El fin de la Guerra Fría trajo
unos años de euforia. Parecía que el bien —la democracia liberal y el
capitalismo de mercado— había ganado la partida para siempre. Incluso hubo
quien proclamó que la historia había terminado. Lo escribió Francis Fukuyama en
un libro de 1992 que se hizo famosísimo y que hoy se recuerda sobre todo por lo
espectacularmente equivocado de sus pronósticos, lo cual es una desgracia
considerable en un libro dedicado a hacer pronósticos.
Ese mismo año Estados Unidos se
metió en la guerra de Somalia. El desembarco fue casi cinematográfico: marines
llegando a la playa bajo las luces de los focos y con las cámaras de la CNN
retransmitiendo en directo. Aquello parecía el comienzo de una misión
humanitaria ejemplar. Como tantas veces en política internacional, la escena
era más sencilla que la realidad.
Somalia era —y sigue siendo— un
lugar complicado, con muchos clanes, muchas armas y poca paciencia con los
extranjeros que llegan a arreglar las cosas sin haber sido invitados a la
fiesta. La misión terminó en desastre tras la batalla de Mogadiscio en 1993,
cuando las milicias locales derribaron varios helicópteros estadounidenses. La
escena inspiró después la película Black Hawk derribado. Somalia,
treinta y cuatro años después de la cinematográfica invasión playera, sigue
partida en varios trozos y con un grupo yihadista, Al-Shabaab, surgido en aquel
caos, que todavía hoy combate al debilitado gobierno central.
Después llegó el 11 de septiembre
de 2001. Tras los atentados contra las Torres Gemelas, Estados Unidos invadió
Afganistán para capturar a Osama bin Laden y echar del poder a los talibanes.
Los talibanes eran un movimiento bastante peculiar: una mezcla de guerrilla
religiosa y medievalismo armado que, curiosamente, había recibido ayuda
estadounidense durante la guerra contra los soviéticos. La historia está muy
bien contada en la película La guerra de Charlie Wilson, donde un
congresista tejano y un agente de la CIA ayudan a financiar a los muyahidines
afganos para que disparen misiles contra los helicópteros soviéticos.
Veinte años después, en 2021, los
estadounidenses se marcharon de Afganistán. Los talibanes regresaron al poder
con una rapidez sorprendente y con un programa político que no parecía haber
evolucionado demasiado desde los años noventa.
| Fuerzas armadas británicas evacuan a afganos en el aeropuerto de Kabul. Lphot Ben Shread/Cedida por el Gobierno británico. |
Pero la gran aventura militar de
principios de siglo fue otra. George W. Bush —un presidente al que hoy algunos
recuerdan con cierta nostalgia, lo cual dice bastante sobre la evolución del
panorama— convenció a varios aliados, entre ellos Tony Blair y José María
Aznar, para invadir Irak. El argumento era que el régimen de Saddam Hussein
escondía armas de destrucción masiva que amenazaban al mundo.
Irak era entonces un país
debilitado por décadas de conflictos. Desde finales de los años setenta Saddam
Hussein gobernaba mediante un régimen autoritario sostenido por el partido
Baaz. El país había quedado exhausto tras la guerra contra Irán en los años
ochenta y la guerra del Golfo de 1991, que empezó cuando Irak decidió invadir
Kuwait. Después llegaron las sanciones internacionales, el aislamiento y una
economía cada vez más deteriorada. El régimen seguía siendo fuerte en lo
interno, pero el país era una olla a presión.
La invasión de marzo de 2003 fue
rápida. Las tropas estadounidenses entraron en Bagdad en pocas semanas, el
régimen se derrumbó y Saddam Hussein fue capturado ese mismo año. En 2006 sería
ejecutado tras un juicio organizado por el nuevo gobierno iraquí. La victoria
militar fue fulgurante. La paz, en cambio, nunca llegó.
El colapso del Estado iraquí
desencadenó una insurgencia armada, atentados terroristas y una guerra sectaria
entre suníes y chiíes que dejó miles de muertos y ciudades enteras destrozadas.
En ese caos apareció Al-Qaeda en Irak, que más tarde evolucionaría hacia el
llamado Estado Islámico (ISIS). Durante algunos años el ISIS llegó a controlar
territorios enormes y ciudades importantes como Mosul.
Irak terminó adoptando un sistema
político formalmente democrático. Pero el país sigue siendo frágil, con
instituciones débiles, una enorme influencia de Irán y una violencia que
aparece y desaparece como una enfermedad mal curada.
Mientras tanto, en 2010, la
administración de Barack Obama saludó con entusiasmo el comienzo de la llamada
Primavera Árabe. El fenómeno empezó en otoño y en Túnez, que por cierto no es
un país árabe, lo cual ya daba alguna pista de que el nombre no era del todo
preciso.
Quince años después el balance es desalentador. En varios países las protestas terminaron en guerras civiles, como en Siria, Libia o Yemen. En otros casos los regímenes autoritarios regresaron con más fuerza, como en Egipto. El único experimento democrático que parecía funcionar, el de Túnez, también se ha ido debilitando con el tiempo.
La lección, si es que hay alguna,
es bastante conocida: derribar un régimen autoritario suele ser relativamente
fácil; construir un Estado democrático estable resulta infinitamente más
complicado.
Libia hoy está partida en dos
gobiernos rivales y varias milicias. Siria vivió más de una década de guerra
civil y ahora está gobernada por un antiguo combatiente yihadista que ha
cambiado el uniforme por la corbata. La Casa Blanca habla de movilizar a los
kurdos contra Irán, pese a que Donald Trump ya los dejó abandonados en Siria en
2019 después de utilizarlos para combatir al ISIS. La historia se repitió en
2025.
La relación entre Estados Unidos
e Irán tampoco es sencilla. En 1953 Washington lideró
el derrocamiento del primer ministro democrático iraní, Mohamed Mosaddeq,
después de que decidiera nacionalizar el petróleo. El golpe restauró el poder
del sah. Años después llegó la revolución islámica de 1979 y el ayatolá
Jomeini.
En junio de 2025 Donald Trump
ordenó bombardear Irán y anunció que el país ya no sería una amenaza nuclear
durante años. Ahora, en marzo de 2026, asegura que los iraníes estaban a punto
de fabricar la bomba. Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo que acabaría con
las guerras interminables. En su primer año ha bombardeado siete países
distintos. En algunos casos, como Nigeria, todavía no está del todo claro por
qué. Tampoco sabemos exactamente qué motivó el ataque contra una escuela de
niñas en Irán que dejó 180 muertos.
Durante sus campañas
presidenciales —especialmente en 2016 y de nuevo en 2024— Trump insistió en una
idea central: Estados Unidos debía abandonar las aventuras militares que habían
marcado su política exterior desde el 11-S. Criticó con dureza las guerras de
Irak y Afganistán porque, decía con bastante razón, habían costado billones de
dólares, miles de vidas estadounidenses y no habían traído estabilidad a la
región.
Prometió reducir la presencia
militar en conflictos prolongados y evitar las intervenciones destinadas a
reconstruir países. Para resumir esa idea utilizó con frecuencia una expresión
que se había vuelto común en Washington: “no boots on the ground”, es
decir, nada de enviar grandes contingentes de tropas terrestres a ocupar territorios
extranjeros.
La idea sería ocuparla con
marines o fuerzas de intervención rápida para controlar el flujo de
exportaciones. Eso, naturalmente, implicaría algo que durante años se prometió
evitar: botas sobre el terreno.
Pero esa, en realidad, ya es otra
historia.