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lunes, 9 de marzo de 2026

SIN BOTAS SOBRE EL TERRENO

 

El fin de la Guerra Fría trajo unos años de euforia. Parecía que el bien —la democracia liberal y el capitalismo de mercado— había ganado la partida para siempre. Incluso hubo quien proclamó que la historia había terminado. Lo escribió Francis Fukuyama en un libro de 1992 que se hizo famosísimo y que hoy se recuerda sobre todo por lo espectacularmente equivocado de sus pronósticos, lo cual es una desgracia considerable en un libro dedicado a hacer pronósticos.

Ese mismo año Estados Unidos se metió en la guerra de Somalia. El desembarco fue casi cinematográfico: marines llegando a la playa bajo las luces de los focos y con las cámaras de la CNN retransmitiendo en directo. Aquello parecía el comienzo de una misión humanitaria ejemplar. Como tantas veces en política internacional, la escena era más sencilla que la realidad.

Somalia era —y sigue siendo— un lugar complicado, con muchos clanes, muchas armas y poca paciencia con los extranjeros que llegan a arreglar las cosas sin haber sido invitados a la fiesta. La misión terminó en desastre tras la batalla de Mogadiscio en 1993, cuando las milicias locales derribaron varios helicópteros estadounidenses. La escena inspiró después la película Black Hawk derribado. Somalia, treinta y cuatro años después de la cinematográfica invasión playera, sigue partida en varios trozos y con un grupo yihadista, Al-Shabaab, surgido en aquel caos, que todavía hoy combate al debilitado gobierno central.

Después llegó el 11 de septiembre de 2001. Tras los atentados contra las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió Afganistán para capturar a Osama bin Laden y echar del poder a los talibanes. Los talibanes eran un movimiento bastante peculiar: una mezcla de guerrilla religiosa y medievalismo armado que, curiosamente, había recibido ayuda estadounidense durante la guerra contra los soviéticos. La historia está muy bien contada en la película La guerra de Charlie Wilson, donde un congresista tejano y un agente de la CIA ayudan a financiar a los muyahidines afganos para que disparen misiles contra los helicópteros soviéticos.

Veinte años después, en 2021, los estadounidenses se marcharon de Afganistán. Los talibanes regresaron al poder con una rapidez sorprendente y con un programa político que no parecía haber evolucionado demasiado desde los años noventa.

Fuerzas armadas británicas evacuan a afganos en el aeropuerto de Kabul. Lphot Ben Shread/Cedida por el Gobierno británico.

Pero la gran aventura militar de principios de siglo fue otra. George W. Bush —un presidente al que hoy algunos recuerdan con cierta nostalgia, lo cual dice bastante sobre la evolución del panorama— convenció a varios aliados, entre ellos Tony Blair y José María Aznar, para invadir Irak. El argumento era que el régimen de Saddam Hussein escondía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo.

Irak era entonces un país debilitado por décadas de conflictos. Desde finales de los años setenta Saddam Hussein gobernaba mediante un régimen autoritario sostenido por el partido Baaz. El país había quedado exhausto tras la guerra contra Irán en los años ochenta y la guerra del Golfo de 1991, que empezó cuando Irak decidió invadir Kuwait. Después llegaron las sanciones internacionales, el aislamiento y una economía cada vez más deteriorada. El régimen seguía siendo fuerte en lo interno, pero el país era una olla a presión.

La invasión de marzo de 2003 fue rápida. Las tropas estadounidenses entraron en Bagdad en pocas semanas, el régimen se derrumbó y Saddam Hussein fue capturado ese mismo año. En 2006 sería ejecutado tras un juicio organizado por el nuevo gobierno iraquí. La victoria militar fue fulgurante. La paz, en cambio, nunca llegó.

El colapso del Estado iraquí desencadenó una insurgencia armada, atentados terroristas y una guerra sectaria entre suníes y chiíes que dejó miles de muertos y ciudades enteras destrozadas. En ese caos apareció Al-Qaeda en Irak, que más tarde evolucionaría hacia el llamado Estado Islámico (ISIS). Durante algunos años el ISIS llegó a controlar territorios enormes y ciudades importantes como Mosul.

Irak terminó adoptando un sistema político formalmente democrático. Pero el país sigue siendo frágil, con instituciones débiles, una enorme influencia de Irán y una violencia que aparece y desaparece como una enfermedad mal curada.

Mientras tanto, en 2010, la administración de Barack Obama saludó con entusiasmo el comienzo de la llamada Primavera Árabe. El fenómeno empezó en otoño y en Túnez, que por cierto no es un país árabe, lo cual ya daba alguna pista de que el nombre no era del todo preciso.


Quince años después el balance es desalentador. En varios países las protestas terminaron en guerras civiles, como en Siria, Libia o Yemen. En otros casos los regímenes autoritarios regresaron con más fuerza, como en Egipto. El único experimento democrático que parecía funcionar, el de Túnez, también se ha ido debilitando con el tiempo.

La lección, si es que hay alguna, es bastante conocida: derribar un régimen autoritario suele ser relativamente fácil; construir un Estado democrático estable resulta infinitamente más complicado.

Libia hoy está partida en dos gobiernos rivales y varias milicias. Siria vivió más de una década de guerra civil y ahora está gobernada por un antiguo combatiente yihadista que ha cambiado el uniforme por la corbata. La Casa Blanca habla de movilizar a los kurdos contra Irán, pese a que Donald Trump ya los dejó abandonados en Siria en 2019 después de utilizarlos para combatir al ISIS. La historia se repitió en 2025.

La relación entre Estados Unidos e Irán tampoco es sencilla. En 1953 Washington lideró el derrocamiento del primer ministro democrático iraní, Mohamed Mosaddeq, después de que decidiera nacionalizar el petróleo. El golpe restauró el poder del sah. Años después llegó la revolución islámica de 1979 y el ayatolá Jomeini.

En junio de 2025 Donald Trump ordenó bombardear Irán y anunció que el país ya no sería una amenaza nuclear durante años. Ahora, en marzo de 2026, asegura que los iraníes estaban a punto de fabricar la bomba. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que acabaría con las guerras interminables. En su primer año ha bombardeado siete países distintos. En algunos casos, como Nigeria, todavía no está del todo claro por qué. Tampoco sabemos exactamente qué motivó el ataque contra una escuela de niñas en Irán que dejó 180 muertos.

Durante sus campañas presidenciales —especialmente en 2016 y de nuevo en 2024— Trump insistió en una idea central: Estados Unidos debía abandonar las aventuras militares que habían marcado su política exterior desde el 11-S. Criticó con dureza las guerras de Irak y Afganistán porque, decía con bastante razón, habían costado billones de dólares, miles de vidas estadounidenses y no habían traído estabilidad a la región.

Prometió reducir la presencia militar en conflictos prolongados y evitar las intervenciones destinadas a reconstruir países. Para resumir esa idea utilizó con frecuencia una expresión que se había vuelto común en Washington: “no boots on the ground”, es decir, nada de enviar grandes contingentes de tropas terrestres a ocupar territorios extranjeros.


La fórmula era sencilla: ataques aéreos, drones, misiles, operaciones especiales si hacía falta, pero sin marines patrullando calles lejanas. Ahora parece que Trump está considerando hacer una excepción. El escenario sería una pequeña isla llamada Kharg, situada a unos treinta kilómetros de la costa iraní. Es un lugar diminuto, pero estratégicamente decisivo: por allí pasa la mayor parte del petróleo que exporta Irán. En los círculos estratégicos la llaman el interruptor del petróleo iraní.

La idea sería ocuparla con marines o fuerzas de intervención rápida para controlar el flujo de exportaciones. Eso, naturalmente, implicaría algo que durante años se prometió evitar: botas sobre el terreno.

Pero esa, en realidad, ya es otra historia.