Por eso, si somos buenos, los propietarios nos palmean la grupa. ¡Qué bien sienta esto a las ancas de un caballo fiel!
-¿Y qué se te ocurre cuando en medio de la carrera te quedas sin resuello y sientes que no das más de sí, desfalleces y estiras las cuatro patas?
-Entonces me digo: ¡aguanta! Y para aguantar recibo el acicate de las espuelas y la fusta.
-¿No has pensado nunca en tirar a tu jinete?
-¡Jamás! ¿Cómo puedes preguntar tal cosa? ¡Pongo el corazón y los cascos para el propietario y el jockey!
-¡Qué asco de cuadrúpedo! ¡Ni que tuvieras alma humana!
Bayo se aparta un poco de Alazán, alza el cuello, vuelve ligeramente la cabeza y le espeta con displicente indignación: ¡BOLCHEVIQUE!

ALFRED POLGAR, 1920

sábado, 16 de enero de 2010

Una pizca de Antonio Machado



Sin saber por qué, esta mañana me he levantado con ganas de releer a Machado. En el enlace adjunto al título os he escrito una selección de poemas que a mi me gustan especialmente. Están copiados de la selección de sus Poesías Completas, publicada en la vieja colección de Austral, de Espasa Calpe. Se publicó por primera vez en 1940, aunque yo he usado la duodécima edición de 1968, que era la que leía de joven.

A los veteranos les gustará seguro; los más jóvenes quizás lo descubran. Esa es mi intención.


La locomotora politécnica









La sociedad se enfrenta hoy a los nuevos retos de crecimiento económico, competitividad, sostenibilidad ambiental y generación de bienestar social que exige la globalización de la economía. Ante esos desafíos es necesario reconocer la importancia que tiene la transferencia de conocimiento desde las universidades al sector productivo. Cada vez resulta más necesario acercar la investigación al conjunto de la sociedad para lograr una verdadera economía basada en la transferencia del conocimiento, para fomentar nuestra competitividad y para impulsar la generación de empleo y la cohesión social. En ese contexto, resultan decisivas las aportaciones que las universidades puedan hacer desde el enorme potencial que encierran sus grupos de I+D+i.

En la cumbre de Lisboa de 2000, los Jefes de Gobierno acordaron un nuevo objetivo estratégico: hacer de Europa «la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores empleos y con mayor cohesión social». Desde entonces, han ido aprobándose toda una serie de medidas entre las cuales destaca el desarrollo de políticas de educación, investigación e innovación dentro de la «sociedad del conocimiento».


La economía y la sociedad del conocimiento son el resultado de la interacción de cuatro elementos: la producción del conocimiento, esencialmente mediante la investigación científica; su transmisión, mediante la educación y la formación; su difusión, a través de las tecnologías de la información y la comunicación; y su explotación, a través de la innovación tecnológica. Las universidades son únicas en este sentido, ya que participan en todos estos procesos a través del papel que desempeñan en tres ámbitos clave: la investigación y la explotación de sus resultados gracias a la cooperación industrial y el aprovechamiento de las ventajas tecnológicas, la educación y la formación, en particular la formación de los investigadores, y el desarrollo local y regional al que pueden y deben contribuir de forma significativa.



Patio central del edificio de la Escuela Politécnica Superior. Universidad de Alcalá.
 
La actividad investigadora, como búsqueda sistemática de respuestas a los interrogantes que se nos plantean, está ligada a la universidad desde sus orígenes. En los últimos años, la universidad española ha cumplido sobradamente con la tarea de convertirse en el principal centro de generación de conocimiento, en especial del conocimiento que por su carácter básico no forma parte de las actividades inmediatas de otros agentes productores de ciencia, como ocurre por ejemplo con los centros tecnológicos o con las empresas. La investigación básica, tradicional en la práctica totalidad de las universidades españolas, ha generado ingresos moderados en los presupuestos de las universidades públicas.

En los últimos tiempos se define cada vez con más claridad una tercera actividad que en el futuro va a tener un elevado peso específico en los presupuestos de las universidades. Me refiero a la denominada actividad emprendedora, cuyos ingresos se derivan de la transferencia tecnológica de los recursos universitarios, esto es, de la capacidad que tenga cada universidad para generar acciones de desarrollo tecnológico, asistencia técnica y contratos de investigación con empresas y administraciones públicas. En suma, desde la concepción de la universidad como espacio y agente de innovación, como una institución básica para la transferencia de I+D o del conocimiento tecnocientífico.


En sucesivas recomendaciones de la Comisión formuladas a partir de 2008, la UE viene insistiendo reiteradamente en que la transferencia de conocimiento es una herramienta esencial en el desarrollo de la estrategia de Lisboa porque se relaciona directamente con una mejora de la innovación y la productividad de las empresas. Por su parte, el Gobierno español ha elaborado un programa estratégico (Estrategia Universidad 2015), uno de cuyos ejes vertebradores se dedica a la transformación de los resultados de la investigación en valor de mercado, en la mejora de la competitividad empresarial y en la aportación de conocimiento para el cambio de modelo económico en España. Por tanto, la necesidad de incrementar la innovación del sistema productivo y los servicios, y para ello de acelerar la transferencia de conocimiento generado por el sistema público de investigación y las universidades, no es una moda o una tendencia de la dinámica endógena de la «cadena del conocimiento», ni tampoco una forma de alcanzar mayores beneficios por parte del sistema productivo, sino una consecuencia de las reflexiones y diagnósticos realizados a nivel europeo y nacional que irán perfilándose cada vez más como políticas diferenciadas y selectivas de la calidad tecnocientífica, como ha ocurrido con la reciente convocatoria de los Campus de Excelencia Internacional (CEI).


Tras ser presentada en 2008, la Estrategia Universidad 2015 debutó con el Programa CEI, cuyas bases valoraban de manera especial «la política de valorización, transferencia e innovación que el conjunto del sistema diseñe [...] de forma que se aproveche al máximo y se rentabilicen las unidades, o entidades dedicadas a la gestión y desarrollo de la función de transferencia». Pues bien, el proyecto presentado por la Universidad de Alcalá (UAH) a esta convocatoria, que en su evaluación global ha obtenido un discreto aprobado (lo que no es poco, tal y como vienen las cosas), ha suspendido lamentablemente en dos de los seis puntos evaluados, precisamente los más decisivos: mejora científica y transferencia del conocimiento y tecnología derivada de la investigación al sector empresarial.

Los resultados finales de la convocatoria han traído como consecuencia que ocho universidades ostentarán la medalla CEI y recibirán el grueso de la financiación. De esas universidades, cinco han sabido captar y rentabilizar la enorme potencialidad derivada de la sinergia entre universidades generalistas y universidades politécnicas, bien mediante alianzas estratégicas (Universidad de Barcelona-Universidad Politécnica de Catalunya y Universidad Complutense-Universidad Politécnica de Madrid), o bien universidades que incluyen de facto escuelas técnicas como la Carlos III de Madrid. Como muestra un botón: la Universidad Carlos III, estructuralmente comparable a la UAH, captó en 2008, y en concepto de transferencia de conocimiento, 35 millones de euros, lo que representa el 20,2% de su presupuesto, uno de los porcentajes más altos entre las universidades españolas. En los últimos cinco años, el esfuerzo de los grupos de I+D de la UAH ha sido también notable, y aunque el porcentaje de ingresos por transferencia represente aproximadamente la mitad de los generados por la Carlos III, hay una tendencia que conviene incrementar en el futuro.


Cubierta de cierre del claustro del convento del Carmen Calzado, actual sede de la Escuela Superior de Arquitectura de la Universidad de Alcalá.

El proyecto presentado por la Carlos III a la convocatoria CEI, fundamentalmente basado en tecnologías industriales, aeroespaciales, de la información y de la comunicación, y que incluye nuevas políticas para facilitar y movilizar los procesos de creación de empresas de base tecnológica universitarias, en la adecuada gestión de las patentes, modelos de utilidad y licencias, debe servirnos de modelo para aprovechar en el futuro las enormes potencialidades que encierran nuestras escuelas técnicas.

Una buena parte del desafío de la UAH en los próximos años, si de verdad queremos participar en las grandes ligas de las universidades excelentes, será que seamos capaces de transformar la gran energía potencial de nuestros innovadores tecnológicos en la energía cinética que impulse la locomotora universitaria a través de la nueva sociedad del conocimiento.

sábado, 9 de enero de 2010

El prisionero de Borehamwood





Caricatura de Stanley Kubrick (http://rivaherrera.files.wordpress.com/2009/03/kubrick1.jpg).

Han pasado diez años desde la desaparición del director neoyorkino Stanley Kubrick (1928-1999), uno de los cineastas geniales que huyeron de Hollywood como lo habían hecho antes Chaplin, Orson Welles o John Huston, artistas inasimilables y rebeldes frente a una industria demasiado convencional, que acabaron sus días en el exilio británico. La University of the Arts de Londres custodia celosamente los archivos personales de Kubrick, un tesoro de la técnica cinematográfica que el director estadounidense había almacenado durante años en su mansión de Borehamwood, en la campiña inglesa de Hertforshire, al norte de Londres, donde vivía prácticamente recluido y en la que, llevado por su obsesión por la seguridad, había hecho construir su propio refugio nuclear e instalar sofisticados sistemas de seguridad. Su voluntario y casi lunático encierro explica, por ejemplo, por qué La chaqueta metálica, su película sobre la guerra de Vietnam, se rodara en Inglaterra, y que la póstuma Eyes wide shut, una historia que se desarrolla en Nueva York, también se hiciera en Londres.

En esos archivos los estudiosos del cine pueden acceder a miles de documentos, guiones, fotografías, dibujos y maquetas que Kubrick utilizó en la preparación de sus filmes, todo un arsenal que pone de relieve la meticulosidad y el rigor con que el director preparaba no sólo su obra, sino todo lo que podía afectarla. Nada podía escapar a su control: desde el guión a la distribución, cualquiera de sus películas estaba cuidadosamente planificada. Se sabe que llegó a investigar la comodidad del asiento y la acústica de las salas donde se iban a estrenar; escuché una vez a Juan Zavala contar que en una ocasión se enteró de que en un cine de Nueva York, en el que se iba a proyectar La naranja mecánica, estaba pintado con un blanco brillante que producía reflejos en la pantalla: Kubrick se encargó personalmente de enviar un equipo de pintores para acondicionar la sala en veinticuatro horas. Su perfeccionismo llegaba hasta el control personal de los doblajes: Kubrick exigía que sus películas se estrenasen en versiones dobladas que él supervisaba hasta límites inconcebibles, desde la traducción (el escritor Vicente Molina Foix era su traductor habitual al castellano) hasta el director de doblaje (varias de las versiones españolas fueron dirigidas por Carlos Saura, Jaime de Armiñán y Mario Camus, designados expresamente por él) y la voz de cada actor principal del doblaje de sus versiones, aunque no conociera bien el idioma al que se doblaban.



Kubrick, a la izquierda, durante el rodaje en el laberinto de El resplandor (http://www.cisi.unito.it/progetti/shining/film/sk-brown03.jpg).

Escribió Borges que para alcanzar la obra maestra «quizás convenga distraerse un poco», un axioma que no parece encajar con la personalidad de Kubrick, un perfeccionista siempre a la búsqueda de una quimera, la película perfecta; un director que se entregaba durante años a cada proyecto, lo que explica lo reducido de su filmografía: sólo 13 películas, algunas de la cuales: Atraco perfecto, Senderos de gloria (sus dos primeras películas que convirtieron a un niño prodigio en un cineasta de renombre mundial cuando tenía 25 años), Espartaco, Lolita, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, La naranja mecánica o 2001: una odisea del espacio forman parte de las obras maestras de la historia del cine. 

Descrito a menudo como un esmeradísimo orfebre y como un ermitaño con un ritmo de trabajo perfectamente adaptado a una rutina exasperante, Kubrick contaba con una técnica fotográfica apabullante, de un perfeccionismo compulsivo y maniático que, como un prodigioso mecanismo de relojería visual capaz de resolver los complejos problemas de construcción y captura del tiempo, convertía a cada filme en algo exclusivamente suyo, en auténtico cine de autor, cuyo resultado final deslumbraba en películas como 2001, el primer filme de la historia en el que los protagonistas no eran los actores, sino los efectos especiales; El resplandor, un mito del cine de suspense, que ha pasado a la historia por su utilización virtuosa de la steadycam en los sinuosos pasillos de un gigantesco hotel alpino de Colorado y en los cartesianos senderos de un laberinto vegetal; o Barry Lyndon –algunos de cuyos planos y secuencias acompañan en el enlace adjunto- que se rodó enteramente con luz natural, de velas, de aceite o de sol, para reproducir con precisión el ambiente de la época dieciochesca descrita por el novelista Thackeray creador del preciosista retrato de un trepador atrapado entre oropeles barrocos.


Fotograma de Senderos de Gloria (http://www.apt613.ca/wordpress/wp-content/uploads/2009/05/paths_of_glory.jpg).


Su preocupación por el mensaje, en el que ponía casi tanto énfasis como en la técnica, se centró en expresar que el mundo puede convertirse en un infierno y en plasmar a los fantasmas que acosan al hombre moderno: la soledad en un ambiente hostil, el peligro atómico, la violencia urbana, la autodestrucción que produce la amarga pasión (la de Humbert-Humbert por Lolita) o la estúpida guerra, a la que condena en el mejor filme antibelicista de todos los tiempos, Senderos de gloria, una denuncia de la carnicería que fue la Primera Guerra Mundial, en cuyas trincheras perdieron su vida la mayor parte de los hombres de Europa, conducidos al infierno con engaños y reclamos patrióticos.

Comparado frecuentemente con los grandes artesanos del barroco, ese autor recluso, que, como un alquimista de la imagen buscaba en solitario la piedra filosofal de la Gran Obra, ese casi neurótico director que odiaba volar y soñaba con hacer una película sobre la guerra civil española, se preocupó de que el cine tuviera, pese al ruido de los millones de dólares que acompañan a un arte convertido en industria, los rasgos delicados y artesanales de las grandes obras de arte del pasado. 


La actriz Sue Lyon en el papel de Lolita (http://schabrieres.files.wordpress.com

Cuando John Baxter publicó su biografía más conocida (la edición inglesa es de 1997, mientras que la española que yo conozco, de ediciones T & B, es de 2008) Jonathan Romney, un crítico de The Guardian, señaló que el libro contribuía poco a descifrar el acertijo que fue Kubrick. «Por virtud de su invisibilidad, Kubrick es el personaje que cinematográficamente se aproxima más a un Gran Mago de Oz. En una biografía de Kubrick uno espera descubrir si el gran mago es en realidad sólo un hombrecito que se oculta detrás de la cortina para aterrorizar al mundo con explosiones de azufre y una voluntad exorbitante», decía Romney. 

Y es que Kubrick era el Gran Mago, un niño prodigioso y temerario que nunca pudo dejar de ser a pesar de haberse convertido en un viejo perturbador, un tanto lunático pero lúcido y fascinante encerrado, como William Randolph Hearst, en una obsesiva mansión. 




jueves, 7 de enero de 2010

PRESENTACIÓN DE UN LIBRO





El próximo miércoles, 13 de enero, se presenta el libro El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha. Manual de Geobotánica, del que somos autores Luis Monje Arenas, director del Gabinete de Dibujo y Fotografía Científicas de la Universidad de Alcalá, José María Martínez-Parras, catedrático de Instituto y yo mismo. Adjunto una invitación para que los lectores de este blog podáis asistir. Además, en el enlace adjunto puede obtenerse un PDF de muestra del libro.



Las páginas de este libro, a través de textos, figuras y fotografías, ayudan a comprender mejor lo que ya sabemos: que Castilla-La Mancha se presenta ante los ojos del naturalista como el poliédrico rostro de la vegetación ibérica, como una región biológicamente privilegiada, un territorio que es un caleidoscopio de toda la geografía interior de la península Ibérica, una Comunidad paisajísticamente múltiple, donde cualquiera puede, sin salirse de sus límites, integrarse en ambientes naturales representativos del conjunto de la vegetación de España.



La extraordinaria diversidad de Castilla-La Mancha se manifiesta también cuando nos aproximamos a ella desde el punto de vista biogeográfico. El mosaico de la vegetación de España puede imaginarse como un puzle formado por 71 piezas (las clases de vegetación de los geobotánicos), de las cuales 48 están representadas dentro de los límites de Castilla-La Mancha. Si del conjunto general descontamos las clases de vegetación insular y las ligadas a ecosistemas costeros, no hay que esforzarse mucho para valorar la riqueza en tipos de vegetación que encierran los límites castellano-manchegos.

El libro es abundante en fotografías (370) e ilustraciones (137), que completan las descripciones de un texto de casi ochocientas páginas y la información resumida en las 152 tablas sinópticas que apoyan a aquel. En conjunto, se trata de una cuidada edición que destaca por la excelente maquetación y la calidad de reproducción de imágenes y fotografías, una calidad que desgraciadamente no es común en otros libros de estas características, pero a la que nos tiene acostumbrados Francisco del Valle, responsable de la editorial Cuarto Centenario, que ha sido el editor de El paisaje vegetal de Castilla-La Mancha.



El libro nace también con la intención de servir de ayuda como manual de Geobotánica y por eso, junto a contenidos divulgativos, encierra otros muchos más técnicos que son de gran interés para los profesionales de la enseñanza y del medio ambiente, y como texto de apoyo en el aula universitaria. Quienes deseen profundizar en estos aspectos técnicos encontrarán en el capítulo séptimo (accesible desde un enlace Web que el interesado podrá obtener en el prólogo del volumen, accesible en el enlace adjunto) un glosario con más de 2.000 términos tanto científico-técnicos como populares en el ámbito rural, que recogen las definiciones de la inmensa mayoría de los términos especializados que figuran a lo largo del libro. Por esa vocación generalista del libro y por las expediciones botánicas que los autores realizan en otras latitudes, el lector no podrá sorprenderse de encontrar imágenes de algunos paisajes –los desiertos sonorenses, la tundra ártica, los gigantescos bosques de coníferas de California o los espectaculares sistemas de dunas costeras del Pacífico- que completan las dedicadas a la flora endémica y a los ecosistemas castellanos-manchegos.




La estructura del libro se ha hecho dedicando los dos primeros capítulos a los tres grandes condicionantes abióticos de la vegetación: fisiografía, suelo y clima. El tercer capítulo se dedica a la Biogeografía haciendo un acercamiento desde el todo –la síntesis biogeográfica de la Tierra- a la parte, a la caracterización biogeográfica de Castilla-La Mancha, que queda así situada en el contexto de la vegetación del mundo en general y de España en particular. Los capítulos quinto y sexto están centrados exclusivamente en el ámbito territorial de la Comunidad. En el quinto se presenta ampliado y actualizado el catálogo de comunidades vegetales que sirvió para que uno de los autores –Luis Monje- obtuviera en 1987 el primer Premio Regional de Investigación. Finalmente, en el capítulo sexto se describe el paisaje de Castilla-La Mancha a través de sus series y geoseries de vegetación. Si en 1987 eran 20 las series de vegetación reconocidas en Castilla-La Mancha, la Red Natura 2000 de la Unión Europea incluye ahora 49, todas ellas presentadas en este libro mediante unos sencillos esquemas que, apoyados, en las fotografías y sustentados en un texto divulgativo fácilmente comprensible por todos los lectores, permiten interpretar la variabilidad del paisaje vegetal de Castilla-La Mancha.