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lunes, 2 de marzo de 2026

ORMUZ Y BAB AL MANDEB: LAS PINZAS MARÍTIMAS DE IRÁN

 


Oriente Medio se explica muchas veces desde la tierra —Gaza, Damasco, Beirut—, pero se decide en el mar. Hay dos puntos en el mapa donde la geografía se convierte en política pura: los estrechos de Ormuz y de Bab al Mandeb. Dos gargantas de agua, dos cuellos de botella, dos lugares donde la economía mundial pasa en fila india. Entre ambos se dibuja una pinza. Y en el centro de esa pinza aparece Irán.

El estrecho de Ormuz, apenas 34 kilómetros en su punto más angosto, separa Irán de Omán. Es la salida obligada del golfo Pérsico. Por allí transitan cada día en torno a veinte millones de barriles de petróleo, aproximadamente una quinta parte del consumo mundial. Es decir, uno de cada cinco barriles que mueve la economía global pasa por ese corredor vigilado.

También circula por Ormuz cerca de un tercio del comercio marítimo mundial de gas natural licuado (GNL). Qatar —uno de los mayores exportadores del planeta— no tiene otra salida. Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak y Arabia Saudí dependen en gran medida de esa misma puerta.

En la ribera norte está Irán. Con 2 400 kilómetros de litoral en el golfo Pérsico y el mar de Omán, Teherán no necesita cerrar Ormuz para influir. Le basta con insinuarlo. Con ejercicios navales. Con la detención puntual de petroleros. Con el recordatorio constante de que la arteria es estrecha y vulnerable.


Durante la guerra Irán-Irak en los años ochenta, la llamada “guerra de los petroleros” convirtió el estrecho en campo de batalla flotante. Hoy el pulso es más sofisticado: sanciones, incautaciones, escoltas navales occidentales. Pero la lógica es la misma: Ormuz es una válvula. Y quien controla la válvula condiciona el precio del barril en Nueva York o Róterdam.

Bab al Mandeb es la puerta del mar Rojo. Al otro lado de la península arábiga, entre Yemen y Yibuti, se abre Bab al Mandeb, “la puerta de las lágrimas”. Apenas veintinueve kilómetros de ancho en su paso principal. Es la entrada sur del mar Rojo y, por tanto, la antesala del canal de Suez.

Por allí transitan entre seis y siete millones de barriles de petróleo diarios, además de productos refinados. Pero su importancia va más allá de la energía: en ese corredor se concentra cerca del 12% del comercio mundial y aproximadamente el 30% del tráfico global de contenedores. Es la autopista marítima que conecta las fábricas de Asia oriental con los mercados europeos. Cuando esa puerta se altera, el efecto es inmediato. Las rutas se desvían bordeando el cabo de Buena Esperanza, añadiendo miles de millas náuticas, semanas de navegación y sobrecostes millonarios en seguros y combustible.

En la orilla asiática está Yemen. Y en buena parte del norte y el oeste yemení gobiernan las milicias hutíes,alineadas estratégicamente con Irán. Desde allí han lanzado ataques contra buques mercantes en el mar Rojo en respuesta a la guerra de Gaza, demostrando que un actor no estatal puede tensionar una de las principales arterias del comercio global.

Los bombardeos contra posiciones hutíes han sido periódicos. No han eliminado su capacidad. Siguen ahí. Y cada vez que la región se incendia, reactivan el frente meridional.

Entre Ormuz y Bab al Mandeb se dibuja una continuidad geopolítica. Irán vigila el primero desde su propio territorio. El segundo lo influye indirectamente a través de sus aliados yemeníes. Es una pinza asimétrica, no una ocupación formal. Pero suficiente para introducir incertidumbre en los mercados energéticos. A esto se suma la presencia militar internacional. En Yibuti conviven bases de Estados Unidos, Francia y China. En el golfo Pérsico operan flotillas occidentales permanentes. La militarización de ambos estrechos es proporcional a su importancia.

La relevancia de estos pasos no se limita al crudo. Por Ormuz circulan también petroquímicos, productos refinados y una parte sustancial del GNL mundial. Por Bab al Mandeb transitan graneles, manufacturas, alimentos, automóviles y componentes industriales. Son eslabones de la gran cadena logística que une Shanghái con Hamburgo y Nueva York.

Cuando un misil cae cerca de esa ruta, no sólo se altera un conflicto regional. Se tensiona el precio del gas en Europa, se encarece el transporte marítimo y se reconfiguran calendarios de suministro en tres continentes.

Ormuz y Bab al Mandeb no son simples accidentes geográficos. Son instrumentos. Son la geografía convertida en política. Su estrechez los convierte en multiplicadores de poder. No hace falta cerrarlos de forma permanente; basta con demostrar que podrían cerrarse. En un mundo interdependiente, los cuellos de botella valen más que los desiertos que los rodean.

Y en esa cartografía de estrechos, Irán ha comprendido algo esencial: el control indirecto, la capacidad de amenaza creíble y la inserción de aliados locales bastan para situarse en el centro de la conversación estratégica global.

Mientras el petróleo y el gas sigan fluyendo por esas aguas —y mientras el 12% del comercio mundial dependa del paso por el mar Rojo—, Ormuz y Bab al Mandeb seguirán siendo algo más que líneas azules en el mapa. Serán la medida exacta de hasta qué punto la economía mundial cabe en apenas treinta kilómetros de agua.