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miércoles, 6 de enero de 2010

El Cuarto Rey Mago (Homenaje a un hombre bueno)




Cuando yo era niño, allá por los años 50 del siglo pasado (¡qué raro eso de poner el siglo pasado para hablar de uno!) los colegios de toda España se dividían en dos facciones: los de la Iglesia, en los que se iniciaba el día rezando o asistiendo a misa, y los nacionales, en los que antes de entrar al aula se cantaba el Cara al Sol y se daban vivas a Franco y a España.

Lo mío fue una afortunada excepción, porque mis primeras letras las aprendí asistiendo a una escuela laica situada en un hotelito de la calle Belén en Granada, a la que se conocía popularmente como la “escuela de doña Paquita”, que dirigía doña Francisca Vera, una maestra casada con un abogado, don Antonio Pérez Funes, que –según supimos después de su muerte- era un represaliado por el franquismo debido a su significación política durante la Segunda República. Aquella escuela, regentada por una mujer progresista a la que asistían como maestras varias de sus cinco hijas, era totalmente distinta en sus entorno y en sus planteamientos pedagógicos a los que imperaban en las escuelas españolas de los años cincuenta. Nunca recé en la escuela ni jamás canté el Cara al Sol.




Ahora, casi cincuenta años después, he logrado reconstruir algo de la biografía de don Antonio, que resumo en estas páginas como homenaje a él, a su esposa y a sus hijas (Carmen, Elisa, Mercedes, Olvido y Nani) las muchachas que, además de estudiar, me enseñaron las primeras letras en una época de horas difíciles para don Antonio y para su familia. Horas, días, meses y años de mucho sufrimiento, superados con modestia, sin rencores ni amarguras.

Tuve unas buenas maestras. En las tardes del verano de 1962 una de mis profesoras fue Elisa, una de las hijas de don Antonio y doña Paquita, por entonces estudiante en la Universidad de Granada, donde posteriormente se doctoró en Derecho, y donde inició su carrera docente como profesora de Derecho Internacional Público y Privado, que continuó en la Universidad Autónoma de Madrid. Es catedrática de Derecho Internacional Privado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, de la que fue Rectora. Desde 2001 es magistrada del Tribunal Constitucional, cargo que ejerce después de haber presidido durante siete años el Consejo Consultivo de Andalucía. En 1987, cuando Elisa Pérez Vera era Rectora de la UNED y yo Secretario General de la Universidad de Alcalá, coincidimos en algunas reuniones de preparación de la Conferencia de Rectores Europeos. No nos habíamos visto en 25 años, así que ese reencuentro fue una enorme satisfacción para mí y una gran sorpresa para ella.

En esta página quiero rendir un homenaje a don Antonio Pérez Funes a quien conocí en la casa familiar de la Huerta de los Ángeles cuando yo tenía apenas 10 años y acudía allí recibir algunas clases particulares en el verano de 1962, porque mi padre se había empeñado –y lo consiguió- en que con nueve años cursara el Ingreso y el Primero de Bachillerato en el mismo año, de manera que me examiné del Ingreso en la convocatoria de junio y aprobé Primero completo en septiembre del mismo curso. Cuando yo acudía a esas clases veraniegas en la fresca semioscuridad que se procuraba mantener en las casas cuando el aire acondicionado era cosa de ficción, podía ver a don Antonio trabajando en su despacho, a través de cuya ventana, con la luz tamizada por un centón alpujarreño, se podía ver el arco de acceso a la calle Molinos. Por aquel entonces, todo el mundo sabía quién era, pero nadie hablaba de él y de sus circunstancias, porque la Granada de entonces, como la España franquista, era una sociedad cerrada, temerosa, sumisa y callada.

Don Antonio Pérez Funes (1902-1969) nació en Soportújar, pueblo de la Alpujarra granadina, donde transcurrió su infancia hasta que a los 12 años se trasladó a Granada para realizar sus estudios en el Colegio San Bartolomé y Santiago, en el que vivió hasta finalizar su licenciatura en Derecho por la Universidad granadina en la promoción de 1923. Desde muy joven pintaba y escribía poesía, lo que le hizo frecuentar los ambientes literarios de la ciudad en los que conoció a los dos grandes poetas granadinos de la época: Federico García Lorca y Luis Rosales. En su casa había un libro de poesía de García Lorca que llevaba un autógrafo del poeta de Fuente Vaqueros y un poema del propio Pérez Funes escrito a lápiz, que los expertos habían atribuido erróneamente a Federico, pero en el que se reconocía fácilmente la caligrafía de don Antonio. Terminado sus estudios, marchó a Madrid donde simultaneó su trabajo como pasante con una actividad literaria manifestada en artículos para el diario El Sol. Como corresponsal del mismo cubrió la guerra de Marruecos.

Tras su regreso a Granada, fue Secretario en los ayuntamientos de Pórtugos y Santa Fe, donde una calle lleva su nombre. Militante de Izquierda Republicana, el partido de Azaña, durante la Segunda República ejerció como abogado de UGT en Granada y como secretario particular del Gobernador Civil, al tiempo que colaboraba asiduamente en el periódico diario El Defensor de Granada y en El Socialista. Luego vino el alzamiento, la brutal represión fascista en Granada, la guerra civil, las historias terribles contadas entre dientes, intuidas o sospechadas: el juicio, la condena en la cárcel de Burgos con sus helados campos de trabajo. Indultado en 1943, volvió a Granada con una condena de inhabilitación para el ejercicio profesional de la abogacía. Por eso, su mujer y sus hijas tenían que trabajar en la escuela de la calle Belén, único ingreso fijo de una familia marginada por los vencedores.

Hombre de apariencia débil pero de ideas firmes y carácter indestructible según quienes lo conocieron, se ganó la vida realizando trabajos de "colaboración" con otros abogados, que compaginaba con una intensa vida literaria y artística. Añoraba su desparramada biblioteca, deshecha en la guerra civil y con sus libros incautados repartidos por ahí. Las tertulias del Café Suizo con Carlos Villarreal, Antonio Carvajal, Elena Martín Vivaldi, Pepe Martín Recuerda, Pepe Ladrón de Guevara, el maestro Faus, Ian Gibson (quien siempre lo ha reconocido como uno de los hombres que más le ayudó a reconstruir los últimos días de García Lorca) y tantos otros fueron una isla de inquietud y cultura en un período especialmente gris de la historia granadina. Fue en esa etapa de su vida cuando escribió todas sus obras dramáticas. En una de ellas, Artabán, Poema de Siglos, se muestra la sensibilidad literaria y el sentimiento profundamente cristiano de ese buen poeta, de ese buen hombre, aunque otros creyeran que era una mala yerba, un "espino" como dice uno de los personajes –Cheradja- de esa obra teatral. Don Antonio murió en Granada, en 1969.

Me ha parecido que el mejor homenaje que podía hacerle era publicar su poema escenificado Artabán, Poema de Siglos (al que puso música el compositor granadino José Faus), un precioso cuento sobre Artabán, el Cuarto Rey Mago, que, según una vetusta leyenda rusa de autor desconocido (posteriormente reescrita  por un presbiteriano estadounidense del XIX), llegó tarde al portal de Belén. Por eso no hablan de él los evangelios canónicos. Y era lógico que no dijeran nada, porque alejado de la pompa y el boato de los otros tres Reyes, Artabán -acusado siempre de haber llegado tarde a la cueva del nacimiento y condenado a pasar su vida buscando incesantemente a Jesús, a quien sólo encontraría a la hora de su muerte- había encontrado realmente al Hijo de Dios a lo largo de todo su camino hacia Belén, porque Jesús –cuenta Pérez Funes- le había estado saliendo al paso en los seres necesitados que encontraba y que le hacían demorarse en su viaje a Palestina y a los que socorría con los regalos que llevaba preparados para ofrecerlos al Niño.

Hoy, festividad de los Reyes Magos, me parece que el mejor regalo que puedo hacer a todos los lectores es la transcripción de este bello cuento escenificado de un buen hombre, don Antonio Pérez Funes, que dejó una huella imborrable en todos los que le conocieron y amaron, y cuya desgracia me permitió tener las mejores maestras que nunca pude soñar.


Artabán, Poema de Siglos
Autor: Antonio Pérez Funes


ACTO ÚNICO

Se apaga la mitad de las luces de la sala y comienza a oírse una lejana melodía, inspirada en motivos medievales, a ser posible de vihuela u otro instrumento semejante. Música primitiva más cerca de la naturaleza que del hombre que inventó el contrapunto y el concierto polifónico. El tema de esta melodía se repetirá en todos los oscuros de mutación.
Pasados dos o tres minutos cesa la música y a telón corrido sale un narrador que cortésmente se dirige al público.
NARRADOR.- Un autor anónimo de leyendas germánicas, un alma joven, injerta de la más profunda religiosidad cristiano-gótica, se lanzó, a caballo sobre su fantasía, en busca del clima cálido en donde crecen las palmeras y los cedros.
Los espesos bosques de abetos y el cielo gris-perla de la patria en que nació recortaban demasiado sus ansias de infinito.
Y por eso galopó sin descanso, noche y día, hacia Oriente, hacia el paisaje luminoso que había sido, en otro tiempo, el escenario de su fe.
Apenas llegado a los Santos Lugares descubrió, como buen investigador germánico, la existencia de Artabán.
¿Quién era este personaje tan extraordinario como desconocido?
Artabán fue el cuarto Rey Mago. Un mago que llegó tarde a Belén y por eso no lo menciona el Evangelio.
Porque Artabán llegaba siempre tarde a todas las citas. No por falta de deseo, ni por olvido, ni por lentitud.
¿Es que desconocía el valor del tiempo? ¿O es que su gran sabiduría le había inducido a negar la existencia del mismo?
Artabán es un ser tan extraordinario en nuestro siglo, víctima de la velocidad y de la angustia por superarla; un ser tan interesante, tan absurdo para los hombres de la era atómica, que tal vez se alegren de conocerle...
(El narrador, tras una leva inclinación de cabeza, se retira. Inmediatamente se apagan todas las luces y se descorre el telón.
El suelo del escenario está dividido en tres planos de distinto nivel que forma amplia escalinata. A mitad del segundo tramo un telón, con gran ventana apaisada al foro, que figura la habitación u observatorio del astrólogo caldeo Artabán, o bien unos bastidores portátiles que representan lo mismo. De una manera o de otra debe disponerse el decorado de forma que se vea otro telón de fondo con la noche estrellada.
Las estrellas han de figurarse como en los Nacimientos: con luces situadas detrás del dibujo perforado.
No hay más muebles que un asiento y una tosca mesa, babilónicos, sobre la que se ven varios rollos de papiro, un astrolabio y un disco zodiacal en piedra. Los demás detalles de ambientación deben figurar pintados en el decorado.
Transcurren los primeros años de la era cristiana. Es de noche. En toda la obra se prescinde de la batería. Con focos y filtros de color se dará el tono de luz que convenga. En escena un artístico candil de época, sobre la mesa, aparece encendido.
Artabán sentado y Kárder en pie, junto a la mesa, están profundamente abstraídos en el estudio de unos papiros.
Artabán es un hombre de treinta a treinta y cinco años, de barba negra y mirada inteligente. Viste con túnica, ceñidor, sandalias y lleva pendiente del cuello una cadena con un gran medallón que representa un sol.
Kárder es un chico de dieciséis o diecisiete años, discípulo de Artabán e hijo de su esclava Cheradja. Viste el traje de los esclavos de la época: Túnica corta hasta la rodilla, cinturón y brazos al aire. Lleva al cuello un grueso cordón de pelo de camello)
KÁRDER.- (Con la cabeza inclinada y señalando con el dedo la hoja de papiro) No lo entiendo, Rabí.
ARTABÁN.- (Dejando de contemplar el astrolabio) Algún día tendrás ojos para ver y oídos para oir.
KÁRDER.- ¿Cuándo?
ARTABÁN.- Cuando el Espíritu descienda sobre ti. En esa fuente oculta hay que beber, pero el agua no se da a todos. Hay que merecerla por el sacrificio y la fe. Si sigues mi consejo no debes esperar ese día, sino ir a su encuentro con el corazón abierto como un odre vacío.
KÁRDER.- Pero alguien tiene que indicarme el camino. ¡Los caminos son tantos y mis años tan pocos!
ARTABÁN.- Aprende a conocerlos estudiando el Gran Libro (Señala con la mano al cielo estrellado de la noche)
KÁRDER.- No te contradigas, Rabí. ¿Cómo puedo leer en ese Gran Libro si tú mismo me has dicho que no tengo ojos para ver?
ARTABÁN.- (Sonriendo indulgente) Puedes. Puedes. Una cosa es leer y otra, ¡muy distinta!, entender lo leído, para lo primero ya tienes los ojos, para lo segundo aún no te nacieron.
CHERADJA.- (Es una vieja esclava de carácter aparentemente agrio, pero muy sincera. Entra con dos cuencos llenos de caldo humeante, que deposita sobre la mesa) ¡Dejaos de vagar por el séptimo cielo y confortad vuestros vientres, que más vale pisar firmes sobre la tierra que volar a oscuras como el murciélago!
ARTABÁN.- Mi buena Cheradja. Nunca te verás libre si te empeñas en echar raíces como los árboles.
CHERADJA.- Si te refieres al hecho de que soy tu esclava, en verdad te digo que no tengo deseos de cambiar mi condición. Fui de tu padre, ahora soy tuya. Ni me quejé, ni me quejo. ¿Qué más da una condición u otra si pronto ha de llegar quien nos libere del todo para llevarnos al seno de donde salimos?
ARTABÁN.- No, mujer. El nudo que ata a unos humanos con otros con ser, a veces, denigrante es menos insufrible que el que nos mantiene sometidos a ese gran señor que se llama ¡MIEDO!, ¡TERROR A LO DESCONOCIDO! ¡Este sí que es un amo despótico y cruel! ¡El rey, el rey del mundo, con tantos esclavos como hombres!
CHERADJA.- Yo no reconozco más amo que tú.
KÁRDER.- Ni yo otro maestro.
ARTABÁN.- Gracias. Gracias por haber suavizado el nudo que nos une con el agua viva de vuestro afecto. Pero el otro amo existe. Y si no dime (A Cheradja) ¿Qué pasó en pleno día apenas comenzada la segunda luna del tiempo de las lluvias? El Sol, esa lumbrera que hace crecer el trigo y granar la espiga, que algunas tardes tiñe de rosa los linderos del desierto, que hace cantar a los pájaros cuando amanece ¿no se apagó durante una hora?
CHERADJA.- (Con gesto de supremo terror y temblando) ¡Calla! ¡Calla! por el Dios de nuestros padres! ¡Sólo recordarlo atraerá el cumplimiento del presagio!
ARTABÁN.- (Sonriente) ¿Tú crees?
CHERADJA.- Tan cierto como que existe la gehenna eterna. No se envejecerán mucho más mis huesos antes de que el asirio baje de las montañas del norte, riegue nuestros campos con sangre, queme los hogares, mutile guerreros y acabe por llevarse a sus tierras a los ganados y a las vírgenes (dudosa) o tal vez no. Tal vez la tierra agonice con estertores de muerte, hasta que no quede una casa en pié. O peor si cabe. Una nube de langostas, negra y ondulante como la serpiente maldita, arrase la llanura dejando tras de sí el hambre de las gentes.
ARTABÁN.- No tiembles, Cheradja, no tiembles. Nada de eso sucederá.
CHERADJA.- ¿Por qué?
ARTABÁN.- Porque lo que viste no es un presagio.
CHERADJA.- ¿Qué es, entonces?
ARTABÁN.- Un eclipse.
CHERADJA.- ¡Válgame nuestro padre común! Si no fuera por el sol que llevas sobre el pecho, símbolo de la sabiduría que te inspira, (señala al medallón de Artabán) yo diría que el Enemigo se te ha metido en el cuerpo. ¡Un poseso! Un poseso como los que espantan, con sus alaridos, a los cuervos que devoran la carroña en las afueras de la ciudad vieja. ¿Qué quieres decir con esa endemoniada palabra?
ARTABÁN.- Algo tan natural como la lluvia que alimenta al Gran Río, como el viejo que canta entre los cañaverales de la ribera.
CHERADJA.- ¡Que mi alma se pudra si te comprendo!
ARTABÁN.- (Cogiéndola del brazo y acercándola a la mesa en donde arde el candil) Ven, mujer. Acércate y atiende. ¿Ves esta luz?
CHERADJA.- ¡No pensarás que estoy ciega!
ARTABÁN.- (Interponiendo el disco zodiacal entre los ojos de Cheradka y la luz) ¿Y ahora?
CHERADJA.- Ya no, si no te apartas.
ARTABÁN. (Soltando el objeto en el suelo) pues algo así ocurre cuando la Luna se pone delante del Sol.
KÁRDER.- (Con admiración) ¡Es asombroso, Rabí! ¡Con qué facilidad borras las nubes de mis ojos! Hasta las piedras lo entenderían.
CHERADJA.- ¡Pues yo debo ser más dura que ellas! ¿Cómo voy a creer que la Luna o el Sol se porten como dos críos atolondrados y dejen de alumbrar a los hombres, cuando han sido creados para eso? El que todo lo puede les ha trazado muy bien su camino. Y... basta ya de lecciones que al árbol añoso es imposible cambiarle la forma (Alargándole los cuencos) ¿No os tomáis el caldo?
KÁRDER.- (Bebiendo un sorbo) Se enfrió, madre. Tendrás que calentarlo de nuevo.
CHERADJA.- No me extraña, hijo mío. Sería la primera vez que tu maestro hiciera algo a tiempo. Se entretiene con el vuelo de una mosca, con la mota de polvo que flota en un rayo de luz, con esa interminable charla que solo él comprende. ¡Nunca tiene prisa!... Y luego, la pobre Cheradja tiene que sufrirlo. (Coge malhumorada los dos cuencos y se dispone a salir) (Suspirando) ¡Ay! Voy a calentarlo.
ARTABÁN.- (Sonriente) Bien me conoce. Es cierto, pequeño. ¡Nunca tuve prisa! ¿Para qué? Si tú pretendes algo búscalo tranquilamente, pausadamente, sin que te agobie el temor. Y no hay ninguno más pesado que el que nos produce la idea de que va pasando el tiempo... los que viven como tu madre cruzan por el lado de lo más interesante sin conocerlo. Y se cansan, se cansan para llegar sin aliento al seno de Abraham. No los imites.
KÁRDER.- ¿Quieres explicarme, mientras regresa, la conjunción de Sirio con su doble?
ARTABÁN.- (Abrazando cariñosamente a su discípulo se dirige pausadamente a la ventana) Noche tan espléndida bien merece aprovecharla (Señala al cielo) ¿Ves aquella estrella que parpadea a la izquierda del Gran Carro? La de mayor magnitud...
KÁRDER.- Sí.
ARTABÁN.- Es la hermosa Sirio, la antorcha roja que para gala del gran oído hizo Yahvé brillar sobre el haz de la tierra. Junto a ella... (Se interrumpe y exclama con un gesto de admiración y espanto) ¡pero...! ¿qué es eso?, ¡Dios mío! ¿No me engañan mis ojos?
KÁRDER.- (Extrañado) ¿Qué te pasa?
ARTABÁN.- (Apremiándole con angustia y señalando con el dedo hacia un punto del espacio) ¡Mira! ¡¡Mira!!.
KÁRDER.- ¿Dónde?
ARTABÁN.- ¡¡Allí!¡ ¡¡Allí, junto a las alas del Cisne, en el camino del Ocaso!!... Una gran luminaria más bella que todas, más intensamente bella...
KÁRDER.- No veo nada, Rabí.
ARTABÁN.- ¡Ah, pobre ciego! (Corre excitado hacia la mesa, en donde revuelve con manos nerviosas los rollos de papiro hasta que encuentra uno, que despliega tornando enseguida a la ventana. Mira alternativamente al cielo y al papiro que representa un mapa celeste) ¡Sí!... ¡Sí!!... ¡Es nueva! No está anotada. ¡Es la señal! ¡La señal tanto tiempo esperada!
KÁRDER.- Pero ¿qué dices?
ARTABÁN.- (Con voz entrecortada por la emoción) ¡Qué... ha... nacido! (Gritando) ¡¡Ha nacido!!
CHERADJA.- (Entrando con gesto alarmado) ¿Qué ocurre? ¿Quién ha nacido?
ARTABÁN.- (En voz baja y con gesto sentencioso) ¡El que había de nacer! (Se deja caer sobre el asiento y queda como ensimismado mirando al suelo)
CHERADJA.- Cada vez te entiendo menos. Aunque para servirte tampoco es preciso. (Anunciando) En la puerta hay un mensajero que quiere verte con urgencia. ¿Le digo que pase?
ARTABÁN.- (Hablando consigo y como hundido en un mar de recuerdos) El mismo Señor os dará una señal... Y saldrá una vara de la raíz de José y de su raíz subirá una flor... ¡Oh, Isafas! ¡Cuánta verdad en tu boca! ¡Cuánta esperanza en tus palabras!
CHERADJA.- (Incomprensiva) ¡Ya cuanta paciencia he de poner en las mías! ¿Qué mandas? ¿Le digo que pase o que se vaya?
ARTABÁN.- (Maquinalmente y sin mirarla) Que pase, que pase. (Cheradja sale para cumplir la orden)
KÁRDER.- (Se acerca a su maestro) Debes perdonarla, Rabí. ¡Es tan buena!
ARTABÁN.- (Que monologa como antes) Aguardando, aguardé al Señor... y al ruido de sus pisadas mi corazón galopó como corcel de Nubia. Tú serás espuela en mis ijares y miel en mis labios.
EL MENSAJERO.- (Entra y hace una profunda inclinación ante Artabán) Señor, mi amo, a quien tanto conoces, me encarga que te entregue este urgente mensaje. (Le alarga un papiro enrollado y amarrado con una cinta)
ARTABÁN.- (Lo coge y se lo entrega enseguida a Kárder) Lee tú, hijo mío. Que la palabra escrita no borre de mis ojos la alegría que el cielo dejó en ellos.
KÁRDER.- (Desenvuelve el papiro y lee) "Al sabio Artabán, nuestro hermano en el secreto de los signos. Salud. Que Yahvé te proteja y mantenga tu espíritu despierto a la luz. Por si el quehacer terreno de hoy te ha impedido estudiar en la bóveda de zafiro, sabe, que, cada uno de nosotros por sí y los tres juntos, hemos visto y comprobado la aparición de la señal que durante tantos siglos y con tanto anhelo esperamos. ¡El que había de nacer ha nacido en la patria del Gran Rey!. Nos disponemos a partir en su busca para rendirle el homenaje que todos los que le presentíamos le debemos. Pondremos a sus pies, apenas liberados, el oro, el incienso y la mirra. Poco es, pero menos da la tierra en que nacimos. ¿Quieres acompañarnos? Hasta que Sagitario curve su arco sobre los Dos Gemelos te esperaremos junto a los muros derruidos de Borsippa. Nabú, el falso dios de la escritura, pálido de envidia, nos verá partir desde el enorme zigurat del templo de "Zezida". Volveremos al espalda a la mentira para ir al encuentro de la verdad. Te esperamos. Fraternalmente tuyos. Melchor, Gaspar y Baltasar".
ARTABÁN.- (Al mensajero) Di a tu amo que no faltaré. Antes se helaría la sangre en mis venas que dejar de acompañarles.
EL MENSAJERO.- ¡Bien, señor! (Hace otra exagerada inclinación y se retira)
ARTABÁN.- (En brusca transición y con las más exageradas demostraciones de júbilo) ¡Alégrate, Kárder, hijo mío! Iremos a verle... ¡A verle! ¡Aún no lo sospechas? ¡Es la luz del mundo, el agua viva, el Sembrador!
KÁRDER.- ¿El Sembrador?
ARTABÁN.- Sí. Su palabra será la semilla del hombre nuevo, ¡Pobre Humanidad si ni le escucha! ¡El pondrá el pañuelo en los ojos de los que sufren, el pan en la boca de los hambrientos, el látigo en las manos de los humildes para espanto de los soberbios y de los déspotas!. Iremos a verle... Hoy mismo, ahora mismo...! ¡Cuántos nacidos de mujer nos envidiarán en el proceso de los siglos! (Llamando a gritos) ¡Cheradja! ¡¡Cheradja!!
CHERADJA.- (Entrando precipitadamente) ¿Por qué gritas de ese modo?. No soy sorda. ¿Qué quieres ahora?
ARTABÁN.- ¡Pronto! ¡Saca pronto lo que tú llamas los tesoros!
CHERADJA.- (Con extrañeza) ¿Los te... so... ros...?
ARTABÁN.- Sí, sí. Eso que guardas en la cajita de marfil que heredaste de mi padre.
CHERADJA.- Y ¿desde cuándo te interesas por ellos? ¡Siempre los habías despreciado! Es extraño. ¿Puedo saber para qué los quieres?
ARTABÁN.- Para regalarlos.
CHERADJA.- ¿Has perdido del todo el juicio? Lo único de valor que hay en la casa y piensas regalarlo. ¿A quién?
ARTABÁN.- A quien sin necesitarlo lo merece. Será una mísera ofrenda del que no tiene nada menor que poner bajo sus pies. ¡Engaños, engaños deslumbrantes! ¡Ojalá los pise!
CHERADJA.- Pues para eso no te los daré. Puedes mandar que me azoten pero ¡no te los daré!
ARTABÁN.- (Con energía) calla y obedece. (En tono amable) Si los traes te diré a quién van destinados y te alegrarás.
CHERADJA.- (Dudosa) Mucho me temo que no. Pero en fin... tú mandas. (Encogiéndose de hombros al hacer el mutis) ¡Qué remedio me queda!
KÁRDER.- (Disculpando a Cheradja) ¡Te quiere tanto!
ARTABÁN.- Como yo a ella. Y debe agradecerlo. Eso me impide castigar su lengua. Y es que no quiere admitir que hace muchos años dejé de ser el pequeño a quien ella amamantó y sirvió de madre, cuando murió la mía. A veces pienso que quizás lleva razón al no distinguir entre sierva y madre. ¿No es lo mismo?
CHERADJA.- (Vuelve con una caja de marfil en la mano, que pone malhumorada sobre la mesa) ¡Aquí está todo!
ARTABÁN.- (Mientras abre la caja) Veamos, veamos qué comprende ese todo, cuya posible pérdida provoca tu cólera. (Sacando lo que nombra y poniéndolo sobre la mesa) Un diamante... Un rubí y... un jaspe. ¡Poca cosa!
CHERADJA.-
(Indignada) ¿Poca cosa le llamas? ¿Qué diría el príncipe de Ammón que te donó ese magnífico diamante en donde está prisionera toda la luz de las estrellas?. Tú le vaticinaste su triunfo sobre Moab. Es cierto. Pero eso no te autoriza para menospreciar su obsequio. ¿Y el rubí que te trajo la hija del Gran Sacerdote cuando hiciste el horóscopo de su recién nacido? ¡Una gota de sangre encendida del Arcángel no sería más bella! ¿Y el jaspe? ¿Qué tienes que decir del jaspe que te trajo de tan lejanas tierras aquél mercader fenicio a quien previniste contra los peligros del mar? (Con desprecio) ¡Poca cosa le llamas! Quisiera saber si hay alguien que pueda merecer tanta hermosura.
ARTABÁN. o hay, Cheradja. Y para que te convenzas, tú misma lo vas a nombrar. ¿Por quién te desprenderías tú de esas riquezas?
CHERADJA.- Tan sólo por uno.

KÁRDER.- ¿Por quién, madre?
CHERADJA.- ¡Por el que anunciaron los profetas de nuestro pueblo!
ARTABÁN.- Pues ¡alégrate! Para Ese son.
CHERADJA.- (Con alegría) ¿Es posible? ¿Quién me asegura que se han cumplido los tiempos?
ARTABÁN.- (Muy convencido) Yo.
KÁRDER.- (Con entusiasmo) ¡Y vamos a verle! Partimos enseguida ¿verdad, Rabí?
ARTABÁN.- Tan pronto como prepares las caballerías. Anda. Corre al establo y avisa cuanto estén. Nos esperan. (Kárder sale precipitadamente)
CHERADJA.- (Un poco cohibida y como avergonzada de su anterior aptitud) ¿Irás solo?
ARTABÁN.- Había pensado que me acompañara tu hijo. ¿Tienes algo que oponer?
CHERADJA.- (Muy humilde) No. Tan sólo que yo... quedaré muy triste... pero, no os preocupéis. Es el destino de los viejos.
ARTABÁN.- (Apoyando una mano en su hombro) ¿Te gustaría venir?
CHERADJA.- (Con entusiasmo) ¿Lo dices en serio? ¿No se avergonzará nuestro Gran Señor de una esclava tan repulsiva? ¿No se asustará de mi fealdad, de mi pobreza?
ARTABÁN.- Al que buscamos le espanta más la riqueza. Su doctrina será espina para los que atesoran, bálsamo para los que trabajan, clarín de guerra para los oprimidos que ansiando la justicia conquistarán la paz y seguirán tras ella para siempre. Ve a preparar tus cosas.
CHERADJA.- (Emocionada y besándole las manos) ¡Gracias! ¡Gracias! También el dolor y los años son una ofrenda. Y si esta no le agrada le diré cosas tan bonitas que... tal vez me mire. La mujer que ha sido madre siempre tiene en su boca la palabra justa para arrancar la sonrisa a un recién nacido.
ARTABÁN.- Sobre todo si sabe improvisar esos extraños cantos con que más de una noche llevaste el sueño a mis ojos.

(Oscuro de mutación durante el cual se alza el telón que representa la casa de Artabán y queda figurada en el suelo la bifurcación de dos caminos, uno de los cuales se pierde en las montañas del telón de fondo, que es el mismo de la noche estrellada. Al apagarse la luz comienza a oírse el tema musical que va creciendo en intensidad y termina cuando vuelve a encenderse, totalmente, la iluminación escénica. Esta se inicia poco a poco y en tonos de color cambiante quedando en una discreta semioscuridad violeta. Contrasta con ella un rayo de luna blanca que al asomar tras las montañas cae sobre el cuerpo del viajero que aparece tendido en el suelo, al margen del camino)
Tras una breve pausa.
EL VIAJERO.- (Quejándose) ¡Ay! ¡Ay! Nadie me oye. (En tono implorante y alzando un brazo hacia el cielo) ¡Oh dios de los caminos, no dejes que me desangre en esta soledad! (Se oyen los pasos de una persona que se acerca. El viajero concibe esperanzas) ¡Aquí!
ARTABÁN.- (Entra por el camino de la derecha apoyándose en un bordón de peregrino. Lleva bolsa y calabaza para el agua pendiente de cuerdas cruzadas sobre el pecho. Al oir la llamada se para en seco) ¿Quién llama?
EL VIAJERO.- (Con voz entrecortada por la fatiga) Acércate... Quien quiera que seas... ¡ayúdame! o... moriré..
ARTABÁN.- (Corre a su encuentro, hinca la rodilla y levanta su cabeza que queda iluminada por la Luna) ¿Qué te sucede?
EL VIAJERO.- Unos salteadores... después de robármelo todo... ¡todo!... me han dejado por muerto. (Agarrándose desesperadamente a los brazos de Artabán) ¡No me abandones!
ARTABÁN.- ¿Cómo puedes pensarlo? Tranquilízate y déjame ver. (Examina cuidadosamente sus lesiones) Tus heridas no son tan graves como crees. ¡Ten fe! (Busca en su bolsa de la que extrae lo necesario) El aceite y el vino y un buen vendaje bastarán.
EL VIAJERO.- (Mientras se deja curar, va recobrando el ánimo y se siente locuaz) Sí... Sí creo. Creo que tienes poder para sanarme. El medallón que llevas al cuello me dice quien eres ¡Oh, Rabí! pero más valiera que me dejaras morir ¿para qué quiero la vida si me han despojado de todo cuanto tenía? Pobre y viejo, arrastraré mi cuerpo, de puerta en puerta, implorando limosna ¡Triste porvenir!
ARTABÁN.- No te hace ningún bien tanta palabra. Ni al cuerpo... ni al espíritu.
EL VIAJERO.- Más daño me hará la miseria.
ARTABÁN. a miseria no daña al que la sabe despreciar. Como a las mujeres le gusta abusar de los que se le rinden ¿Por qué te afanas tanto por el día de mañana?
EL VIAJERO.- ¿Acaso no debemos hacer como las hormigas?
ARTABÁN.- ¿Por qué? No todos los animales son como ellas y también viven. Cada día tras su afán y El que te creó cuidará de ti, si no equivocas el camino.
EL VIAJERO.- ¡Que extraña es tu doctrina, Rabí! Y ¿qué es preciso para no equivocarlo?
ARTABÁN.- Obedecer. Escrito está que ganarás el pan con tu sudor. Pero el trabajo no es una maldición. Es un mandato que cuando se cumple le hace a cualquiera sentir la alegría de ser hombre. Con él reuniste lo que esos malhechores te robaron ¿No es así?
EL VIAJERO.- No. ¡Eso aumenta mi dolor! Parte era prestado y si no lo devuelvo me someterán a tormento... ¡ay! ¡Ay! No lo resistiré.
ARTABÁN.- (Rebusca en su bolsa, extrae la cajita de marfil y de ella el diamante que entrega al viajero) ¿Podrás pagar con esto?
EL VIAJERO.- (Exclama con los ojos desorbitados por la admiración) ¿Un diamante?
ARTABÁN.- (Con ingenuidad) No es bastante ¿verdad?
EL VIAJERO.- ¡Sobra muchísimo, señor, muchísimo! ¡Es lo más hermoso que he visto en mi vida!
ARTABÁN.- Mejor. Así no tendrás que mendigar puesto que tanto te horroriza.
EL VIAJERO.- (Sorprendido) Pero... ¿es que tal vez no eres un hombre?
KÁRDER.- (Entra corriendo por el camino contrario al que trajo Artabán. Llamando) ¡Rabí!... ¡Rabí!
ARTABÁN.- Aquí estoy ¿Por qué vuelves y no sigues adelante?
KÁRDER.- Madre dice que es muy tarde y que si no aligeras llegaremos a destiempo al lugar de la cita.
ARTABÁN.- ¿En dónde está ella?
KÁRDER.- Ya estará llegando con la caravana a las ruinas. A juzgar por sus protestas creo que se le acaba la paciencia.
ARTABÁN.- Pues tendrá que administrar con más talento el resto que le quede, porque nosotros, antes de seguir, hemos de llevar a este hombre hasta la casa más próxima. Anda. Ayúdame.
KÁRDER.- Como mandéis. (Se acerca a ellos y cogiendo de un brazo al herido ayuda a su maestro a ponerlo en pié, lo que consiguen con no poco trabajo)
EL VIAJERO.- (Dando unos pasos vacilantes) Mis huesos se resisten a sostenerme, pero tus brazos, Rabí, mandan en ellos.
(Oscuro de mutación como el anterior. Durante él se baja el telón que representa las ruinas de Borsippa. Cheradja aparece sentada sobre una piedra, dando aparentes muestras de impaciencia. A poco se levanta y pasea de un lado para otro. La luz cambiante se fija en un tono rosado, precursor del amanecer. Se oye ruido de conversación y por el mismo lateral entran con paso ligero Artabán y Kárder)
CHERADJA.- (Increpando a Artabán) ¡Ya estarás contento! ¡Ya estarás contento!
ARTABÁN.- ¿De qué?
CHERADJA.- De no encontrar a los que buscas. Me hubiera extrañado que sucediera lo contrario ¿Cómo se puede llegar a tiempo a sitio alguno entreteniéndose con cualquier cosa?
ARTABÁN.- (Comprensivo y resignado) ¿A qué llamas tú cualquier cosa?
CHERADJA.- (Desafiante) A lo que nos desvía de los que queremos, sea lo que sea.
KÁRDER.- No disputéis. Os lo ruego. Tú me has enseñado, Rabí, que las disputas son inútiles.
ARTABÁN.- Y es cierto casi siempre. (A Cheradja) Pero escucha ¿Cómo sabes que no encontraremos a mis amigos? ¿Quién te ha dicho que no vendrán después.
CHERADJA.
Nadie. Pero como es tarde y no están aquí sobran las referencias.
ARTABÁN.- ¿Y las caballerías?
CHERADJA.- A la vuelta de esa esquina cuidan de ellas los mercaderes de la caravana, a quien has retrasado su marcha más de lo debido.
ARTABÁN.- ¿Pero al llegar a las ruinas no viste a nadie?
CHERADJA.- No. Nos has obligado a parar tantas veces para esperarte que hace poco que llegué.
(Mientras Cheradja y Artabán sostienen el anterior diálogo, Kárder, que va de un lado para otro, descubre una hoja de papiro sujeta con una piedra entre las ruinas)
KÁRDER.- Aquí hay un papiro (lo coge y se lo ofrece a Artabán)
ARTABÁN.- (Rechazándolo) Lee. Lee pronto si es que esta débil luz del amanecer te lo permite.
KÁRDER.- (Leyendo) "Te hemos aguardado en vano hasta la media noche. Nuestra impaciencia por conocer al que ha nacido espolea de tal modo a los camellos que nos impide esperar más. Nos dirigimos hacia Occidente por la senda que al norte del desierto lleva a Bosra y Hosbón. De allí partiremos para cruzar el Jordán y entrar en la tierra de la Promesa. La luminaria que se ha encendido sobre Judea es guía tan segura que no puedes extraviarte. Oh, Artabán, primero entre los sabios, norte seguro de los que navega, que el ansia de ver clarear al Nuevo Día ponga alas en tus pies"
CHERADJA.- (Acercándose a Artabán) ¿Y qué dices ahora?
ARTABÁN.- Que a veces pienso si no eres más sabia que yo ¡Sabes vivir es aprender viviendo y amar es... morir. Los que se preocupan demasiado por el corazón prestan poca atención a la cabeza.
CHARADJA.- No sé lo que quieres decir.
ARTABÁN.- Nada. Nada importante. Sencillamente que... (Inclina la cabeza) he llegado tarde.
KÁRDER.- (Con pena) Entonces ¿volvemos a casa?
ARTABÁN.- ¿Por qué? ¿Acaso hemos salido de ella para regresar sin verle? ¡Vamos! Antes de que llegue el calor del día un gran trecho del desierto quedará atrás. Después acamparemos para seguir durante la noche y así sin tregua, con la mirada en esa luz que yo veo y a vosotros se os oculta iremos adelante hasta el sitio que le vio nacer.
CHERADJA.- ¡Que se cumplan tan buenos propósitos y no te tiente más el Enemigo!
KÁRDER.- ¿Otra vez madre vuelves a los reproches? El sabe más que tú.
CHERADJA.- Sí. El sabe más de las ciencias ocultas pero yo sé mejor lo que nos conviene. Son dos cosas muy distintas.
ARTABÁN.- (Sonriendo) ¿Y qué crees tú que nos conviene más ahora?
CHERADJA.- Callar y andar. Sobre todo andar que el camino es rémora para los que vuelven la cabeza y pluma para los que miran hacia delante.
(Oscuro de mutación como los anteriores que permite quitar el decorado de las ruinas y deja otra vez a la vista el camino. La noche sin Luna lo envuelve todo en semioscuridad. En primer término Cheradja y Kárder que se han detenido para esperar a Artabán. Este sentado en el suelo del fondo tiene una paloma entre las manos, a la que se esfuerza por entablillar un ala rota)
KÁRDER.- (Señalando al camino por el lado opuesto al que está Artabán) Han desaparecido tras aquél recodo. A este paso no llegaremos nunca.
CHERADJA.- Sí, hijo mío, sí. Pero es peligroso para mí insistir. No me atrevo. Ayer se enfadó tanto que tuve miedo de que me mandara volver. (En voz baja y con gran emoción) Y eso no. ¡No! Tan vieja y cansada ¿cómo podría sobrevivir a la pena de no besar las manos del Rey que ha nacido?
KÁRDER.- Pero ¿qué hace?
CHERADJA.- Di más bien, que deshace. (Ante el gesto de incomprensión de Kárder) Sí. No pongas esa cara. Deshace lo que hizo la flecha del arquero. (Señalando con el brazo hacia Artabán) ¿Es que no lo ves? Cura a una paloma que cayó con el ala rota. (Explicativa) Iba el último de la caravana ¡Como siempre! ¡Nunca tiene prisa! Y al pasar junto a la paloma se apeó del camello y corrió a recogerla en sus manos, con tanta ternura que más parecía acariciarla. Dijo no sé que del Espíritu de Dios y después nos mandó seguir. Los mercaderes y tú con ellos obedecisteis, pero yo... Yo no estoy dispuesta a que se quede rezagado en el desierto, en donde la muerte se agazapa tras de cada sombra de la noche.
KÁRDER.- Le quieres mucho... ¿verdad, madre?
CHERADJA.- Tanto como a ti que fuiste huésped de mis entrañas (Mirando hacia donde está Artabán que hace lo que indica) pero ¿es posible que derrame en el suelo el agua de su calabaza cuando apenas tenemos para dos jornadas y faltan tres para llegar al oasis? (Llamando) ¡Eh, Rabí! ¿Te olvidas de que en las arenas no nacen manantiales o es que quieres que los cuervos se ceben en nuestros cuerpos?
ARTABÁN.- (Desde lejos y en tono festivo) Ni olvido lo uno ni quiero lo otro. Es que no sólo nosotros tenemos sed.
CHERADJA.- ¿Quién entonces?
ARTABÁN.- (Levantándose y dirigiéndose hacia los otros llevando en sus manos la paloma) Espera y lo sabrás. No es muy agradable hablar a voces. (Al llegar a ellos) También los espinos necesitan agua.
CHERADJA.- (Extrañada) ¿Los espinos?
ARTABÁN.- Sí. No por ser tan insignificantes merecen la muerte. (Señalando) Ahí he visto uno que agonizaba calcinado por el sol. Una terrible agonía que el rocío de la noche sólo consigue prolongar.
CHERADJA.- (Con desprecio) ¡Es una mala yerba!
ARTABÁN.- (Dudoso) Según para quién. (Dando con cariñoso cuidado la paloma a Kárder) Toma y no la presiones demasiado. Sufre mucho. Ese jadeo tembloroso de su corazón asustado me hace daño en la mano.
CHERADJA.- En verdad no debieras salir nunca de tu casa. Allí, al menos, mientras piensas no ves el mundo. Hay en él demasiadas cosas y tus ojos acostumbrados a mirar siempre hacia arriba, se espantan si los diriges hacia abajo.
ARTABÁN.- Te equivocas. No me puede espantar nada de lo que existe porque lo comprendo. Es el hombre, el hombre y sus instintos lo que me preocupan. Es su fondo de ciénaga, su refinada crueldad, ese estúpido y soberbio afán de dominio que con tal fuerza le inculcó el Enemigo. Pero ¡tranquilízate! Ahora estoy alegre, ¡muy alegre!, porque mi infierno se ha abierto a la esperanza. El que buscamos arrancará de cuajo esa raíz. Más pronto o más tarde. Pasarán los siglos pero no su palabra y ésta hará el milagro ¿Qué son mil o dos mil años? El tiempo es otro invento de los hombres: El más despreciable y de menos valor. (En brusca transición y zarandeando por los hombros a Cheradja con jubilosa alegría) ¡Alégrate, mujer! El que buscamos arrancará de cuajo esa raíz. Por eso ardo en las brasas de mis deseos por conocerle.
KÁRDER.- ¿Seguimos? Los demás estarán muy distantes.
ARTABÁN.- Calma, muchacho y si quieres leer en las estrellas libérate de la angustia del tiempo ¡Déjalos ir! Antes se cansarán que nosotros y cuando se detengan para reponer fuerzas les alcanzaremos. En marcha. Ya para que esta no se haga pesada (A Cheradja) ¿Por qué no nos refieres, mi buena Cheradja, una de esas hermosas leyendas, dignas de ser cantadas con acompañamiento de salterio de diez cuerdas que tan bien sabes repentizar?
CHERADJA.- Las leyendas son para los niños. Sólo ellos las viven.
ARTABÁN.- Pues olvidémonos de que somos hombres y empieza...
CHERADJA.- (Recitando al mismo tiempo que los tres inician lentamente el mutis)
Por la llanura de Asur-ElHaj
van tres camellos
camino del mar...
¡Corre si los quieres alcanzar!
En el primero oro de Ofir.
-¡Alto!
De la maleza
¿por qué los cervatillos
quieren huir?
(Mientras que las luces se apagan, poco a poco, hasta llegar al Oscuro de mutación los tres se alejan y la voz de Cheradja cada vez más débil se liga con la música en crescendo. Al establo ruinoso en donde nació Jesús de Belén. Entra Artabán polvoriento y algo cansado, mira a un lado y a otro y después se vuelve hacia el sitio por donde ha venido)
ARTABÁN.- ¡Nadie! Y sin embargo no puede haber error... Es aquí... ¡Aquí! La luz que encendió en mí esta certidumbre brilló también en la frente de los otros tres...
(Entran Cheradja y Kárder. Aquella muy cansada y enferma se sostiene pasando un brazo por los hombros de su hijo)
CHERADJA.- (Quejándose y arrastrando los pies se detiene a la entrada del Portal) ¡Ay! ¡Ay! (A su hijo) No me dejes caer porque si caigo no me levantaré... (A Artabán) ¿Qué piensas encontrar en este miserable establo?
ARTABÁN.- (Acercándose a ella) ¡No le llames así al lugar en que nació!
KÁRDER.- ¿Quién?
ARTABÁN.- (Inclinado la cabeza) El que buscamos ¡Oleo derramado es su nombre!.
CHERADJA.- (La indignación le hace recobrar las fuerzas. Se desprende con rapidez de su hijo e increpa a Artabán) ¿Es que quieres que te lapiden por blasfemo? (En voz baja) ¡Calla y que nadie te oiga! Me temo que el sol del desierto te ha reblandecido la cabeza.
ARTABÁN.- No. Es tan cierto como la existencia del Iris que selló el pacto con Yahvé.
CHERADJA.- (Enfurecida) ¿Cómo puedo creer que el Rey del pueblo, el que dominará a las naciones, el Prometido pueda nacer en un muladar? ¿Acaso los reyes no vienen al mundo en lechos de plumas, entre las más costosas telas perfumadas de Persia, bordadas de oro y piedras preciosas? (Agresiva) ¡Di que es falso antes de que me olvide que soy tu esclava!
ARTABÁN.- (Con humildad) Aunque no lo creas es así...
CHERADJA.- Pues ¿dónde está? ¿Dónde están los Magos que nos precedieron? Si para regresar a nuestra tierra partieron de aquí nos hubiéramos encontrado con ellos en el camino. Hemos traído el mismo.
ARTABÁN.- (Encogiéndose de hombros) Eso no lo sé.
(Kárder que mientras hablan los otros dos ha estado curioseando por todos los rincones del Portal, se acerca al pesebre que hay pintado en el telón y recoge del suelo un pequeño pebetero que estaba semioculto entre pajas)
KÁRDER.- (Mostrando el pebetero) ¿Qué es esto?
ARTABÁN.- (Corre a su encuentro, examina el objeto, aspira el aire y da muestra de la más ruidosa alegría) ¡La prueba! He aquí la prueba de lo que te he dicho ¡En este braserillo se ha quemado perfumes! ¿Cómo no lo habíamos notado antes? (A Cheradja) Anda. Acércate y aspira el aire.
CHERADJA.- (Haciendo lo que ha indicado y con gesto de asombro) ¡Huele a incienso y a mirra!
ARTABÁN.- Y a otro aroma tan sutil, tan raro que tus sentidos no pueden percibir y a mí me llena de alegría.
CHERADJA.- (Con desesperación) Pero si es así yo quiero besar sus pies, esos pies amasados con nieve y rosas que cuando pisen harán nacer la vida en su camino ¿Por qué no está aquí? ¿Por qué no lo veo?
ARTABÁN.- (Con profundo abatimiento) ¡Porque ahora también... he llegado tarde!
(Tras breve pausa irrumpe en la escena una mujer terriblemente asustada, con el traje y el pelo en desorden, que aprieta contra su pecho a un niño pequeño)
LA MUJER.- (Mirando hacia atrás con gesto de espanto como dirigiéndose a alguien que la persigue) ¡No! ¡¡No!!... ¡Por piedad! ¡Es mi hijo! ¡¡Mi hijo!!... ¿Qué mal hizo a nadie?
(Antes de pronunciar las últimas frases entra un soldado con una espada en la mano que se dirige corriendo a la mujer y forcejea con ella para arrebatarle al pequeño. La mujer se resiste y protege a su hijo cubriéndolo con el cuerpo)
EL SOLDADO.- ¡Vamos, gacela! No chilles ¡Dámelo y acabemos! (En un descuido del soldado la mujer le muerde en una mano) ¡Ay, maldita perra! ¡Te arrancaré esos dientes de loba! (Alza la espada con intención de descargar un golpe sobre la cabeza de la mujer. Artabán se adelanta rápido y sujeta el brazo del soldado)
ARTABÁN.- ¿Qué vas a hacer?
EL SOLDADO.- (Rechazándolo violentamente) Y ¿a ti que te importa?
ARTABÁN. a vida de un ser siempre es importante para todos ¿Por qué la persigues?
EL SOLDADO.- Cumplo órdenes.
ARTABÁN.- ¿Órdenes?
EL SOLDADO.- Sí. El Gran Herodes, mi señor, ¡Yahvé le proteja!, nos mandó acabar don todos los varones de dos años nacidos en Belén y tres miliares a la redonda.
ARTABÁN.- Y ¿desde cuándo el Rey de Jerusalén siente esa sed de sangre inocente?
EL SOLDADO.- Desde que unos Magos de Oriente le anunciaron el nacimiento de un nuevo Rey de Israel (Ríe groseramente) ¡Es muy celoso!
ARTABÁN.- Pues yo te juro por este sol que cuelga de mi cuello que este niño (Señala al de la mujer) no es el que buscáis.
EL SOLDADO.- (Impresionado por el juramente y reconociendo la categoría de Artabán) Te creo, Rabí, pero yo... Tengo que obedecer.
ARTABÁN.- No hay obligación de hacerlo si lo que te mandan es el crimen.
EL SOLDADO.- (Impaciente) ¡Soy soldado! Perdonad su vida puede costarme la mía.
ARTABÁN.- (Con indiferencia pero muy persuasivo) ¿Para qué la quieres si la vas a manchar haciendo la voluntad de un tirano?
EL SOLDADO.- (Mirando a un lado y a otro con desconfianza) ¡Calla!
CHERADJA.- Cierra tus ojos, soldado. Nadie te obliga a tenerlos abiertos. Si lo haces no has visto a nadie.
ARTABÁN.- Al contrario. Ábrelos, ábrelos y mira lo que vas a hacer. Matar a un ser indefenso no permite dormir tranquilo después.
EL SOLDADO.- (Como si la luz se hiciera en su mente) ¿Cuál es tu poder, Rabí, que así desarma el brazo del guerrero?
ARTABÁN.- No es mío. Es la verdad que el que todo lo puede presta a mi boca. Y para que no olvides este día en que la conociste... (Saca la cajita de marfil, coge el rubí y se lo ofrece) ¡Toma!
EL SOLDADO.- (Admirando la belleza de la piedra) ¡Qué maravilla! (Dudoso) No sé si debo...
ARTABÁN.- Sí, hombre, sí. No lo dudes. Este rubí que te doy vale bastante menos que las blandas gemas que tenías dispuesto a llevarte en la punta de tu espada.
EL SOLDADO.- (Lo toma e inicia el mutis) ¡Que el Dios de nuestros padres bendiga tu mano generosa! (Sale)
LA MUJER.- (Corre presurosa hasta Artabán, hinca una rodilla y besa su vestido) Cuando mi hijo sea hombre no podrá pagarte la deuda de su vida, pero te buscará para ser tu esclavo.
ARTABÁN.- ¿Qué hizo él para merecer tal suerte, ni yo para que hables así? No, mujer. Sólo quiero de ti un favor.
LA MUJER.- Mándame.
ARTABÁN.- ¿Tú sabes algo de ese Rey de Israel de que habló el soldado? ¿Le has visto?
LA MUJER.- No. Pero cuando este hijo (Señala a su pequeño) comenzó a agitarse pidiendo libertad, ocurrieron en Belén cosas bien extrañas.
CHERADJA.- Cuenta, cuenta...
LA MUJER.- Vinieron muchas gentes de los más lejanos confines para cumplir la orden de empadronamiento que entonces dio el César. No había casa sin dobles moradores, ni cuarto vacío... Y una noche...
KÁRDER.- ¿Pero fue de noche?
LA MUJER.- No sé. Yo estaba postrada. Dicen que era una noche clara, quieta como el remanso de un río caudaloso, una noche cargada de presagios... Los pastores que dormían en las majadas se despertaron asustados, sus perros ladraron con esos ladridos jubilosos con que saludan la llegada del dueño... Una música lejana y nunca oída, unas voces que parecían venir de lo alto anunciaron la gloria de Dios y la promesa de la paz entre los hombres...
CHERADJA.- Sigue, sigue por lo que más quieras...
LA MUJER.- Y los pastores, toscos, e ignorantes, corrieron, corrieron guiados por una voz íntima hacia este lugar y aquí vieron a un niño, recién nacido, hijo de unos galileos, ante el cual se le doblaron las rodillas... ¡Nadie se explica el por qué!
ARTABÁN.- Yo si me lo explico, mujer. Me lo explico... ¿Sabes algo más? ¿Sabes qué ha sido de ese Niño?
LA MUJER.- ¡Ojalá pudiera decirte su paradero! Si quieres puedo preguntar. Mándame ¿Qué quieres que haga?
ARTABÁN.- Nada. Pon el cordero a buen recaudo que aún andan los lobos por el monte.
CHERADJA.- Sí, sí. Vete que otros soldados pueden llegar.
LA MUJER.- No temas. En estas ruinas hay huecos tan profundos que ocultándose en uno no nos encontrarán. (Se dispone a salir con su hijo)
KÁRDER.- ¡Espera! (Se acerca a un lateral y hace como que mira hacia el exterior) Puedes salir. No se ve a nadie. (La mujer sale)
ARTABÁN.- (Mirando al cielo) ¡Gracias, gracias por haberme ayudado! Manchar de sangre este lugar sería un insulto, el insulto más soez lanzado a la cara del que nos lo envía. Antes era un establo, un sucio establo en el que el vaho animal hacía el aire irrespirable y pesado...
CHERADJA.- Y ¿ahora?
ARTABÁN.- ¡Un santuario!
CHERADJA.- Pero vacío... ¡Ya no le veremos!
ARTABÁN.- Sí. Seguiremos buscándole sin descanso hasta las cuatro columnas de la tierra, por todas partes... En alguna estará. (Cheradja baja la cabeza muy entristecida y Artabán la mira) ¿Qué te pasa?
CHERADJA.- Te olvidas de mis años, de esta angustia que me ahoga... pronto su débil soplo apagaría la llama... y entonces me tendrías que sepultar bajo un montón de piedras... lejos de la morada en donde los nuestros esperan la hora del Gran Juicio.
ARTABÁN.- ¿Qué más da un sitio que otro? Ahora tampoco estás muy cerca de casa y si te quedaras aquí nunca me perdonaría el haberte dejado sola.
KÁRDER.- Si quieres yo puedo llevarla a Borsippa. Después te buscaría...
ARTABÁN.- (Apoyando una mano en su hombro) ¡Eres un excelente muchacho! Sí, ve con ella, pero no intentes seguirme ¿Cómo sabrías encontrar mis huellas en la ancha tierra? Porque yo no descansaré harta encontrarle. No habrá montaña que sirva de valla, ni río que corte mi camino, ni bosque oscuro que me asuste, ni fieras, ni hombres que me detengan. Yo no descansaré hasta encontrarle porque ¡tengo que pedirle perdón!
CHERADJA.- El justo no lo necesita y tú lo sabes.
ARTABÁN.- (Con insistencia y emoción) ¡Tengo que pedirle perdón!
CHERADJA.- ¿Por qué?
ARTABÁN.- (En voz baja) Por... ¡haber llegado tarde!
CHERADJA.- Pero eso significa que ahora, en este instante nos hemos de separar ¿Te das cuenta?
ARTABÁN.- Sí. Pero algo mío os llevareis para vuestro consuelo (Los dos mira interrogantes) (A Charadja) No. No pienses en el oro ni en nada de valor. No es posible dar lo que no se tiene. Lo que te ofrezco no se da en mano.
CHERADJA.- No quiero otra cosa que no sea tu imagen y esa sólo la muerte borrará de mis ojos. Que tú no olvides a la que te vio llegar al mundo para ser una de sus antorchas.
ARTABÁN.- (Abrazándola) Algún día nos volveremos a encontrar y será para siempre. (Abrazando a Kárder) Mi casa será la vuestra. Sé para ello hijo y señor, padre y esclavo y que cuando nos veamos lleves sobre el pecho el sol de la Sabiduría.
KÁRDER.- Que el que buscas aumente la tuya.
(Sale Artabán sin volver la cara para mirarlos, temeroso de no poder contener su emoción. Cheradja y Kárder le ven partir con profundo gesto de dolor en los rostros)
KÁRDER.- Si ya has descansado, también nosotros debemos partir.
CHERADJA.- Déjame un poco más ¡Te lo suplico! Vine tan cargada de cosas que decirle que con ellas a cuestas no podría regresar nunca... Y estoy enferma, deshecha... Antes de salir de este sitio me troncharía como un tallo reseco. Déjame junto a Él.
KÁRDER.- Pero ¡si no está!
CHERADJA.- (Como trastornada por la emoción) ¿Qué dices? Yo lo veo aquí, entre nosotros. Lo ha dejado todo lleno de Él. Se respira en el aire... ¡Se le oye llorar! ¡¡Escucha!! (Medio llorosa) Su voz me llega y la mía responderá... (A su hijo) ¿Cómo podría permitir que una pobre vieja se fuera tan triste? (Andando lentamente hacia el pesebre)
Lejos, lejos de mí
te sentí llorar...
Por los arenales,
serpiente y chacal...
Por el río,
¡Ay agua salada del Jordán!
mis pies, llaga viva
de tanto buscar.
El eco es un ansia
registrando el valle
y la azul montaña...
El eco: ¿dónde estás?
Y el viento lo lleva por el olivar.
(Accionando junto al pesebre y como si hablara con Jesús)
¡Te siento tan cerca!
(En voz baja)
El eco se calla
y la mano tiembla
(Con pena)
¡Qué tibio perfume y no veo el rosal!
(Llorando)
Dime: "¿Dónde estás?"...
(Kárder sugestionado por la voz de su madre se ha ido acercado al pesebre y la última frase la yo con una rodilla hincada en el suelo y la cabeza inclinada)
(Oscuro de mutación como los anteriores para mostrar medio telón que figura la esquina de una calle de Jerusalén. Al extremo una miserable casa que continúa por el lado opuesto un muro semiderruido coronado por varias piedras en difícil equilibrio. La escena sola una segundos)
(Por el lado opuesto al medio telón entra un sicario de la justicia herodiana que mira a todos lados para reconocer el lugar y después hacia el practicable por donde ha entrado)
EL SICARIO.- (A otra persona que se supone le sigue) ¡Eh, tú! ¡Es aquí?
(Entra el siervo de un rico saduceo que trae en la mano una tablilla de cera en la cual mira lo que hay escrito. Es un poco cargado de espaldas y en sus gestos y modales hipócritas recuerda siempre al judío de la más baja condición social de aquella época)
EL SIERVO.- Debe ser la primera casa a la vuelta de esa esquina. Mi señor espera que hagas las cosas bien. No quiere escándalos.
EL SICARIO.- (Irónico) Tu señor, a más de ser un rebelde al César, atesora mucha prudencia, pero esta de nada le servirá si no la reforzara con lo mucho que guarda en sus arcas bien repletas.
EL SIERVO.- Más te conviene callar y obrar, que las cerraduras de esos cofres no se abren con palabras ¿Voy contigo?
EL SICARIO.- Mejor es que esperes aquí porque (Irónico) como vea tu cara de rata será muy difícil que abra la puerta.
EL SIERVO.- Pues date prisa y... (En tono de amenaza) no olvides que las ratas también mueren.
EL SICARIO.- (Con risa sarcástica) ¡Muy fina tienes la piel para los tiempos que corremos! ¡Cómo se conoce que no has servido en las legiones! Los romanos tienen buenos remedios para los que son como tú y tu amo. Aguarda un momento. (Sale rápido doblando la esquina)
EL SIERVO.- (Amenazando con los puños hacia el sitio por donde el otro desaparece) ¡Yahvé os maldiga a ellos y a ti! ¡A ti a ese Rey extranjero a quién sirves, porque sois como perros que lamen la mano que les paga! (Con odio) pero no tardará el día de la venganza: Ojo por ojo, diente por diente! Así vuestros hijos aprenderán a no humillar al verdadero pueblo. (Amenazando otra vez con los puños y en voz baja pero llena de rabia) ¡Raza de hienas!
(Salen por detrás de la esquina el sicario que arrastra de los brazos a una joven de dieciocho años, descalza, despeinada y con el traje derrotado como consecuencia de la dura lucha que ha librado y libra con su apresor).
EL SICARIO.- (Al siervo) ¡Deja de rumiar maldiciones y ayúdame!
LA JOVEN.- (Debatiéndose con furia para escapar) ¡Suelta! ¡Suelta; miserable sayón!
EL SIERVO.- (Corre a ellos y sujeta también a la joven) ¡Quieres o no vendrás! Y ¡basta ya! No me obligues a que ponga mis manos sobre tu linda carne porque va a quedar señalada para toda la vida... y mi señor se enfadaría.
LA JOVEN.- ¡Antes me mataré que ser su esclava!
EL SICARIO.- ¡Anda! No digas tonterías. La muerte para ti no llegará ahora, aunque la llames (Ríe a carcajada) ¡Nosotros te defendemos de ella! (Empujándola) ¡De prisa!
LA JOVEN.- (Resistiéndose) ¡No iré! ¡Socorro!
ARTABÁN.- (Que entra por el lateral frente a la casa. Viene con el pelo y la barba totalmente encanecidos. El paso del tiempo ha curvado su espalda obligándole a sostenerse el cuerpo en su bordón de caminante) ¿Quién pide ayuda?
LA JOVEN.- (Gritando) Yo, señor ¡Libradme de estos sicarios de Baal!
ARTABÁN.- (A los otros) ¿Por qué la lleváis contra su voluntad?
EL SICARIO,- (Malhumorado) ¡Ha de pagar por su padre!
ARTABÁN.- Y ¿Qué hizo su padre?
EL SIERVO.- Debe a mi señor trescientos denarios y dice que no tiene ni uno. La ley manda que se venda todo lo suyo para que cobre el acreedor. Y como no tiene otra cosa que esta hija, ella quiera o no, será vendida como esclava. (Con gesto rufianesco) Mi señor en este caso, pujará con gusto en la subasta...
LA JOVEN.- (Suplicante) ¡No lo permitáis, señor! Antes me mataré; que ser del hombre más depravado de Jerusalén ¡Es un repugnante saduceo!
ARTABÁN.- (Registrando en su bolsa saca la cajita de marfil, la abre y le muestra el jaspe al sicario) ¿Trescientos denarios dices? Este jaspe vale más del doble (Le da la cajita con su contenido al sicario) ¡Soltadla!
EL SICARIO.- ¿Pero...?
EL SIERVO.- (Casi a la vez) ¡Mi señor tiene derecho a...!
ARTABÁN.- (Interrumpiéndoles) ¿No pretendéis cobrar? Pues ya lo habéis hecho ¡Ya, marchaos! o por quien soy (Enseña el medallón) te aseguro que iré a quejarme personalmente ante el Rey de vuestras podridas intenciones.
EL SICARIO.- No es preciso, Rabí, no es preciso... (Entre exageradas zalemas se retira por donde había entrado seguido del siervo que hace gestos de protesta)
LA JOVEN.- (Corre hacia Artabán y le besa con efusión las manos) ¡Gracias, señor! La Providencia te envió en el momento justo de evitar una infamia.
ARTABÁN. a Providencia es más sabia que los hombres... ¿Dónde vives?
LA JOVEN.- (Señalando la esquina) En la casa de la vuelta que es la tuya, pasa y descansa pues el polvo de tus sandalias me dice que traen un largo camino.
ARTABÁN.- Cierto, hija mía. Durante más de treinta años he ido persiguiendo los pasos de quien me robó el sueño para convertirlo en una ilusión única. Mis pies saben de las fértiles márgenes del Nilo, de las duras piedras del Sinaí, de las ardientes arenas de Arabia, de las escarpadas laderas del Líbano y del bullicio de los mercados en la Decápolis. En algunas partes le han visto... pero antes, antes de mi llegada. Parecía huir de mí como un espejismo inalcanzable en el desierto... Y ahora... No, no descansaré hasta encontrarle.
LA JOVEN.- ¿A quién buscas?
ARTABÁN.- A quien me han dicho que está en Jerusalén ¿Conoces a Jesús el Galileo?
LA JOVEN.- Sólo su fama de justo. Pero ya no le podrás ver.
ARTABÁN.- ¿Por qué?
LA JOVEN.- Porque hace poco pasó por aquí entre una turba de soldados y fariseos que lo llevan al Monte de la Calavera donde recibirá muerte de Cruz. El Sanedrín le ha condenado por blasfemo.
ARTABÁN.- (Con desesperación) ¡Cielos! ¡Cielos! ¡Ay, pobres de ellos y de mí!
LA JOVEN.- ¿De ti?
ARTABÁN.- No. Vete tú y no te preocupes por el abandono. El remordimiento por mi torpeza en encontrarle no me dejará solo...
(La joven se aleja hacia su casa. Artabán queda en primer término, al pié del muro derruido, con la cabeza baja y sumido en la más angustiosa meditación)
ARTABÁN.- (Como hablando consigo y en tono monótono de salmodia) ¡Te busqué y no te hallé! ¡Te llamé y no me respondiste! ¿Dónde te escondes que los que debieran verte no te han visto?
(En este momento se apagan las luces por completo y simultáneamente suena el redoble de un timbal que imita el ruido de un terremoto. Durante breves segundos se oyen golpes como si del muro de la decoración cayeran al suelo varios bloques de piedra. También se percibe el desplome del cuerpo de Artabán, que ha sido alcanzado en la cabeza por una de ellas. Enseguida se enciende un potente foco de luz que se proyecta sobre Artabán tendido en el suelo. Está emocionado y en su frente se ve la ancha herida ensangrentada que le produjo el golpe. Varias piedras, grandes y pequeñas, figuradas en cartón, rodean el cuero, que queda recortado por el caño de luz, mientras el resto de la escena permanece en la oscuridad. Del fondo de esta surge una sobra blanca, una figura vestida con larga túnica de anchas mangas que lleva caída sobre la mitad de la cara una larga melena que casi le oculta el rostro. Avanza lenta y solemnemente hacia el cuerpo de Artabán. Cuando está junto a él, hinca una rodilla en el suelo y sus manos llagadas y las bocamangas entran en el cono de luz en un gesto amoroso para levantar la cabeza del herido)
ARTABÁN.- (Abre los ojos y mira hacia la cara de Jesús difuminada por las sombras) ¿Quién eres? ¡No te conozco!
JESÚS.- (Con voz cálida y sin afectación) Cuando tuve sed me diste de beber, cuando padecía hambre tu pan la calmó, cuando andaba desnudo me vestiste. Tú curaste mis heridas y en la cárcel recibí tu visita.
ARTABÁN.- ¡Nunca hice eso contigo!
JESÚS.- ¡Lo que has hecho por el más pequeño de mis semejantes por Mí lo hiciste!
ARTABÁN.- (A punto de llorar) Pero, Señor ¿cómo es posible, si yo siempre... ¡¡he llegado tarde!!...
JESÚS.- (Acariciando su cabeza) No. Tú siempre has llegado el primero.
(Comienza a sonar el tema musical de la obra, a toda potencia, mientras se corre el

T E L Ó N



martes, 5 de enero de 2010

Renace Keynes





A diferencia de la derecha, que ensalza de continuo las glorias de sus antepasados, la izquierda se había dedicado en los últimos tiempos a la tarea de enterrar a sus padres espirituales. La lista de los sepultados, desde Marx en adelante, es prolija, pero ahora, cuando han venido mal dadas, nos hemos dado cuenta que el vacío que más se hacía notar era el del economista británico John Maynard Keynes (1883-1946), a quien la Gran Depresión puso al frente del pensamiento económico. Y eso que sólo era un padre adoptivo, puesto que, como es sabido, el gran economista inglés no era ni socialista ni mucho menos un revolucionario, sino un liberal heterodoxo que intentó salvar a un capitalismo que no admiraba pero que consideraba la mejor garantía frente a sus alternativas reales, el fascismo y el comunismo, ideologías a las que aborrecía. En este sentido, puede considerarse al keynesianismo como una especie de revolución pasiva, moderada y endógena del sistema capitalista. Pese a ello, su solución de «dinero barato, gasto inteligente» como remedio contra la depresión y el desempleo fue el lema abrazado con entusiasmo por la izquierda socialdemócrata después de la II Guerra Mundial.

La generalizada aceptación de Keynes en la posguerra se debió a que para los socialdemócratas representaba la posibilidad de regular el capitalismo en beneficio de objetivos sociales, y para los conservadores moderados la seguridad de que el capitalismo podría sobrevivir y lograr el apoyo social. En el tiempo de la Gran Depresión se preguntaba Keynes cómo sustituir el capitalismo del laissez faire, laissez passer y de la supervivencia de los más fuertes, por un sistema económico más humano y equilibrado.

Ya en la era industrial quedó de manifiesto que los mercados desregulados no tienden al equilibrio. La situación de equilibrio es una abstracción teórica que casi nunca se produce. En plena Gran Depresión, Keynes demostró que la hasta entonces venerable ley de Say, que aseguraba que toda oferta genera su propia demanda, no se cumplía en términos macroeconómicos. Entregado a la mano invisible, el capitalismo de mercado genera más oferta que demanda, como el comunismo hacía lo contrario según atestiguaron durante años las colas para adquirir cualquier cosa en los países del Este. Para el economista de Cambridge, la economía era una ciencia de medios, no de fines y el capitalismo internacional e individualista de los años treinta no constituía ningún éxito. No era inteligente, ni virtuoso, ni justo, ni capaz de proporcionar los bienes y servicios que se necesitaban; por lo tanto, el capitalismo liberal estaba en la raíz del caos económico y proponía para arreglarlo una doble solución: el Estado debía adoptar una actitud más activa en la dirección y programación de la economía, y las relaciones económicas con el resto del mundo deberían ser controladas políticamente.


Franklin Delano Rooselvet, Presidente de los Estados Unidos durante la Gran Depresión. (http://21db.files.wordpress.com/).


Keynes percibía que la clave de las crisis cíclicas del capitalismo radicaba en que los gastos procedentes de las inversiones privadas son inestables de por sí, debido a las manías y modas que se dan entre los inversores, a los cambios que sufría el «espíritu animal» de empresarios y consumidores o a que la caída de los precios deterioraba el sistema financiero. Los keynesianos pensaban que una política monetaria sólida -en la que se utilizaran los tipos de interés para disminuir las fluctuaciones de las inversiones privadas- podría ayudar a estabilizar la economía. Pero también pensaban que el Gobierno tenía que intervenir directamente, aplicando una política fiscal expansiva para mantener la estabilidad del nivel global de gastos.

Agitadas las aguas bursátiles por las feroces dentelladas de los tiburones financieros y los agónicos braceos de inversores timoratos, las bolsas mundiales continúan aquejadas de altibajos erráticos que demuestran lo que nos enseñó Schumpeter, que el capitalismo de mercado se ve cíclicamente sometido a «temporales permanentes de destrucción creativa», al tiempo que cobran pleno sentido las palabras de Marx en el Manifiesto del Partido Comunista: «El Gobierno del Estado moderno no es más que el comité de administración de los negocios comunes de toda la clase burguesa». Actualícese el lenguaje, y en esas dos frases está todo el fondo de lo que está sucediendo estos días.

El comportamiento maníaco depresivo de la economía virtual está intoxicando a la economía real: las palabras en boga son crisis y recesión. Ajado ya el lustroso parqué financiero por una partida de facinerosos de los de “trinca la pasta y corre”, la recesión aparece con dos rostros, el de las encuestas de población activa, cuyas gélidas cifras redoblan como fúnebres campanas cuando anuncian el aumento del desempleo urbi et orbe, y con el rostro más humano, patético y sobrecogedor de quienes, engañados por el mercado e iluminados por sus propios sueños consumistas, lo están perdiendo todo.


El estafador financiero Bernard Madoff abandona la Corte Federal de Nueva York tras declarar ante el juez en enero de 2009. Fotografía de Associated Press (http://www.elpais.com/).

Una vez comprobado que la actual crisis no era un constipado sino una neumonía, las respuestas de los gobiernos, que al principio más parecían curanderos que médicos, han sido de manual clínico: ante los primeros síntomas, dosis homeopáticas de placebo en forma de optimismo; diagnosticada la enfermedad y asumida la crisis orgánica, inyecciones masivas de balsámicos caudales multimillonarios; observación de la respuesta del enfermo que apunta síntomas de ligera mejoría a pesar de las dificultades del diagnóstico por el empecinamiento ciclotímico de las bolsas una vez superado su catatónico desplome del viernes 23 de octubre de 2008, precisamente en el aniversario del crack de 1929; y consulta a otros especialistas, que van acudiendo a sucesivos cónclaves: véanse las idas y venidas de jefes de Estado, presidentes de gobiernos y ministros de Economía a las reuniones de organismos varios (G-7, G-8, G-20, Ecofin, UE, BCE, FMI).

La venganza es un plato frío. ¡Qué reconocimiento para lord Keynes volver a ver sus recetas después de tantos años de experimentos fracasados! Constatada una vez más el axioma de Schumpeter, en los dos últimos años hemos podido comprobar que las ideas keynesianas siguen teniendo plena vigencia: cuando vienen mal dadas, todos somos keynesianos. Entre los más notables, los premios Nobel de Economía Samuelson (1971), Stitglitz (2001) y Krugman (2008), para quienes sólo hay un remedio al problema de los ciclos depresivos del capitalismo: grandes dosis de keynesianismo intervencionista en estado puro o, lo que es lo mismo, un mayor gasto estatal que dinamice la economía, una medicina de probada eficacia en el New Deal que adoptó la administración Roosevelt durante la Gran Depresión.


El Nobel de Economía Paul Samuelson, fallecido el pasado trece de diciembre, fotografiado en la ceremonia de investidura como Doctor Honoris Causa por la UNED (1989). Foto de Bernardo Pérez (http://www.elpais.com/).

En una carta abierta publicada el domingo 31 de diciembre de 1933 en el New York Times, Keynes sugirió al presidente Roosevelt las medidas económicas que debían aplicarse para remediar los espasmos económicos del crack del 29, cuyas fatídicas consecuencias no se habían podido atajar con las políticas monetaristas de corte liberal aplicadas hasta entonces. En esa carta se sintetizan las ideas claves que años después, en 1936, el economista británico explicaría en la que es considerada la piedra angular de la moderna Macroeconomía, su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero. En resumidas cuentas, lo que Keynes sostenía era es que cuando existe un vacío macroeconómico el Gobierno debe sustituirlo y prepararse para sanear el sistema.


Cola de desempleados esperando comida en las puertas de un albergue municipal de Nueva York durante la Gran Depresión (1932). Fotografía de Associated Press (http://blog.oregonlive.com/money_impact/).

Frente al mantra del capitalismo libertario que predicaba Milton Friedman, frente al deseable Estado anoréxico que «era el problema y no la solución», frente al laissez faire de los mercados defendido por los monetaristas de entonces y por los neoliberales de ahora, cuyo remedio para todo es dejar que la fuerza de la oferta y la demanda arregle los problemas, la teoría de Keynes abogaba por dotar a los Estados de poder para controlar la economía en épocas de crisis mediante la aplicación de medidas de política fiscal acometidas merced al gasto presupuestario del Estado y dirigidas a dar liquidez al sistema y a combatir el desempleo. En otras palabras, la propuesta de Keynes se fundamenta en que el Estado debe jugar un papel anticíclico en la economía estimulando la demanda en momentos de recesión y restringiéndola en momentos de auge. De esta manera, los ciclos económicos se aminoran y no se transforman en crisis.

Hoy, cuando la práctica totalidad de los Gobiernos ha vuelto masivamente a las políticas keynesianas de intervención en la economía y de activación de la demanda, vía déficit público, se palpa un malestar difuso y una cada vez mayor inquietud sobre el resultado que las costosas intervenciones públicas puedan producir en la recuperación económica. El malestar es especialmente visible en la izquierda política, que se pregunta si el esfuerzo del bolsillo de todos sólo va a servir, si hay suerte, para rehacer el mismo capitalismo de mercado que ha originado la crisis. Se constata el recurso a las técnicas keynesianas -con la derecha neoconservadora guardando un cauto silencio-, pero no se aprecia que la intervención salvadora vaya acompañada de los valores e instituciones que acompañaron al keynesianismo tras la Segunda Guerra Mundial. Se teme, en definitiva, que sobrepasada la crisis, surja más de lo mismo, que, como en El Gatopardo, algo se cambie para que todo siga igual.


En la imagen superior operadores de la Bolsa de Nueva York el 25 de octubre de 1929, un día después del “Jueves Negro”, el primero de una serie de desplomes bursátiles que condujeron al hundimiento de Wall Street, el incio de la Gran Depresión.  Debajo, operadores de la Bolsa de Nueva York en octubre de 2008, el día en que el índice Dow Jones cayó 777 puntos, la caída mayor registrada hasta ahora (http://blog.oregonlive.com/money_impact/).

lunes, 4 de enero de 2010

James Tobin y la cesta de los huevos





En la última reunión del Consejo Europeo, celebrada el pasado diciembre, los veintisiete hablaron de la necesidad de que el sistema financiero renovase su contrato económico y social con la sociedad después de los durísimos 30 meses de crisis global, cuyo epicentro estuvo precisamente en las finanzas internacionales. Para ello propusieron el estudio de cuatro grandes medidas: la generalización de fondos de garantías sostenidos por los bancos, gravámenes sobre los bonus de los ejecutivos del sector financiero, el establecimiento de primas que las entidades pagarían a los Estados por su papel de aseguradores de los riesgos y, finalmente y más importante para lo que aquí me interesa comentar, una tasa para las transacciones financieras.

En la página de ayer publiqué un artículo (Añorando Bretton Woods) en el que me ocupé de los problemas causados por el abandono de los acuerdos establecidos en aquella ciudad norteamericana que han traído como funesta consecuencia el desplome de la economía virtual y la crisis de la economía real cuyos efectos estamos pagando ahora. Finalizaba exponiendo la necesidad de establecer “un nuevo muro de contención que rehabilite el reparto de la riqueza y equilibre las insostenibles desigualdades del mundo actual”. “Soluciones las hay” –escribí-“volveremos a ellas desde Champaign, Illinois”.



Campus de Illinois State University en Champaign, Illinois.

En Champaign nació el economista norteamericano James Tobin (1918-2002), premio Nobel de Economía en 1981. Profesor en la Universidad de Yale desde 1950, y asesor del presidente Kennedy, Tobin fue siempre un hombre de ideas archikeynesianas. Frente a las políticas monetaristas propugnadas desde la Universidad Chicago, Tobin defendió el legado de Keynes y propugnó políticas fiscales y redistributivas. El Nobel se lo concedieron por haber desarrollado un complejísimo modelo de cálculo de variables financieras y monetarias, y por una teoría sobre criterios de inversión en la que recomendaba la diversificación de las inversiones. Cuando los periodistas le preguntaron qué quería decir aquello, intentó simplificar. Consecuencia: Tobin se convirtió en el hombre que ganó el Premio Nobel por recomendar que “no se pusieran todos los huevos en la misma cesta”.


James Tobin (1918-2002), fotografiado el año de su fallecimiento.

En 1971, el mismo año en que se derrumbaron los acuerdos de Bretton Woods, Tobin dio unas conferencias en Princeton. Estaba preocupado, como mucha gente entonces, por la estabilidad de los mercados de divisas. Se inspiró en una medida esbozada en la Teoría general de empleo, del interés y del dinero de Keynes, en la que aparece una propuesta de creación de un impuesto que vinculara a los inversores de una forma duradera, intentado favorecer que el capital apostase y ganase -que esa, y no otra, es la lógica del capitalismo-, pero tratando de evitar que su retirada tras un breve plazo de ganancias dejara abandonadas las inversiones capitalizadas que, por lo general, necesitan largos plazos de ejecución. Apoyándose en esta idea Tobin planteó establecer un impuesto del 0,05% sobre las transacciones de divisas. La tasa quería proporcionar alguna autonomía a las autoridades monetarias nacionales y penalizar los movimientos especulativos. Esa herramienta de lucha contra la especulación financiera, denominada desde entonces "tasa Tobin", concebida cuando los primeros ordenadores permitían modestas transacciones de divisas que, sin embargo, anunciaban un fulgurante porvenir que Tobin supo intuir.





Ejemplar de la primera edición del libro de John Maynard Keynes que inspiró la tasa Tobin.

El intercambio de materias primas y de bienes de consumo ha sido desde siempre un mercado regulado por los estados a través de aranceles. No hay que olvidar que tanto el impuesto sobre la renta como el que grava las rentas de capital son inventos modernos, y que los estados se han financiado secularmente vía impuestos indirectos que gravan la producción y el comercio. Si consideramos la obtención de una materia prima (un racimo de uvas, pongamos por caso) como inicio de una cadena cuyo último eslabón es la mercancía puesta en manos del consumidor (una botella de vino), a lo largo de esa cadena se ha ido creando empleo y riqueza, no solo al inicio (compra la uva) y al final de la transacción (venta de la botella), sino también a lo largo de toda una cadena en cuyos sucesivos eslabones se genera empleo y riqueza, y se reequilibra el bienestar social gracias a los impuestos. En el movimiento globalizado de capitales existe también una cadena, pero de tal naturaleza que sus eslabones iniciales y finales coinciden en las mismas manos, y cuyos tramos intermedios agitados por el chip, impulsados por el gigabyte, empaquetados en el ordenador y libres de tasas impositivas, no generan más riqueza que la resta en manos del especulador.

Catapultado a velocidades supersónicas por el descomunal desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, un ejército electrónico de capitales depredadores mueve diariamente billones de dólares en el descontrolado mercado financiero. El turbocapitalismo de los traficantes de bonos y divisas salta de un mercado a otro en un billar financiero cuyo fundamento es la apuesta especuladora y cuyos réditos en términos de fortalecimiento de la economía real es prácticamente nulo, puesto que sólo un dos o tres por ciento de ese tráfico sirve directamente para asegurar la industria y el comercio. El resto se concentra en las manos de los apostadores que controlan el cibernético casino en que se ha transformado el mercado financiero. Un casino que ya había denunciado Keynes en los años treinta, genial previsor de lo que se nos veía encima cuando escribió que "no puede esperarse nada bueno de una situación (...) en la que el desarrollo de un país se convierte en subproducto de las actividades de un casino".



Madre de una familia de recolectores de melocotón en paro. California, febrero de 1936. Fotografía de Dorothea Lange (Biblioteca Franklin D. Roosevelt; http://www.loc.gov/rr/print/list/128_migm.html).

La cosa no pasaría de ahí si, como se decía a sus inicios, la libre circulación de capitales produjera los miríficos efectos de crear riqueza en derredor. Pero los datos son contundentes. En 1977, los ingresos de un ciudadano medio de los Estados Unidos eran 40 veces superiores a los de un habitante de un país pobre; hoy son ochenta veces mayores. Al inicio de los 70, cuando Tobin planteó su tasa, los movimientos diarios de capital ascendían a 70.000 millones de dólares, mientras que hoy son casi cuarenta veces mayores. Mientras que los capitales crecen, la industria y el comercio languidecen. La lectura es bien sencilla: el libre mercado de capitales, lejos de crear riqueza y de fomentar el equilibrio entre las naciones, ha incrementado la pobreza de los pobres, ha aumentado la riqueza de los ricos y ha provocado unas tremendas desigualdades.

La tasa de Tobin es hija del sentido común: gravar con una tasa modesta (0,1% en la propuesta inicial; 0,5% en la remodelación que Tobin hizo en 1983) las transacciones internacionales de capitales para luchar contra la especulación. El flujo de capital descontrolado, con sus impredecibles y abruptos cambios de dirección y caóticas oscilaciones en la cotización, daña la economía material. La idea básica de Tobin era favorecer las inversiones a largo plazo, las que se contemplan en un término situado entre uno y cinco años, y de penalizar las que se hacen pensando en términos de meses, semanas o incluso horas. El 0,1% no tiene ningún efecto disuasorio cuando se piensa en una inversión a varios años vista, pero sí cuando lo que se proyecta son viajes de ida y vuelta, en el mismo día, cada uno de ellos gravado sobre una moneda, bonos del Tesoro o activos financieros.


Patio interior de la Bolsa de Madrid

Desde hace más de una década lleva la Asociación para la Tasación de las Transacciones y por la Ayuda al Ciudadano (ATTAC) estudiando las diferentes modalidades de la tasa Tobin. La Comisión Europea ha encargado la instrumentación de una tasa Tobin al FMI. Es un primer paso, pero nada más. No se ha definido ni Cuándo entrará en vigor, ni a qué operaciones afectará, ni cuál será su cuantía, ni si tendrá el carácter universal que requiere para evitar la fuga de capitales a las partes del mundo que no la apliquen, en una especie de competencia desleal, como la que proporcionan los paraísos fiscales.

El objetivo de la tasa Tobin original era paliar la volatilidad de las operaciones financieras internacionales. A ello se le han añadido otros fines como financiar la ayuda al desarrollo o, incluso, ayudar a combatir el cambio climático. Además de esa tasa, y en el marco de los Objetivos de Milenio y de la transición hacia una economía sostenible se están estudiando otras iniciativas como un impuesto sobre los billetes aéreos, una tasa global sobre el carbono y una facilidad financiera internacional (una especie de Tesoro global, capaz de emitir deuda).

Al igual que Keynes, pero de forma más acusada, Tobin era un economista liberal y más partidario que su maestro de la no intervención del Estado en los mercados. No obstante, a diferencia de quienes han hecho de los mercados ídolos, de la globalización dios, y de sus virtudes un dogma, Tobin era consciente de que la mundialización económica trae consigo una desregulación que hay que controlar, para evitar un pensamiento que había comenzado a calar: que nadie se hacía rico trabajando e innovando en la economía real, que el triunfo estaba en la depredación del cibercapital.






domingo, 3 de enero de 2010

Añorando Bretton Woods





Si alguna ausencia se deja notar en la enorme crisis económica que nos desborda es un marco teórico que permita explicar por qué ha sucedido lo que ha sucedido y, sobre todo, cómo recuperar la senda del crecimiento, a ser posible, sostenible. Una buena parte de los economistas, seguidores de las teorías neoclásicas en que había desembocado el monetarismo, guardan un prudente silencio, del que ignoramos si se guarda con propósito de enmienda o sólo a la espera de volver a la carga. Por su parte, los contados neokeynesianos que se atreven a sacar la patita y, sobre todo, los líderes políticos, se afanan en atajar una enfermedad cuyos síntomas son muy claros pero cuyo diagnóstico no lo es tanto.




El economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) y su esposa, la bailarina rusa Lydia Lopokova (1892-1981). Óleo de William Roberts en la National Portrait Gallery de Londres.

Con sensatez se recurre a Keynes, lo que parece ser la opción más oportuna. Sin embargo, ocurre que Keynes analizó la situación hace casi ochenta años, y, desde entonces, muchas cosas han cambiado, entre otras que el modelo keynesiano está sustentado en el esquema entonces imperante, el de las economías cerradas de Estado-nación, que ha sido superado por la realidad de un mundo globalizado e instantáneo desde el punto de vista financiero.

Aturdidos por el maremoto financiero, los antiguos defensores de la mano invisible del mercado y ahora neoconversos del intervencionismo estatal, predican la refundación el capitalismo, para reforzar los sistemas de control del sistema financiero, reescribir las reglas bancarias y estigmatizar el «capitalismo especulativo», frente al «capitalismo productivo» que debe recuperar su lugar central. Muchos expertos indican la necesidad de desembocar en un nuevo pacto, al estilo del que se estableció hace más de sesenta años en Bretton Woods, pero esta vez encaminado a regular el sistema financiero mundial. En este tipo de situaciones, nada más útil para abordar lo novísimo que echar mano de lo clásico. Repasemos un poco de historia y de geografía, que algo sacaremos en limpio sin quebranto de nuestros atribulados bolsillos.

En el flanco oriental de Norteamérica, la cordillera de los Apalaches se extiende a lo largo de tres mil kilómetros desde la cálida Alabama a la gélida Terranova, ya en Canadá. Sobrepasada la cuenca de los ríos Ohio y Hudson –ese río que cerca de Wall Street «se emborracha con aceite», como escribió Federico en Poeta en Nueva York-, alcanzado New Hampshire, los Apalaches se fragmentan en otra cadena, las montañas White, cuyos picos llevan los nombres de los primeros presidentes estadounidenses: Madison, Jefferson y Washington. Desde la cumbre del más alto de ellos, monte Washington, se divisa en los días claros el valle de Bretton Woods, donde un cálido día de julio de 1944 se quiso poner orden en el espacio económico mundial.



Hotel Mount Washington en Bretton Woods, donde se celebraron las conferencias de 1944. Archivos del Fondo Monetario Internacional (http://external.worldbankimflib.org/Bwf/).

Convocados por el presidente Roosevelt, representantes de cuarenta y cuatro países se reunieron allí para fijar el valor patrón del oro, para estabilizar los tipos de cambio entre las diferentes monedas nacionales y para crear los dos grandes organismos, el FMI y el Banco Mundial (BM), que habrían de garantizar el orden financiero del mundo mediante el control de las relaciones comerciales y monetarias internacionales. Conscientes de que la última gran guerra había sido una respuesta del fascismo a la incapacidad mostrada por los Estados democráticos para solucionar las recesiones económicas de los años veinte y treinta, los reunidos en Bretton Woods acordaron un tratado sobre el tráfico internacional de divisas que, aunque garantizando la libre conversión de las monedas, el cambio y la transferencia de grandes sumas de aquellas quedaban sujetos a la autorización estatal. Para las divisas de todos los países regía una paridad fija con el dólar, cuyo valor en oro se garantizaba por la Reserva Federal norteamericana.



Keynes se dirige a los asistentes de la conferencia de Bretton Woods en julio de 1944. Fotografía de Leo Rosenthal en los archivos del Fondo Monetario Internacional (www.imf.org/).

La cuestión estaba clara: si el dólar se mantenía fuerte, todos se mantenían. Si el dólar se debilitaba por problemas de la economía norteamericana o si la política de algunos Estados se inestabilizaba de tal forma que hiciera flaquear al dólar, el sistema fallaba. De ahí que se decidiera también que la política económica de las naciones quedara sujeta a planes económicos diseñados desde el FMI. De las faldas del monte Washington surgió la receta por todos conocida de inflación baja, recorte de los gastos estatales no destinados a inversiones en infraestructuras, reducción de impuestos, estabilidad de moneda, etcétera. Por su parte, tanto el FMI como el BM se encargarían de mantener estable el Sistema Monetario Internacional y de condicionar las políticas económicas a través de la concesión, o no, de créditos a los países cuando tienen problemas de balanza de pagos o necesitan financiar proyectos de desarrollo.

Ni que decir tiene que aquello no ha funcionado porque con la bonanza económica de los sesenta y la consiguiente expansión industrial favorecida por los avances en el transporte aéreo y marítimo, la industria y la banca comenzaron a considerar que el sistema era un intolerable dique intervencionista que frenaba la expansión. La crisis económica que se desencadenó en 1973 con la guerra del Yom Kippur y la subida de los precios del petróleo fue una crisis de oferta que marcó el fin de la era keynesiana, iniciada en los años treinta como respuesta a la Gran Depresión. La economía de los 70 había entrado en situación de estanflación, es decir, de inflación sin crecimiento. El diagnóstico que se impuso fue que los salarios y los impuestos habían crecido tanto que no se generaba suficiente "excedente de explotación" para invertir al ritmo tecnológico demandado.



El general general Moshé Dayan, héroe israelita de la guerra del Yom Kippur. Archivos del Ministerio de Defensa de Israel.

El mantra entonces era que un sector público hipertrofiado e ineficaz ahogaba la iniciativa privada al mismo tiempo que exigía crecientes recursos que se financiaban vía déficit públicos, generadores, a su vez, de inflación al aumentar indebidamente la oferta monetaria. Era lo que la vieja economía política, habría llamado una "caída de la tasa de ganancia del capital" provocada por un exceso de distribución de la renta. ¿Causantes? Reagan y Thatcher levantaron bandera política: los causantes de todos los males eran el pujante Estado de bienestar y las instituciones que lo acompañaban. Y a por ellos fueron. Hasta hoy.

Cuando la Administración Nixon rompió el dique sacando a Estados Unidos del Tratado de Bretton Woods, un flujo constante de países lo abandonaron también. La rotura del dique provocó una poderosa marea de inventivas financieras impulsadas por un neoliberalismo desaforado que alentó un consumismo engañoso en la sociedad y convirtió el capitalismo industrial en capitalismo financiero. Resurgió el mercado financiero, que venía a completar los mercados clásicos de bienes y servicios, un mercado virtual del que se decía que habría de crear un impulso creador de riqueza de tal magnitud que aún quienes no navegaran en él, como las economías de los países débiles o pobres, acabarían por beneficiarse. No ha sido así porque el mercado financiero –favorecido por ciberrevolución del chip y del byte- tiene un único y exclusivo fin: el beneficio especulativo, lo que parecería normal en una economía de mercado si no se tratase de un beneficio atípico, que no crea contrapartida alguna y no genera más beneficios que los monetarios en el principio y en el fin de una cadena concentrada siempre en las mismas manos.

El fracaso del dique de contención creado en Bretton Woods trajo como consecuencia que la economía financiera sustituyera a la real, dejando de paso indefensos a los Estados frente a las economías privadas del capital. Hoy, de cada 100 transacciones que se realizan en los mercados, más de 90 son meramente financieras. Dinero por dinero. ¿Qué pueden hacer las obsoletas estructuras estatales frente a los movimientos especulativos de los grandes fondos inversores que, navegando a la velocidad de la luz por las autopistas de la información, movilizan diez veces más euros que las reservas de los siete países más ricos del mundo? ¿Qué pueden hacer para controlar la nueva multiplicación de los panes y los peces que son los apalancamientos financieros que crean dinero de donde no lo hay inflando las burbujas a volúmenes irracionales? ¿Qué se puede hacer desde una economía nacional cuando las transacciones financieras diarias equivalen a la producción anual de bienes y servicios de una país como Francia, o cuando nos damos cuenta de que el conjunto de las transacciones de los mercados financieros y monetarios representa alrededor de cincuenta veces el valor de los intercambios comerciales internacionales? ¿Qué hacer si el papel de Shilock, el mercader prestamista de capital, ya no es una gran industria estatal sino un Estado nominalmente comunista llamado China? Poco o nada, al menos desde la economía, pero sí desde la política.

Se piden más controles públicos sobre el mercado, pero se habla poco pidiendo más igualdad. Se culpa de la crisis a la codicia descontrolada, pero se oyen pocas voces en contra de las injusticias subyacentes. No se ve que la izquierda política levante contra la sociedad de la desigualdad, que se nos viene presentando como si fuese la naturaleza de lo social, una bandera teórica y política tan descollante como la que, en su día, el neoliberalismo conservador levantó contra el Estado de bienestar. Se oye poco decir que la equidad, además de ser mejor moralmente, es también más eficiente. Sería ingenuo no tener en cuenta la enorme complejidad en la que se desenvuelven actualmente los indicadores económicos que marcan las diferencias entre ricos y pobres. Pero más ingenuo sería pensar que las relaciones de dominación entre personas y sociedades han desaparecido de la historia. Por eso la economía será siempre economía política.

La ruptura del muro de Bretton Woods supuso el alzamiento de otro muro ahora resquebrajado, el de Wall Sreet, cuyos depredadores agentes se habían convertido en los reyes de un mundo financiero abstracto, un universo de capitales virtuales que hace disminuir el interés por la producción industrial, corrompe la ética del trabajo y de la educación como instrumentos del progreso individual, y provoca que los gobiernos, en lugar de ser los agentes de la justicia social, se transformen en jugadores a la defensiva en la jungla de una economía internacional desenfrenada.




Y así las cosas, parece claro que destruido el de Bretton Woods, hay que edificar un nuevo muro de contención que rehabilite el reparto de la riqueza y equilibre las insostenibles desigualdades del mundo actual. El reto con el que nos enfrentamos hoy –se nos dice ahora- es nada menos que demostrar que desde instituciones democráticas se puede y se debe reformar y regular el capitalismo de mercado para mejorarlo. Soluciones las hay: volveremos sobre ellas desde Champaign, Illinois.

sábado, 2 de enero de 2010

Polvo de estrellas



Una página oficial de la NASA (http://stardust.jpl.nasa.gov) ha confirmado que la glicina, uno de los 20 aminoácidos que forman las proteínas y, por tanto, un ingrediente clave para la vida, se ha detectado en muestras de polvo recogidas por la sonda espacial Stardust cuando, a una velocidad de 21.960 km/h, se acercó a tan sólo 236 km del núcleo del cometa Wild 2, atravesando su cola. Las muestras llegaron encapsuladas a la Tierra en enero de 2006, culminando así el viaje de más de 5.000 millones de km realizados por la Stardust. Después de tres años de investigaciones usando isótopos de carbono, los científicos están completamente seguros de que la glicina estaba originalmente en el cometa, descartando así posibles contaminaciones por manipulación que afectaban a la credibilidad de anteriores hallazgos de biomoléculas en meteoritos y cometas.


El cometa Hale-Bopp sobre el pico San Francisco, cerca de Flagstaff (Arizona)

Después de la construcción del primer telescopio astronómico (Galileo; 1609), los astrónomos comenzaron a explorar los componentes del Sistema Solar: asteroides, cometas, planetas y satélites. Los cometas giran alrededor del Sol siguiendo órbitas elípticas de gran excentricidad, lo que motiva que se acerquen al Astro Rey en períodos temporales muy amplios. Por esto, y por su pequeño tamaño, sólo es posible verlos cuando están cerca del Sol y durante muy poco tiempo. Cuando en su órbita están situados a gran distancia del Sol, los materiales nucleares del cometa se encuentran congelados debido a las bajas temperaturas y desarrollan una atmósfera que envuelve al núcleo sólido y helado, la llamada coma, formada por gas y polvo. Conforme el cometa se aproxima al Sol, los materiales nucleares se subliman, de modo que parte de la superficie helada del núcleo se evapora cuando están en su posición orbital más cercana al Sol y, junto con el polvo que lo rodea, forman la característica cola o cabellera, que, apuntada en dirección opuesta al Sol y extendida a lo largo de millones de kilómetros, le confiere un aspecto fantástico que ha sido el origen de mitos ancestrales en todas las civilizaciones.

La publicación en 1859 del Origen de las especies, de Charles Darwin, supuso un aporte definitivo para la comprensión de los procesos biológicos y sirvió de ariete frente a los muchos tabúes que pretendían explicar nebulosamente aquello que ya estaba escrito de manera indeleble en los extractos de la naturaleza. Los trabajos de Darwin abrieron un sendero investigador en el que los enigmas se sucedían uno tras otro, necesitados de evidencias que vinieran a satisfacer las numerosas hipótesis en las que se sustentaba el prodigioso cuerpo teórico creado por el naturalista británico. Uno de los enigmas claves era la aparición de la vida sobre la Tierra, sobre un planeta recién formado cuyas condiciones ambientales hace 4.500 millones de años (MA) eran completamente diferentes de las actuales.


La cuestión del origen de la vida terrestre ha generado un campo de estudio especializado cuyo objetivo es dilucidar cómo y cuándo surgieron los primeros compuestos orgánicos y cómo pudieron estos ensamblarse para formar las primeras y más sencillas células, las de procariotas como las bacterias. Las hipótesis más aceptadas en el ámbito científico difieren en algunos planteamientos, pero son endogenéticas, es decir, asumen que la vida surgió en la propia Tierra a partir de materia inorgánica terrestre en algún momento entre hace 4.500 MA, cuando se dieron las condiciones para que el vapor de agua pudiera condensarse por primera vez, y 2.700 MA, cuando la proporción entre algunos isótopos estables de carbono, de hierro y de azufre induce a pensar en un origen biogénico de los minerales y sedimentos que se produjeron en esa época, y los biomarcadores moleculares indican que ya existía la fotosíntesis.

Frente a estas hipótesis, otros científicos, partidarios de las hipótesis exogenéticas reunidas bajo el nombre de “Panspermia” o “Panespermia”, apoyan un origen extraterrestre de la vida que habría tenido lugar durante los últimos 13.700 MA de evolución del Universo tras la explosión primigenia del Big Bang. La palabra de origen griego panspermia significa literalmente semillas (spermia) por todas partes (pan). Los partidarios de las hipótesis de la Panspermia en su sentido original sugieren que las "semillas" de la vida están diseminadas por todo el universo y que fueron “sembradas” en nuestro planeta. No es mi propósito hacer una revisión de los diferentes modelos en que se ramifica –a veces disparatadamente, con sus ingenieros extraterrestres y todo- el cuerpo doctrinal panspérmico. Los interesados encontrarán cumplida respuesta a su curiosidad en www.panspermia-theory.com. Un clarificador resumen del origen de la llamada “panespermia dirigida” tal y como fue formulada por el Premio Nobel Francis Crick en 1971, puede encontrarse en el capítulo 16 del libro de Javier Sampedro Deconstruyendo a Darwin (Crítica, 2007). Para lo que aquí nos ocupa en relación con el viaje del Stardust interesa distinguir entre las dos variantes principales en que puede ser escindida la Panspermia: Celular y Molecular.

El físico y biólogo británico Francis Crick (1916-2004), Premio Nobel de Medicina (junto con James Watson) en 1962 por el descubrimiento de la estructura del ADN, uno de los impulsores de la teoría de la panespermia.

La primera sostiene un origen de la vida terrestre a partir de microorganismos extremófilos (capaces de resistir condiciones extremas de temperatura, presión y radiación, como las que resisten algunas bacterias), que se habrían formado en algún lugar del Universo para llegar hasta la Tierra viajando en algún asteroide o cometa que hubiera impactado sobre nuestro planeta. Por su parte, los partidarios de la Panspermia Molecular defienden también que la vida terrestre surgió gracias a una lluvia de materiales procedente de asteroides y cometas que se precipitó sobre la Tierra primitiva, y que pudo haber traído cantidades significativas de moléculas orgánicas relativamente complejas, pero sin alcanzar el sofisticado nivel celular.

Quienes sostienen esta segunda hipótesis la apoyan en el hecho de que los componentes orgánicos son relativamente comunes en el espacio, especialmente en el Sistema Solar exterior, donde las sustancias volátiles no se evaporan por el calentamiento solar. Las pruebas más sólidas de esta hipótesis se encuentran en las muestras de moléculas orgánicas halladas en algunos meteoritos como el AH84001 encontrado en la Antártida en 1984 que ha sido objeto de fuertes controversias [véanse los números 279 de la revista Science (1998: pp. 362–365) y 61 de Geochimica et Cosmochimica Acta (1997: 475–481)]; y el meteorito Murchison, encontrado en Australia en 1969, cuyas biomoléculas han sido objeto de varias publicaciones (véase un resumen de las mismas en: http://astrobiology.gsfc.nasa.gov).

Además, el telescopio espacial Spitzer ha detectado recientemente una estrella, la HH46-IR, que se está formando en un proceso similar al Sol, en cuyo halo material hay una gran variedad de moléculas que incluyen compuestos de cianuro, hidrocarburos e hidróxido de carbono. Los hallazgos del Spitzer (http://www.spitzer.caltech.edu/espanol/) parecen apoyar el origen de la vida a partir de hidrocarburos aromáticos policíclicos, la hipótesis PAH World, que había sido propuesta por Simon Nicholas Platts en 2005 (http://nai.nasa.gov/nai2005/abstracts/), y que hasta ahora no ha sido probada.

Aunque ninguna de las dos variantes de la Panspermia resuelve el problema del origen de la vida, sino que despeja al graderío del Universo la enigmática pelota que se jugaba sobre la Tierra, son los científicos partidarios de la Panspermia Molecular los que ven reforzadas sus posiciones gracias al hallazgo de la Stardust. En cualquier caso, y por quitarle hierro al asunto, si quiere divertirse leyendo modelos alternativos desde un punto de vista excéntrico pero bien fundamentado, no deje de leer el libro Los orígenes de la vida (Cambridge University Press, 1999), del físico, matemático y excelente divulgador inglés Freeman J. Dyson. Les encantará, seguro.


viernes, 1 de enero de 2010

El Scalextric terráqueo y la contabilidad celestial



En el avance de toda ciencia ha existido siempre una etapa de ábaco, una fase de pura y simple contabilidad. La Astronomía no es una excepción. Tras el descubrimiento del primer asteroide en la madrugada que alumbró al siglo XIX, comenzó una eterna, inacabada e imposible cuenta: mientras que a finales del siglo XX se habían catalogado algo más de veinticinco mil asteroides, se estima que todavía quedan más de mil millones por identificar, así que esa eterna contabilidad no ha hecho más que empezar.


Hace unos días se habló mucho del acercamiento de un «asteroide potencialmente peligroso», que pasó a unos siete millones de kilómetros de la Tierra, una distancia desdeñable y de una peligrosidad nula porque el asteroide, cuya órbita era perfectamente conocida, pasó a algo menos de 18 distancias lunares (una distancia lunar son 340.400 kilómetros, que es el trecho que nos separa de nuestro satélite), porque pocas semanas antes otro pedrusco sideral había pasado a media distancia lunar sin despertar ninguna alarma, y porque en los 4.500 millones de años transcurridos desde que la Tierra merece tal nombre han sido muchos los asteroides que han pasado mucho más cerca o que la han alcanzado de lleno causando catástrofes de dimensiones planetarias, como la que provocó la extinción de los dinosaurios hace unos 65 millones de años.


Aunque los asteroides, popularmente conocidos como meteoritos o estrellas fugaces, han sido una amenaza que ha estado siempre ahí, sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el “cine-catástrofe” y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall- combaten con otras testas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.

Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.

El meteorito más grande conservado es el Hoba West, una roca de casi 60 toneladas que cayó cerca de Grootfontein, en Namibia y allí sigue. Los que le siguen en dimensiones han sido llevados a museos, como los meteoritos Chupaderos y Bacubirito, de unas 20 toneladas de peso, que pueden verse en la Escuela de Minas de la Ciudad de México. En todo caso, estamos hablando de rocas del tamaño de un automóvil mediano que no son nada comparable con el colosal regalo del cielo que aniquiló a los dinosaurios, un asteroide de 10 km de anchura que impactó en Chicxulub, México, dejó un cráter anular de 193 km de anchura y 48 de profundidad en la península de Yucatán, provocó una apocalíptica ola de destrucción y oscuridad que duró 10.000 años y diezmó a la mayor parte de la flora y la fauna terrestres. Pero de esto me ocuparé otro día.


Una de las ventajas de escribir artículos de divulgación sobre asuntos de lo que uno sabe poco es tener que forzar la mente para entender la cuestión y para elaborar un modelo metafórico comprensible para esos lectores que, como Pascal, reconocen que vale más saber alguna cosa de todo que saberlo todo de una sola cosa, y a los que uno supone tan legos en la materia como el que suscribe antes de interesarse por el asunto. Así que para contarles algo sobre la amenaza de los asteroides he buscado un símil lúdico que nos permite recuperar algo de la infancia.

Los primeros Scalextrics, que aparecieron en el mercado allá por los años 60, eran muy simples: dos cochecillos recorrían aburridamente una pista muy elemental: un par de rectas cerradas por sendas curvas en las que la fuerza centrífuga actuaba inevitablemente si se apretaba demasiado el gatillo. Supongamos que esa pista es la órbita terrestre, el circuito celestial que en su movimiento de traslación alrededor del Sol recorre la Tierra cada año a una velocidad escalofriante de la que felizmente no somos conscientes: 107.000 km/h. Por si eso fuera poco, el coche-Tierra se comporta como una peonza que rota sobre sí misma a 1.600 km/h. De manera que imagínese que es usted un piloto dentro de ese coche: circula por un circuito a casi treinta mil metros por segundo y, por si no tuviera bastante, el vehículo no le deja ver a través parabrisas porque el paisaje gira a su alrededor como una turbina de reactor. Peligroso, ¿no? Pues no acaba ahí la cosa. Mientras usted intenta controlar ese auto ingobernable, miles de objetos se cruzan en su camino y lo hacen de forma errática y totalmente impredecible. Son los asteroides, una verdadera manifestación de peatones suicidas que insensatamente atraviesan aquí y allá la autopista por la que usted circula me atrevo a decir que alucinado. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable. «Eppur si muove». Y sin embargo, así funciona la cosa.

Busto del astrónomo Giuseppe Piazzi (1746-1826). En el lado derecho de la escultura está grabado el círculo graduado de Ramsden que Piazzi utilizaba en sus observaciones.

Giuseppe Piazzi era uno de esos científicos, ahora perdidos como teselas en el inmenso mosaico de la historia de la ciencia, cuyo trabajo constante, silencioso, eficaz y ajeno al mundanal ruido ennoblece discretamente el avance de pensamiento científico. Mientras que en la ilustrada, postbarroca y epicúrea corte del reino de Nápoles se celebraban los fastos de la Nochevieja finisecular, el astrónomo real Piazzi escudriñaba celosamente el cielo. Aquella madrugada del 1 de enero de 1801, Piazzi descubrió el primer asteroide conocido, al que bautizó con el nombre de Ceres, la diosa romana de las plantas y el amor maternal, y de Ferdinandea por el rey Fernando IV, el hijo de Carlos III, un “apellido” real que se eliminó posteriormente por razones políticas. Así que el primer asteroide conocido lleva sólo el nombre de Ceres, y por su tamaño, más que suficiente para alojar ocho veces a España, es más bien un planeta enano, un planetoide.

Círculo graduado construido por el mecánico inglés Jesse Ramsden, que fue utilizado por Piazzi para la observación de Ceres.


Hoy, la inmensa mayoría de los astrónomos busca la gloria explorando el Universo a la caza mayor de agujeros negros, supernovas, nebulosas, galaxias y otras astronómicas gollerías. Sólo unos pocos, algunos más de los que caben en un taxi, han seguido el oscuro camino de Piazzi, la caza menor de los asteroides. Gracias a estos oscuros rastreadores, dos siglos después del bautizo de Ceres-Ferdinandea se han identificado y nombrado otros 26.000, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros como celestiales, incandescentes y pétreas espadas de Damocles.