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sábado, 21 de marzo de 2026

LA ISLA QUE SE APAGA: CUBA EN LA ERA DE LA PRESIÓN TOTAL

 

Cuba vuelve a asomarse a ese precipicio que en la isla no necesita traducción: el de las crisis que lo abarcan todo. No son solo la economía o la política. Es algo más denso, más atmosférico. Una sensación que se cuela en las casas cuando se apaga la luz, en los hospitales cuando falta combustible, en los aeropuertos cuando los vuelos dejan de llegar. Esta vez, el golpe no ha venido de dentro, ni siquiera directamente de Washington. Ha llegado desde Caracas, pero ha terminado golpeando en La Habana.

La captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero ha desencadenado una reacción en cadena que ha dejado a Cuba expuesta como pocas veces desde el final de la Guerra Fría. Durante años, la alianza entre ambos países fue mucho más que una afinidad ideológica: era un sistema de supervivencia. Venezuela enviaba petróleo; Cuba ofrecía médicos, inteligencia y apoyo político. Un intercambio desigual pero funcional. Ahora, ese engranaje se ha roto de forma abrupta.

Sin el crudo venezolano subvencionado, la economía cubana ha quedado suspendida en el aire. No hay sustituto inmediato, ni red de seguridad. Lo que durante décadas fue un flujo constante de energía se ha evaporado en cuestión de días. Y en una isla donde todo —desde el transporte hasta la producción de alimentos y la atención hospitalaria— depende del combustible, la ausencia se convierte rápidamente en parálisis.

En ese vacío ha entrado Estados Unidos con una rapidez que sugiere planificación más que improvisación. La Administración de Donald Trump ha decidido aprovechar el momento. Desde principios de enero, Washington ha desplegado una estrategia de presión que combina sanciones energéticas, amenazas comerciales y aislamiento financiero. El objetivo es claro: cerrar cualquier vía alternativa de suministro.

El mensaje ha sido directo. Cualquier país que intente abastecer de combustible a Cuba se expone a aranceles o represalias económicas. El efecto ha sido inmediato y, en algunos sectores, devastador. Varias aerolíneas internacionales han suspendido sus rutas hacia la isla tras recibir advertencias de que no podrían repostar en aeropuertos cubanos. Entre ellas, compañías de mercados clave como Canadá o Rusia, pilares del turismo que todavía sostenía parte de la entrada de divisas.

La consecuencia no es solo la reducción de vuelos. Es el estrangulamiento progresivo de uno de los últimos sectores funcionales de la economía cubana. Menos turistas significa menos ingresos, menos divisas, menos capacidad de importar alimentos o medicinas. Es una cadena que se retroalimenta y que, en cuestión de semanas, puede acelerar el deterioro general.

En medio de esa presión creciente, Trump ha ido un paso más allá en el terreno retórico. Esta semana, en una declaración que ha resonado tanto en Washington como en La Habana, afirmó: «Creo que tendré… el honor de tomar Cuba. Ya sea liberarla, tomarla —podré hacer lo que quiera con ella—. Es una nación muy debilitada en este momento». No es solo una frase provocadora. Es una señal política.

Porque, más allá del lenguaje hiperbólico, lo que subyace es una hipótesis estratégica: que Cuba, en su estado actual de vulnerabilidad, podría ser empujada hacia un punto de ruptura. No mediante una intervención militar —al menos no en los términos clásicos—, sino a través de una asfixia económica sostenida que desestabilice el sistema desde dentro.

En esa arquitectura de presión, el papel de Marco Rubio resulta central. Hijo de inmigrantes cubanos y figura clave en la política hacia América Latina, Rubio lleva años defendiendo una línea dura contra el régimen de La Habana. Su diagnóstico es claro y repetido: el problema de Cuba no es externo, sino interno. Es, en sus palabras, «el instinto del régimen por el control total.

Dentro de la Administración Trump, esa visión justifica una estrategia que descarta concesiones y apuesta por el desgaste. Según Rubio, las autoridades cubanas «preferirían estar a cargo de un país moribundo antes que permitirle prosperar». La frase, más allá de su carga ideológica, resume el enfoque de Washington: no hay espacio para una salida negociada si no implica cambios estructurales en el sistema político cubano.

Mientras tanto, la realidad en la isla se mide en indicadores mucho más inmediatos. Esta semana, Cuba ha sufrido un apagón nacional de treinta horas consecutivas, el sexto en apenas dieciocho meses. No se trata de cortes puntuales, sino de fallos sistémicos que afectan a todo el país. Hospitales funcionando con generadores, transporte público prácticamente detenido, universidades trasladando sus clases a formatos improvisados en línea.

Por su parte, el peso cubano sigue cayendo en el mercado informal, reflejo de una economía que se desliza hacia la dolarización de facto sin tener acceso real a dólares. La inflación erosiona los salarios, y la escasez de productos básicos —desde alimentos hasta medicamentos— se ha convertido en un elemento estructural de la vida cotidiana.

En los círculos diplomáticos en La Habana, el lenguaje también ha cambiado. Ya no se habla solo de dificultades, sino de escenarios de contingencia. Embajadas que revisan planes de evacuación, organismos internacionales que calculan reservas de emergencia, informes que advierten de un posible colapso logístico en cuestión de semanas si no se restablece el suministro de combustible.

El Gobierno cubano, encabezado por Miguel Díaz-Canel, mantiene públicamente una posición de resistencia. Ha rechazado cualquier idea de rendición y ha reiterado su disposición a dialogar con Estados Unidos, aunque «sin presiones ni condiciones previas». Es una fórmula conocida, utilizada en otras crisis, pero que ahora suena más frágil que nunca.

Porque el contexto internacional ha cambiado de forma significativa. En los años noventa, tras el colapso de la Unión Soviética, Cuba logró sobrevivir a lo que denominó “Periodo Especial” gracias, en parte, a una combinación de reformas internas y nuevos apoyos externos. Hoy, ese margen no existe. Ni Rusia ni China han mostrado intención de intervenir de manera decisiva en el plano energético. Su respaldo es, por ahora, más retórico que material.

En América Latina, la respuesta ha sido igualmente limitada. Los gobiernos de izquierda, tradicionalmente cercanos a La Habana, han optado por una cautela que roza la pasividad. La única excepción parcial ha sido México, donde la presidenta Claudia Sheinbaum ha ofrecido ayuda humanitaria, aunque cuidadosamente calibrada para evitar una confrontación directa con Washington. En términos prácticos, no es suficiente para sostener el sistema energético cubano.

En este escenario, la sensación que se extiende entre diplomáticos y analistas es que Estados Unidos está probando una hipótesis arriesgada: que la presión económica, llevada al extremo, puede desencadenar un cambio interno en Cuba. No necesariamente inmediato, ni necesariamente ordenado, pero sí suficiente para alterar el equilibrio político de la isla.

Es una apuesta que entraña riesgos. La historia reciente muestra que las crisis profundas no siempre conducen a transiciones democráticas. A veces generan mayor control, mayor represión o simplemente un deterioro prolongado sin desenlace claro.

Por ahora, Cuba avanza hacia ese terreno incierto. Sus dirigentes apelan a la resistencia, su población se prepara para una escasez que ya no parece temporal y su futuro inmediato depende, en gran medida, de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. En Washington, en Caracas, en capitales donde la isla es más un tablero geopolítico que un país de once millones de personas.

Y, mientras tanto, en La Habana, la luz sigue apagándose.