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miércoles, 14 de octubre de 2026

QUIENES AVISAN NO SON TRAIDORES: TRABAJADORES SIN BAJAS, PENSIONISTAS SIN PENSIONES

 

El pasado 1 de septiembre ingresé en el colectivo de jubilados. El trámite no me convirtió en una persona distinta, pero me proporcionó una nueva ocupación: escuchar con atención a quienes tienen ideas sobre mi pensión. Hasta entonces, algunas declaraciones económicas podían parecerme abstracciones. Ahora sé que las abstracciones también se ingresan, o dejan de ingresarse, a final de mes.

Tenemos elecciones generales el próximo 29 de noviembre. Se hablará de España, de su futuro, de sus enemigos y de unas cuantas cosas solemnes. Conviene reservar algo de atención para cuestiones menos aparatosas: quién decide si un enfermo puede volver al trabajo, cómo se actualiza una pensión y qué ocurre con quienes llegan a la vejez sin haber podido ahorrar. El Estado del bienestar consiste, en buena medida, en esas pequeñas vulgaridades. boe.es

Alberto Núñez Feijóo propone dar a las mutuas más poder para gestionar las altas laborales. También ha planteado incentivos para las empresas que reduzcan las bajas. La presentación resulta atractiva: menos absentismo, más eficiencia, una economía que funciona mejor. La dificultad aparece cuando recordamos que detrás de una baja suele haber una persona enferma. Reducir las bajas mejorando las condiciones de trabajo sería una buena noticia. Reducirlas facilitando la reincorporación de quien todavía necesita recuperarse sería otra cosa.

Una baja médica no es una concesión sentimental. Es el reconocimiento de que alguien no está en condiciones de trabajar. Por eso importa quién puede terminarla, con qué criterios y bajo qué controles. Los intereses de una empresa y la salud de sus empleados pueden coincidir, pero no existe ninguna ley natural que los obligue a hacerlo. Cuando entran en conflicto, el trabajador necesita algo más sólido que una declaración de buenas intenciones.

Vox, por su parte, ha puesto sobre la mesa las pensiones. Su portavoz económico, José María Figaredo, ha descrito el sistema como «un zombi» y propone avanzar hacia un modelo mixto que combine reparto y capitalización individual. La expresión tiene la ventaja de parecer técnica. Traducida al lenguaje cotidiano, significa que una parte de la jubilación dependería del ahorro acumulado por cada persona y del rendimiento de ese dinero. EL PAÍS

Ahorrar es una excelente costumbre cuando queda algo que ahorrar. Para quien paga un alquiler elevado, sostiene una familia y llega justo al final del mes, la capitalización individual empieza con un inconveniente bastante concreto: falta el capital. Las rentas altas pueden reservar dinero para su vejez. Las bajas tienen que dedicarlo a conseguir que termine razonablemente bien la semana. Presentar ambas situaciones como una misma oportunidad financiera exige cierta distancia respecto a la vida corriente.

El sistema de reparto responde a otra lógica: las cotizaciones de quienes trabajan contribuyen a pagar las pensiones actuales. No elimina los problemas demográficos ni permite ignorar las cuentas. Obliga a discutir sobre empleo, salarios, ingresos públicos y distribución del esfuerzo. Sustituir parte de esa protección por ahorro individual tampoco hace desaparecer las dificultades. Cambia quién las soporta y cómo.

Hay, además, una cuestión que suele quedar escondida detrás de las grandes reformas: el poder adquisitivo. Si los precios suben y una pensión permanece quieta, el pensionista pierde ingresos reales aunque conserve exactamente los mismos euros. No necesita un informe para descubrirlo. Le basta con ir al supermercado. Vincular la actualización de las pensiones al IPC protege frente a esa pérdida; debilitar el mecanismo trasladaría el coste de la inflación a quienes cobran la prestación.

El antecedente del 0,25 % de la etapa de Rajoy merece recordarse. No porque pueda afirmarse que un futuro Gobierno vaya a recuperarlo necesariamente, sino porque muestra lo que ocurre cuando la actualización se separa del coste de la vida. Una subida puede existir en el papel y resultar insuficiente en la caja del supermercado. A eso se le puede llamar moderación del gasto. Quien la padece suele utilizar palabras menos administrativas.

La diferencia pesa especialmente en las pensiones más bajas. En 2026, la mínima de jubilación para una persona de 65 años o más, sin cónyuge, es de 936,20 euros mensuales en catorce pagas. Conviene precisar la modalidad: no existe una única pensión mínima. En esas rentas, cualquier pérdida de poder adquisitivo reduce un margen que ya era estrecho. seg-social.es

También conviene ser precisos con las promesas y las amenazas. Feijóo asegura ahora que garantizará el sistema público y revalorizará las pensiones. Vox plantea una reforma hacia un modelo mixto. No son declaraciones idénticas, y atribuirles un programa cerrado de recortes que todavía no han presentado facilitaría una réplica demasiado cómoda. Lo razonable es exigir que expliquen sus propuestas: qué conservarían, qué cambiarían, cómo lo financiarían y qué protección tendría quien no puede ahorrar.

Los avances de estos años en la actualización de las pensiones y en las prestaciones más bajas merecen defenderse con argumentos que resistan una comprobación. También merece discutirse la sostenibilidad del sistema sin aceptar que la única respuesta posible sea reducir derechos. Las cuentas importan. Precisamente por eso hay que examinarlas enteras, incluyendo los ingresos y el reparto de las cargas.

El 29 de noviembre votaremos, entre otras cosas, sobre todo esto. Quien cobra una pensión o espera cobrarla tiene motivos para leer con cuidado la letra pequeña. Quien trabaja tiene motivos para interesarse por quién decidirá cuándo está suficientemente sano para volver a su puesto. Los programas económicos adquieren una claridad considerable cuando se traducen en una nómina, una baja o una compra semanal.

He llegado a la jubilación con una convicción bastante modesta: después de décadas de trabajo, la tranquilidad no debería depender de acertar con un producto financiero. Tampoco debería premiarse a una empresa por reducir las bajas si lo consigue haciendo que sus trabajadores vuelvan antes de estar recuperados. Defender esas dos cosas no resuelve todos los problemas del país. Ayuda, al menos, a recordar para quién deberían resolverse.