| Fuente: Política exterior. Dominio público. |
Oriente Medio no se entiende ya
sólo con
el eje clásico suní–chií. Esa fractura existe, estructura alianzas y da
lenguaje simbólico a los conflictos. Pero sobre ella se ha superpuesto una
segunda capa: la competencia entre potencias regionales —principalmente Irán y
Arabia Saudí—. Y, finalmente, una tercera: la proliferación de actores armados
no estatales que operan como prolongaciones estratégicas de esa rivalidad.
Ahí es donde entran los hutíes. Conviene
aclararlo de entrada: el Movimiento hutí no constituye una nueva corriente del
islam. Los hutíes pertenecen al zaidismo, una rama del chiismo históricamente
asentada en el norte de Yemen. El zaidismo es probablemente la variante chií
más cercana al sunismo. Reconoce que el líder legítimo debe descender de Alí,
pero no le atribuye infalibilidad ni una designación divina cerrada, como
ocurre en el chiismo duodecimano —la rama mayoritaria del chiismo, que cree en
una sucesión de doce imanes legítimos descendientes de Alí, el yerno del
profeta Mahoma— dominante en Irán. En derecho islámico y práctica religiosa,
sus diferencias con el sunismo son relativamente menores.
Durante casi mil años, imanes
zaidíes gobernaron amplias zonas del norte de Yemen. No era una teocracia
moderna, sino un sistema híbrido entre autoridad religiosa y estructura tribal.
Esa tradición cayó en 1962, pero la identidad zaidí permaneció. Los hutíes
emergen de ese sustrato. Su convergencia con Irán es más geopolítica que
doctrinal.
Durante siglos, los imanes
zaidíes gobernaron esa región sin que el país estuviera permanentemente en
guerra sectaria. La dimensión confesional se intensificó cuando la política
regional entró en combustión.
En 2014 los hutíes tomaron Saná.
En 2015 comenzó la intervención militar liderada por Arabia Saudí. Desde
entonces, Yemen se convirtió en escenario de una guerra prolongada, con
bombardeos periódicos contra posiciones hutíes. Sin embargo, la experiencia acumulada
es elocuente: los bombardeos han castigado infraestructuras y capacidades, pero
no han eliminado el movimiento. Es poco probable que una nueva ronda de ataques los intimide: están acostumbrados.
Aunque geográficamente alejados
del conflicto de Gaza, Irán provee a los hutíes de un arsenal avanzado –drones,
helicópteros y cohetes– con el que la milicia amenaza la vital ruta marítima
del Mar Rojo, por donde transita un 12% del comercio mundial camino del Canal
de Suez. La peligrosidad de la ruta dispara los costes de transporte y
repercute directamente sobre las economías occidentales.
En otras palabras, gracias a su
alianza con los hutíes, Irán es capaz de asfixiar el comercio de los países
aliados de Israel. Ello ha obligado a Estados Unidos a armar una coalición
naval junto con veinte países (entre los cuales se encuentran Reino Unido,
Australia, Baréin y Dinamarca) para poner coto a los ataques en el mar –en lo
que ha pasado a denominarse Operación Guardián de la Prosperidad. Estados
Unidos, sin embargo, lidia aquí con la tibieza de algunos países árabes, como
Egipto o Arabia Saudí, los cuales, aunque perjudicados por los ataques hutíes
al comercio, se resisten a tomar partido en una coalición que abiertamente
busca proteger uno de los flancos contra Israel.
A través de este eje que conecta Teherán, el sur de Líbano, Gaza y Yemen, Irán ha logrado subrogar su enfrentamiento con Israel y llevarlo al mismo tiempo a una multitud de frentes. En definitiva, el eje de resistencia ha causado la globalización de la guerra de Gaza.
El resultado es una paradoja
estratégica: los hutíes siguen operativos, siguen armados y siguen presentes. Lo
decisivo es que los hutíes ya no son sólo un actor yemení. Con el paso de los
años han desarrollado capacidad de misiles y drones de largo alcance. Han
atacado infraestructuras energéticas saudíes y han demostrado alcance regional.
Y cuando estalla una crisis entre
Israel y los actores del llamado “eje de resistencia”, los hutíes suelen
activar su propio frente simbólico. Lanzan proyectiles hacia el sur, anuncian
solidaridad con Gaza o con Hezbolá y se colocan en el tablero regional.
En términos estrictamente
militares, su capacidad frente a Israel es limitada. En términos políticos, no
lo es tanto. Cada lanzamiento cumple una función: mostrar alineamiento con
Teherán, reforzar su narrativa interna y recordarle a la región que el conflicto
no se circunscribe a una sola frontera.
El esquema se repite:
Escalada en Gaza o Líbano.
Declaraciones hutíes.
Lanzamiento de misiles o drones.
Respuesta defensiva o ataques puntuales.
Y vuelta al
equilibrio inestable.
Los bombardeos esporádicos contra
posiciones hutíes no han alterado esa lógica. El movimiento mantiene cohesión
interna, control territorial significativo en el norte de Yemen y capacidad de
movilización.
No son una superpotencia. Pero
tampoco un actor marginal. Si se observa el mapa de norte a sur, aparece el eje
que atraviesa el mapa en una continuidad estratégica: Hezbolá en el Líbano; milicias
chiíes en Irak; el régimen sirio, aliado de Teherán, y, en el extremo
meridional de la península arábiga, los hutíes.
No forman un bloque homogéneo ni
obedecen a un mando único, pero comparten alineamiento estratégico con Irán y
una narrativa común de resistencia frente a Israel y frente a las potencias
suníes. Ese es el tercer nivel del conflicto: las milicias como arquitectura
regional.
Reducir todo a una guerra
religiosa simplifica en exceso. El sunismo y el chiismo explican identidades
profundas, pero lo que hoy determina los ciclos de violencia es la interacción
entre Estados débiles y actores armados autónomos.
Yemen, como Líbano o Irak, es un
Estado cuya soberanía está fragmentada. Cuando la soberanía se fragmenta, otros
llenan el vacío. En ese vacío prosperan organizaciones capaces de resistir
campañas aéreas, adaptarse, dispersarse y reaparecer.
El caso hutí ilustra un fenómeno
más amplio: la dificultad de traducir superioridad aérea en control político
duradero. Los bombardeos pueden degradar capacidades, pero no siempre desmontan
estructuras sociales, redes tribales y legitimidades locales. Por eso, tras
cada oleada de ataques, los hutíes siguen ahí. Declarando, movilizando y,
cuando lo consideran oportuno, lanzando misiles que reinsertan Yemen en la
ecuación regional.
No son una tercera rama del
islam. Son algo más contemporáneo: la expresión militarizada de una fractura
geopolítica que desborda fronteras. Y mientras esa fractura siga abierta, el
sur de la península arábiga seguirá conectado —aunque esté a miles de
kilómetros— con cualquier chispa que salte en el Levante mediterráneo.