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domingo, 15 de marzo de 2026

EL HOMBRE QUE CAMBIÓ EL AK-47 POR LA CORBATA

 


Una transición bajo vigilancia: Siria intenta renacer tras la caída de Bashar al Asad.

Subió al atril de la Asamblea General de Naciones Unidas con un traje de raya diplomática, corbata roja, un pulcro peinado y una barba bien cuidada. Desde allí, el actual presidente de Siria, Ahmed al Sharaa, pronunció su discurso con semblante sereno y un tono moderado, casi académico. Pocos habrían reconocido en ese hombre a Abu Mohammad al-Julani, el antiguo líder de Jabhat al Nusra, la rama siria de Al Qaeda, durante años uno de los yihadistas más buscados del planeta.

La escena tenía algo de parábola política. Durante más de una década, el nombre de Julani estuvo asociado a las milicias islamistas que combatieron en la guerra civil siria. Jabhat al Nusra surgió en 2012 como filial de Al Qaeda y se convirtió en una de las fuerzas insurgentes más eficaces contra el régimen de Bashar al Asad. Años después, tras sucesivas mutaciones organizativas y estratégicas, aquella milicia acabaría integrándose en Hayat Tahrir al Sham, el movimiento que terminaría dominando gran parte del noroeste sirio. Cuando el régimen de Damasco colapsó en diciembre de 2024 tras una ofensiva rebelde fulminante, Julani —ya bajo su nombre civil Ahmed al Sharaa— emergió como el hombre fuerte del nuevo país. Hoy es presidente.

Al Sharaa aseguró en su discurso que Siria ha emprendido profundas transformaciones tras la huida de Al Asad. «Desde el mismo momento en que cayó el régimen anterior, establecimos una política estratégica clara construida sobre tres pilares: diplomacia equilibrada, seguridad y estabilidad, y desarrollo económico», afirmó. «Estamos construyendo instituciones y leyes que garanticen los derechos de todos sin excepción».

En el plano internacional, su gobierno ha cosechado algunos éxitos notables. Estados Unidos, Naciones Unidas y varios países occidentales han levantado progresivamente sanciones que durante años asfixiaron la economía siria. Al Sharaa ha visitado el Kremlin y también el Despacho Oval, convirtiéndose en el primer presidente sirio en hacerlo. En términos diplomáticos, Siria ha dejado de ser un Estado paria.

Pero dentro del país la historia es más compleja. Un año después de la caída del régimen, Naciones Unidas ofrece un balance ambivalente. Desde la oficina de Derechos Humanos reconocen algunos avances: la creación de comisiones nacionales de justicia transicional y de búsqueda de desaparecidos, o la celebración de unas elecciones preliminares para elegir un Parlamento provisional. Son señales de institucionalización en un país que durante décadas estuvo dominado por un aparato de seguridad omnipresente.

Al mismo tiempo, persisten sombras inquietantes. «Continuamos recibiendo denuncias preocupantes de ejecuciones sumarias, asesinatos y abducciones arbitrarias, a menudo dirigidas contra miembros de comunidades acusadas de afinidad con el antiguo gobierno», advertía recientemente Thameen Al Kheetan, portavoz de la oficina de derechos humanos de la ONU.

La violencia contra la comunidad alauí —la minoría chií a la que pertenecía la familia Asad— reavivó este año uno de los mayores temores desde el colapso del régimen: el riesgo de que Siria derive hacia un conflicto sectario. En marzo, hombres armados, muchos afiliados a Hayat Tahrir al Sham, llevaron a cabo ataques coordinados en más de treinta localidades alauíes, con cientos de muertos.

No fue el único episodio. En verano, enfrentamientos en la ciudad drusa de Suweida dejaron alrededor de 1 200 muertos y miles de desplazados. La violencia ha reabierto heridas profundas y ha recordado a muchos el origen yihadista del propio presidente. Otros, simplemente, dudan de su capacidad para controlar a las facciones más radicales de su movimiento o a sectores indisciplinados de unas fuerzas armadas aún en proceso de reorganización.

Las sospechas recaen también sobre la propia genealogía política del nuevo poder. Hayat Tahrir al Sham, el movimiento que hoy domina el aparato estatal, nació de la antigua red insurgente vinculada a Al Qaeda. Aunque Al Sharaa insiste en que su proyecto político ha evolucionado hacia un modelo nacionalista y pragmático, la memoria de esa procedencia sigue pesando.

Mientras tanto, la nueva Siria afronta una tarea colosal: reconstruir un país devastado. Según estimaciones del Banco Mundial, la guerra provocó una caída del 53 % del PIB sirio entre 2010 y 2022. La destrucción material es inmensa. Las infraestructuras básicas —agua potable, electricidad, hospitales, transporte— representan cerca del 48 % de los daños totales. A ello se suman ciudades enteras reducidas a escombros. El coste estimado de la reconstrucción asciende a unos 216 000 millones de dólares.

Para el gobierno de Damasco, esa es ahora la prioridad absoluta. Pero el desafío es descomunal. El Banco Mundial calcula que los costes de reconstrucción superan en diez veces el PIB proyectado de Siria para 2024. Al Sharaa ha firmado acuerdos de inversión con varios países de la región. Las petromonarquías del Golfo —Arabia Saudí y Catar— han prometido fondos para infraestructuras, mientras que Turquía participa en proyectos de transporte y energía. Aun así, el horizonte sigue siendo incierto y cualquier estallido de violencia interna podría ralentizar los avances.

El coste humano de la guerra sigue siendo aún más devastador. Entre 300 000 y 470 000 personas murieron en el conflicto. Más de seis millones huyeron al extranjero y once millones fueron desplazadas dentro del país. Tras catorce años de guerra, Siria está profundamente desestructurada socialmente. Hoy, cerca del 90% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza.

Aun así, la caída del régimen de Asad abrió una ventana de esperanza. Según datos de ACNUR, entre diciembre de 2024 y junio de 2025 más de un millón de refugiados sirios regresaron al país. Muchos volvieron a ciudades irreconocibles, barrios convertidos en montañas de hormigón roto y campos abandonados.

La euforia inicial por el final de una dictadura de décadas ha ido dando paso a un sentimiento más prudente. La reconstrucción será larga, los fantasmas del pasado siguen presentes y la nueva Siria deberá aprender a caminar sobre un terreno político frágil. Incluso las amenazas externas —la más reciente, la tensión con Israel— añaden presión a una transición que todavía está lejos de consolidarse.

Quizá por eso la imagen del presidente en Naciones Unidas resulta tan simbólica. El hombre que durante años fue conocido como Abu Mohammad al Julani —combatiente islamista, líder insurgente, comandante de milicia— aparece ahora vestido con traje oscuro y corbata diplomática ante el mundo.

Cambió el AK-47 por la corbata. Pero Siria aún tiene que demostrar que también ha cambiado de destino.