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lunes, 1 de octubre de 2012

Federales sin saberlo (1): E pluribus unum


La forma original de organización política moderna fue el Estado-nación que se desarrolló en Europa a partir del siglo XVI. El absolutismo impuso el Estado unitario, centralizador, jerárquico y con una autoridad única omnipotente en la que prevalecía la indivisibilidad de la soberanía. Su extensión en Europa se produjo con la expansión del modelo jacobino de la Revolución francesa, que trajo consigo un proceso de centralización del poder en manos del Estado como uno de los rasgos distintivos de la Revolución. A partir de ese momento, el Estado unitario se extendió hasta convertirse en el modelo de organización estatal europeo por antonomasia.
El Estado federal moderno, antítesis del unitario, surgió con la Constitución de los Estados Unidos de 1787, la primera Federación moderna, que sirvió de modelo para otras federaciones posteriores. Se pueden establecer tres periodos temporales del modelo de Estado federal. El primer periodo se inicia con la adopción del federalismo en la génesis de los Estados Unidos. En este periodo nació la Federación Suiza (1848) con un modelo confederal precedente (la Confederación Helvética) y una guerra civil previa. Canadá se convirtió en federación en 1867 y Australia en 1901. Además, algunos países latinoamericanos adoptaron el modelo federal en este mismo periodo.
Un segundo periodo corresponde a la adopción de modelos federales por parte de antiguas colonias independizadas en Asia y África durante la segunda mitad del siglo XX, lo que fue en gran medida una solución para reunificar comunidades multiétnicas. Finalmente, desde los años 60 del siglo pasado asistimos a la denominada “era del federalismo”, o la “revolución federalista”, es decir, al tránsito de un mundo de Estados diseñados en gran medida siguiendo el modelo del Estado-nación a un mundo de soberanía limitada del modelo territorial federal, en especial, de los diseños institucionales de federalismo asimétrico que permiten acomodar la diversidad.
Según el Handbook of Federal Countries (McGill-Queen’s University Press, 2005), el 40% de la población mundial vive en sistemas políticos federales. Según este vademécum federalista, existe una docena de democracias con economías avanzadas en el mundo que son Estados federales: Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bélgica, Brasil, Canadá, España, Estados Unidos, India, México y Suiza. Nótese que el modelo autonómico español se incluye en este último período, dando así la razón a lo que sostienen algunos constitucionalistas españoles.
“Una sociedad de sociedades”: así definía Montesquieu el federalismo, un sistema bajo el que viven en la actualidad cientos de millones de personas. Sin embargo, su indiscutible preponderancia va unida a una enorme disparidad. El federalismo es esencialmente una forma de organización territorial del Estado compatible con cualquier régimen sea monárquico o republicano, que no implica la desaparición del Estado sino una limitación de la soberanía a través del principio de autonomía y gobierno compartido entre instituciones que controlan ámbitos territoriales diferentes.
Aunque el federalismo es poliédrico, los requisitos básicos de la Federación son tres: la descentralización, la división del poder por territorios y la existencia de una Constitución que garantiza las dos premisas anteriores, de tal modo que se establece un sistema con poderes distribuidos entre gobiernos sin que se pueda hablar de rango superior o inferior, es decir, que no se puede representar como una estructura de poder jerárquico piramidal. Se trata, pues, de un sistema nacional desagregado en niveles de gobierno dual (o múltiple), cada uno de los cuales ejerce autoridad exclusiva sobre áreas constitucionalmente determinadas, pero en el que sólo un nivel de gobierno, el Gobierno central, además de asumir competencias generales que afectan a todos por igual, es internacionalmente soberano.
Por tanto, el federalismo implica la existencia de (al menos) dos niveles de gobierno constitucionalmente determinados y con poderes separados entre las instituciones centrales y las periféricas. Así se habla de dos soberanías, una soberanía estatal o centralizada y una soberanía periférica o descentralizada. La clave está en la división de funciones entre el Gobierno central y las de los territorios federados o “subestatales” -que reciben distintas denominaciones: estados, provincias, landers, cantones, repúblicas, etc.-, de modo que algunas materias son exclusivas de los gobiernos subestatales y otras de los gobiernos centrales.
Existen tres tipos de modelos federales. El punto de partida es la Federación “coming together”, es decir, aquella cuyo propósito es la unión de las partes. El prototipo es el pacto federal de la Constitución estadounidense, que supone que existen previamente las partes, las cuales deciden libremente unir sus soberanías para crear una Federación. Las tres palabras grabadas en el anverso del emblema nacional estadounidense, E pluribus unum (“de muchos, uno”), resumen el espíritu de este modelo reunificador de la diversidad. Suiza y Australia se ajustan también a este modelo.
El segundo tipo es el holding together que surge de modelos unitarios en los que el proceso de federalización se produce para mantener un Estado como unidad política en un régimen democrático. En este caso los poderes se ‘devuelven’ a los Estados. En este tipo se incluyen los casos de India, Bélgica y España. La tipología federalista se completa con el putting together, que corresponde a la formación no deseada y no democrática de una federación. El paradigma fue la integración y articulación de las repúblicas en la extinta Unión Soviética. La coerción es el elemento que separa este modelo territorial de los auténticos modelos federales democráticos.
Los orígenes de las federaciones afectan también a la distribución de poderes, que varía de modelo a modelo de manera considerable. A pesar de las variaciones sustanciales entre sistemas federales, se pueden establecer algunas pautas generales. En general, cuanto más homogénea es la sociedad, más poder es asignado al Gobierno federal, y cuanto más heterogénea, más poderes a las unidades subestatales. Atendiendo a su división entre el Gobierno central y el de los territorios federados, existen tres tipos de competencias: exclusivas (cuando pertenecen a una sola Administración con exclusión de las demás), compartidas o concurrentes y residuales. En la mayoría de los Estados federales, las relaciones internacionales, la defensa, la economía y la unión monetaria, los poderes fiscales y el transporte interregional son poderes exclusivos del Gobierno central. Por otro lado, las competencias relativas a asuntos sociales en general (educación, sanidad, bienestar social y trabajo, orden y seguridad y gobierno local) se atribuyen a los gobiernos territoriales, aunque algunas de estas materias son compartidas, como suelen ser el caso también de agricultura y medioambiente.


Aquellos Estados federales nacidos de la agregación de unidades políticas preexistentes, como ocurre con Estados Unidos, Australia o Suiza, suelen definir un conjunto de poderes federales limitados, tanto exclusivos como concurrentes, con poderes residuales o no especificados otorgados a las unidades territoriales. Por su parte, los Estados federales como Bélgica o España, nacidos de un proceso de devolución de un Estado previamente unitario, suelen estructurarse a la inversa, especifican los poderes regionales y dejan las competencias residuales en manos del Gobierno central.
En nuesto Estado de las autonomías, la definición del Estado compuesto está íntimamente ligada al modelo que surgió en la Transición. Según algunos constitucionalistas, el peculiar modelo español resultaría ser un híbrido entre el modelo de Estado unitario y el modelo de Estado federal, aunque una buena parte de ellos se inclinan por considerar que, dado que el Estado autonómico es una forma de distribución territorial del poder constitucionalmente establecida, el modelo se ajusta a las premisas esenciales del federalismo más avanzado.
Me ocuparé de ello en una próxima entrada.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Tres Marías





Os dejo los enlaces a tres artículos de Javier Marías referidos al Gobierno que nos asola.



¡Habemus papam! o el truco del BCE



El largo y cálido verano que se despidió anteayer para dar paso a un lóbrego otoño del que lo mejor que podemos esperar es la vuelta de la lluvia a un país reseco, estuvo marcado por tres noticias económicas. Una de ellas fue el anuncio de las medidas de estímulo adoptadas por la Reserva Federal estadounidense (el equivalente al Banco Central Europeo: BCE) para aumentar la demanda interna mediante la puesta en circulación de dinero encaminado a financiar inversiones creadoras de empleo y a fomentar el crédito para empresas y familias. Se trata de una medida que camina en dirección opuesta a la política de recortes y austeridad que ha demostrado su rotundo fracaso en Irlanda, Grecia Portugal y España.

Las otras dos noticias nos atañen más de cerca y, contra toda razón, han sido saludadas con alborozo por la mayoría de los analistas de los medios de comunicación. La primera medida tuvo lugar el 28 de junio en Bruselas, cuando las autoridades de la Eurozona adoptaron como prioridad política salvar a la banca europea. Léanme bien: escribo que los prioritario es salvar a la banca, no a los ciudadanos empobrecidos o desempleados, lo que indica bien a las claras las intenciones de los líderes de la Eurozona, más preocupados de que los banqueros alemanes y franceses recuperen el dinero prestado para financiar nuestra burbuja inmobiliaria que de solucionar los problemas sociales que asolan el sur de Europa.

Para lograr tal fin se anunció que el BCE asumiría las tareas supervisoras que hasta ahora detentan los bancos centrales de los países miembros, lo que implica que estos deberán ceder la mayor parte de sus competencias a los “hombres de negro” del BCE. Además, éste, que tenía como mandato principal el control de la inflación, será a partir de ahora el responsable de proveer de liquidez a los bancos en dificultades.

En realidad, aunque lo haga con las narices tapadas para evitar el hedor que proviene de las sentinas bancarias infestadas de ladrillos, activos tóxicos y provisiones infladas, el BCE lleva un año inyectando dinero a la banca privada en una costosa estrategia que el Nobel Joseph Stiglitz (El precio de la desigualdad; Taurus, 2012) ha llamado del “castillo de naipes” que, combinada con la austeridad y los recortes, ha demostrado ser infructuosa para sacarnos del atolladero. En resumidas cuentas, tal estrategia consiste en aportar más dinero a los bancos para comprar más deuda pública y sostener a ésta; y aportar más dinero a las deudas soberanas para apoyar a los bancos. En palabras de Stiglitz, la estrategia, de la que me ocupé en una entrada anterior, “no es más que economía vudú, un regalo oculto a los bancos por valor de decenas de miles de millones de dólares”.

Desde diciembre de 2011 hasta hoy el BCE ha practicado con afán el círculo vicioso de la economía vudú, prestando a la banca privada europea un billón de euros en números redondos, la mitad de los cuales ha ido a parar a los bancos italianos y españoles. De modo que cuando le aturdan las voces que gritan (interesadamente) que los bancos no tienen dinero, haga oídos sordos: no les falta el dinero, más bien les sobra, pero lo guardan debajo del colchón. ¿Cuál es ese colchón?, se preguntará quien haya tenido la paciencia de llegar hasta este renglón. Pues el propio BCE y los Estados en dificultades. Veámoslo.

El gran argumento político utilizado para transferir fondos públicos (el BCE es una institución pública, téngalo en cuenta) a la banca privada es que tales ayudas son necesarias para salvar a los bancos con el objetivo de que estos presten dinero a empresas y familias. Tal argumento es una falacia. Con el dinero que reciben a tasas de interés muy bajas (menos del 1%) los bancos hacen lo mejor que saben hacer, que es ganar dinero corriendo el menor riesgo posible: invierten los euros públicos recibidos comprando deuda soberana en el mercado secundario en forma de bonos emitidos a intereses muy altos (6 a 7% en Italia y España). ¡Así cualquiera!, dirán ustedes ante esta nueva versión del ancestral “comprar duros a peseta”.

Ocurre, sin embargo, que la avaricia puede romper el saco y los intereses superiores al 6% suponen un límite rayano en lo insostenible. Pero como se trata de apurar al máximo sin derrapar, cuando las primas de riesgo arden y la motocicleta especulativa amenaza con estamparse, aparece el BCE y compra deuda pública de los países amenazados (siempre en el mercado secundario, recuerde este dato), lo que inmediatamente refresca el recalentado motor haciendo bajar los intereses de los bonos públicos que, pasado un tiempo, retornarán a las andadas alcistas, volviendo a dejar indefensos a los Estados frente a los especuladores financieros.

Lo que el BCE debería hacer si de verdad quisiera ayudar son dos cosas. La primera, a la que podríamos llamar “función de termostato”, es anunciar que no tolerará en ningún caso que las primas se recalienten impidiendo automáticamente que los intereses de los bonos públicos sobrepasen un determinado nivel. No lo ha hecho ni lo hará, porque el BCE está controlado por el Bundesbank (algo de lo que me ocuparé en una próxima entrada) y por la banca privada que no permitirán que Mario Draghi (uno de los hombres de Goldman Sachs reconvertido en responsable del BCE) mate a la gallina de los huevos de oro que les da duros a peseta.

A la vista de las disparatadas alzas de las primas de riesgo, la segunda medida que podría adoptar el BCE sería anunciar que compraría deuda soberana en el mercado primario. El primer jueves de septiembre, Draghi anunció por fin que, a partir de ahora, el BCE compraría bonos públicos de los Estados que lo solicitaran en las cantidades que fueran necesarias para evitar que las arcas públicas colapsen como consecuencia del aumento de los intereses de la deuda soberana. ¡Habemus papam!, exclamaron algunos. Por fin había fumata blanca. Las campanas se lanzaron al vuelo y se proclamó (bastante insensatamente) que el problema de la deuda pública se había resuelto de una vez por todas: el primo Zumosol (BCE) iba a favorecer que los Estados pudieran conseguir dinero prestado a intereses más bajos, permitiendo que su deuda pública disminuyera hasta porcentajes razonables de su PIB. ¿Fácil, no?

Pues no. Cualquiera que se tome la molestia de leer la letra pequeña del anuncio, podrá tomar cumplida nota de que lo que va a hacer el BCE es mantener el status quo que conviene a las élites financieras: no va a matar al enfermo, pero tampoco lo va a curar del todo. Digamos que lo que va a hacer es mantenerlo con respiración asistida para que de sus ubres (las arcas públicas) siga manando leche sin que se muera la vaca (el Estado). Pongamos la lupa sobre la letra pequeña.

En primer lugar, la compra de los bonos se hará en el mercado secundario, el lugar donde la banca privada (la cual, no lo olvide, ha obtenido financiación pública del BCE a intereses liliputienses) compra bonos públicos por los que obtiene réditos varias veces superiores. Lo que va a hacer el BCE es, por un lado, seguir prestando dinero a la banca para que compre bonos públicos y siga forrándose, pero limitando, por otro lado, las posibilidades de que su avaricia rompa el saco. Es decir, no se erradica al parásito pero se limita su capacidad de succión. Si en realidad lo que quiere el BCE es ayudar a los Estados, lo que debería hacer es comprar deuda estatal en el mercado primario en lugar de hacerlo con la intermediación de la banca privada en el parqué secundario.

En segundo lugar, la tan celebrada compra de bonos públicos se limita a los de corto plazo (máximo de vencimiento en tres años), lo que significa pan para hoy y hambre para mañana porque las inversiones sólidas de los Estados son siempre a medio (diez años) y largo plazo (veinte años). Que haya que retornar el préstamo en tres años limita enormemente las posibilidades de financiación de proyectos públicos de infraestructuras y de inversión social.

Y en tercer lugar, para que unos se forren otros tendrán que pasar frío. Quienes van a pasar frío somos todos nosotros, porque la compra de deuda pública sólo será posible si el Estado pide ayuda a los fondos de estabilidad financiera europea (EFSF/ESM, por sus siglas en inglés) que, mire usted por donde, si podrán comprar bonos a diez-veinte años en el mercado primario.

Naturalmente, para que tan mirífica solución (léase rescate) se ponga en práctica las células (es decir, nosotros) del enfermo (el Estado) tendrán que sufrir la acostumbrada dieta de caballo en forma de recortes sociales, educativos y sanitarios, disminución de pensiones (que llegará, no les quepa duda) y de salarios, reducción drástica de inversiones públicas, estrangulamiento del crédito para empresas y familias; en definitiva, más y más austeridad, una política que acabará por arruinar la economía y hundir el Estado de Bienestar.


sábado, 22 de septiembre de 2012

¡Cuerpo a tierra Mariano, que vienen los nuestros!


El pasado 2 de septiembre, al comprobar que Mariano Rajoy había dado su primera entrevista en prensa a ABC y no a El Mundo, como solían hacer Zapatero y Aznar, el director de este último diario, Pedro J. Ramírez, abrió el curso político con un duro artículo dominical en el que recordaba lo señalado por un antiguo hombre de confianza del presidente del Gobierno, Gabriel Elorriaga, en un artículo titulado Así no es posible, publicado en ese mismo periódico. Con ese inesperado renacer del olvidado Elorriaga, Pedrojota – que ni aprende ni se corrige en sus filias y sus fobias- desempolvaba fantasmas 'peperos' y ponía a parir a Rajoy, al que ya dio por muerto políticamente en 2008 cuando gastó chorros de tinta y se desgañitó desde la radio episcopal -donde mandaba Federico Jiménez Losantos- para que el PP echase al “inútil” Rajoy para colocar a otro en su lugar.
En su nueva homilia dominical que transcribo íntegra en este enlace, el director empieza fuerte. Tras preguntarse retóricamente "¿Y si Gabriel Elorriaga tenía razón?", Ramírez habla de la "profunda decepción" que está causando Rajoy a la vista de las encuestas después de una cómoda victoria electoral en la que "Como González en el 82, Rajoy ocupó una ciudad abandonada por sus defensores". Cuando todavía no ha pasado un año de la toma de posesión del inquilino de La Moncloa, Pedrojota subraya: “Camino ya del primer aniversario de la gran victoria popular, España está peor que entonces, con más paro, más deuda, menos consumo y en recesión, hasta el punto de que acabaremos pidiendo un rescate que supondrá todo lo que la mayoría absoluta otorgada a Rajoy pretendía evitar".
"Nunca nadie, ni siquiera Calvo-Sotelo, había sido capaz de concitar menos empatía e ilusión desde la cima del poder ejecutivo", continúa la homilia, en la que acusa al presidente de hacer gala de "fatalismo y resignación" y de una "tendencia innata a la componenda y al enjuague". Entre las críticas de Ramírez se encuentra la "clamorosa ausencia de un vicepresidente económico o el del nombramiento como ministro del Interior de un amigo personal nada idóneo para el cargo" [...] "Rajoy no habla con los empresarios. Tampoco hay intelectuales o periodistas de prestigio en el entorno de Rajoy". Y lanza un dardo cargado de sarcasmo neokennedyano: "Que nadie busque hoy la tabla redonda de Camelot en La Moncloa; sólo encontrará una mesa camilla con brasero y un ama de llaves con toquilla haciendo calceta".
Echemos la vista atrás. El 20 de noviembre de 2011 Mariano Rajoy disfrutaba del mejor momento de su vida: el PP había obtenido una victoria abrumadora sobre su competidor principal: 186 escaños frente a 110 de su rival, casi once millones de votos frente a menos de siete millones.
En el ambiente de euforia, se desataron los ditirambos. Todo era poco para bailarle el agua al prodigioso político pontevedrés. Pedrojota, que tres días antes, en un editorial de El Mundo titulado Un voto útil, exigente y crítico a favor de Rajoy y del PP, había pedido el voto para el PP (y para su “marca blanca”, el partido de Rosa Díez, dicho sea de paso), se apresuró a escribir que esa noche “Rajoy hizo un discurso de estadista”. No fue el único en comparar a Rajoy ni más ni menos que con Churchill. Todas las flores eran pocas para elogiar al carismático líder que venía a salvarnos de las miserias a las que nos había conducido, él solito, el malvado ZP.
Quienes en esos jubilosos momentos se rompían las manos de tanto aplaudir y dedicaban las editoriales y los artículos de sus medios a ensalzar la figura de nuestro gallego salvador sin escatimar exaltaciones, elogios y alharacas, eran los mismos que años antes le habían puesto a caldo por haber sido incapaz de derrotar a José Luis Rodríguez Zapatero (elecciones generales de 9 de marzo de 2008), repitiendo la pérdida de las generales del 14 de marzo de 2004.
Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte. En este enlace el lector podrá encontrar una selección de frases literalmente transcritas en las que los periodistas más celebrados de la derecha española no se quedaban cortos en los insultos que dedicaban al entonces candidato a la Presidencia del Gobierno, a quien en ambas ocasiones se pretendía sustituir por Esperanza Aguirre o por quien fuese menester, que cualquiera bastaba si Rajoy se marchaba a Santa Pola.  
Corría la primavera de 2008 cuando Pedrojota y Federico Jiménez Losantos  estaban empeñados en una campaña contra Mariano Rajoy, que algunos –como Isabel San Sebastián o el alucinado partero Sánchez Dragó- aprovechaban para remar a favor de Esperanza Aguirre. Los más desconfiados pueden acudir a las hemerotecas, que no me dejarán mentir. Los más interesados no dejen de leer Fuego amigo o cuando Rajoy era el más inútil de todos los inútiles, del maestro de periodistas José María Izquierdo (Ediciones El País, 2012).
Quienes se tomen la molestia de leer el centón periodístico que he seleccionado, al que Antonio Burgos pone un florido colofón “Ole tus cojones” [los de don Mariano], comprobarán que lo que ahora escribe Ramírez en El Mundo y Losantos en Libertad Digital no es nada nuevo. Para quienes no tengan tiempo (o ganas) de hacer una lectura completa, las que transcribo son algunas de las lindezas dedicadas a nuestro presidente del Gobierno por lo más granado del periodismo neoliberal:
“Antropófago político, apocalipto, avieso, carne de ventrílocuo, desjarretado, desnortado, dontancredo, embaucador, embustero, falso, gandul, inepto, invertebrado, mariacomododado, maricomplejines, mediocre, merengoso, muñeco, perdedor, psicólogo de TBO, reptil galáctico, señorito tronado, tiranuelo, tonto contemporáneo, tonto del bote, trilero, tuerto, vago, zafio y zombi”.
Estos y otros cariñosos calificativos que ahora comienzan a reaparecer a la vista de que don Mariano y su Gobierno están destrozando el país.
Pero entonces como ahora, pelillos a la mar.

martes, 4 de septiembre de 2012

Parábola del escarabajo pelotero



J.B.S. Haldane

Cuentan que un teólogo victoriano preguntó al gran biólogo Haldane si podía deducir algo sobre Dios a partir de su huella en el Universo. Teniendo en cuenta, que los coleópteros son con gran diferencia los animales con mayor número de especies, la respuesta fue: «no sé, quizás una desmedida afición por los escarabajos». Puede que Dios ame a los escarabajos, pero lo que es seguro es que algunos escarabajos han sido adorados como dioses. El escarabajo pelotero (Scarabaeus sacer) se pasa el día entero recogiendo mierda y amasándola en forma de pelotitas. Tan atareado coprófilo es común en Egipto, de modo que también en la antigüedad resultaba habitual la observación de los esfuerzos del animalito arrastrando y haciendo girar pelotas de estiércol. Los egipcios encontraron en la ardua faena cotidiana del acorazado coleóptero una metáfora sencilla y efectiva que permitía vincular el animal con la sagrada misión de Ra, el gran dios encargado de mover el Sol a través del firmamento y añadieron al bicho a su interminable catálogo de dioses, diosecillos y otros seres espirituales.
Las teorías marxistas tradicionales atribuyen el poder económico a la propiedad de los medios de producción, de los que el capitalista extrae su beneficio. El capitalista lleva a cabo el ciclo capital-dinero: invierte dinero en personal y equipos para crear un bien o servicio que lleva al mercado, donde se vende y se vuelve a convertir en un dinero en el que está comprendida su ganancia: la plusvalía. Era la economía real o productiva sostenida por el dinero real, contante y sonante. Pero esta imagen tradicional del oro respaldando los billetes en circulación, vigente cuando Marx escribía, ya no es válida. En 1971 el dólar dejó de estar anclado al oro y dos años después el resto de monedas mundiales dejaron de estar ligadas al dólar. Desde ese momento, la creación de dinero ha vuelto (como sucedía antes de la II Guerra Mundial, en los tiempos de la Gran Depresión del 29) a no tener ningún límite físico. Ya no hay lingotes de oro en las arcas de los bancos centrales que respalden el dinero en circulación. Tal cosa ha tenido múltiples consecuencias y una de ellas ha sido la creación de dinero de la nada de forma acelerada.
La nueva realidad financiera, la posibilidad de crear dinero de la nada, ha provocado cambios importantes en esta forma de ejercer el poder económico. Las nuevas condiciones del sistema monetario y financiero han creado una fuente de financiación abundante que permite crecer al capital a velocidades supersónicas, acceder a más mercados, obtener economías de escala y conseguir una rentabilidad astronómica. Y la llave de todo esto la tiene el poder financiero. De este modo, si el capitalista propietario de los medios de producción tiene la capacidad de extraer la plusvalía, el capitalista financiero tiene la capacidad de multiplicar esa plusvalía en un nuevo y colosal milagro de los panes y los peces.
En una crisis sistémica como la actual no deja de ser sorprendente que todas las soluciones que se están planteando reclamen el crecimiento económico sin plantearse, siquiera sea teóricamente, que el ciclo bajista de esta crisis responde a la misma lógica que la fase alcista anterior y que la necesidad de crecimiento responde a la deuda insostenible que genera el tipo de interés, elemento clave de los mercados financieros.
¿Cómo se crea el dinero en un momento como el actual caracterizado por ser el período histórico de su mayor existencia y crecimiento? De la nada. El dinero se crea de la nada, algo de lo que ya me ocupé en una entrada anterior. El Banco Central Europeo (BCE), el más grande de los entes creadores de billetes en la UE, crea dinero mediante subastas de euros periódicas en las que pone una cantidad en circulación. Obtenido el dinero en las ubres del BCE, la banca privada produce a su vez dinero cuando lo presta por encima de los depósitos que mantienen, algo de lo que me ocupé en otra ocasión.
Perfecto, ¿no? Todo el mundo dándole a la manivela y el dinero fluyendo sin cesar. ¿Dónde está el problema? Pues en que hasta ahora no he dicho nada de la deuda, que aparece justo después de crear el dinero, al ponerlo en circulación. Cuando el BCE emite euros no se los da a los bancos de balde, sino que fija un tipo de interés. Cuando un banco toma dinero del BCE tendrá que devolverle algo más de lo que pidió, generando inevitablemente una deuda mayor que el préstamo.
Por tanto, es evidente que siempre habrá una deuda mayor que el dinero en circulación. En el sistema hay un déficit irresoluble de dinero: por más dinero que se cree, siempre habrá una deuda superior. Además, para obtener liquidez, los Estados, la banca y las empresas necesitan recurrir, masiva y habitualmente, a la petición de préstamos para su funcionamiento cotidiano. Como esto se realiza con un interés creciente (el BCE pone un tipo de interés del 1% al Santander, por poner un ejemplo, pero este se lo presta al Estado al 6-7%), el trasiego del flujo de préstamos hace que el monto total de deuda se incremente más y más. Una vez que vencen los plazos de devolución de la deuda, es habitual que no se devuelva, sino que las entidades pidan nuevos préstamos con los que devolver capital e intereses de deudas pasadas, incrementando el conjunto de la deuda total aún más.
La creación de dinero de la nada se ha multiplicado de forma acelerada hasta provocar que en la actualidad, el 90% de la masa monetaria sea digital. Pero como esto no es Jauja y la máquina del movimiento continuo está todavía por inventar, nos encontramos en dos situaciones paradójicas: cuanto más dinero se pone en circulación, más crece la deuda y más escaso es el dinero; y cuanto más escaso es el dinero, más tiende a ponerse en circulación.
Así las cosas, ¿cómo demonios se mantiene este sistema que produce deudas crecientes que no pueden ser restituidas? Pues con la estrategia del escarabajo pelotero: caminar incesantemente con la bola de mierda entre las patas. El sistema toma prestado contra el futuro sobre la base del crecimiento continuo de un pelotón que nunca puede pararse porque, como les ocurre a los ciclistas, si se paran se caen. Quienes han recibido los préstamos prometen que devolverán las deudas con el único fundamento de la esperanza en la riqueza generada por el crecimiento futuro. Y así va el mundo, dándole a los pedales sin parar.
Este crecimiento, como muestran todos los indicadores y nos enseña la economista Susana Belmonte en un brillante ensayo (Nada está perdido. Un sistema monetario y financiero alternativo y sano; Icaria Editorial, 2012) -un libro que debiera repartirse en colegios, institutos y universidades-, solo es posible con un consumo creciente de materia y energía, que es imposible en un planeta con unos recursos cada vez más escasos, como sucede con los combustibles fósiles.
En esto se traduce la solución de volver a crecer: en una escalada de deuda que ha llegado a unos volúmenes intolerables que el sistema resuelve con la estrategia de las crisis periódicas como las que ahora estamos sufriendo. Es la lógica del crecimiento infinito del sistema económico, que –apoyado en el interés compuesto- nos empuja a un crecimiento continuo imposible, tan imposible como que un simple escarabajo pueda mover el Sol.


miércoles, 20 de junio de 2012

Las tres patas de la banca y la metáfora de los dos borrachos


Las tres patas de la banca
Arruinada por los solares improductivos y por el ladrillo sobrevalorado, la banca española se sustenta sobre tres maravillosas patas: 1.- Compra dinero al Banco Central Europeo (BCE) a un interés del 1%. 2.- Compra bonos del Estado español a un interés equis. 3.- Compra bonos de deuda española devaluados a inversores asustados.
Para no complicarles la vida con el interés compuesto y otros enredos, lo simplifico: lo anterior quiere decir que si nuestra banca compra 1.000 euros al BCE con el compromiso de devolverlos, supongamos, dentro de diez años, el año 2022 deberá devolver los mil euros y, mientras tanto, está obligada a pagar cada año diez euros de intereses. En 2022 el dinero le habrá costado 1.100 euros. ¿Qué hacen nuestros banqueros con esos mil euros? ¿Acaso se los prestan a las empresas para que pongan en marcha la economía productiva? ¿Acaso los prestan a las familias que un empujoncito podrían animarse al consumo? ¿Acaso los invierten para desarrollar proyectos de I+D que pudieran llevarnos a una economía moderna, tecnológica y sostenible? No señor, no; les diré lo que hacen: compran bonos de deuda española a diez años, los mismos que endosan al BCE como aval de su compra de euros.
Veamos ahora la equis de los intereses de los bonos. Si el bono español está como está en el momento en que escribo este artículo, a aproximadamente a un 7% de interés, y los mil euros que nuestro banquero tomó de prestados al BCE los invierte en comprar un bono español de deuda por idéntico valor, en 2022 recuperará sus mil euros y, entre tanto, cada año habrá recibido 70 euros de intereses, lo cual significa que en 2022 el cobro del principal (mil) y de sus intereses (700) le habrán supuesto unos ingresos de 1.700 euros, con los cuales amortizará el préstamo monetario de los 1.100 euros del BCE y habrá ganado 600 euros. Ya sé que parece poco, pero sepan ustedes que si nuestro banquero no pide mil euros sino mil millones, en diez años ganará 600 millones, lo que ni ustedes ni yo ganamos en una década.
¿Quiénes son los primeros interesados en que la equis se mantenga lo más elevada que sea posible? Sí, no es usted un malpensado: la principal interesada es la banca española, que desde hace meses ha comprendido que su negocio está en conseguir que equis tenga el mayor valor posible. ¿Que cómo lo consigue? Les pondré un ejemplo.
Los señores Pedrosa, Lorenzo, Alonso, Hamilton o Schumacher viven de lo que no podemos vivir el común de los mortales: viven del riesgo. Tienen habilidades sí, como las tienen el resto de sus competidores, pero ellos fuerzan las carreras hasta ponerlas en el punto máximo de riesgo. Ahí está su interés: en crear el riesgo para llegar a donde los demás no llegan. Crear situaciones de riesgo y ganar en el terreno donde los demás se asustan. Exactamente lo mismo que hacen los que viven de los intereses de la deuda: aumentar la sensación de riesgo (léase prima de riesgo). A mayor sensación de riesgo, más ganan.
Naturalmente, el riesgo tiene un límite. ¿Cuál es el límite? Pues el de la fiabilidad de los bonos de nuestra deuda que los bancos depositan como aval en el BCE cada vez que obtienen dinero. Si la deuda pública va mal, los bancos irán mal. Si aumenta el riesgo de un país, el precio de sus bonos cae y las agencias de calificación bajan su nota. Los inversores dejan de fiarse del país porque si baja la cotización de la deuda pierden valor los miles de millones de bonos del país que tienen los bancos. Hace tiempo que los indicadores vienen señalando la fuga de capitales de nuestro sistema financiero, que no es otra cosa, que la retirada legal mediante la venta, entre otras cosas, de los bonos soberanos. 
¿Quién compra ahora nuestros bonos? La banca española. Nuestros bancos son los principales (prácticamente los únicos) compradores en las subastas del Tesoro. Es verdad que, como en el caso de un particular, si el banco no vende esos bonos no materializa las pérdidas. Pero la gran diferencia es que las entidades utilizan toda esa deuda como aval para obtener liquidez del BCE. Si esos bonos son cada vez de peor calidad, puede llegar uno que el prestamista se harte y les diga: “Oye, no me dejes más bonos españoles, que eso ya no me vale como garantía. Me tienes que dejar otros activos de fianza”. De repente, los bancos se quedarían sin acceso a la financiación y habrían quebrado.
Es un riesgo tremendo, pero se puede asumir cuando se juega con las cartas marcadas y si algo tiene la banca es una baraja completa de naipes trucados: sin el sistema de creación ficticia de creación del dinero (que explicaré próximamente con la parábola del escarabajo pelotero) el sistema capitalista se derrumbaría y, en ese momento, se produciría una catástrofe de dimensiones planetarias que nadie quiere. Desde el punto de vista estrictamente económico, hay capital foráneo, que con tanta alegría financió nuestra burbuja, para absorber las pérdidas del sector financiero español, ni siquiera las catastróficas, es España la que absorbe la pérdida de su sector bancario en caso de que ésta se realice. La banca va montada en un bólido que nunca derrapará y eso lo saben los pilotos que más arriesgan.
Con ese negocio en mente, comprando dinero al 1% y prestándolo al 7%, no debe sorprendernos que la banca española se haya convertido en un yonqui del dinero barato: la en mayo la deuda neta de las entidades españolas con el BCE sumó 287.813 millones de euros, con lo que lo adeudado por España supone el 83% de todos los préstamos de la Eurozona. La dependencia de la banca española respecto del BCE se constata en las cifras: si hace un año debían al BCE 53.134 millones, ahora deben más de cinco veces esa cantidad. Los bancos reciben ese dinero del BCE no por su cara bonita, sino que porque vienen avalados por nuestra deuda soberana en forma de bonos que depositan en las cajas del BCE. De modo que se ha establecido un círculo vicioso y a la vez virtuoso; vicioso para el Estado, cada vez más entrampado; virtuoso para los bancos, que se están forrando a costa de nuestro endeudamiento.
Metáfora de los dos borrachos
Y ahora, pasemos a la metáfora de los dos borrachos. La señora Merkel, aplaudida por los peperos españoles dado que se trataba de castigar a Zapatero, sometió a Portugal, Irlanda y Grecia a un remedio que aparentemente es peor que la enfermedad. Es lo que está haciendo también con España, de momento con radioterapia suave pero que, si otro médico (quizás un doctor francés o un terapeuta americano) no lo remedia, pronto será una quimioterapia potente, que obliga a una reducción severa del gasto público para contener el déficit, pero esto provoca recesión, es decir más paro, más gastos sociales y menos ingresos fiscales, con lo que ni el déficit disminuye ni el crecimiento se produce y, como comprendería cualquiera que tuviera dos dedos de frente y no se marchara al fútbol en el peor de los momentos, sin crecer es imposible pagar la deuda (lo explicaré con la parábola del escarabajo pelotero, no se preocupen). Como los inversores conocen esta sencilla regla que a nadie se le escapa, los inversores han declarado a España como país insolvente y se niegan a no sólo a comprar nuestra deuda, sino que encima, espantados, venden la que tenían aunque pierdan dinero, lo que le explicaré cuando me ocupe de los bonos.
¿Y quién compra nuestra deuda? Pues nuestra banca, que prospera con nuestro riego y que sabe que se hundirá el mundo, que se multiplicará el paro, se desahuciará a quien haga falta, se destruirá el Estado de Bienestar y se juntará Roma con Santiago sin que a ella le pase nada. La banca siempre gana.
El sistema bancario español camina dando tumbos, borracho perdido. La exigencia de Europa ha sido que otro borracho, el Tesoro español, sostenga al primero. Al vincular riesgo bancario y soberano, la pareja de borrachos camina apoyándose en los respectivos hombros. Apenas se sostienen y más pronto que tarde acabarán por caer estrepitosamente. Uno de los beodos es incapaz de sostener sus gastos no porque sean altos, sino porque es incapaz de aumentar sus ingresos. Por tanto, debe emitir más y más deuda, endeudándose cada vez más para pagar intereses y principal.
Su colega de borrachera, la banca, compra la deuda de su compañero, de modo que –hombro con hombro- establecen un círculo mágico: uno emite deuda y el otro la compra, haciendo de paso un excelente negocio a costa del contribuyente. El problema está en que ese mecanismo aumenta cada vez más los intereses de la deuda porque el segundo borracho corre cada vez más riesgo de no cobrarla nunca. ¿Qué haría falta? Más borrachos, dice la pareja de dipsómanos: más compradores de deuda para diluir el riesgo haciendo aquello del mal de muchos, consuelo de tontos.
Si los intereses alcanzaran unos límites razonables, como los que existían hace tres años (¡Ay, aquellos insostenibles 300 puntos de prima de riesgo de los tiempos del malvado ZP!), el Estado podría seguir empleando la táctica del patadón p’alante (tan querida para la añeja furia española de Zarra y compañía), que sólo es sostenible cuando hay crecimiento. Cuando no lo hay, no queda para pagar los intereses de la deuda ni, por supuesto, el principal que vence.
El último intento de arreglar el desaguisado fue el gatillazo del rescate bancario que fue elogiado hasta el paroxismo por sus voceros por tratarse de un generoso préstamo en condiciones excepcionalmente buenas conseguidas gracias a la presión política ejercida por usted antes de que se marchara al futbol con dos bemoles. Desde entonces (como cualquiera medianamente pensante sabía: que el préstamo de la Eurozona transfería el riesgo bancario al balance del sector público), los mercados no han parado de castigar a la deuda española entre otras cosas porque ese rescate de hasta 100.000 millones, al no implicar una ayuda directa a los bancos, sino a través del FROB, aumentaría la deuda española hasta el 90% del PIB. Y ahora resulta que no, que “la línea de financiación” no era benéfica, sino dañina y que lo que conviene a todos es que la inyección monetaria vaya directamente desde Europa a los bancos.
Dicho de otra forma, lo que pretende nuestro Gobierno es que aumente el número de los cofrades beodos. No, Europa no va a inyectar dinero directamente a los bancos españoles porque nadie da 100.000 millones de euros (que al final serán 250.000 millones, como ya he escrito en otra entrada) sin que haya garantías estatales. Es de cajón. El dinero que presta el BCE no le sale gratis, porque lo hace emitiendo su propia deuda que comprarán de nuevo los bancos. Si la nueva deuda del BCE está convenientemente avalada, la adquirirán los inversores extranjeros; de lo contrario, habrá perdido su credibilidad.
Si la pierde y los inversores no compran, el BCE se convertirá en el tercer y último borracho, algo que no están dispuestos a hacer los calvinistas abstemios centroeuropeos, que han dejado bien claro que no tienen ninguna intención de aceptar esa inyección directa de dinero en los bancos desde el fondo de rescate si el borracho no abandona la bebida (léase el saneamiento de las cuentas bancarias).
¿Qué cuando saldremos de esta? En primer lugar, cuando deje de retroalimentarse el círculo perverso. Para ello hay que transmitir información suficientemente convincente de que los males bancarios se conocen y se pueden curarse en un horizonte temporal razonable, lo que todavía se ha hecho, pero es probable que lo sepamos mañana, jueves 21 de junio, cuando entre el verano. Los recursos deberían provenir de un mecanismo de rescate europeo y, además, deberían ir directamente a los bancos, sin engrosar la deuda pública española y sin que fuera al Gobierno español al que se le aplicaran las exigencias que en términos de "austeridad" llevan consigo esas ayudas. Las contrapartidas que permiten hablar de "intervención", de sometimiento de las decisiones de las autoridades españolas a los imperativos de quienes suministran el rescate, deberían aplicarse a los receptores de las ayudas, a los propios bancos.
El apoyo de Europa, de una u otra forma, acabará siendo necesario. Cuanto antes llegue, antes saldremos de esta. A favor de una respuesta favorable y rápida juega la trascendencia que tendría que una economía como la española (la cuarta de la Eurozona) fuera abandonada a su suerte. No solo significaría una convulsión de los cimientos de la unión monetaria de Europa, sino también una inconsistencia con la letra y el espíritu de los compromisos europeos: España, recordemos, no tiene hoy, todavía, una deuda pública superior al promedio de sus socios, Alemania incluida.



domingo, 10 de junio de 2012

El coche de la señora Merkel



Exaltado, entre gritos, exabruptos y aspavientos, un conocido mío, españolista de pro, se desgañita espetándome su anti-europeísmo por vía del reproche monetario. A voces, se pregunta retóricamente cómo es posible que, siendo todos europeos, a Alemania los préstamos en forma de bonos le salgan casi gratis mientras que a nosotros nos cuestan un pico. “¡Inexplicable!”, exclama “¡Europa es una filfa!, brama. Le parece una injusticia que nuestra prima de riesgo ronde los 500 puntos básicos. “¿De dónde sale eso? –pregunta. “Si todo somos europeos, ¿a qué se debe la diferencia?”
Tras recomendarle una taza de tila, intento en vano hacerle reflexionar hasta que encuentro la clave. Le pregunto qué coche tiene y me contesta “un Audi”. “¿Por qué un Audi?”, pregunto. Se queda estupefacto ante una pregunta cuya respuesta es obvia: “Porque los coches alemanes son muy fiables”. Fiabilidad: el coche de la señora Merkel es al menos tan fiable como el mejor del mundo. Me parece una buena metáfora para explicar en qué se fundamenta la maldita prima de riesgo que, en el momento en que escribo estas líneas, superaba los 450 puntos.
Vayamos a comprar un automóvil. Limitemos la realidad a España y Alemania, que es con quien nos comparan para calcular la prima, y supongamos que los bonos son coches. Mariano, el concesionario de los coches españoles, me ofrece el modelo Hispania que, además de su motor genuinamente español, lleva todo de serie: asientos de cuero, climatizador, equipo audio con MP3, navegador, faros, manos libres, llantas de aleación, alarma y no sé cuántas cosas más. En el concesionario alemán me ofrecen el modelo Germania, peor equipado pero dotado de un robusto, potente y fiable motor alemán, como astutamente repite Ángela, la vendedora “Sale un poco más caro que otros modelos de su categoría, pero le durará toda la vida”, remacha.
Unos conductores elegirán el Hispania y otros el Germania, da igual. El hecho es que la mayoría de los conductores se inclinan por comprar un infalible vehículo alemán. No se fían tanto del motor español. No está tan probado como el germano. No está claro que acelere igual en los adelantamientos, que sea igual de seguro, que consuma lo mismo… Así que el Germania se impone, aunque tenga menos accesorios y sea un poco más caro.
Traslademos la compra del coche al mercado de bonos. Aunque el tema de los bonos merece mayor atención, basta con recordar ahora que un bono no es más que un pagaré, un pedazo de papel mediante el cual un Gobierno se compromete a pagar una deuda. Supongamos ahora que yo soy el Gobierno y usted es el inversor.
Necesito 1.000 euros. Creo un bono por ese valor para que alguien me preste el dinero. Usted tiene dinero fresco y parece dispuesto a prestarlo. Le ofrezco mi bono. “Dentro de un año le devolveré sus 1.000 euros”. “Sí, pero ¿a cambio de qué?”, me preguntará usted. “No se preocupe, le pagaré intereses”.
Primera cuestión ¿cuántos intereses? Si quien solicita el préstamo es de fiar y el prestamista tiene la certeza de que va a recupera su dinero, el interés será bajo. Si su reputación no es la mejor o si corre el rumor de que su solvencia es dudosa, el inversor corre el riesgo de no recuperar su dinero y, en consecuencia, solicitará mayores intereses. Primera lección ligada a la fiabilidad: a mayor riesgo, mayores intereses; dicho de otra forma, cuánto más riesgo se asume, más rentabilidad se exige.
Supongamos que me presta los 1.000 euros con la condición de que se los devuelva dentro de un año al 5% de interés. Yo le entrego un bono en el que se establecen esas condiciones. Dentro de un año, si todo va bien, usted cobrará 1.050 euros gracias a que ha recibido un bono con una rentabilidad del 0,05 (la rentabilidad resulta de dividir el interés por cien; por tanto: 0,05).
Como decía mi conocido, los bonos españoles y los alemanes se parecen mucho. Son pedazos de papel, cuya única diferencia material es que unos se imprimen en Madrid y otros en Berlín, pero ambos se emiten en euros y fijan los mismos plazos de vencimiento. Pero hay una diferencia esencial: su rentabilidad. Pongamos un ejemplo. En la subasta de bonos celebrada la primera semana de junio, España logró colocar deuda con un interés medio del 4,46%, mientras que Alemania concedió a los prestamistas una ridícula rentabilidad media del 0,0007 (interés 0,07%). Por simplificar, supongamos que en ambos casos los bonos fueran por valor de 2.000 millones y que vencieran a un año. Eso quiere decir que en junio de 2013 España tendrá que devolver 2.092 millones (2000 x 0,046), mientras que Alemania devolverá 2.001,4 millones (2000 x 0,0007). El coche (bono) alemán le sale a un hipotético inversor 90,6 millones de euros más caro (2.092-2011,4), pero no importa: el Germania es un automóvil más fiable.
Conozcamos ahora a nuestra prima de riesgo. Entre los bonos del ejemplo anterior había una diferencia en el interés del 4,39% (4,46-0,07), que traducidos a los puntos básicos de la jerga financiera son 439 puntos: esa es la prima de riesgo media en el momento de la subasta. La prima de riesgo es aparentemente muy caprichosa porque responde a expectativas que los prestamistas leen en las señales que se emiten aquí y allá. Pondré un par de ejemplos.
28 de mayo. Las palabras del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, minimizando la crisis financiera -«Bankia no tiene absolutamente nada que ver con el riesgo país» o «no va a haber ningún rescate para la banca española»- provocaron tal desconfianza que los inversores optaron por vender a espuertas bonos españoles, lo que disparó la prima de riesgo por encima de los 500 puntos básicos.
6 de junio. Tras ocho jornadas consecutivas con el lastre de los 500 puntos, la prima de riesgo consiguió despedirse de ese nivel tras cerrar la sesión en los 495 puntos básicos. ¿Qué había pasado en esos ocho días para explicar la caída? La palabra clave es expectativa. Durante esos días, la Comisión Europea que, tras defender siempre que el Fondo de Rescate no estaba para rescatar bancos, empezó a hablar de la posibilidad de dar dinero directamente a la banca española, lo que aumentaba nuestra fiabilidad como deudores.
Aunque las oscilaciones de nuestra traviesa prima brincan sin cesar en función de las expectativas, su valor real se fija en un momento determinado. La forma más sencilla de explicar cuándo se produce tal momento es pensar en la prima de riesgo como si fuera el Euribor, el tipo de interés que se utiliza para las hipotecas. La mayoría entiende perfectamente qué pasa cuando cambia el Euribor: se paga menos al mes o viceversa. Pues con la prima de riesgo pasa lo mismo: si baja, al Estado se le rebaja la hipoteca. Si sube, lo contrario.
Pero, ¿cuándo se hace efectiva esa subida? Si usted, como es bastante probable, ha pedido un préstamo sabrá que aunque se hable de máximos o mínimos del Euribor desde una fecha determinada eso no significa que, automáticamente, a usted le toque pagar más o menos. Dependerá del mes en el que te toque la revisión, lo que está fijado en su hipoteca.
¿Cuándo le toca al Estado revisar su “hipoteca”? Cuando vuelve a emitir bonos, es decir, cuando vuelve a pedir que alguien le compre deuda. Y como el precio de esta depende de nuestra fiabilidad, no debe sorprendernos que en un entorno como el actual, con una tasa de paro del 24%, con un gobierno que ha estrangulado la inversión pública, con una banca zombi incapaz de cumplir sus obligaciones crediticias y una economía doméstica que se ha contraído más de un 16% desde el inicio de la crisis, los potenciales prestamistas duden seriamente de nuestra solvencia, lo que aumenta el riesgo de impago y, en consecuencia, que exijan mayor rentabilidad en forma de mayores intereses.
La prima de riesgo es una magnitud comparativa con respecto a alemana, lo que quiere decir que cuando la germana baja la nuestra sube, algo que resulta fundamental si se tiene en cuenta que los alemanes han llegado a cobrar por pedir dinero. En la primera subasta de deuda de este año, Alemania colocó 3.900 millones en bonos a seis meses con rentabilidad negativa (-0,0122%). ¿Qué había ocurrido? Pues que alarmados por la crisis de la deuda soberana europea, los inversores acudieron a refugiarse en la seguridad que proyectan los bonos alemanes, sin que les importara que, llegada la fecha de vencimiento, no sólo no recibirán un extra de rentabilidad, sino un descuento, un bocado sobre el principal.
Son las ventajas de conducir un automóvil fiable como el de la señora Merkel.