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sábado, 16 de marzo de 2013

Anastasia y Olga: la imaginación nunca descansa


¡Ah, señores, qué breve es nuestra vida! [...] 
Si vivimos, vivimos para pisotear cabezas de reyes. 
Si morimos, ¿habrá mejor muerte que en compañía de príncipes? 
William Shakespeare: Enrique IV.


Ekaterimburgo (Rusia), madrugada del 17 de julio de 1918. El zar Nicolás II, su familia y sus criados son conducidos al sótano de la casa Ipátiev, donde permanecen como prisioneros de la policía secreta bolchevique. Yákov Yurovski, un fotógrafo siniestro reciclado en comisario político, les convence de que va a tomarles un retrato de familia. Una vez en el lóbrego sótano, les lee una improvisada sentencia de muerte y ordena su fusilamiento. El zar y la zarina Alejandra mueren en la primera ráfaga de disparos. El zarevich Alexéi es apuñalado y rematado. Los asesinos comprueban que las cuatro hijas del zar están en el suelo, aún vivas en un mar de sangre. Las joyas y piedras preciosas zurcidas a sus corsés les han servido de chaleco antibalas. Mientras reza de rodillas, Anastasia es ensartada con una bayoneta. María agoniza. Tatiana recibe un tiro en la nuca. Olga intenta levantarse, pero le plantan una bota en la cara para sujetarla y le disparan en la mandíbula. La bala le entra por la boca y le atraviesa el cerebro. Fin de la historia oficial. Comienza la leyenda.

Febrero de 1919. Tras un intento frustrado de homicidio, una muchacha fue rescatada de un canal berlinés e internada en un hospital psiquiátrico. Como no traía papeles y rehusó identificarse, la inscribieron con el nombre “fraulien unbekannt” (señora desconocida). Presentaba cicatrices en su cabeza y abdomen. Cuando la interrogaron habló en alemán, con un acento descrito por el personal médico como ruso. Influida por la lectura de una nota periodística sobre el incierto destino de algunos miembros de la familia imperial rusa, de la que se desconocía dónde había sido sepultada, Clara Peuthert, una de las internas del frenopático se empecinó en que la mujer rescatada de las aguas era la gran duquesa Tatiana Romanov. Un careo con la baronesa Sophie Buxhoeveden, antigua dama de compañía de la zarina Alejandra, bastó para descartar esa posibilidad. Apenas la tuvo delante, la baronesa declaró que Tatiana era mucho más alta que esa impostora. Para sorpresa de todos, la desconocida respondió que ella no había dicho que fuera Tatiana. Ella era Anastasia. 

En marzo de 1922, las declaraciones de que había aparecido una Gran Duquesa rusa atrajeron por primera vez la atención pública. La mayor parte de los miembros de la familia de Anastasia y los que la conocían, incluyendo al mozo de cámara de la zarina, Alexei Volkov, al tutor de la corte Pierre Gilliard y a su esposa, Shura, que había sido niñera de Anastasia, y a la hermana del zar, la gran duquesa Olga Aleksándrovna Románova, dijeron que era una impostora, pero otros muchos exiliados rusos estaban convencidos que era Anastasia. Entre ellos pesaba mucho el testimonio de Tatiana Melnik, hija del doctor Eugene Botkin, médico personal de la familia imperial, que había sido asesinado por los comunistas junto a la familia del zar en la matanza de Ekaterimburgo. Tatiana, que había conocido a la gran duquesa Anastasia cuando era niña y había hablado con ella por última vez en febrero de 1917, aseguró que la mujer era Anastasia y consideró que cualquier incapacidad de su parte para recordar los acontecimientos y su rechazo a hablar en ruso, eran causados por su deteriorado estado físico y psicológico.

En las décadas siguientes, la mujer, que había adoptado el nombre de Anna Anderson tras usar el apellido Tschaikovsky, se enfrentó a numerosas acusaciones de impostura. Pero aunque ella no podía ofrecer ninguna prueba acerca de su identidad, hasta su muerte en 1984 nadie pudo demostrar tampoco que Anderson no era quien decía ser, a pesar de que en 1927 una agencia de detectives contratada por Ernesto Luis de Hesse-Darmstadt, gran duque de Hesse, hermano de la zarina asesinada, la identificó como Franziska Schanzkowska, una obrera polaca con un historial de enfermedades mentales que desapareció misteriosamente en la misma época en que Anna Anderson fue internada en el hospital psiquiátrico. Después de un pleito legal que se prolongó durante décadas, los tribunales alemanes resolvieron que Anderson no había logrado demostrar que era Anastasia. 

Entre 1922 y 1968, Anna Anderson vivió en los Estados Unidos y Alemania con varios de sus partidarios, además de permanecer ocasionalmente en sanatorios y asilos de ancianos. En 1979 fue sometida a una intervención quirúrgica en la que le extrajeron un fragmento de intestino que los patólogos conservaron en parafina. Años más tarde, ese fragmento proporcionaría el ADN que puso fin a la discusión acerca de su identidad. Tras su muerte en 1984, el cuerpo de Anderson fue incinerado y sus cenizas fueron enterradas en el cementerio del castillo de Seeon, en Alemania. 

Después de la caída del comunismo se descubrieron los restos del zar, de la zarina y sus cinco hijos. A mediados de la década de 1990 se analizaron las huellas genéticas del zar Nicolás, de su esposa, del duque de Edimburgo y de Anna Anderson. No quedó ninguna duda: eran la misma persona y no existía ninguna relación entre Anna y la familia imperial. En cambio, el ADN mitocondrial de Anna coincidió con el de Karl Maucher, un sobrino nieto de Schanzkowska: Anderson y Schanzkowska eran la misma persona. El tema parecía zanjado.

«Disparos, un alarido de mamá, blasfemias, lamentos... Un torrente de fuego me cubrió los ojos... Así, en el suelo, boca abajo, yací herida, con el cráneo destrozado y un silbido lacerante en los oídos. Varias balas me habían rozado. Una me había dado de lleno. Sentía la sangre caliente, que me empapaba el vestido. Oh, terrible: estaba muerta y estaba viva. No, no estaba viva: era Dios que me permitía ver desde el más allá. En el suelo, un mar de sangre. Alguien aún gemía. Intentaba levantarme, pero caía sobre mí misma. Mis manos estaban como lejos de mí. Me esforzaba por abrir los ojos para disponerme a morir. Pero antes quería mirar por última vez el rostro de mis seres queridos. De pronto, me pareció disolverme en un largo sopor. Ya no vi nada, solo una sombra rojiza, una turbia luz que se apagaba... ¿Por qué, Dios mío, has querido que yo, sola, sobreviviera a mi familia?».

Así narra la ejecución la presunta gran duquesa Olga Nicolaievna en su autobiografía Estoy viva, recientemente publicada en España por la editorial Martínez-Roca. Cuando escribió su autobiografía a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, Olga ya no era Olga Nicolaievna ni era rusa. Se hacía llamar Marga Boodts, con pasaporte alemán, una de las varias identidades que habría adoptado para eludir a los espías soviéticos. Después de la caída del régimen soviético, los restos de la otra Olga, la que habría muerto asesinada, fueron exhumados en Ekaterimburgo por un equipo de arqueólogos y trasladados a la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, donde fueron sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas. En 2007 se encontraron los restos del zarevich y de otra de las duquesas. Tres equipos forenses certificaron con pruebas de ADN que los Romanov descansaban en paz. 

Volvemos a las andadas: la aparición con medio siglo de retraso de las memorias de Marga Boodts prueba que una vez que un hecho traspasa el umbral de lo legendario, la imaginación nunca descansa.

domingo, 3 de marzo de 2013

Orce 1, Atapuerca 0


Con la habitual dosis de fanfarria mediática, el pasado viernes el consejero de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, Luciano Alonso, el investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social, Bienvenido Martínez Navarro, y el director del Museo Arqueológico de Granada, Isidro Toro Moyano, presentaron el hallazgo en el yacimiento del Barranco León, en Orce (Granada), de un diente de leche de un homínido que, según los datos bioestratigráficos, está en una biozona datada en 1,4 millones de años, lo cual supone que los yacimientos de Orce sean el "registro paleobiológico más importante de Europa para estudiar los últimos millones de años en el mundo", por delante de Atapuerca, datado en 1,2 millones de años. 

Ahí queda eso: Orce 1, Atapuerca 0. El yacimiento granadino necesitaba reivindicarse desde el gatillazo de los restos que encontró en 1982, también en Orce, el también paleoantropólogo y también catalán Josep Gibert en el yacimiento de Venta Micena, que se consideró un fragmento craneal del “Hombre de Orce”, de 1,3 millones de años, un presunto homínido que resultó no ser tal sino los restos que la quijada de una hembra de rumiante. Por eso, el partido del viernes era una especie de revancha, una reedición en formato antropológico del famoso sketch de los Monty Python de 1972 que muestra el duelo balompédico entre un equipo estrella de filósofos griegos y uno de alemanes, capitaneado por Hegel, con Leibniz en la portería. Los equipos se pasaron la mayoría del partido paseándose y filosofando, ignorando el balón (“Aquí está Marx... veamos si él puede darle algo de vida a este ataque alemán... Evidentemente no”), hasta que Arquímedes tuvo un momento de ¡Eureka! y dirigió un ataque que culminó con Sócrates metiendo de un testarazo el balón, que le había pasado Heráclito, en la portería germana. Aquel partido (a pesar de las protestas de Kant y Hegel) tuvo un claro ganador, al igual que el partido del viernes, pero es difícil imaginar que la lucha sobre el origen del hombre en Europa pueda depender de un solo diente y más cuando los dientes han dado algún sonoro quebradero de cabeza a algunos reputados paleontólogos.

Según su descubridor, es "incontestable" que el diente corresponde a un humano, concretamente es un molar de un niño de diez años y así lo evidencian los estudios a los que ha sido sometido este fósil, tanto en el Museo Nacional de Historia Natural de París o la Universidad Autónoma de Barcelona, entre otras instituciones científicas. "Anatómicamente es incontestable que se trata de un diente humano de lo que podemos llamar el Niño o la Niña de Orce", subrayaba la mar de contento. 

Es exactamente la misma secuencia que siguió el venerable Henry Fairfield Osborn, director del Museo Norteamericano de Historia Natural, considerado el padre de la paleoantropología americana, cuando en 1922 confundió el diente de un pecarí encontrado en Snake Creek, Nebraska, con un molar de homínido. Que los pecaríes sean unos parientes cercanos de los cerdos domésticos no ayudó mucho a que el error de Osborn pasara desapercibido entre los antievolucionistas y más aún cuando el descubrimiento supuestamente sensacional llegó en el que parecía ser el mejor momento para Osborn, enzarzado como estaba en un debate público frente al congresista por Nebraska William Jennings Bryan, un fundamentalista religioso, tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, que llegó a ser Secretario de Estado entre 1913 y 1915, durante la presidencia de Woodrow Wilson. 

Bryan era el ariete político de los creacionistas, una suerte de talibanes que sostenían (y sostienen) que cada ser vivo que existe actualmente proviene de un acto independiente de creación divina. Los creacionistas se mantuvieron en la sombra durante varios años hasta que, a mediados de los años 1920, en una búsqueda del renacimiento de valores que ellos consideraban tradicionales, propusieron prohibir toda noción de evolución en la enseñanza pública y enseñar, por el contrario, los disparates que surgen de defender a pies juntillas la historicidad y literalidad de la Biblia, lo que inevitablemente conduce a sostener necedades y dislates tales como creer que Dios creó el mundo en seis días y, según las lunáticas cuentas que el arzobispo anglicano y primado de Irlanda James Ussher hizo en su libro Anales del Antiguo Testamento, que la Tierra fue creada en el anochecer previo al 23 de octubre de 4000 AC. 

En 1920, Bryan, que había olfateado entre los creacionistas un granero de votos, puso en marcha una campaña legislativa por toda la nación contra la enseñanza de la evolución que culminó en el célebre juicio de Scopes de 1925 del que prometo ocuparme en otra ocasión. En esa campaña se desató la controversia entre Bryan y Osborn que se separa de lo que es habitual en este tipo de debates en los que los creacionistas se suelen enfrentar a evolucionistas descreídos, laicos, agnósticos y ateos. No era el caso, porque el propio Osborn, un científico arrogante, aristocrático y ultraconservador, era, además de un gran paleontólogo, un teísta convencido de que Dios existía y consideraba que la evolución era la más hermosa expresión del designio divino. Para Osborn, Bryan era un político oportunista y un paleto que estaba evitando que la ciencia sirviera de intérprete a la más alta expresión de la Divina Providencia. 

En 1922, en pleno debate Bryan-Osborn, Dios pareció ponerse de parte del científico cuando Harold Cook, un geólogo profesional, encontró un diente fósil en los depósitos del Plioceno medio de Snake Crek al occidente de Nebraska. Envió el diente a Osborn, quien obró con la habitual prudencia de los científicos puesto que consultó con varios especialistas antes de concluir que el diente perteneció a un primate antropoide. La conclusión entusiamó a Osborn porque el hallazgo constituía el primer registro fósil de primates antropoideos en Norteamérica. Como ahora se ha hecho con el diente de Orce, Osborn publicó el hallazgo del que llamó Hesperopithecus haroldcookii -que significa "Simio del mundo occidental"- en dos de las más prestigiosas revistas de la época. En una de ellas, ni más ni menos que en los Proceedings of the National Academy of Sciences, el exultante Osborn se permitió lanzar una puya a Bryan, un dardo que hubiera sido tolerable en cualquier publicación divulgativa pero que rechina en una revista científica. Aludiendo al nombre latino que había dado al supuesto homínido poseedor del molar fosilizado, el crecido Osborn hizo un chiste: «Se ha sugerido jocosamente que debería llamarse a este animal Bryopithecus, en honor del primate más distinguido que ha producido hasta hoy el estado de Nebraska». 

La alegría duró poco. Osborn se dedicó con ahínco a buscar pruebas que confirmaran su nuevo homínido y envió varias expediciones para recolectar nuevos fósiles. Cumplieron, pero el tiro le salió por la culata. En 1927, el colega y amigo de Osborn, William King Gregory, el experto más cualificado en dientes de primates y uno de los científicos que habían avalado la humanidad del molar del Hesperopithecus, publicó un artículo en Science en el que justificaba el error de Osborn que, dadas la similitudes estructurales entre los molares de los humanos y alguno artiodáctilos, había atribuido el diente de Hesperopithecus a un homínido cuando en realidad resultaba ser de un pecarí extinguido del género Prosthennops.

Aquella rectificación significó un gran regocijo para Bryan y un mazo con el que golpear al evolucionismo: ¿Qué podía esperarse de los paleontólogos si uno de ellos, el gran Osborn, había confundido un diente humano con el de un cerdo? 

Atentos en Orce: ¡cuidado con los dientes!

Mañana en la batalla piensa en mí


Ricardo, tu mujer, aquella desgraciada Ana, tu mujer, 
que jamás durmió una hora en paz contigo, 
ahora llena tu sueño de agitaciones: 
mañana en la batalla piensa en mí 
y caiga tu espada sin filo. ¡Desespera y muere! 
William Shakespeare: Ricardo III (Acto V, Escena III).

Campos de Market Bosworth, Leicestershire (Inglaterra), madrugada del 22 de agosto de 1485. Las tropas de Ricardo III Plantagenet, rey de Inglaterra, de la casa de York, y los mercenarios franceses del pretendiente a la corona de la casa de Lancaster, Enrique Tudor, se aprestan para la batalla decisiva de la larga disputa por el trono de Inglaterra conocida como la Guerra de las Dos Rosas. Traicionado por algunos de sus nobles en pleno combate, Ricardo intenta una carga desesperada contra el grupo que rodeaba a Enrique. No lo consigue. Desmontado, pelea como un jabato (su marca heráldica llevaba al jabalí como insignia) y muere luchando bravamente con el cráneo atravesado por una flecha. 

El descendiente de Ricardo Corazón de León tuvo una muerte digna del rey Arturo de Thomas Malory y no la del villano cobarde que los vencedores promovieron después. Su cuerpo, ignominiosamente atravesado en un caballo, fue llevado hasta Leicester, donde se exhibió desnudo y apaleado por las calles, hasta acabar aplastado contra el antepecho de un puente sobre el río Soar. Sus restos fueron finalmente sepultados en la capilla franciscana de Greyfriars, sobre cuyas ruinas se levantaría más tarde la catedral de Leicester.

Departamento de Genética de la Universidad de Leicester, nueve de la mañana del lunes 10 de septiembre de 1984. El genetista Alec Jeffreys comienza su jornada de trabajo sin saber que aquella mañana cambiaría su vida y la de muchas otras personas alrededor del mundo. Jeffreys estaba tratando de identificar diferencias genéticas a nivel molecular. Por casualidad, cuando observaba ADN procedente de su técnica de laboratorio Jenny Foxon y de sus padres, descubrió una región del ADN que era enormemente variable. Nada importante si Jeffreys no hubiera sido curioso. Observó la región con los rayos X y se dio cuenta de que había algo parecido a un código de barras; resultaba muy borroso, pero aun así era fácil detectar cómo la huella de Jenny consistía en una combinación de la de su madre y su padre, pero a la vez era única. En unos segundos el científico se percató de que había encontrado un método de identificación basado en el ADN que podría utilizarse no solo para identificación biológica, sino para dilucidar todo tipo de relaciones familiares. Le puso nombre a esa marca que hace a cada individuo un ejemplar único: “ADN fingerprints”: la huella genética. 


El número 316 de la revista Nature, que apareció el 4 de julio de 1985, cayó como una bomba en los laboratorios forenses de todo el mundo. En sólo tres páginas, el artículo firmado por Jeffreys y dos de sus colaboradoras describía el método de identificar personas y establecer relaciones de parentesco. El procedimiento consiste en extraer el ADN de una muestra de tejido humano, cortarlo en fragmentos de distintos tamaños y separarlos en un campo eléctrico. Luego se usa una pequeña porción de ADN radioactivo que se pega a los fragmentos del genoma que llevan una secuencia específica variable de individuo en individuo. 

El resultado final del procedimiento es una placa radiográfica donde se observa una serie de bandas que recuerda los códigos de barras usados para marcar artículos comerciales. Tal y como sucede con las huellas dactilares, cada persona presenta un patrón específico de bandas sin que exista otra persona que presente exactamente el mismo patrón. Como las bandas se heredan de padres a hijos, todas las que aparecen en la huella genética de una persona tienen que estar presentes en las huellas de alguno de sus padres. Esto viene de perillas para establecer relaciones de parentesco.



Veintiocho de agosto de 2012. Un equipo de arqueólogos descubre un esqueleto debajo del aparcamiento de la catedral de Leicester. Unos días después, el laboratorio forense certifica que el cráneo encontrado fue atravesado por un objeto punzante y que la curvatura de la columna confirmaba la joroba de Ricardo III. De confirmarse la sospecha, se trataba de un hallazgo sensacional porque pocos monarcas ingleses han despertado tanto interés ni ninguno tuvo jamás más fama de malvado. El principal propagador de esa leyenda negra fue Shakespeare quien trazó con su pluma los contornos inmortales de numerosos personajes, capaces de las mejores obras, de las peores y también de las más contradictorias. Suyos son los retratos de grandes reyes atormentados y de brujas, generales, duendes traviesos, esposos enfermizamente celosos, dulces enamorados o villanos desalmados. Shakespeare hizo de Ricardo III un arquetipo de la peor condición humana: si Shylock es el codicioso ávaro, Falstaff el festivo, cobardón, vanidoso y pendenciero, Otelo el celoso y Macbeth el insomne acosado por su propia conciencia, Ricardo III aparece como un asesino vil, deforme, ambicioso y corrupto. 

Inspirada en la biografía del último rey de la casa Lancaster que escribió Tomás Moro en 1513, Ricardo III, la tragedia histórica de Shakespeare, presenta al personaje en función de quien estaba en el poder en aquel momento, la reina Isabel I, nieta de Enrique VII, vencedor de la batalla de Bosworth e implacable enemigo de Ricardo. ¡Vae victis! Shakespeare lo retrató como “the son of hell”, el “hijo del infierno”, un jorobado tiránico con un brazo atrofiado, un “ponzoñoso reptil jorobado”, como le llama la reina Margarita, capaz de ordenar asesinar al rey Enrique VI, a su propio hermano Jorge y a sus dos sobrinos cautivos en la Torre de Londres para poder acceder al trono. Si Ricardo hubiese ganado en Bosworth, si hubiese sobrevivido y sus herederos hubieran continuado en el trono, es muy posible que Inglaterra siguiera siendo hoy un país católico. Pero el vencedor de la batalla fue Enrique Tudor, cuyo hijo, Enrique VIII, obligó a su país a convertirse al protestantismo porque el Vaticano no le permitió divorciarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, para casarse con la hermosa, gatuna y provocadora Ana Bolena. 


Febrero de 2013. La noticia de su primera semana en Inglaterra fue la confirmación de que el esqueleto encontrado en Leicester era el del rey Ricardo III. A pesar de que entre la actual soberana de los británicos, Isabel II, y su antecesor lejano en el trono Ricardo III median veintitrés reyes, ninguno estaba relacionado con Ricardo III por vía familiar. El linaje del último monarca inglés muerto en un campo de batalla, despreciado por Shakespeare y por la historia, tenía su último descendiente en Michael Ibsen, un ebanista canadiense, de quien se sabía por estudios genealógicos que era el único descendiente directo vivo de la dinastía Plantagenet. Quinientos años y diecisiete generaciones después, el cotejo de la huella genética de Ibsen y la de los restos de Leicester confirmó uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes en la historia del Reino Unido: el hijo del infierno había salido de las tinieblas del olvido. 


No es el único rey ungido de Inglaterra que yace en un lugar poco apropiado. Algunos historiadores creen que Boadicea, reina de los icenos, una pequeña tribu celta que ocupaba el actual territorio de Norfolk, al norte de Londres, que se rebeló contra las legiones de Nerón y fue violada y asesinada junto con sus hijas por las tropas del pretor Suetonio, está sepultada bajo el andén décimo de King’s Cross Station. Otros eruditos, más iconoclastas, lo niegan porque sostienen que está enterrada bajo un McDonalds de Birmingham. 

Sic transit gloria mundi.

jueves, 28 de febrero de 2013

El ADN cumple años


Hoy, 28 de febrero, se cumplen sesenta años de la descodificación de la estructura del ADN, el acta fundacional de la revolución biológica más importante desde que un siglo antes Darwin formulara su hipótesis sobre el origen de las especies. 

Los parroquianos del Eagle, un pub de Cambridge desde el que se divisan las torres góticas del King’s College, estaban acostumbrados a que alguno de los excéntricos científicos de la universidad entrara de vez en cuando anunciando que había descubierto “el no va más”. Por eso, cuando el 28 de febrero de 1953 James Watson, un desgarbado científico norteamericano de veinticinco años, y Francis Crick, su jefe inglés ocho años mayor, anunciaron a voces que habían descifrado el secreto de la vida, los parroquianos siguieron bebiendo sus pintas, lanzando dardos y discutiendo acerca de si el primer ministro Churchill era un carcamal cuyo tiempo político ya había pasado. No tenían por qué saber que aquellos dos jóvenes decían la verdad: habían desencriptado la doble hélice, la estructura del ADN, el constituyente básico de los genes. 


Watson y Crick no hicieron ni un solo experimento de laboratorio antes de encontrar la estructura definitiva. Trabajaron con la información disponible, principalmente con los datos que la cristalógrafa Rosalind Franklin -quien habría recibido también el Nobel de no haber fallecido prematuramente en 1958- había obtenido estudiando cristales de ADN, pero también con los datos obtenidos por otros científicos. A lo largo de horas y horas de discusión en la que no faltaron las celebradas en el Eagle, elaboraron un modelo teórico. 



Después construyeron figuras de cartulina que representaban las moléculas y las dispusieron de todas las maneras posibles hasta encontrar una configuración que les pareció satisfactoria. El método con el que descubrieron la estructura del ADN puede compararse en cierto modo con la resolución del cubo de Rubick. El artículo que expuso el sensacional hallazgo a la comunidad científica se publicó el 25 de abril 1953 en la revista Nature y apenas ocupa una página. Así de simple es la estructura del ADN. En 1962, cuando Watson, Crick y su compañero de laboratorio, el neozelandés Maurice Wilkins, recibieron el Nobel, se estaba gestando una nueva especialidad en los laboratorios de Biología Molecular. Era la Ingeniería Genética, la tecnología que permite analizar y manipular el ADN y transferirlo de un organismo a otro.

El principal problema que enfrentaban quienes trabajaban con ADN era la excesiva longitud de esta molécula. Una molécula de ADN humano completamente extendida mide unos cuantos centímetros. A escala humana parece poca cosa, pero comparada con cualquier otra molécula presente en los seres vivos es gigantesca. No se podría avanzar gran cosa hasta que se descubrieran las tijeras y el pegamento adecuados para cortarla y unir los trozos sueltos. Primero se descubrió el pegamento, una enzima llamada ADN-ligasa que, como su nombre indica, liga fragmentos de ADN, formando una molécula a partir de dos. En 1967, gracias al uso de esta enzima, Arthur Kornberg (que había logrado el Nobel de 1959 junto a Severo Ochoa por los experimentos que consiguieron sintetizar la enzima ADN-polimerasa a partir de moléculas de nucleótidos en ausencia de células vivas), logró multiplicar en un tubo de ensayo el ADN de un virus. 


Tres años después se descubrieron las tijeras para cortar ADN, una familia de proteínas conocidas como endonucleasas de restricción, cada una de las cuales es capaz de reconocer una secuencia característica de nucleótidos dentro de una molécula de ADN y cortarlo en ese punto en concreto. El Nobel de Medicina de 1978 fue concedido a los microbiólogos Arber, Nathans y Smith por ese descubrimiento que condujo al desarrollo de la tecnología de ADN recombinante, cuyo primer uso práctico trabajo fue la manipulación del organismo procariota más estudiado por el ser humano, la bacteria Escherichia coli, para producir insulina humana para los diabéticos.


El descubrimiento de esas herramientas, las tijeras (endonucleasas) y el pegamento (ligasas), permitió dar un paso gigantesco en la manipulación del ADN. A partir de ese momento, el desarrollo de la ingeniería genética se volvió tan imparable como lento. Quedaba un gran problema por resolver: el “corta-pega” era un trabajo enormemente tedioso que consumía horas y horas de trabajo rutinario que podían reducirse si alguien encontraba la técnica adecuada. 



Aquí entra en la historia el bioquímico estadounidense, Kary Banks Mullis, muy conocido por la invención de la técnica para amplificar secuencias de ADN y menos conocido por sus heterodoxas opiniones sobre el virus del sida y el cambio climático. Cuando publicó en 1988 su autobiografía Dancing naked in the mind field, Mullis contó que la idea se le ocurrió mientras iba conduciendo por la carretera 128 a través de las suaves colinas de California. Era una cálida noche de mayo de 1983, las ventanillas estaban bajadas y dejaban entrar el penetrante aroma de los castaños californianos. Acurrucada en el asiento del acompañante, su novia dormía profundamente. 

Mullis tenía entonces treinta y nueve años y trabajaba como ingeniero genetista para Cetus, una empresa de biotecnología. Era uno de esos técnicos que se aburrían copiando moléculas de ADN en tubos de ensayo. Era una tarea tediosa porque no había ninguna forma rápida de obtener numerosas copias de un gen perdido en medio de una gigantesca molécula de ADN. Lo que se le ocurrió a Mullis aquella noche fue un método para obtener millones de copias de un segmento de ADN contenido en una molécula mucho más grande.

Todo se basaba en desarrollar una reacción en cadena. No importaba cuán larga fuera la molécula de ADN original, porque el método permitía copiar únicamente el segmento deseado. En el primer ciclo se obtenían dos moléculas a partir de una. En el segundo ciclo se obtenían dos a partir de cada una de las dos copias anteriores, es decir cuatro. En el tercer ciclo el número de copias se duplicaba a ocho y en el siguiente a dieciséis, y así sucesivamente. En unas pocas horas se podía completar una gran cantidad de ciclos y conseguir una cantidad impresionante de copias.


¡Eureka!, exclamó Mullis, y se detuvo en el arcén. Buscó lápiz y papel en la guantera. Calculó que repitiendo el ciclo diez veces se producían unas mil moléculas, repitiéndolo veinte se producía un millón, repitiéndolo treinta, mil millones. “Se me acaba de ocurrir algo increíble”, le dijo a su novia. Ella se removió en el asiento y siguió durmiendo. Mullis reanudó el viaje. Un kilómetro y medio más adelante volvió a detenerse. Estaba empezando a comprender la magnitud de su descubrimiento. Si el método funcionaba, permitiría hacer la cantidad de copias que uno quisiera del fragmento de ADN que uno deseara. Lo usarían todos los laboratorios del mundo. Se haría famoso. Le darían el premio Nobel. Acertó: el Nobel de Química lo recibió en 1993.

El método ideado por Mullis es el PCR (abreviatura en inglés de Reacción en Cadena de la Polimerasa), una técnica usada actualmente de forma tan rutinaria por miles de laboratorios de todo el mundo que hasta los estudiantes pueden realizar sus prácticas con métodos que cuando yo estudié biología eran pura ciencia ficción. Las noticias con ADN se han convertido en cosa de todos los días porque las aplicaciones de esa especie de fotocopiaje genético son innumerables. Una de ellas, frecuentemente usada por paleontólogos y biólogos evolucionistas para recuperar el ADN de restos fósiles y establecer relaciones de parentesco, ha saltado este mes a la prensa gracias a su empleo en la identificación de los restos del desdichado rey inglés Ricardo III. 


No es el primer caso de su empleo para el reconocimiento de las sagas reales, pero esa es una interesante historia que reservo para otro día.


domingo, 17 de febrero de 2013

El sello indeleble de nuestro ínfimo origen


«Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, [...], con todas sus nobles cualidades, [...] con toda su inteligencia semejante a la de Dios, [...] lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen». Ese párrafo revelador es el colofón con el que Charles Darwin cerró el texto de El origen del hombre (1871) en el que el naturalista británico aplicó a nuestra estirpe los postulados evolutivos que había establecido en su obra capital, El origen de las especies (1859). Nuestro “ínfimo origen” es también el de un grupo de animales, los mamíferos, de cuyos ancestros se ocupaba el volumen 339 la revista Science el pasado 8 de febrero.

Es una gran historia que la mayoría de los niños aprenden en la escuela primaria. Las pisadas de unos animales enormes y terribles, los dinosaurios, atronaron la Tierra durante millones de años mientras vagaban por los densos bosques tropicales del Mesozoico. Escondidos entre los herbazales por allí pululaban también unos animales minúsculos y peludos que se alimentaban de insectos. Así estaban las cosas hace unos 65 millones de años cuando a partir del Cretácico superior, y más exactamente el momento conocido como K-Pg, se produjo la extinción en masa de los dinosaurios al tiempo que aves y mamíferos comenzaron una imparable diversificación por todas la tierras emergidas.

Hoy está fuera de toda duda que en aquel momento apocalíptico un enorme asteroide golpeó la Tierra, provocó estragos en el medio ambiente, indujo un cambio climático y la extinción en todo el mundo de los dinosaurios no aviares. Su catastrófico impacto dejó en la península mexicana de Yucatán, cerca de Chicxulub, un cráter de unos 170 kilómetros de diámetro que confirmó por primera vez lo que muchos sospechaban: que la extinción de los dinosaurios se debió al impacto de un asteroide sobre la superficie terrestre.

Si el ocaso de los dinosaurios se produjo como consecuencia del impacto de un asteroide, el amanecer de su dominio sobre la Tierra se debió muy probablemente a otro aún mayor. En agosto de 2010, se encontró en la Antártida el mayor cráter de impacto de la Tierra, un agujero de 500 kilómetros que se originó hace 250 millones de años tras el impacto de un objeto de unos cincuenta kilómetros de diámetro en la región conocida como Tierra de Wilkes, al este de la Antártida y al sur de Australia. De su capacidad destructiva da cumplida idea su estrecha relación causa-efecto con la ruptura del supercontinente Gondwana, puesto que aquella colisión causó o aceleró la falla tectónica que empuja a Australia en su larga, inexorable y solitaria marcha hacia el norte. 


El reciente descubrimiento de ese cráter austral permite suponer que el impacto provocó la gran extinción que tuvo lugar en la frontera de los periodos Pérmico y Triásico, contemporánea de la colisión, que supuso la desaparición de cerca del 90% de todas las formas de vida y abrió las puertas para el desarrollo de los dinosaurios, cuyo dominio sobre la Tierra duró ochenta millones de años. Más tarde, tras el impacto que abrió el cráter de Chicxulub en el Yucatán mexicano, la historia volvió a repetirse. Los dinosaurios (y cerca del 70% de la vida en la Tierra) se extinguieron y dejaron el campo libre para que los primeros mamíferos se diversificaran y pasaran a ser, junto con las diez mil especies de aves actuales, el grupo de vertebrados más importante del planeta azul.

Con la desaparición de los dinosaurios quedaron muchos nichos ecológicos disponibles en el planeta. Aves y mamíferos lo aprovecharon. Los descendientes de un grupo de dinosaurios emplumados o aviares evolucionaron hasta originar a las aves modernas. No es una idea nueva. El “bulldog” de Darwin, el biólogo Thomas Henry Huxley, lo tenía muy claro cuando en 1870 presentó un célebre informe en que sostenía que Archaeopteryx, un fósil colocado entre las aves, no era más que un dinosaurio con plumas y que las aves como grupo evolucionaron a partir de pequeños dinosaurios terópodos, unos vertebrados que vivieron desde el Triásico superior hasta el Cretácico superior (hace aproximadamente entre 228 y 65 millones de años). Aunque los terópodos se extinguieron como grupo a  finales del Cretácico, algunas de sus características básicas han pervivido hasta nuestros días bajo la forma de las aves modernas, sus directos descendientes, que encajan a la perfección al final de una secuencia de terópodos cada vez más similares a ellas, que comienza con Coelophysis, y va avanzando a través de los tiranosaurios, los ornitomímidos, los celúridos y otros, hasta llegar a los dromeosáuridos, los troodóntidos y, por último, las aves propiamente dichas.

Los mamíferos actuales descienden de los sinápsidos primitivos, un grupo de tetrápodos amniotas (el saco amniótico es una cubierta de dos membranas que cubre al embrión, una adaptación evolutiva que permitió la reproducción ovípara en un medio seco y terrestre) que comenzó a florecer a principios del Pérmico, hace unos 280 millones de años, y continuaron dominando sobre los «reptiles» terrestres hasta principios del Triásico, hace unos 245 millones de años, cuando empezaron a despuntar los primeros dinosaurios. Debido a su superioridad competitiva, estos últimos hicieron desaparecer a la mayoría de los sinápsidos. No obstante, algunos sobrevivieron y se convirtieron en los primeros mamíferos verdaderos hacia finales del Triásico, hace unos 220 millones de años.

Cuando la catástrofe del K-Pg indujo nuevas condiciones climáticas y eliminaron la competencia de los dinosaurios, los mamíferos explotaron algunas ventajas sustanciales como la regulación de su propia temperatura corporal, lo que favoreció sus supervivencia en el nuevo clima más frío, y su reproducción sexual independiente del agua mediante una fecundación directa e interna y un desarrollo embrionario dentro del cálido y húmedo vientre materno que los liberaba del viejo modelo de fecundación ligado a la liberación de espermatozoides y óvulos en el agua (anfibios y peces) y a la incubación de los embriones en ambiente externo (como en algunos peces y anfibios, y en reptiles y aves). La diversidad entre las aproximadamente 5.000 especies de mamíferos placentarios actuales es enorme y abarca desde la minúscula musaraña etrusca, que apenas alcanza los tres gramos de peso, a la ballena azul, el animal de mayor envergadura que ha existido, que puede alcanzar las 160 toneladas, una diferencia en masa corporal de ochenta millones de veces.

En el artículo publicado en Science, un equipo científico internacional encabezado por la bióloga Maureen A. O'Leary, del neoyorquino Museo Americano de Historia Natural, ha seguido durante seis años la huella anatómica, genética y molecular de 46 especies actuales y 40 extintas de mamíferos placentarios hasta lograr reconstruir su filogenia o, dicho sea coloquialmente, su árbol genealógico. Ha sido una reconstrucción teórica basada en el cruce de 4.500 características de especies actuales y extintas combinadas con análisis de ADN. Aunque no se haya basado en el registro fósil, las evidencias ofrecidas por este estudio han sido la prueba del nueve de las diferentes hipótesis que situaban el inicio de la diversificación de los mamíferos placentarios en torno al momento crítico para la vida en la Tierra que fue el K-Pg, tras el cual los mamíferos no perdieron el tiempo evolutivamente y empezaron a diversificarse rápidamente en términos geológicos: apenas unos 200.000 o 400.000 años después de la gran extinción.

Las conclusiones del estudio confirman también el epílogo de Darwin con el que comencé este artículo. El autocoronado “rey de la creación”, el orgulloso Homo sapiens, «lleva en su hechura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen»: el ancestro común de todos nosotros era un animal peludo, nada elegante y poco especializado, que pesaba un cuarto de kilo como mucho y comía insectos, el alimento despreciado por los poderosos dinosaurios. 

2012 DA14: ¡Cuánto penar para morirse uno!


Cada año la Tierra recorre a la escalofriante velocidad de 107.000 kilómetros por hora la órbita terrestre, el circuito celestial por el que transita en su movimiento de traslación alrededor del Sol. Mientras lo hace, decenas de miles de asteroides y millones de meteoritos se cruzan en nuestro camino de forma errática y totalmente impredecible. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. Sabiendo eso, no sorprende que la superficie de la Tierra sea como un queso de gruyere en el que cada vez se descubren más y más impactos de asteroides en forma de cráteres colosales que van siendo detectados a medida que se perfeccionan los métodos de interpretación de imágenes de satélite, curiosos impertinentes que vienen a destapar lo que hasta ahora había pasado desapercibido. 

En agosto de 2010 se encontró en la Antártida el mayor cráter de impacto de la Tierra, un agujero de quinientos kilómetros que se formó hace 250 millones de años como consecuencia del impacto de un asteroide de unos cincuenta kilómetros de diámetro en la región conocida como Tierra de Wilkes, al este de la Antártida y al sur de Australia. Aunque no sea el más grande (170 kilómetros) ni el más antiguo (65 millones de años), el más famoso de todos los asteroides estrellados contra la Tierra es el KT, enterrado bajo la península mexicana del Yucatán cerca de Chicxulub, el primero en relacionarse con una catástrofe ambiental de dimensiones planetarias que confirmó por primera vez lo que muchos sospechaban: que la extinción de los dinosaurios se debió al impacto de un asteroide sobre la superficie terrestre.

Naturalmente, no había ningún ojo humano que observase la magnitud de la catástrofe cósmica que acabó con los dinosaurios, pero sí los había –y muchos- el 16 de junio de 1994 cuando todos los telescopios del mundo, incluyendo el flamante telescopio espacial Hubble, observaban el SL 9, un cometa detectado desde el observatorio californiano de Monte Palomar. El espectáculo estaba asegurado: SL 9 seguía una trayectoria que lo llevaba inevitablemente a colisionar contra la superficie de Júpiter. El mundo podría observar por primera vez una colisión cósmica, subrayaban los titulares de los periódicos. Pero, según escribe el historiador aeroespacial Curtis Peebles en su Asteroids: A History, la mayoría de los astrónomos se mostraba más escéptica y esperaba que el cometa, que en realidad era un conglomerado de más de veinte rocas de unos dos kilómetros de diámetro, se desvaneciera en forma de meteoritos fragmentados. Una semana antes de la colisión, la revista Nature publicó el artículo «Se acerca el gran fracaso», en el que se decía que el impacto sólo iba a producir una lluvia meteórica. Era lo que otro articulista, dándoselas de gracioso, había sentenciado: «Tengo la impresión de que Júpiter se tragará esos cometas sin soltar un eructo».

El eructo resultó ser una flatulencia de dimensiones apocalípticas que, de haberse producido sobre la Tierra, habría aniquilado toda forma de vida. Los impactos duraron una semana y fueron muchísimo mayores de lo que los más pesimistas habían calculado. Un fragmento llamado Núcleo G impactó con la fuerza de un unos seis millones de megatones, casi cien veces el arsenal nuclear de nuestro planeta. El núcleo G no era ni de lejos un asteroide del tamaño del KT, pero provocó cráteres del tamaño de la Tierra y dejó unas manchas negras en la atmósfera de Júpiter de 8.000 kilómetros de diámetro rodeadas de un halo gris de otros 25.000. Astrónomos, astrofísicos y geólogos tomaron buena nota de lo que pasó entonces y, gracias a ellos, podemos especular con lo que pasó en la Tierra hace 65 millones de años.

Las consecuencias del impacto de un asteroide tipo KT resultan estremecedoras. Entró en la atmósfera terrestre a velocidad tal que el aire debajo de él resultó comprimido hasta calentarse a una temperatura entre diez y cincuenta veces la de la superficie solar. En cuanto KT entró en la atmósfera todo lo que estaba en un radio de centenares de kilómetros de su trayectoria se esfumó abrasado. Un segundo después de hacerlo, el asteroide se evaporó, pero la explosión hizo estallar miles de kilómetros cúbicos de roca, tierra y gases supercalentados. Todos los seres vivos a los que no hubiese liquidado el calor generado por la atronadora irrupción del asteroide perecieron después con la explosión en un radio de varios miles de kilómetros. Se produjo una onda de choque inicial que irradió hacia fuera y se lo llevó todo por delante a una velocidad cercana a la de la luz.

El impacto directo, millones de veces mayor al de una bomba de hidrógeno, produjo enormes tsunamis en el Atlántico que se expandieron como las ondas provocadas por una pedrada sobre el agua, desencadenó terremotos estremecedores y provocó la desestabilización y ruptura de la plataforma marina, generando una megaturbidita, es decir, una colosal corriente de turbidez cargada de sedimentos marinos, que provocó depósitos de arena de cientos metros de espesor. La vaporización del meteorito y del material impactado, así como el humo de los incendios, el hollín y las cenizas, oscurecieron el cielo durante varios meses, lo que provocó un gran descenso de la temperatura y de la fotosíntesis, y la radical disminución de la productividad de muchos ecosistemas. 

Además, hay evidencias de agotamiento del oxígeno incluso en los fondos marinos. La oxidación atmosférica de los ácidos generados por la naturaleza evaporítica de las rocas impactadas produjo lluvia ácida, la cual contribuyó a una reducción del pH de la superficie de los océanos y afectó a las conchas protectoras de los organismos que se extinguieron en masa. En 2001, investigadores del Instituto Tecnológico de California analizaron isótopos de helio de sedimentos dejados por el impacto del KT y llegaron a la conclusión de que afectó al clima de la Tierra durante unos diez mil años. Cuando todo se calmó, el cielo se abrió, el Sol volvió a lucir y la aterida Tierra recuperó su pulso: la evolución comenzó su trabajo a partir de los organismos que habían superado aquel espantoso Armagedón. 


A pesar de que han sido apenas unas modestas pedradas de algo más de un kilogramo de peso arrojadas desde el espacio, las imágenes recibidas el pasado viernes desde Cheliálibinsk, en los montes Urales de Rusia, han sobrecogido el ánimo de más de uno. El asteroide 2012 DA14, que pasó esa misma noche a 27.700 kilómetros de distancia de la superficie terrestre, era también de dimensiones modestas: 130.000 toneladas de masa y cincuenta metros de eje mayor, apenas un grano de arena comparado con el KT, cuyo diámetro era 2.000 veces superior.

Gracias a algunos astrónomos, que trabajan como oscuros rastreadores de meteoritos y asteroides, se han identificado y nombrado unos 26.000 asteroides, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros sin que podemos hacer nada por evitar las colisiones. Según los cálculos de los científicos de la NASA, un asteroide del tamaño de 2012 DA14 se acerca a la Tierra cada cuarenta años, y uno choca contra nuestro planeta cada 1.200 años. El pasado viernes no tocaba. La probabilidad de que un asteroide de dimensiones mayores impacte sobre nuestras cabezas es aproximadamente de una vez cada millón de años. 

El género Homo, que agrupa a los primates con rasgos humanos, lo que incluye al ser humano moderno y a sus más cercanos parientes, lleva sobre la Tierra algo más de dos millones de años. Ya toca. ¡Cuánto penar para morirse uno!

sábado, 9 de febrero de 2013

Falseando los datos: otro trile de Montoro



Cristóbal Montoro es catedrático de Hacienda, una materia que se imparte en las facultades de Económicas y Empresariales. A un catedrático de Económicas de la Universidad de Alcalá, persona muy conocida y respetada en la ciudad, le gustaba decir que si él contaba con los votos de tres de los cinco miembros que componen un tribunal de oposiciones, “podía hacer catedrático a un poste de la luz”. Sentenciaba: “Lo primero y principal, es tener al tribunal”. Pues eso. 

El 29 de enero el Gobierno cantó victoria en el apartado de ingresos. Ese día, el ministro de Hacienda convocó una rueda de prensa para sacar pecho. Montoro alardeaba de la hazaña. Había sido muy difícil, pero lo habían conseguido. "Hemos cumplido con creces", decía. Él solito había conseguido aumentar la recaudación derivada de los incrementos de impuestos en 11.237 millones de euros, un 4,2% adicional. 

Con esa cifra pretendía demostrar que, tal y como él sabiamente había pronosticado, subir impuestos no solo no disminuía la recaudación, como razonaría cualquier persona medianamente pensante que alegase que el aumento de los impuestos provoca, como se está viendo, una caída libre del consumo, sino que la aumentaba. Pues muy bien, señor Montoro. Es evidente que si se mete la mano en los bolsillos de los demás algo saca, de donde se deduce la inevitable consecuencia de que cuanto más grande sea la garra más será lo que atrape en el bolsillo ajeno... siempre que quede algo. Admitido esto, el señor ministro ocultó un dato fundamental: exactamente la mitad de la cantidad recaudada, es decir, 5.600 millones, proceden de adelantos en el pago fraccionado del Impuesto de Sociedades. Ese es el trile con el que pretende engañarnos don Cristóbal. 

Montoro se cree muy listo aunque su gran problema es que, además, piensa que todos somos tontos. Una vez más intenta engañar a la gente con montañas de datos esperando que engulla la píldora sin analizar su contenido. Veamos. Para empezar, lo que debería explicar Montoro es que ese aumento de la recaudación demuestra que la propaganda agitadora que él mismo y sus sobrecogedores compañeros de partido vendían durante la campaña electoral (según la cual los aumentos de impuestos perjudican tanto la actividad económica que reducen la recaudación fiscal) era mentira. Aquel salivazo al cielo le cae ahora encima, aunque no quiera verlo. Que el ministro mostrara un poco de honradez intelectual, aunque sólo fuera por respeto a su condición de catedrático, no estaría de más.

En segundo lugar, la mayor parte del cacareado aumento de la recaudación proviene, como he dicho, del impuesto de sociedades, cuya recaudación aumentó casi un treinta por ciento en relación al año anterior ¡Un treinta por ciento de aumento de la recaudación; ahí es nada! En ese momento debieron saltar todas las alarmas, pero quienes debían ocuparse del tema quedaron inmediatamente atrapados por la sobrecogedora noticia surgida de las tripas de cierto edificio de la calle Génova. Dejemos a los periodistas con ese tema y ocupémonos de las cifras de don Cristóbal. Un aumento de treinta puntos no es normal. Tiene que haber gato encerrado. Busquémosles las tres patas: al ministro y al gato.

No es difícil. El trile es ahora el de “pan para hoy y hambre para mañana”. Esta vez Montoro ha intentado disfrazar un pago adelantado haciéndolo pasar por un incremento en la recaudación fiscal. Ahí está el truco. Las empresas abonan en abril, octubre y diciembre de cada año una declaración parcial del impuesto de sociedades. La liquidación final se hace en julio del año siguiente. Aunque ya sé que lo entienden, permítanme que lo explique un poco más. Si la empresa X tiene que pagar cien euros de Impuesto de Sociedades con cargo a 2012, en lugar de atragantarse desembolsando todo a año vencido, es decir, en 2013, lo va liquidando a plazos lo largo del año en curso. Paga lo mismo pero por adelantado, lo que significa que lo que el Estado ingresa en 2012 no lo ingresará en 2013. Es más, si al final del año la empresa no obtiene los beneficios previstos y en vez de ganar dinero lo pierde, el Estado tendrá que devolver parte del impuesto adelantado.

Ahí aparece la tercera pata del gato: una de las medidas que adoptó el PP para hacer caja rápidamente fue aumentar el pago fraccionado. Como no podía ser menos, al incrementar el adelanto de los pagos empresariales no se aumenta la recaudación final porque que los pagos de más que se realizan ahora se tendrán que restar en julio del año que viene. Para entonces, todos calvos. Montoro no dará rueda de prensa y pelillos a la mar. 

Pero avancemos un poco más. En un nuevo intento de enredarnos, el taimado Montoro argumentaba que la mitad de la recaudación extra por la subida de impuestos se debía al aumento de ingresos por el Impuesto de Sociedades: es decir, que las empresas (y sobre todo, las grandes empresas) habían pagado más este año. Ahora don Cristóbal se transmutaba en Robin Hood. Metía la mano en el bolsillo de los ricos para repartir el botín entre los pobres. Insisto para que no nos alejemos del meollo: las empresas no pagan más sino que adelantan los ingresos para que al Gobierno le cuadren las cuentas. Sigamos con el resto.

El caso es que, por más que se empeñe Montoro en emular a Robin Hood, la realidad sigue reflejando una aplastante desigualdad en la recaudación de impuestos. Para demostrarlo, veamos cómo se reparten los grandes ingresos por impuestos del Estado en 2012 y cómo se repartían hace diez años. En 2002 la renta de las personas físicas aportaba el 36% de los impuestos, ahora el 42%. Entonces los impuestos de sociedades suponían un 20% de la recaudación, ahora un 13% de sus ganancias contables, que se reducen al 11% real, menos de la mitad de la media europea (26%). El motivo por el que las empresas españolas pagan legalmente mucho menos está en el complejo entramado de ajustes fiscales extracontables, ajustes por consolidación y el amplio abanico de deducciones, exenciones y bonificaciones del impuesto sobre sociedades que ha provocado que la recaudación tributaria por este tributo se haya desplomado un 64% durante la crisis.

Por más que Montoro y su paisana Fátima se empeñen, es evidente que los recortes de gasto público, cuyo efecto se ha visto multiplicado por la sequía de crédito, han hundido la economía española. A los datos de la Encuesta de Población Activa con sus nuevos 130.000 parados en enero y a la dramática caída de los beneficios del comercio minorista me remito. Pero aquí no se trata de salir de la crisis. ¡Es el ajuste, estúpido! Nunca se trató de salir de la crisis. El objetivo ha sido siempre cuadrar el ajuste para calmar a los banqueros alemanes, a sus vicarios políticos, a los burócratas del Bruselas, a la tropa del BCE y al FMI. Y como se trata de eso, de cuadrar, con una hoja Excel basta: sin el más mínimo pudor, tomándonos por tontos, Montoro se ha traído a 2012 ingresos que eran para 2013 y ha presentado como éxito lo que sin lugar a dudas es un monumental fracaso de su política fiscal: la recaudación no ha subido tanto como había presupuestado.

Eso sí, el déficit quedará finalmente por debajo del siete por ciento. Y todos contentos. Bueno, todos, menos seis millones de parados.