Estados Unidos trabaja en
erosionar la red de soporte internacional tejida por China en los últimos 20
años, aprovechando la ventaja de Washington como líder mundial de la energía
sucia, pero el gigante asiático tiene la despensa llena de petróleo desde antes
de comenzar el conflicto iraní.
El concepto “electroestado” es un
término reciente utilizado por algunos analistas de geopolítica y energía para
describir a un país cuya base de poder económico, industrial y estratégico
descansa en el dominio de la electricidad, especialmente la producida mediante
energías renovables y tecnologías electrificadas. El término se ha aplicado a
China, porque su estrategia industrial y energética está orientada a sustituir
progresivamente la dependencia de combustibles fósiles por un sistema económico
basado en la electricidad.
Mientras Occidente entra en
pánico ante la posibilidad de que el barril supere los 110 dólares, en Pekín
reina una calma inquietante. El gigante asiático observa la crisis con la
frialdad de quien lleva años preparándose para ella. Durante meses el debate
energético global giró en torno al exceso de oferta, pero el verdadero ganador
de esta tormenta no está disparando misiles ni desplegando portaaviones: lleva
tiempo llenando depósitos de crudo en silencio.
La geopolítica mundial saltó por
los aires a pocas semanas de la esperada cumbre entre Donald Trump y Xi
Jinping. Los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel —bautizados como
“Operación Furia Épica”— culminaron con el asesinato del líder supremo iraní,
el ayatolá Alí Jamenei. La respuesta de Teherán fue inmediata: una lluvia de
misiles y drones contra aliados estadounidenses en la región. La política
interna se asentó sustituyendo rápidamente al líder asesinado por su hijo.
El impacto más inmediato se
sintió en el agua. El estrecho de Ormuz, por donde circulan unos veinte
millones de barriles diarios —aproximadamente el 20% del petróleo mundial—, ha
quedado bloqueado de facto. Las tarifas para contratar superpetroleros en la
ruta del Golfo a Asia se han disparado y las aseguradoras han elevado las
primas de riesgo de guerra. El mercado ha reaccionado con nerviosismo.
Sobre el papel, la crisis debería
ser una pesadilla para Xi Jinping. China es el mayor importador de petróleo del
planeta y depende del exterior para cerca de tres cuartas partes de su consumo.
La estrategia estadounidense parece clara: presionar a los productores que
alimentan la maquinaria industrial china con crudo barato.
La ofensiva comenzó antes. A
principios de este año, la captura militar de Nicolás Maduro inauguró lo que
algunos analistas han bautizado como la “Doctrina Donroe”: el intento de
Washington de dominar el mapa energético global. Si Estados Unidos lograra integrar
la producción venezolana con la suya propia y con la de Guyana, podría
controlar alrededor del 30% de las reservas mundiales.
En teoría, eso debería haber
golpeado directamente a Pekín. El petróleo venezolano representaba
aproximadamente el 4% de sus importaciones marítimas. Pero la geología y la
realidad industrial han frenado el entusiasmo estratégico de Washington. La
infraestructura venezolana está tan deteriorada que cargar un superpetrolero
puede tardar cinco días, y el crudo llega tan contaminado que varias refinerías
asiáticas han cancelado pedidos. Recuperar el sector requeriría inversiones
cercanas a los 10 000 millones de dólares anuales durante una década.
La crisis iraní tampoco ha sido
menor. China compró el año pasado alrededor del 80% de las exportaciones
marítimas de crudo iraní —unos 1,38 millones de barriles diarios—, lo que
supone más del 13% de sus importaciones marítimas totales. Durante años, Pekín
aprovechó el petróleo sancionado y barato de Irán y Venezuela para alimentar su
competitividad industrial. Perder ambos suministros habría sido un golpe serio.
Las refinerías independientes chinas —las llamadas “teteras” de la provincia de
Shandong— habrían tenido que acudir al mercado abierto, mucho más caro,
importando inflación y frenando el crecimiento.
Sin embargo, si los analistas
occidentales esperaban ver a China arrinconada, se equivocaban. Pekín lleva
años anticipando un escenario de aislamiento energético y ha construido un plan
de cuatro pilares para amortiguar crisis como la de Ormuz.
El primero fue el almacenamiento.
Mientras en 2025 el mundo temía un exceso de oferta petrolera, China compraba
discretamente millones de barriles adicionales. El año pasado gastó unos 10 000
millones de dólares en adquirir 150 millones de barriles que no necesitaba de
inmediato, absorbiendo más del 90% de la capacidad de almacenamiento comercial
disponible en el planeta. Gracias a una nueva ley energética que obliga a
empresas públicas y privadas a mantener reservas, el país dispone hoy de
existencias equivalentes a unos tres meses de importaciones.
El segundo pilar es la producción
doméstica. Bajo la bandera de la seguridad nacional, China invierte cerca de 80
000 millones de dólares al año en sus campos petroleros estatales. En marzo de
2025 alcanzó un pico de producción de 4,6 millones de barriles diarios y
completó la perforación del pozo petrolero más profundo de Asia, con más de
diez kilómetros de profundidad. El objetivo no es la rentabilidad inmediata,
sino reducir la vulnerabilidad estratégica.
El tercer movimiento ha sido
geográfico. Con Irán y Venezuela debilitados, Pekín ha girado hacia Rusia y
Arabia Saudí. Las refinerías chinas están absorbiendo volúmenes récord de crudo
ruso, mientras Riad ha reducido el precio oficial de su petróleo para ganar
cuota en Asia. El resultado es un flujo creciente de barriles hacia los puertos
chinos justo cuando otras rutas energéticas se vuelven inciertas.
El cuarto pilar es,
paradójicamente, salir del petróleo. China está acelerando su transición
energética con una lógica claramente estratégica. El año pasado los vehículos
eléctricos representaron aproximadamente la mitad de las ventas de automóviles
nuevos en el país. Al mismo tiempo, el nuevo plan quinquenal impulsa una
expansión masiva de la energía solar y eólica: solo en un año se añadieron más
de 430 gigavatios de capacidad renovable. A diferencia del petróleo que cruza
Ormuz, la luz del sol no puede ser bloqueada por una flota militar.
Estados Unidos está asumiendo
enormes riesgos militares para dominar los puntos de estrangulamiento del
petróleo del siglo XX. Occidente teme un repunte inflacionario que golpee
directamente a los consumidores. Pero a miles de kilómetros del caos de Oriente
Medio, el tablero energético se ve de otra manera.
China domina ya cerca del 74% de
la fabricación mundial de tecnologías renovables y ha utilizado durante años el
petróleo barato para financiar su propia transición energética. Mientras el
mundo discute sobre barriles atrapados en aguas turbulentas, Pekín observa
desde la distancia con los depósitos llenos.
El concepto “electroestado” parte
de un contraste histórico. Durante el siglo XX, el poder internacional estuvo
muy ligado a los llamados “petroestados”, países que dominaban reservas de
petróleo o controlaban las rutas del crudo. En el siglo XXI, según esta
interpretación, el poder podría desplazarse hacia los países que controlen la
generación eléctrica barata y las tecnologías que la utilizan. En ese sentido,
China reúne varias características que explican el término:
Produce cerca de tres cuartas partes de los paneles solares
y componentes renovables del mundo.
Es el mayor fabricante de baterías y vehículos eléctricos.
Instala más capacidad solar y eólica cada año que cualquier
otro país.
Ha construido una enorme red
eléctrica nacional y sistemas de almacenamiento energético.
El objetivo estratégico es claro:
sustituir gradualmente la dependencia del petróleo importado por un sistema
basado en electricidad doméstica abundante, generada por renovables, nuclear e
hidroeléctrica. En ese marco, el “electroestado” no se define solo por producir
electricidad, sino por dominar toda la cadena tecnológica de la
electrificación: generación, redes, baterías, vehículos, industria y
almacenamiento. Según muchos analistas que usan el término, esto podría dar a
China en el siglo XXI una posición comparable a la que tuvieron los grandes
productores de petróleo en el siglo XX.
Las guerras energéticas rara vez
se deciden en el momento del estallido. Se ganan mucho antes, en silencio,
cuando nadie está mirando. Y en esta crisis, China parece haber llegado
preparada.