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sábado, 17 de abril de 2010

Castellio contra Calvino. Conciencia contra violencia



En mi entrada anterior (Biografías de escribidores) me comprometí a publicar una nueva entrada acerca de la que me parece una las mejores obras—si no la mejor- de Stefan Zweig: Castellio contra Calvino, publicada en España por El Acantilado, una joven editorial catalana empeñada en rescatar lo mejor de una excelente pero olvidada literatura. Lo hago ahora con gusto.

«Tolerancia frente a intolerancia, libertad frente a tutela, humanismo frente a fanatismo, individualismo frente a mecanización, conciencia frente a violencia... Todos estos nombres expresan una opción que en última instancia es la más personal y más íntima, la que para todo individuo resulta de mayor importancia: lo humano o lo político, la ética o la razón, el individuo o la comunidad...». Con estas palabras selló Zweig uno de sus libros más sugestivos e inquietantes, Castellio contra Calvino, una revisión histórica de una controversia que trasciende las circunstancias de una época -las de un siglo XVI dominado por las tensiones teológicas y abusos de poder que cristalizan en el asesinato de Miguel Servet, de Giordano Bruno, del propio Castellio y de otras muchas víctimas del fanatismo religioso- para convertirse en el planteamiento de una cuestión genérica y constitutivamente humana: la defensa de la libertad espiritual frente a la violencia ejercida por el poder.

Reza un dicho popular africano que cuando muere un hombre muere una biblioteca. Antes de la imprenta, cuando moría un hombre sabio se llevaba consigo la memoria y la sabiduría. Las ideas dejaron de ser arcanos y volaron libremente después de que Gutenberg, mediado el siglo XV, inventara la imprenta y editara, en 1445, su archiconocida Biblia. Tras la invención de la imprenta, los siglos XV y XVI fueron testigos de una gran revolución que todavía no ha cesado.


En esos siglos, impulsados por el prodigioso proceso intelectual y creativo del Renacimiento, se inició una revolución, la que dió comienzo a la era de las comunicaciones y de la globalización. Era la revolución basada en materia vegetal, en la pasta del papel surgido de las imprentas, y en la madera que pobló los mares en un incesante devenir de flotas militares y comerciales impulsadas por los viajes de Colón, de Magallanes, de Elcano, de Vasco de Gama y de tantos otros. Era el “bosque flotante” que describió Lope de Vega admirado por el poderío naval español. Personas y bienes transportados por la vela y el maderamen de los barcos a través de un mundo, -¡por fin redondo!- que parecía carecer de confines. Pensamiento e ideas que vuelan impulsados por los libros. El mundo no volverá a ser el mismo.


Cuando Gutenberg inventó la imprenta, Europa tenía 60 millones de habitantes y menos de treinta mil libros, primorosos códices manuscritos por amanuenses y pendolistas, repartidos en monasterios, conventos y bibliotecas reales. La memoria y la sabiduría eran arcanos tesoros al servicio del poder eclesiástico y real. Un siglo después, a finales del XVI, existía un canon europeo de 50 millones de libros. La imprenta significó un prodigioso invento imparable. La capacidad impresora europea fue extraordinaria. Según cuenta el historiador Michael White en su magnífica e imprescindible biografía del Nolano (Giordano Bruno. El hereje impenitente), tres años después de que Gutenberg imprimiera su famosa Biblia había un solo taller impresor en Estraburgo. Veinticinco años más tarde, en Roma había más de una docena y en Venecia, poco después, un centenar de impresores.


Con la imprenta nacen los primeros éxitos, aparecen los primeros bestsellers, el mayor de los cuales fue Elogio de la locura, de Erasmo. Años más tarde, a partir de 1603, el bestseller es El Quijote. En la ciudad-república de Ginebra las imprentas, puestas al servicio del poder teocrático calvinista, eran capaces de producir 300.000 ejemplares anuales de la Institutio del tirano Calvino.


Retrato de Erasmo (c. 1523) por Hans Holbein "el Joven". Museo del Louvre

Pero con los libros volaron también las ideas. En un libro publicado por Crítica, La Europa dividida (1559-1598), John Elliott cuenta que un obispo romano decía: “Los lobos han enviado los libros por delante”. La frase define el estado de ánimo de Roma y de los monarcas defensores del principio “Cuius regio, eius religio”, un solo rey, una sola religión. Los libros dejan de ser lo que decía Alfonso X, “los mejores consejeros porque otorgan consejos sin pedir nada a cambio”. Los libros pueden volverse contra el monarca y contra la fe. Libros que llevaban encerradas ideas peligrosas para la férrea ortodoxia romana y para la caza de heterodoxos y heréticos iniciada por Calvino cuando manda quemar a Miguel de Servet en una plaza cercana a Ginebra, dando con ello comienzo a una nueva persecución religiosa en la Europa luterana que quiso ser patria de la tolerancia frente a la sangre y al fuego inquisitorial de la iglesia romana. Calvino quema a Servet, sí, pero al tiempo acaba también, de un solo tajo, con la libertad de los cristianos por la que luchó la Reforma.


Porque la imprenta, madre de los infinitos libros, esos peligrosos artefactos que despiertan la mente del hombre poniéndolo en el infame camino del libre albedrío, de la tolerancia frente al autoritarismo y del libre pensamiento frente al monolítico poder de la verdad iluminada, trae consigo otro invento: la censura. Perseguidas por la censura a sangre y fuego, por Torquemada o por Calvino, se suceden las víctimas que propugnaban sus ideas a través de los libros. Bartolomé de Carranza y fray Luis de León en España, Miguel de Servet y Castellio en Ginebra, y los hugonotes en Francia son los casos más conocidos.


Recordemos ahora a algunos de los primeros mártires del libro. A Giordano Bruno, el Nolano, autor, entre otras obras, de La cena del miércoles del ceniza, quemado vivo en el Campo de las Flores de Roma. Quemada su carne pero no sus ideas, que volaron con sus libros. Para los filósofos de la época, para Galileo, para Descartes o para Isaac Newton, Bruno era un mito del pensamiento libre, una figura adorada, pero también alguien de quien no se podía hablar, porque era también el símbolo del terrible castigo que aguardaba cuando uno traspasaba la frontera para elegir la verdad científica frente a la verdad revelada.

Lo sufrió Nicolás Copérnico, sesenta años antes de Bruno, cuando supo que sus estudios sobre la órbita terrestre (su magistral De revolutionibus orbium coelestium) podían costarle la vida. Lo supo Galileo, coetáneo de Bruno, cuya retractación le salvó del potro y de las llamas. Pero hubo otros impresionantes ejemplos de hombres que no se retractaron y perdieron familia, fortuna y vida en defensa de sus libros y de sus ideas. El francés Castellio, el español Servet y el italiano Bruno son tres de ellos, cuyos espíritus parecen sobrevolar hoy esta exposición llena de libros que fueron contemporáneos a los suyos. Bruno, el Nolano, y Miguel de Servet, filósofos y científicos, quemados vivos en la hoguera, con la lengua presa en una paleta de madera para que no pudieran ni hablar. Castellio, el primer defensor de la tolerancia, muerto antes de ser ajusticiado por la intransigencia herética en la monolítica y uniforme Ginebra calvinista.


Bruno contó en sus libros lo que calló Copérnico y lo que rectificó Galileo para librarse del potro y de la hoguera. Bruno el Nolano, que defendiendo la existencia de un gran Universo y de otros planetas, escribió estas hermosas palabras: “Creer que no existen otros planetas que los que ya conocemos no es más razonable que opinar que no vuelan más pájaros que los que vemos al asomarnos a una pequeña ventana”. La pequeña ventana de la mente humana que abrió, de par en par y para siempre, la imprenta.

Libros que divulgaron las ideas de Sebastián Castellio, padre de la tolerancia, la hormiga humanista frente al poder absoluto del elefante Calvino, el religioso intransigente y feroz que sembró de sangre y fuego los campos ginebrinos. Con ocasión de la ejecución de Miguel de Servet, la primera víctima del calvinismo, Castellio escribió su Manifiesto frente a la intolerancia (1531), del que recojo unas hermosas: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre”. Porque el hombre, lo sabía bien Castellio, navega siempre libre con su doctrina escrita en los libros. Cuando Castellio sale en defensa de Servet y proclama –antes que ningún otro- el tolerante derecho a la libertad de conciencia, sabe que empeña su vida en defensa de sus convicciones.

Las ideas de Bruno, de Servet y de Castellio todavía perviven aunque no su enorme talla humana no haya sido rehabilitada por quienes los ajusticiaron. El cardenal Rodolfo Belarmino, jesuita, el inquisidor que acabó con Bruno y lo intentó con Galileo, está hoy canonizado. Por eso hoy, en este blog, me gustaría que mis palabras sirvieran de homenaje a los hombres que hicieron posibles los libros y, a través de ellos, la propagación de palabras tan hermosas como humanismo, pensamiento libre, tolerancia y libertad.

Biografías de escribidores



Quienes gustamos del género biográfico, que se me antoja somos legión, estamos de enhorabuena. Durante los últimos meses han aparecido numerosas biografías que permiten asomarnos al mundo de personajes que, de una u otra manera, han protagonizado parte de la historia. Mi interés particular se inclina por las biografías de los grandes escritores, por lo que la publicación entre el otoño pasado y la húmeda primavera que nos toca vivir de un variado, atractivo y largo elenco de biografías dedicadas a García Márquez, Kafka, Zweig y Unamuno ha sido todo un festín.

García Márquez dijo en una ocasión que todo escritor con un mínimo de dignidad debería tener un biógrafo inglés. Ahora, sus aspiraciones se han hecho realidad. Un mago (Debate) es la larga biografía (82 años) del premio Nobel colombiano escrita por Gerald Martin, que muestra una figura fascinante, tanto en su vida literaria como en la personal, a través de una crónica en la que el biógrafo inglés ha invertido los últimos 17 años y que lo ha llevado a viajar varias veces por Colombia y América Latina, aprovechando bien el tiempo pues ya cuenta en su haber con una biografía del presidente de Bolivia (Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales), un libro para entender el corazón y la mente de un presidente que surgió de la pobreza extrema con la propuesta de darle vuelta a la historia. El trabajo del biógrafo no ha sido fácil, porque ha tenido que sortear «las múltiples versiones que García Márquez ha ido sembrando a propósito de todos los momentos determinantes de su vida…».

Las editoriales Trotta y Alba han presentado sendas biografías del autor checo Franz Kafka. La primera ha publicado Kafka y el holocausto, de Álvaro de la Rica, y la segunda El mundo formidable de Franz Kafka, de Louis Begley, dos libros que arrojan nuevas luces sobre la cotidianidad del autor de El proceso, sobre su relación con el momento histórico (Kafka, un judío cosmopolita asimilado a la cultura Occidental, que renegaba del "judaísmo de la comunidad aldeana" como le escribió a su padre, murió tuberculoso “salvándose” así del holocausto del III Reich, que devoró a sus tres hermanas), sobre su herencia hebrea (Walter Benjamin, Hannah Arendt, Martin Buber o Elias Canetti), y sobre el enigma estético que albergan sus pesadillas, frías y atroces, “un mundo surrealista que pertenece más al sueño que a la vigilia, a lo que está fuera de la realidad ordinaria, aunque venga directamente de ella”, como dice De la Rica.
Stefan Zweig, de pie, junto a su hermano Alfred, en Viena (c. 1900)

Oliver Matuschek es el autor de Las tres vidas de Stefan Zweig (Papel de Liar), una biografía del escritor alemán, autor a su vez de algunas excelentes y amenas biografías bien individuales (Balzac, María Antonieta, Erasmo, Magallanes) o bien combinando personajes como en La lucha con el Demonio (Hülderlin, Kleist, Nietzsche) o en La curación por el espíritu. (Mesmer, Mary Baker-Eddy, Freud). Zweig, un autor de best sellers traducidos en toda Europa durante los años 20 y 30, había permanecido en el ostracismo editorial español durante casi treinta años pero ha retornado felizmente a las librerías españolas gracias a las ediciones hechas por El Acantilado, entre las que se cuentan algunas obras esenciales (Castellio contra Calvino, una apología de la tolerancia que comentaré en otro momento; Veinticuatro horas en la vida de una mujer y El mundo de ayer, un libro de memorias y una preciosa y nostálgica recreación del tiempo que le tocó vivir antes de que la policía antisemita registrara su casa en 1934 y comenzará con ello un largo exilio que le condujo a Brasil, país al que dedicó el último de sus libros, Brasil, país de futuro, donde -acongojado por las pérdidas familiares, por la pérdida de un mundo, el suyo, que se iba desintegrando a través de un siglo devastador, y previendo un dominio universal del nazismo- se suicidó con su segunda mujer, Lotte, en Petrópolis, cerca de Río, el 22 de febrero de 1942. Creyó que su vida y su mundo, ese mundo culto y sensible de la acomodada burguesía alemana a la que pertenecía, estaban cumplidos y terminados.


Entre los escritores españoles cuyas historias destacan entre las novedades está Miguel de Unamuno. Biografía (Taurus) de Colette y Jean Claude Rabaté, un matrimonio de hispanistas franceses. «He molestado a todos los públicos y a todos los pueblos que he visitado. Y aunque, a la larga, digan 'tenía razón', en el fondo les soy antipático... Tener razón es lo más antipático que hay». La frase la incluyó Unamuno en una carta a un amigo en 1908 y bien habría podido servirle de epitafio. Quizás por ello, Unamuno fue sólo objeto de análisis de eruditos e ignorado por el gran público. Su yerno, el poeta José María Quiroga, le dijo una vez al final de su vida: «Es usted un monumento nacional». Si lo es, ha sido un monumento nacional muy poco visitado. El simple hecho de que esta biografía sea la primera en 45 años (después de la publicada en 1964 por el periodista Emilio Salcedo), es ya una demostración palpable del ocultismo que ha pesado sobre este personaje descomunal.

Esta biografía es monumental y epistolar. Monumental por el abrumador trabajo realizado por los autores, que apenas cabe en las ochocientas páginas de un volumen excelentemente documentado gracias a una exhaustiva recopilación de escritos personales entre los que se cuentan sus cuadernillos autobiográficos de juventud y vejez, casi 4.000 artículos periodísticos, innumerables discursos rescatados de las hemerotecas y del increíble (por lo extenso) epistolario que mantuvo con familiares, amigos y adversarios, en gran parte inédito. Toda esa documentación ha permitido analizar la figura pública y privada de una personalidad polifacética, de un filósofo vasco austero como un cuáquero, creyente sin fe, irreductible en su batalla contra el "nacionalismo aldeano" frente al cual defendió el 'imperio' de la lengua española, y que vio en la Guerra Civil un caso de locura colectiva.

La pelea de Unamuno "contra esto y aquello", como tituló el filósofo uno de sus libros, marcó su vida y condicionó su personaje histórico. Un personaje polifacético que uno ve evolucionar a través de esta detallada biografía: el desasistido y mal alimentado estudiante en Madrid, el joven opositor que se gana a duras penas la vida dando clases particulares, el pedagogo empedernido, el filólogo y traductor, el catedrático consciente de sus responsabilidades académicas y, por ello, enfrentado a la mayoría del claustro, el rector polémico dos veces destituido, el predicador laico convencido de su misión cultural, el militante del partido socialista, el concejal del Ayuntamiento de Salamanca, el excursionista deseoso de dar a conocer los paisajes de España, el articulista cuya prodigiosa producción se debe a la necesidad de sacar a delante a su numerosa prole, el escritor preocupado por la difusión de su obra, el dramaturgo frustrado y, finalmente, el intelectual que, después de siete años de destierro, ve triunfar su ideario y que, elegido diputado, contempla, asustado, como otros intelectuales le proponen como Presidente de la II República.

Pero sobre todo, gracias a su correspondencia familiar, a sus cuadernillos y a los poemas escritos constantemente, casi a diario, se desvela la dimensión más íntima de un padre que llora la muerte de un hijo tullido, de un esposo púdico y enamorado, de un hombre atormentado por el misterio de la muerte y de la religión, de un anciano ensimismado que, después de levantar por última vez la voz el 12 de octubre de 1936, pierde definitivamente la palabra y vive el peor de los naufragios: el de la soledad, la desesperanza y la incomprensión de una guerra civil entre los hunos y los hotros.


sábado, 13 de marzo de 2010

El camino de Delibes



El pasado viernes Miguel Delibes concluyó el camino que empezó a recorrer en Valladolid, en 1920. Disfrutó el sendero de la vida como docente, como periodista, como cazador, como novelista, como padre y abuelo, como espectador y como participante. Lo sufrió también como un hombre enamorado que perdió demasiado pronto a su compañera, Ángeles, con la que compartió matrimonio y siete hijos, y a la que despidió con las lágrimas íntimas que fueron, después, literatura nostálgica y melancólica en Señora de rojo sobre fondo gris, una obra en la que Delibes dejó memoria de su amor herido por la enfermedad y la muerte. Fue un escritor de los de antes y el cronista de un mundo también de antes, el rural, un territorio siempre al borde de la extinción que Delibes convirtió en mitológico.


Miguel Delibes consiguió a la vez el favor de los críticos y el fervor de los lectores. Era un escritor de los de antes: se dio a conocer con un premio, el Nadal, cuando era un perfecto desconocido. Entre La sombra del ciprés es alargada (1947) y El hereje (1998), el primero y el último de sus libros, el novelista construyó una literatura basada en la sencillez y la ausencia de artificio, en la precisión y el uso depurado de un lenguaje límpido cuya aparente simplicidad encerraba un profundo dominio del lenguaje y de la técnica literaria. En El camino (1950), su tercera novela, se encuentra toda la esencia literaria del escritor vallisoletano.



La irrupción de Miguel Delibes en la amazacotada y gris literatura española de la postguerra tuvo lugar a finales de los cuarenta, dentro de un marco existencial y desolado cuyo máximo exponente fue Nada, la novela de Carmen Laforet que obtuvo el premio Nadal en 1944. La sombra del ciprés es alargada y Aún es de día (1949) son las obras de ese período inicial que Delibes consideraba como literatura de aficionado, un par de tentativas novelescas veteadas de aciertos parciales notables, con la ingenuidad, los errores, el envaramiento exterior y la frescura de fondo que suelen ofrecer los libros primerizos. En ambas novelas Delibes eleva la desgracia y la mediocridad a categoría vital, retratando así muchos aspectos de la realidad diaria de la España del momento.


El camino supuso una auténtica metamorfosis en Delibes, que irrumpió, de pronto, con una obra escrita con un estilo al mismo tiempo juguetón y eficazmente seguro que narra un tema vivo y lleno de ternura particularmente adecuado a la sensibilidad del autor, quien probablemente volcó en esa novela lo más verdadero, íntimo y fresco de sus vivencias infantiles. En esta pequeña obra maestra, cuya escritura está a años luz del estilo envarado y premioso de La sombra del ciprés, Delibes abandonó el estilo narrativo encorsetadamente realista para describir un mundo visto con ojos de tres niños de un pueblo (Daniel “el Mochuelo”, Roque “el Moñigo”, y Germán “el Tiñoso”) que comparten el descubrimiento de un mundo limitado, rústico y pueblerino, pero también sano, dinámico, popular, formado por gente sencilla, con una feliz ignorancia de las barreras sociales, y en profundo y vivificante contacto con la naturaleza; una vida que se nos muestra tan auténtica como poética, sencilla y optimista, pero que es también socialmente cerrada, estática, inconsciente y profundamente conservadora, que conduce hacia una añoranza irrecuperable, escapista, que el propio Delibes justificaba diciendo que en El camino «nos encontramos a nosotros mismos cuando éramos niños, un libro que nos ayuda a reconstruir un mundo -el de la infancia- brutalmente aniquilado por la técnica moderna. Hoy más que nunca gusta el hombre de recuperar su conciencia de niño, de evocar una etapa -tal vez la única que merece ser vivida- cuyo encanto, cuya fascinación sólo advertimos cuando ya se nos ha escapado de entre los dedos.»



El camino, es un relato escrito tan pegado al terreno que el narrador es un muchacho espabilado que no entendía las dificultades para «quemar tranquilamente un gato con una lupa sin que se conmovieran los cimientos sociales del pueblo». Esa mirada tan equidistante de la obsesión morbosa como de cualquier mojigatería, es el gran acierto sustancial de Miguel Delibes; la simpatía humana con que esa mirada infantil nos introduce en el pueblo, haciéndonos conocer toda una galería de tipos (Quico “el Manco”, Paco “el Herrero”, Pancho “el Sindiós”, ateo oficial de la aldea, las “Guindillas” y las “Cacas”, solteronas y cotillas, don José el cura, «que es un gran santo», etc.), todos ellos personajes enormemente vivos, que parecen viejos conocidos aun cuando sólo sepamos de ellos a través de trazos puntillistas y ligeramente caricaturescos. La difícil amalgama de nitidez realista, humor sutil, poso de melancolía, ternura contenida y tendencia hacia la prosa poética, convierten a El camino, en mi opinión, y con muy pocas reservas, no sólo en el primer gran acierto, sino en el adarve que conduce a la gran obra posterior de Miguel Delibes.




Delibes era decidida y tranquilamente provinciano, y sus libros más risueños, como El camino, Diario de un cazador (1955) y Las ratas (1962), que los estudiantes españoles han leído durante décadas en las escuelas, son relatos deliciosamente sobrios, de muchachos y de vida rural, escritos en un estilo recio y claro, desnudo de cualquier pedantería retórica, lo que les confiere un atractivo inmediato. Sus libros afirman ciertos principios y valores (la tolerancia, la piedad, la comprensión, la afición por las cosas sencillas, el gusto por el pequeño trabajo bien hecho, etc.) que, según decía Delibes, en general no admite la sociedad española. El aspecto positivo de estos principios se manifiesta en su preocupación por las cosas sencillas y naturales como un refugio ante la fealdad y la complicación de la vida moderna. Su inspiración fue el campo, la sensatez con que los campesinos resolvían las cuestiones más complicadas, la lengua del pueblo, a la que escuchaba con la misma paciencia con que liaba tabaco de cuarterón.


Su prosa transmite un pensamiento de una honradez y una dignidad que imponen respeto. Lo mismo puede decirse del contenido ideológico de sus novelas. Delibes, un católico moderado, liberal y combativo, fue un crítico serio y sincero de la sociedad, un hombre honesto que opinaba que en España había una lamentable falta de verdadero cristianismo (la conciencia cristiana de Delibes protesta sobre todo en Las ratas, una novela cuya lentitud arriscada esconde la voluntad de mostrar la pobreza como el único paisaje de la posguerra en las orillas de los ríos de Castilla, un mísero escenario donde la crudeza descriptiva lo domina todo a través de un ratero y, otra vez, de un muchacho mágico, “el Nini”), un escritor cuyo mensaje interior era una suave apelación a la decencia que no parecía a nadie ni objetable ni subversiva, pero que calaba en sus lectores. Sus blancos eran los de cualquier persona digna: la hipocresía, la intolerancia, el egoísmo, la codicia.


En resumen, el pensamiento íntimo de Delibes reside en un secreto que aparece por primera vez en El camino: la nostalgia del mundo feliz e idílico, destruido por la civilización, en curiosa mezcla de jacobinismo escapista y de conservadurismo provinciano.



Descanse en paz un hombre bueno.



domingo, 21 de febrero de 2010

La Tortuga de Mafalda



Mafalda, el personaje de historieta creado por Quino, le puso el nombre de Burocracia a su tortuga.


Burocracia: lo teórico

Desde que la atomización del poder feudal fuera cediendo a favor de los estados centralizados, la excesiva burocratización, que va siempre acompañada de desinformación, ha sido repetidamente señalada como un peligro amenazante para la participación democrática y el buen gobierno de las sociedades modernas. Conforme la complejidad de nuestros aparatos institucionales y organizativos va en aumento, surge la necesidad administrativa de crear procedimientos capaces de mantener los asuntos más o menos uniformes, de aportar cierto orden. La burocracia aparece como el remedio frente al caos que enfrentamos cuando las operaciones adquieren una escala difícil de manejar: los burócratas se vuelven los agentes del orden porque brindan organización y coherencia a un aparato que, de otra manera, sería caótico y vulnerable.



El sociólogo Max Weber introdujo el concepto de burocracia al vocabulario académico moderno. Para Weber la burocracia tiene una connotación positiva, porque es un sistema más racional que los sistemas de administración anteriores, basados en la autoridad de las tradiciones o en el carisma. De acuerdo con Weber, la burocracia es un sistema de gobierno o control legal (en el sentido de estar sometido a reglas explícitas y generales). Es impersonal (la autoridad descansa en quien tiene la capacidad de ejecutar ciertas funciones y no por personas determinadas ya sea por tradición o carisma); eficiente, eficaz y perdurable (porque distribuye funciones y poderes a los niveles adecuados de manera racional), y tiende a disminuir las desigualdades sociales en la medida que por un lado distribuye autoridad y por el otro el acceso a esa autoridad no se transmite de generación a generación.


Pero el principio organizativo de la burocracia esconde dos amenazas. La primera es la que advirtió Adorno frente al ascenso y la consolidación del Tercer Reich: la burocratización esconde la semilla del totalitarismo, porque en la burocratización del poder político, o del poder en general, se esconde la capacidad para eliminar la responsabilidad por las acciones. Como señaló Arendt, en la burocracia absoluta impera el Gobierno de nadie, porque nadie es propiamente responsable por ninguna acción: lo único que se tiene son burócratas que mantienen el status quo, que perpetúan las cosas como son cumpliendo los procedimientos sin detenerse nunca para cuestionarse si lo que hacen está bien o está mal. La burocratización fragmenta acciones en partes tan minúsculas que ser responsable por cualquiera de ellas no lo hace a uno responsable de ninguna parte significativa de la cadena. Y cuando algo falla, el responsable siempre puede echarle la culpa al procedimiento, a la norma, y escudarse en el conocido argumento de que uno sólo seguía la regla establecida, cumplía el rol de la burocracia, y nadie es, entonces, realmente culpable.



Los filósofos alemanes Max Horkheimer, Theodor Adorno (en primer plano), y Jürgen Habermas (en segundo plano, con la mano en el pelo), Heidelberg (1965).

La segunda amenaza me parece que se puede encontrar en las ideas del informático, escritor y experto en organización empresarial Seth Godin. Se desprende, además, de la idea anterior: la burocracia no sólo diluye la responsabilidad y sirve sólo como aparato reproductor del status quo, sino que elimina todos los incentivos para la innovación, para la creación de nuevas ideas. En un mundo burocratizado, las ideas nuevas son peligrosas, porque amenazan a la propia burocracia. La burocracia no es creativa, y no puede serlo, porque sería atentar contra sí misma. En la medida en que aquellos sujetos a sus procedimientos se limiten a reproducirlos una y otra vez, nunca dedicarán tiempo a cuestionar si el procedimiento es correcto, si el orden establecido no podría ser mejor, si no podría facilitar las iniciativas y las demandas individuales o institucionales en lugar de sólo servir a su propia estabilidad y reproducción.



Este delirio kafkiano puede sonar primordialmente limitado al ámbito de lo político, pero no es así. Lo hemos burocratizado todo. La educación, el comercio, la economía, la universidad. Incluso aquellos sectores que deberían de ser más innovadores han quedado atrapados en tantas capas de burocracia que terminan por eliminar todos aquellos incentivos que son, precisamente, lo que los hace relevantes para el conjunto de la sociedad.


Burocracia: lo práctico en la UAH


Los siguientes párrafos están literalmente extractados a partir de las páginas 26 a 29 del libro Medidas para un cambio estratégico en la Universidad de Alcalá. Resumen Ejecutivo. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá (2006):


Ausencia de un planteamiento estratégico. A pesar de la relativa experiencia en la implantación de mejoras en la gestión, existen aún carencias de fondo evidentes que impiden que cualquier cambio o reforma pueda generar un efecto de sinergia en toda la Universidad. Por un lado, los objetivos institucionales […] no están claramente definidos, son desconocidos por la comunidad universitaria o […] no son compartidos. Además, no se percibe por parte de la comunidad universitaria que exista un seguimiento efectivo de los objetivos. Por otro lado, a pesar de que en algunas unidades estructurales hay objetivos propios […] en otras unidades, como las de gestión […], los objetivos son más difusos y, en ocasiones, inexistentes. En esta labor se observa una presencia importante de voluntarismo por parte del personal. En consecuencia, la falta de claridad en los objetivos genera la ausencia de líneas estratégicas y planes para la consecución de los mismos, o bien, son ampliamente desconocidos por parte de la comunidad universitaria.


Indefinición de competencias y responsabilidades. […] la Universidad muestra claras contradicciones e incongruencias, sobre todo, entre las funciones de gestión y dirección. Por un lado, las competencias propias de las diferentes estructuras - Gobierno, Dirección y Gestión- no están bien delimitadas y definidas; por tanto, se presenta una asunción informal de competencias que genera poderes informales en la organización de la Universidad. Por otro lado, las responsabilidades, a pesar de que son asumidas, están diluidas por la incapacidad de tomar decisiones por la falta de autoridad. Existen interferencias entre gestión y dirección, y ésta última tiene una falta de capacidad ejecutiva autónoma.


Rigidez de la estructura. La estructura organizativa de la Universidad de Alcalá es rígida, poco flexible y poco permeable, ralentizando la toma de decisiones. Además, se carece de instrumentos de gestión, útiles en toda organización, tales como los manuales de procedimientos, sistemas de indicadores, etcétera.


Escasa coordinación y comunicación, falta de acceso a la información. Existen carencias y deficiencias en los canales de comunicación vertical y horizontal, y en la información que debe ser compartida para la realización de las funciones propias de cada estamento de la comunidad universitaria.


Precariedad de los recursos humanos y exceso de voluntarismo. Las condiciones en las que se encuentra el personal de gestión no son las más adecuadas en algunas unidades de servicio (existe una relativa precariedad del capital humano, hay un componente importante de la plantilla que tiene un carácter temporal en puestos estructurales […] y el deseo de mejora está muy personalizado y condicionado por el entorno […]


Asociada a la falta la definición de objetivos, se aprecia una ausencia de procedimientos de evaluación que permitan tomar decisiones para mejorar, tanto en los aspectos de gestión como docentes. No existen procedimientos rutinarios de evaluación del desempeño de las actividades propias de la organización y cuando se han producido se considera que no han servido para la toma de decisiones, es decir, sus consecuencias posteriores no han sido suficientes. […]


No existen sistemas de información adecuados para la toma de decisiones, por tanto se percibe como poco documentada o basada en información poco fiable que impide la elaboración de indicadores ya no sólo de procesos, sino también de resultados.


Las actividades universitarias no están plenamente reconocidas y los sistemas de incentivos son insuficientes. A pesar de los esfuerzos realizados por la Universidad, se percibe una clara insuficiencia en este campo, [sobre todo en la] gestión. […] la institución podría reforzar este apartado con más medidas propias dirigidas a otros aspectos estratégicos del desarrollo de la institución, tales como la mejora de procesos, la renovación de metodologías, la internacionalización, etcétera.


Las unidades estructurales carecen de autonomía para tomar decisiones. Se demanda una mayor flexibilidad, agilidad y autonomía en la toma de decisiones. En el análisis de las deficiencias para mejorar el uso eficiente de los recursos uno de los asuntos que más se remarca es la necesidad de profesionalizar la gestión.

El personaje más pequeño de la tira de Mafalda se llama Libertad. 




domingo, 7 de febrero de 2010

Desde donde habita el olvido



El próximo día 18, en el Conservatorio Provincial de Música, se presenta el libro Leyendas y relatos de Guadalajara, un volumen más de Aache Ediciones, esa editorial que con tanto mimo atiende uno de los últimos médicos que, como don Gregorio Marañón o don Pedro Laín Entralgo, tienen una innata vocación renacentista por abarcar cualquier proceso creativo de la mente humana, por escapar de las ataduras culturales a las que nos somete cualquier especialidad artística, científica o tecnológica.


Su autor, don Luis Monje Ciruelo, me ha pedido que actúe como testigo del bautismo de esta nueva criatura de papel que, con toda probabilidad, no será la última. Gracias a su hijo Luis, mi amigo y compañero en la Universidad de Alcalá, sé que su padre es un narrador nato de historias, un hombre que, capaz de obtener varios títulos universitarios, encontró en el oficio de periodista un buen modo de ganarse el pan. Un modo decoroso, esforzado y muy laborioso. El periodismo generalmente no está bien pagado, pero uno intuye que, sea cual fuese el salario, don Luis procuró dar lo mejor de sí, sabiendo que lo que estaba en juego era su persona, su ser, su naturaleza humana, y no lo que percibiese a cambio. Esa actitud vital, unida al conocimiento de la condición humana, es lo que le dio el viejo oficio de informar.

Además de una pujante actividad profesional, llevada a cabo en buena parte cuando corrían tiempos peores que los actuales, don Luis, que fue un hombre activo en el mundo, un viajero que salía de España cuando nadie lo hacía, lejos de llevar una jubilación retirada y ensimismada en el recuerdo de lo ya hecho que ha sido mucho, ahora mismo, a los ochenta y seis años, sigue atento a todo, a la vida pública y al devenir de la gente, sin resignarse a nada, a ninguna inanidad por habitual y aceptada que sea, preservando intacta la capacidad de indignación moderada, de sorna y de sarcasmo, incluso de nostalgia, de desaliento hacia algunas de las vacuas rutinas de la posmodernidad.


Cuenta don Luis que está un poco sorprendido de su tardía irrupción como literato, porque si bien su rúbrica periodística está íntimamente unida al siglo pasado, la estampada en su obra literaria está exclusivamente circunscrita al siglo XXI. Pero a mi juicio no hay tal. Cuando uno ha leído su penúltimo libro –Memorias de un niño de la Guerra- se percata de que la literatura ha latido siempre en el corazón de este eterno periodista. Ocurre, sin embargo, algo que sabemos bien quienes habitualmente colaboramos en la prensa: la crueldad de la limitación de espacio en los periódicos, ineludible obligación que convierte los artículos periodísticos en telegráficas amputaciones de textos nacidos con vocación de ser ensayos literarios. Leyendo algunas columnas de opinión, uno se da cuenta de que los periódicos se han convertido en una colección de muñones, en una fallida galería de prometedora literatura.

El buen periodista necesita dar rienda suelta a su apetito por narrar, por satisfacer su larvado enfrentamiento hacia los periódicos, cuya obligada cortedad expresiva los convierte en cirujanos cercenadores de la creación literaria. El buen periodista es alguien a quien le gusta narrar historias y sabe que no hay una sola verdad y que si dos testigos relatan lo que están viendo en un momento, posiblemente lo narrarían de forma muy diferente. Por eso, por instinto profesional, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer poemas y novelas, y por estar disconformes con el modo que se tiene de contar la realidad, los buenos periodistas acaban por desembocar antes o después en el intrincado laberinto de la ficción literaria.


Como ocurre ahora con este libro, y como ocurrió con Memorias de un niño de la Guerra, uno intuye que don Luis sabe que el periodismo debe ser ante todo un acto de servicio, un servicio al lector, al que hay que presentar la realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales disponibles. Pero en todo momento tiene que quedar muy clara la realidad de lo que se ha visto, en cuya veracidad confías, separándolo de lo que es ficción, dejando evidencia de que esos datos no son confiables. Eso es lo que precisamente hace don Luis: enmarcar la ficción, la leyenda, en unos ámbitos –el bar de carretera, el cuartelillo de la Guardia Civil, la alcoba de unos ganaderos viejos- en los que uno reconoce lo periodístico, lo verdaderamente auténtico, dentro de una ficción recreada por el autor.


Ventaja añadida de don Luis es que como narrador tiene un hermoso territorio en el que situar hechos y personajes. Algunos escritores han necesitado crear territorios imaginarios como escenarios de sus ficciones. Otros han preferido situar a sus personajes en un mundo real, existente y tangible, que limita la capacidad imaginativa del lector en lo que se refiere al paisaje, pero que sitúa a los personajes en un escenario familiar. Con ello repiten el magistral modelo de Cervantes, quien se apoderó de toda una región, La Mancha, para ubicar las correrías de sus disparatados y ficticios personajes de cuya existencia verdadera uno llega a dudar al situarlos en unos escenarios que sabemos reales porque nos resultan familiares.


Don Luis ha hecho de Guadalajara el territorio perfecto para sus incursiones literarias. Algunos novelistas trabajan con un mapa y otros con una brújula. En el segundo caso el mapa se iría haciendo mientras progresa el viaje; es el viaje mismo el que va creando el territorio, porque a la manera machadiana se hace camino al andar. No es el caso de don Luis, que conoce el mapa de sus narraciones con una preciosa minuciosidad, con la precisión del topógrafo, con la seguridad del explorador que ha recorrido milimétricamente el territorio escudriñándolo con los ojos abiertos del periodista de raza. Léanse, por poner un solo ejemplo, los primeros párrafos del capítulo dedicado a Viana, y sabrán de lo que les estoy hablando.


Reconforta mucho la lectura de otro hábito de don Luis: su afición por la palabra precisa, por la más adecuada para ofrecer una imagen de este o aquel acontecimiento, lo que obliga a tener un diccionario a mano para conocer el significado de las palabras que el autor rescata de donde habita el olvido. De su centón literario emergen palabras de otro tiempo, propias de un habla concienzuda y precisa, de sílabas rotundas, de una distinción popular que es el reverso exacto de la chabacanería que uno escucha en la calle, en el tren y en muchos medios de comunicación social. Palabras como “recuero”, “atalaje”, “collera”, “adarve”, “majano”, “cellisca” o “avilantez”, emergen de la memoria evocando nostálgicamente una España rural que se fue.

El pasado que nos trae don Luis es el de un país silencioso en blanco y negro, en el cual las noticias y los personajes agigantados por los libros de Historia se disuelven en lo cotidiano, en una trivialidad familiar en la que cuenta lo mismo el soldado real que deserta en Brihuega que el fantasma femenino y ninfal que vaga algunas noches de luna por las vecindades de Somolinos; personajes de realidad y ficción que sólo existen porque don Luis los recuerda. En su memoria los minutos del presente que se fue están cuidadosamente preservados igual que un mechón de cabello amorosamente custodiado en un viejo relicario, lo mismo que una mota de polvo sideral atrapada en una burbuja de hielo, igual que un insecto cautivo dentro de un fragmento de ámbar.

Sin ningún ánimo de convertirme en crítico, con esta reseña cumplo la obligación que me había marcado: glosar un libro que es el recuerdo del ayer como lección para el mañana, por más que me doy cuenta de que el verdadero aprecio de la literatura no es una cuestión académica sino de temperamento, y que como decía Fernando Pessoa -otro periodista devenido en literato- que aconsejar es, en cierta forma, hacer el mal de entrometerse en la vida ajena.

sábado, 30 de enero de 2010

Carlos II El Hechizado: Impotentia est maleficium





Mientras leo el recientemente publicado libro del historiador francés Joseph Pérez La légende noire de l’Espagne (Fayard, 2009), una obra continuista de quienes -como Julián Juderías y Loyot- se propusieron combatir nuestra “leyenda negra” por la expeditiva vía de desmentir su contenido, el azar de la navegación por Internet en busca de una información sobre genética de plantas me lleva al número cuatro de la revista Plos One (www.plosone.org). Por lo insólito del tema en una publicación biomédica, me llama la atención un artículo de tres genetistas de la Universidad de Santiago que se ocupa de la endogamia que acabó con la rama española de los Habsburgo, los Austrias, la dinastía que reinó en nuestro país entre 1516 y 1700.

Esta historia, como la Historia, es contagiosa. Interrumpo sin remordimiento el asunto que tenía en mente y me zambullo en la lectura de un tema que me parece apasionante y que me remite a sendos libros escritos por dos compañeros de la Universidad de Alcalá que leí hace algún tiempo: Carlos II el Hechizado. Poder y melancolía en la corte del último Austria (Temas de Hoy, 2003), de Jaime Contreras, catedrático de Historia Moderna, y Carlos II el Hechizado (colección Aqueronte de Ediciones Irreverentes, 2003), de Antonio López Alonso, un catedrático que se sitúa en la línea de los médicos con vocación literaria que, como Gregorio Marañón o Pedro Laín Entralgo, han dejado algunas de las mejores páginas de la literatura historiográfica española.



«De los cinco Austrias –escribió Gregorio Marañón en un ensayo sobre el Conde-Duque de Olivares- Carlos V inspira entusiasmo; Felipe II, respeto; Felipe III, indiferencia; Felipe IV, simpatía, y Carlos II, lástima». Durante los pocos más de cien años que transcurren entre la muerte de Felipe II (1598) y la de Carlos II (1700) -un rey que creía estar poseído por el demonio y que sólo era un tristísimo, se produce la lenta agonía de una familia que comenzó a reinar con deslumbrante brillo, alzó a la corona española hasta aquel «Imperio en el que nunca se ponía el Sol», comenzó a decaer agónicamente durante el Setecientos y sucumbió en medio de una farsa grotesca de validos corruptos, frailes milagrosos, conjuros de brujas, iluminados protomédicos, bastardos ennoblecidos, bufones contrahechos, meninas y pícaros, cuyos prototipos retrató Velázquez en el último grito de gloria de las armas españolas, La rendición de Breda, y en la miseria social de los borrachos y mendigos, símbolos de una sociedad finisecular arruinada por el vellón, desangrada en guerras que no eran suyas y diezmada por las pestes, un escenario histórico convertido en el fúnebre túmulo de una dinastía abandonada por la Providencia.



El Hechizado fue la última de las víctimas de los repetidos cruces entre parientes próximos que se dieron en sus antepasados, tanto recientes como remotos. Su coeficiente de endogamia era altísimo, similar al del fruto incestuoso de una relación entre padre e hija o entre hermano y hermana, según han demostrado los científicos gallegos basándose en el estudio de 16 generaciones antecesoras de Carlos II, lo que representa calcular el coeficiente de endogamia de 3.000 personajes regios.

El coeficiente de endogamia (F) indica la probabilidad de que alguien reciba, en una determinada localización (locus cromosómico), dos genes idénticos debido a un ancestro común de sus padres. Así, a medida que F es mayor aumentan las probabilidades de que se formen homocigotos que transportan enfermedades autosómicas recesivas. Los coeficientes normales individuales son del orden de F = 1/64 a 1/128, alrededor de 1% de riesgo de homozigosis. El análisis de la endogamia en las tres generaciones que precedieron a Carlos II es impresionante: nueve de 11 matrimonios fueron consanguíneos, de modo que El Hechizado fue descendiente de tres generaciones de abuelos y abuelas con siete matrimonios consanguíneos fácticamente incestuosos, con coeficientes de endogamia de F = 1/8 y F = 1/16, es decir con 12,5% y 6,25% de genes idénticos por descendencia. Varios miembros de la familia tenían coeficientes de endogamia superiores al 0,20, lo que significa que más del 20 por ciento del genoma se esperaba que fuera homocigótico para estos individuos. De este modo, a medida que tendían a casarse con familiares para preservar su dinastía, F iba aumentando generación tras generación: desde 0,025 en Felipe El Hermoso -fundador de la dinastía- a 0,254 en Carlos II, cuyo código genético era una verdadera bomba autodestructiva.



Impotentia est maleficium. La impotencia era una maldición diabólica. Según su contemporáneo el Duque de Maura, «Satanás se había apropiado del Rey», quien estaba «doblemente ligado por obra maléfica, para engendrar y para gobernar. Se le hechizó cuando tenía catorce años con un chocolate en el que se disolvieron los sesos de un hombre muerto para quitarle la salud y los riñones, para corromperle el semen e impedirle la generación». La realidad -nos recuerda López Alonso- era más prosaica, no había hechizo sino degeneración patológica, como puso de relieve el acta de su autopsia en la que el cirujano describe con crudeza: «No tenía el cadáver ni una gota de sangre, el corazón aparece del tamaño de un grano de pimienta; los pulmones corroídos; los intestinos putrefactos y gangrenados; un solo testículo, negro como el carbón, y la cabeza llena de agua».

Una descripción postmortem que confirmaba otras hechas en vida, como la del embajador francés cuando escribe a Luis XIV: «El príncipe parece ser extremadamente débil. Tiene en las dos mejillas una erupción de carácter herpético. La cabeza está completamente cubierta de costras. Desde hace dos o tres semanas se le ha formado debajo del oído derecho una especie de canal o desagüe que supura [...]. Asusta de feo». La descripción que el Nuncio papal remite a Roma presenta el patético retrato de un rey de 25 años: «El rey es más bien bajo que alto, [...] feo de rostro; tiene el cuello largo, la cara larga y como encorvada hacia arriba; el labio inferior típico de los Austria; [...]. No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, a una mesa u a otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero raramente; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto. Se puede hacer con él lo que se desee, pues carece de voluntad propia».

La genética había impuesto sus reglas: Cuando el 1 de noviembre de 1700 Carlos II, pronuncia sus últimas palabras –«Me duele todo»- y expira, han transcurrido exactamente dos siglos desde el nacimiento de Carlos V, cerrándose con su último estertor el negro telón del ocaso imperial tras el cual los Habsburgo no sólo perdían España sino también los Países Bajos y el Nuevo Mundo. Los Austria fueron la mejor prueba de que las grandes dinastías están inexorablemente destinadas a la extinción cuando la mezcla endogámica de las sangres reinantes trata de corregir los designios de la historia y de enfrentarse vanamente a los imperativos de la naturaleza.



Bolonia: ni lanzamiento de cohetes ni quema de contenedores



Respiro con tranquilidad. Acabo de finalizar la corrección de los exámenes finales de la asignatura que he impartido por primera vez en el recién implantado Grado de Ciencias Ambientales. Tras explicar las materias de mi especialidad con los métodos tradicionales durante casi 30 años, la aplicación práctica del método “Bolonia”, que entre otras cosas significa más trabajo para estudiantes y profesores, era para mí una nueva experiencia que aunque estaba ofreciendo unos excelentes resultados en términos de participación activa de los estudiantes en las clases teóricas y prácticas, todavía no había demostrado su eficacia en la pruebas finales. Tras corregir, compruebo con satisfacción que el trabajo continuado durante el cuatrimestre ha dado sus frutos: la mayoría de los estudiantes han superado sobradamente las pruebas.

Compruebo así que cuando hace un año estaban en su apogeo los movimientos “anti Bolonia”, ni las cosas estaban para quemar contenedores, como tampoco lo están ahora para tirar cohetes. Queda aún mucho trabajo por hacer para generalizar un modelo que implica profundos cambios metodológicos, pero sobre todo de actitud y mentalidad en estudiantes y profesores. Conviene recordar a Unamuno cuando hace un siglo escribía: «¿Reforma, revolución de la enseñanza? Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñar». Y es que lo primero que hay que asumir es un cambio en la actitud con que nos enfrentamos al proceso docente en plena “sociedad del conocimiento”, sintagma usado hasta la saciedad pero no por ello vacío de contenido.
 
Cuando hasta ahora había pronunciado a favor de la reforma había recibido miradas de escepticismo, sonrisas burlonas y frases del tipo «pues deber ser el único», a veces acompañadas de afirmaciones, algunas más apocalípticas que otras, pero casi todas negativas para Bolonia, lo que hacía pensar que la universidad española vivía en el mejor de los mundos, como si nuestros jóvenes licenciados tuvieran una formación completa gracias a los actuales planes de estudio; como si no tardaran en obtener su título una media de años escandalosamente superior a la prevista; como si la «degradación de los estudios» que perciben algunos hubiera comenzado con la aplicación de Bolonia y no la percibieran ellos mismos en las últimas décadas; como si nuestros antiguos alumnos no estuvieran abocados a encontrar un trabajo ajeno a su titulación; como si no supiéramos que en la lista de las mejores universidades del mundo no hay ninguna española.



La transmisión del conocimiento dejó de ser un poder en manos de unos pocos para volar libremente cuando a mediados del siglo XV Gutenberg inventó la imprenta abriendo con ello el principio del fin del viejo sistema dogmático de transmisión oral del conocimiento que había imperado en la Universidad medieval desde su fundación tres siglos antes. En los libros cabía más conocimiento del que podía contener el cerebro del más sabio de los maestros. Estos, en su mayoría eclesiásticos, captaron rápidamente el problema: los libros transmitían más información que ellos. Si la autoridad docente se basaba en la información y un libro acumulaba más información, se perdía el respeto al catedrático en beneficio del libro. Así que los libros, ¡al fuego! Las plazas se llenaron de hogueras que trataron de impedir la difusión de aquellos objetos que estaban cambiando el mundo. Sin embargo, el camino emprendido era entonces, como ocurre ahora con Internet, imparable e irreversible.

Aún estamos lejos de asimilar el impacto que va a suponer la prodigiosa biblioteca virtual y gratuita que es Internet, pero sin duda será mucho mayor que la que tuvo la imprenta. La nueva realidad es que la aldea global en la que se combinan lo material y lo virtual está generando una nueva forma de asimilar, de comprender, de aprender, de aprehender y de enfrentarse al mundo nuestros estudiantes que hace imprescindible que los docentes de todos los niveles la descubramos y la explotemos lo máximo posible.



Conforme he ido avanzando en mi actividad universitaria he ido aprendiendo que cuanto más conozco, más ignoro. Ahora me doy cuenta, además, de que cualquier alumno podría preguntarme: «¿Por qué cree, profesor, que usted sabe más que Internet? Todo lo que nos ha contado a lo largo de la clase lo he encontrado en mi navegador; eso, y mucho más que usted ha olvidado». Y tendría toda la razón. El acceso a la información es hoy astronómicamente mayor que el que existía no ya cuando yo estudiaba la licenciatura, sino cuando accedí a la cátedra universitaria hace veinte años. Hoy, cuando entro en el aula, reconozco el escenario y podría impartir la clase como hice siempre, porque hay estudiantes, una pizarra y tizas, una pantalla y un par de proyectores. Podría hacer lo que he hecho durante muchos años: transmitir conocimientos de forma oral. Pero el ojo ciclópeo del ordenador me abre las puertas a un mundo de infinita información. Ahora no tengo que remar; me basta con dirigir la navegación.

Como me pasó a mí y como le pasa a todos los jóvenes licenciados en el momento de su graduación, cuando se termina el último curso uno apenas retiene una fracción ínfima de los conocimientos que creyó ilusamente adquirir a lo largo de la carrera. ¿Qué sentido tiene devorar toneladas de conocimientos que se olvidan apenas superados los exámenes? ¿No es mejor enseñar a encontrarlos, recopilarlos, analizarlos y criticarlos para separar lo importante de lo superfluo y lo cierto de lo falso? ¿Acaso no es eso –abrir camino, avanzar, retroceder, indagar, escudriñar, errar y acertar- lo que hacemos los investigadores todos los días? Ya no basta con contar lo que hay que estudiar: hay que enseñar a estudiar.

Estamos en una nueva era en la que los viejos métodos ya no sirven para ir al sitio habitual por la senda habitual, porque en la nueva sociedad las distancias están desapareciendo vertiginosamente. El camino habitual es el que recorrimos nosotros y no podemos pretender que nuestros estudiantes se preparen sólo para hacer lo que hicimos nosotros. De aquí para atrás ya sabemos lo que hay. De aquí para allá está el futuro de la educación superior basado en la nueva sociedad del conocimiento, en el inmenso océano de información en el que nos corresponde enseñar a estudiar y a razonar. Hay que hacerlo para que no nos ocurra lo que decía García Márquez: «desde muy pequeño tuve que abandonar mi educación, para empezar a ir a la escuela».