Hay lugares cuya importancia
política resulta difícil de comprender mirando un mapa. El Estrecho de
Gibraltar es uno de ellos. Sobre el papel parece poca cosa: una franja de agua
de unos sesenta kilómetros de longitud que, en su punto más estrecho, apenas
separa catorce kilómetros las costas europea y africana. En un día despejado,
desde Tarifa se ven perfectamente las montañas de Marruecos. Parece casi
posible cruzar de un continente a otro de un salto.
Pero esos catorce kilómetros
constituyen una de las piezas más valiosas del tablero geopolítico mundial. La
razón es sencilla. El Mediterráneo es prácticamente un mar cerrado y Gibraltar
constituye su gran puerta occidental. Todo buque que quiera viajar desde sus
puertos hacia América, África occidental o el norte de Europa debe atravesar el
Estrecho. Y, a la inversa, buena parte del tráfico procedente del Atlántico que
se dirige hacia Italia, Grecia, Turquía, el mar Negro, Oriente Próximo o el
canal de Suez debe pasar por allí.
La Estrategia
Nacional de Seguridad Marítima española calcula que por el Estrecho
transitan más de 100.000 buques al año y advierte expresamente de que cualquier
incidente grave en este corredor podría tener consecuencias para la economía
mundial.
Los estrategas llaman chokepoints
—literalmente, puntos de estrangulamiento— a estos lugares donde las grandes
rutas marítimas se ven obligadas a atravesar pasos estrechos. Gibraltar
pertenece a la misma familia geopolítica que Suez, Bab el-Mandeb, Ormuz o
Malaca. La geografía concentra allí el tráfico y, al concentrarlo, concentra
también el poder.vGibraltar tampoco funciona aisladamente. Forma parte de una
gigantesca carretera marítima que comienza en el Atlántico, atraviesa el
Estrecho, recorre el Mediterráneo y sale por Suez hacia el mar Rojo y el océano
Índico. Una alteración importante en cualquiera de sus extremos repercute sobre
el conjunto.
De ahí que Gibraltar haya sido
disputado durante siglos. No es casualidad que el Reino Unido conserve allí una
de sus posiciones militares más antiguas. Tampoco que España disponga en las
proximidades de importantes instalaciones militares ni que Estados Unidos
mantenga una presencia fundamental en Rota, a poco más de cien kilómetros del
Estrecho.
Controlar el Estrecho no
significa necesariamente poseer sus dos orillas. En el siglo XXI consiste sobre
todo en vigilar quién pasa, garantizar que los barcos propios puedan hacerlo e
impedir que un adversario interrumpa el tránsito. La OTAN conoce perfectamente
el problema. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 puso en
marcha la operación Active
Endeavour y llegó a escoltar buques mercantes a través del Estrecho
ante el riesgo de atentados. La Alianza consideraba vulnerable este paso por su
estrechez y la densidad del tráfico.
Pero los barcos de guerra son
solamente una parte del asunto. A ambos lados del Estrecho se desarrolla
también una formidable competición económica. En la orilla europea se encuentra
el puerto de Algeciras, uno de los grandes centros logísticos del Mediterráneo.
En la africana ha crecido espectacularmente Tánger Med, convertido por
Marruecos en una enorme plataforma industrial y portuaria conectada con las
rutas internacionales. Ambos puertos compiten por contenedores, transbordos,
mercancías y servicios marítimos, pero también constituyen los extremos de un
puente comercial entre Europa y África.
Y debajo de los barcos ocurre
algo que normalmente olvidamos. Por el fondo del Estrecho y sus inmediaciones
pasan cables submarinos de telecomunicaciones que conectan Europa con África y
otras redes internacionales. Gibraltar, por tanto, no es únicamente una
autopista de mercancías, hidrocarburos y buques militares: también forma parte
de la infraestructura física de la economía digital.
Pero existe otra carretera que
atraviesa Gibraltar en dirección perpendicular. Mientras los grandes barcos
circulan de este a oeste, personas y mercancías circulan de norte a sur. Europa
y África alcanzan aquí su máxima proximidad. El Estrecho es simultáneamente
frontera y puente.
Esa circunstancia explica otro
componente de su importancia geopolítica: las migraciones. España constituye en
este punto la frontera meridional de la Unión Europea. Marruecos, situado
inmediatamente enfrente, posee por ello algo extraordinariamente valioso en las
relaciones internacionales: capacidad para influir sobre la presión migratoria
que alcanza territorio europeo. Cuando las fuerzas de seguridad marroquíes
intensifican la vigilancia, el paso se dificulta; cuando la relajan, aumenta.
La migración puede convertirse
así en instrumento de política exterior. No porque las personas que emigran
formen parte necesariamente de ninguna operación organizada, sino porque un
Estado situado en la ruta puede utilizar su capacidad de controlar las fronteras
como elemento negociador frente al Estado receptor. En medio de ese delicado
equilibrio aparecen dos pequeñas piezas españolas en territorio africano: Ceuta
y Melilla.
Ceuta tiene una importancia
particular porque se encuentra precisamente en la entrada mediterránea del
Estrecho, frente a Gibraltar. Su superficie es diminuta y su población modesta,
pero su posición geográfica resulta excepcional. Forma parte del dispositivo
territorial que convierte a España simultáneamente en país europeo,
mediterráneo, atlántico y norteafricano.
Aquí surge una paradoja histórica
fascinante. Al norte del Estrecho está España, pero en su extremo oriental
permanece Gibraltar bajo soberanía británica. Al sur se encuentra Marruecos,
pero en la costa africana está Ceuta bajo soberanía española. En apenas unos
kilómetros se cruzan así territorios pertenecientes a tres Estados, dos
continentes, la Unión Europea y la OTAN.
Por eso cualquier alteración de
las relaciones entre España y Marruecos adquiere inmediatamente una dimensión
superior a la de una disputa bilateral. Marruecos lleva décadas desarrollando
una política exterior cuyo gran objetivo territorial es consolidar su soberanía
sobre el Sáhara Occidental. España, antigua potencia administradora, mantiene
inevitablemente una relación especialmente delicada con ese conflicto. A ello
se añaden Ceuta y Melilla, cuya soberanía española Marruecos ha cuestionado
históricamente.
Durante mucho tiempo existió, sin
embargo, una limitación fundamental. Marruecos era importante para Occidente,
pero España pertenecía a la OTAN y a la Unión Europea, albergaba la base de
Rota y ocupaba una posición privilegiada para garantizar el acceso occidental
al Mediterráneo. Ese equilibrio está cambiando.
Marruecos ha realizado durante
las últimas décadas una considerable inversión en infraestructuras, defensa y
relaciones internacionales. Tánger Med es probablemente el símbolo más visible.
Frente a la bahía de Algeciras ha aparecido una infraestructura portuaria que
demuestra que la orilla africana ya no desempeña un papel secundario. Marruecos
pretende convertirse en la gran plataforma que conecte Europa, África y el
Atlántico.
El resultado es que las dos
orillas del Estrecho tienen hoy un enorme valor para las potencias
occidentales. Y esto conduce a una regla elemental de la geopolítica: cuando
aumenta el valor estratégico de un país, aumenta también su capacidad de
negociación.
Estados Unidos necesita
estabilidad en el Estrecho. La OTAN necesita mantener abiertas las
comunicaciones entre el Atlántico y el Mediterráneo. Europa necesita controlar
su frontera meridional. España necesita cooperación marroquí en inmigración,
terrorismo, narcotráfico y comercio. Marruecos necesita acceso al mercado
europeo, inversiones y respaldo internacional.
Todos necesitan a todos, pero no
necesariamente en la misma medida. Durante siglos, quien dominaba Gibraltar
podía condicionar la entrada al Mediterráneo. Hoy el concepto de dominio es más
complejo. Ya no depende solamente de una fortaleza situada sobre una roca.
Depende de bases militares, puertos, radares, submarinos, satélites, cables,
servicios de inteligencia, acuerdos diplomáticos, cooperación policial y
capacidad para controlar los movimientos humanos a través de las fronteras.
Por eso conviene mirar de nuevo
el mapa. En la orilla norte aparecen España, Gibraltar y Rota. En la orilla
sur, Marruecos, Tánger Med y Ceuta. Hacia el este comienza el Mediterráneo;
hacia el oeste, el Atlántico. A través de esos catorce kilómetros circulan
barcos, mercancías, energía, información, personas y fuerzas militares. Y sobre
ese tablero apareció en 2020 una pieza nueva.
Marruecos normalizó sus
relaciones con Israel dentro de los llamados Acuerdos de Abraham, promovidos
por Estados Unidos. A cambio, Washington hizo algo que hasta entonces ningún
Gobierno estadounidense había hecho: reconocer la soberanía marroquí sobre el
Sáhara Occidental. Aquello no modificó la anchura del Estrecho ni desplazó un
centímetro sus costas. Pero sí modificó algo mucho más importante: el
equilibrio político entre quienes ocupan sus orillas.
Y para entender lo que está
ocurriendo ahora en Ceuta quizá convenga empezar precisamente por ahí.