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sábado, 13 de noviembre de 2010

¡Por allí resopla!



Desde que era niño me han fascinado dos animales: las ballenas y los murciélagos. Los veo ahora mismo, en los torpes dibujos del ejemplar que conservo de la vieja Enciclopedia intuitiva, sintética y práctica de Álvarez que estudiábamos en tercer grado de primaria, modesta predecesora de las cibernéticas enciclopedias que hoy manejan los escolares. Cuando la maestra explicó que, pese a nadar las unas y volar los otros, ni las ballenas eran peces ni los murciélagos aves, quedé atrapado para siempre en la afición por la naturaleza. «Algún día estaríamos preparados –decía la maestra- para comprender que los animales que ahora vemos no fueron siempre así, según las teorías del sabio don Carlos Darwin», un sabio cuyas venerables barbas no aparecen en el viejo ejemplar que conservo de aquella Enciclopedia en cuya estampilla inicial figura el nihil obstat de Su Eminencia Reverendísima José, arzobispo de Valladolid, arropado por las rúbricas de dos canónigos censores. ¡Cómo para hablar de Darwin!

Mi apego a la profesión que me enamora debe mucho a mi fascinación por comprender cómo, por qué y para qué unos animales que caminaban por tierra firme sucumbieron hace millones de años a nuestro inalcanzable sueño de nadar y volar en libertad. Cetáceos y quirópteros habitan en dos universos –el agua y el aire- de los que apenas conocemos una mínima fracción de su abrumadora inmensidad. La vida surgió del mar hace más de tres mil millones de años; desde entonces, el hombre y sus creaciones –el arte, la literatura, las ciencias, las ciudades y las civilizaciones-, que en nuestra miopía antropocéntrica se nos antojan eternas, aparecen y sucumben, mientras que el mar va y viene pero sigue siendo el mar. 
 
La fijación por esas colosales bestias marinas que tragan náufragos para luego devolverlos inverosímilmente ilesos comienza con la Historia verdadera, la novela corta con la que Luciano, imaginando viajes y travesías increíbles, escribió hace casi dos milenios el acta fundacional de los relatos de ciencia ficción: «Una sola verdad diré: que digo mentiras». La huella narrativa de la ballena deja su rastro literario desde Simbad hasta Pinocho y su padre adoptivo Gepetto, cautivos melancólicos en el interior de Monstro, pasando por Jonás, tragado también por un mamífero tan increíble que la Biblia lo confunde torpemente con un pez: «Y mandó Yahvé al pez, y vomitó a Jonás en tierra». Pero también relatos de viajes tan inolvidables como La travesía del Cachalote, de Bullen, novelas como Un capitán de quince años, de Julio Verne, La narración de Arthur Gordon Pym de Nantucket -la única novela de Edgard Allan Poe-, El camino de la ballena, del chileno Francisco Coloane y tantos otros. Pero sobre todo, la ballena literaria es Moby Dick, protagonista de una novela sobre una cacería tan obsesiva y catastrófica que convirtió en drama la vida de Herman Melville haciendo bueno el adagio de Nietzsche: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo.»
 
Gracias al libro Leviatán o la ballena del escritor inglés Philip Hoare, que la editorial Ático de los libros acaba de sacar a la venta, un libro que he leído, releído y anotado a lápiz con la avidez con la que aferramos las obras maestras, he vuelto a encontrarme con Melville, con su novela, con la existencia prodigiosa y amenazada de las ballenas, con la cruel historia de sus cacerías y con la literatura y las investigaciones científicas consagradas a ellas. Hoare, un escritor inglés es, como el autor de Moby Dick, un enamorado de las ballenas que el año pasado, cuando su Leviatán acababa de ganar las veinte mil libras del prestigioso premio Samuel Johnson, decía que aquello era como dar dinero a un drogadicto: pensaba invertirlo en más viajes a los antiguos puertos de New Bedford y Nantuckett, y en más travesías e inmersiones junto a las ballenas de las Azores.

Hoare sigue la técnica de lo que hizo el primer narrador de viajes Herodoto, al que después siguieron los más grandes escritores de viajes, sobre todo el inglés Bruce Chatwin, cuya técnica era contar en primera persona un viaje en busca de algo para desviarse de su objetivo divagando acerca de los temas que van apareciendo a su paso, lo que conduce al lector a toparse con hallazgos inesperados, en el mundo real y en el imaginario. Esa es la estrategia literaria que empleó Chatwin en su mejor crónica viajera, En la Patagonia (Península; 2007), una hermosa narración que comienza siguiendo el hilo de una duda infantil surgida de un trozo de piel de brontosaurio y que termina siendo un libro de viajes por un espacio humano, no sólo físico, una exploración por las vidas extraordinarias de personas comunes que, por una razón u otra, han ido a parar a aquellos confines barridos por el viento, donde la historia se distorsiona por la lejanía de las ciudades.

Del carácter parcial y poco fiable de las fuentes en las que beben los cronistas viajeros era consciente el propio Herodoto, que –adelantándose dos milenios a Luciano- escribió: «Si yo me veo en el deber de referir lo que se cuenta, no me veo obligado a creérmelo todo tal cual: que esta afirmación se aplique a la totalidad de mi obra». Dicen también que Chatwin era un mentiroso. Quienes se han dedicado a seguir sus huellas ha desmentido muchas de sus historias más inolvidables, pero nada de esto resta maravilla a su escritura, que incita a liar el petate e irse tras sus huellas, quizás porque en el nomadismo subyace todavía la antigua y verdadera condición humana. 
 
Si Philip Hoare ha aprendido de Chatwin la libertad divagadora de la escritura, no ocurre lo mismo con los precisos y contrastados datos de naturaleza múltiple que contiene su Leviatán, en el que autor utiliza elementos prestados de las crónicas de viajes, de la narrativa, de las memorias, del reportaje y del ensayo científico para combinarlos con sus experiencias, sus reflexiones y sus conocimientos de historia y ciencia para transportarnos al pasado en un párrafo y devolvernos al presente en otro; para mostrarnos toda la crueldad que encerraba y lamentablemente aún encierra la caza y la industria de la ballena, un animal que se ha usado para todo, para fabricar lubricantes (las 100.000 farolas que iluminaban las calles del Londres de Dickens se encendían con su aceite) hasta para construir aderezos para ropa (las ballenas de los corsés o de los cuellos de camisa cuyos nombres se arrastran hasta ahora), y luego humaniza a estos animales hasta hacer que al lector le resulte incomprensible, detestable y criminal su caza. El mundo moderno, dice Hoare, se construyó sobre hecatombes de ballenas, pero también sobre bosques transformados en astillas y cenizas, sobre praderas empapadas con la sangre de los búfalos perseguidos hasta su aniquilación, y sobre civilizaciones exterminadas de las que apenas recordamos los nombres. Y es que el impulso demente de Ahab, como el de los cazadores japoneses y noruegos que disparan arpones explosivos contra los últimos ejemplares de especies de ballenas casi extinguidas, no es sólo la codicia, sino el ansia de autodestrucción que parece latir en el corazón de algunos humanos.

Este libro profundo sobre las profundidades, este ensayo original y magnífico, tiene el contradictorio aroma agridulce de la canela y el clavo, de la admiración por las ballenas y de la vergüenza por la especie que ha intentado destruirlas. Al final, la carta de amor a los cetáceos que es este libro de Hoare, te hace recuperar la esperanza en la naturaleza humana. Si no es así, cuando la última ballena muera, nuestro planeta habrá perdido biodiversidad pero también mucho romanticismo.


lunes, 1 de noviembre de 2010

Hyman Minsky, el economista del momento

La inestabilidad es una imperfección inherente al capitalismo
de la que éste no puede escapar.
Hyman Minsky



Vuelve un nadador contracorriente. Vuelve Minsky. Desde que las costuras del sistema financiero mundial comenzaron a saltar hace tres años, distinguidos economistas han emprendido su via crucis particular. Quienes habían saludado al nuevo milenio anunciando a bombo y platillo el amanecer de una nueva era de estabilidad están por explicar cómo la peor crisis financiera desde la Gran Depresión ha convertido en don Tancredo a la profesión entera. Entre el llanto y el crujir de dientes, algunos de ellos han comenzado a hablar de la llegada del “momento Minsky”, y un número cada vez mayor incluso empiezan a advertir de la llegada de un “colapso Minsky”.

Hyman Minsky fue un profesor universitario casi desconocido cuya figura comienza ahora a emerger como la de quien supo predecir la crisis actual y de escribir el guión de la secuencia del cataclismo que habría de sacudir a la economía mundial cuarenta años después. Minsky creía en el capitalismo, pero también pensaba que tenía una debilidad genética: las modernas finanzas estaban muy lejos de ser la fuerza estabilizadora que la economía ortodoxa retrataba. Es más, se trataba de un sistema que creaba la ilusión de estabilidad mientras tejía a escondidas las condiciones para un desplome inevitable y trágico. En otras palabras, la única persona que predijo la crisis también creía que el sistema financiero contenía los gérmenes de su autodestrucción.

Cuando Minsky se doctoró en Harvard, la ortodoxia económica en boga, nacida en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, era la llamada “síntesis neoclásica”. La vieja creencia en un mercado libre que se autorregulaba había absorbido selectivamente algunas de las teorías de Keynes, el gran economista de los treinta que se ocupó de cómo el capitalismo fracasa a la hora de mantener el pleno empleo. La mayoría de economistas aún creía que el capitalismo de mercado libre era, en lo fundamental, una base estable para la economía, aunque gracias a Keynes, algunos reconocían de tapadillo que el gobierno podía jugar un papel central en la economía para mantener la estabilidad del sistema.

Adelantándose a su tiempo, Minsky advirtió en 1974 que los mercados financieros –a los que la economía prestaba por entonces muy poca o ninguna atención- podían significar una bomba de relojería. Para él, una característica fundamental de la economía de mercado es «que el sistema financiero oscila entre la robustez y la fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los ciclos económicos». Seguidor de Keynes, y enemigo de las desregulaciones que por esos años comenzaba a promover la escuela monetarista de Friedman, Minsky lanzó la alarma: la economía podía ser arrastrada al abismo si los gobiernos no regulaban la estabilidad financiera, porque en tiempos de prosperidad se desarrolla una euforia especulativa que hace aumentar el volumen de crédito hasta que los beneficios producidos no pueden pagarlo. Ridiculizado por Friedman y Hayek, quienes a la postre ganaron el premio Nobel y tomaron las riendas del mundo, este keynesiano radical se opuso tenazmente a las desregulaciones que marcaron la política de Ronald Reagan y Margaret Thatcher durante los años 80. Pero el fundamentalismo de libre mercado había echado raíces: el gobierno era el problema, no la solución. Además, el nuevo dogma coincidió con una notable época de estabilidad.

Mientras que la mayoría de economistas se pasaron los años cincuenta y sesenta construyendo modelos matemáticos para los servicios de estudios de los grandes bancos, Minsky, más cerca de la contracultura que de la economía al uso, hizo una investigación sobre la pobreza, algo que difícilmente puede considerarse el sumum para los economistas. Mientras sus colegas de universidad iban ganando premios Nobel y escalando posiciones en la Academia y en los parqués, él aceptaba trabajos en universidades de segunda fila y, lo que era peor, su obra no tenía la menor transcendencia.

Además de en la pobreza, Minsky se interesaba por el estudio de las finanzas y empezó a formular una pregunta simple e inquietante: «Can "it" happen again ?» (¿Eso podría volver a ocurrir?), donde «eso» era lo innombrable: la Gran Depresión. Por entonces, las cosas nunca habían sido tan estables. La posibilidad de que «eso» ocurriese de nuevo parecía una broma. Pero las épocas de estabilidad encajaban perfectamente en su hipótesis. En el despuntar de una depresión –observó- las instituciones financieras son extraordinariamente conservadoras, como lo son los negocios. Con los clientes y los prestamistas alimentando la economía con sus negocios de riesgo moderado, las cosas marchan con suavidad: los préstamos se pagan casi siempre a tiempo, los negocios tienen por lo general éxito y a todo el mundo le va bien. Este éxito inevitablemente anima a los prestatarios y a los prestamistas a arriesgarse más con la razonable esperanza de conseguir más dinero. Como observó Minsky, «el éxito alimenta el rechazo a la posibilidad de un fracaso».

Cuando la gente olvida que el fracaso es una posibilidad, acaba por implantarse una «economía eufórica», alimentada por el crecimiento de agentes especuladores cuyos ingresos cubrirían los intereses pero no las deudas principales, y de «especuladores Ponzi» (el nombre del inventor del timo de la inversión piramidal) que ni siquiera cubrirían los intereses y sólo podrían pagar sus deudas pidiendo nuevos préstamos. La fase de euforia va acompañada de sobrevaloración, apalancamiento irresponsable y operaciones de compraventa rápidas comandadas por agentes cuya supervivencia no depende de planes empresariales sólidos, sino del dinero prestado y de créditos a libre disposición. En un contexto inicial de crisis, las empresas sólidas pueden enfrentar sus pagos, pero las empresas especulativas y Ponzi sufren un colapso por la contracción del crédito que comienza a desestabilizar el sistema.
Una vez implantada una economía así, cualquier pánico podría hacer que se fuera a pique al mercado. El fracaso de una sola empresa (Lehman Brothers in memoriam) o un fraude asombroso (Madoff in memoriam) podrían disparar el miedo y un repentino y generalizado intento de la economía por liberarse de la deuda. Durante la fase de pánico, los precios pueden descender tanto y de forma tan veloz que el valor de los activos (la vivienda in memoriam) se sitúa por debajo de la cantidad de deuda que se había asumido para comprarlos. Los bancos empiezan a exigir el pago de sus créditos, pero ahora es difícil vender los valores especulativos, los inversores tienen que venderlos por debajo de su precio o encontrar alguna otra que vender. En uno u otro caso, el resultado es que los precios caen todavía más. A este círculo vicioso se le denomina «momento Minsky».

Minsky murió en 1996, un año antes que comenzara a cumplirse su pronóstico con la crisis asiática, hoy considerada el prolegómeno de la crisis actual. A finales del siglo XX habíamos olvidado de verdad el significado de la palabra riesgo. Cuando empresas financieras gigantescas empezaron a derrumbarse como castillos de naipes, las predicciones de Minsky surgieron con el deslumbrante brillo de las grandes creaciones del pensamiento.

Vuelve Minsky. Economistas galardonados con el premio Nobel hablan de incorporar sus conocimientos a la disciplina y se reimprimen sus libros que se venden extraordinariamente bien. Ha pasado de ser una figura prácticamente olvidada a otra clave en el debate sobre cómo articular el sistema financiero. Hace un año un influyente columnista del muy conservador Financial Times le confió a sus lectores que la relectura de la «obra maestra» de Minsky de 1986 -Stabilizing and Unstable Economy- le «había ayudado a aclarar mis ideas respecto a la crisis». A principios de este año, dos pesos pesados de la economía –Paul Krugman y Brad DeLond– le homenajearon en foros públicos. Es más, el Nobel Krugman titula una de sus conferencias más celebradas The Night They Re-read Minsky (La noche en que releyeron a Minsky). Hoy la mayoría de economistas “releen por vez primera” a Minsky, intentando encajar sus análisis, tan poco convencionales, en el edificio teórico de una ciencia que ni es exacta ni es perfecta.

Porque si hay que extraer alguna conclusión de la obra de Minsky, es que la perfección, como la estabilidad y el equilibrio, son espejismos. Minsky no compartió la extraña creencia de sus colegas de que todo podía ser reducido a un modelo sencillo o a una fórmula elegante. La suya era una especie de economía existencial: «No hay ninguna respuesta simple a los problemas de nuestro capitalismo», escribió Minsky. «No hay ninguna solución que pueda transformarse en una frase pegadiza e imprimirse en grandes carteles».

Gordon Gekko y la mano invisible


No esperamos nuestra comida de la benevolencia del carnicero,
del cervecero o del panadero, sino de su atención a sus propios intereses.
Apelamos, no a su humanidad, sino a su amor propio,
y en lugar de hablarles de nuestras necesidades, hablamos de su provecho.
Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1776).


Gordon Gekko, el protagonista de la última película de Oliver Stone, Wall Street. El dinero nunca duerme, lanza su cínica mirada de tiburón financiero desde una gigantesca lona que cubre la fachada de un edificio próximo al de la Bolsa de Madrid. Rotulados en la parte inferior figuran varios adagios pronunciados por Gekko en esta y en la primera entrega de la película (Wall Street), el clásico de 1987 que fue una crítica feroz al sistema estadounidense de especulación voraz y avaricia desmedida. «La codicia es buena», decía Gordon Gekko, para confirmar de un solo golpe los peores miedos de la sociedad biempensante acerca de los financieros. En el despiadado mundo de Manhattan, la avaricia flagrante había dejado de ser algo de lo que avergonzarse para convertirse en algo que podía lucirse con orgullo, como los trajes de Armani, las camisas a rayas o los tirantes rojos.

Si esa declaración resultaba escandalosa en una película a finales del siglo XX, puede uno imaginar cómo sonaba doscientos años antes, cuando definir al ser humano como un animal económico era casi blasfemo. Ese ejercicio de imaginación quizás ofrezca una noción del impacto que tuvo la revolucionaria idea de la «mano invisible» cuando Adam Smith la propuso originalmente en el siglo XVIII. Aunque el pensamiento económico existía desde la más remota antigüedad, la economía no se desarrolla como disciplina científica hasta el Siglo de las Luces. Un libro, publicado en Londres a comienzos de marzo de 1776, es el documento fundacional de la ciencia económica. No sólo fue la referencia fundamental de la escuela clásica de economía, que agrupa a figuras como Malthus, Say, Ricardo, John Stuart Mill e incluso Karl Marx, sino que desde entonces hasta hoy los economistas han usado como libro de cabecera Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, que tal es el título completo de la obra del que es considerado como el primero y más ilustre de los economistas, el escocés Adam Smith (1723-1790).

La idea de que la riqueza proviene del trabajo -y no del oro ni de la plata-, y de que la prosperidad general puede aumentar con una adecuada regulación del funcionamiento del mercado; la noción de la competencia como mecanismo limitador de la sed de beneficios y fomentador del bien común, y el deseo de un Estado fuerte, aunque no grande, que garantice la libertad, la propiedad y el funcionamiento de la «mano invisible» que armoniza los intereses de la persona y de la comunidad, son la perdurable aportación de Smith al mundo que se había de desarrollar en los siglos siguientes. En los últimos treinta años, el economista escocés ha vuelto a convertirse en un héroe para algunos y en un villano para otros, mientras que sus ideas acerca de los mercados libres, la libertad de comercio y la división del trabajo sustentan el pensamiento económico moderno.

Smith acuñó la expresión «mano invisible» en su primer libro, La teoría de los sentimientos morales (1759), que se ocupaba del modo en que los seres humanos interactúan y se comunican, y de la relación entre la rectitud moral y la búsqueda innata del propio interés que caracteriza al hombre. Después de dejar la universidad de Glasgow para ser tutor del joven duque de Buccleuch, empezó a trabajar en la obra que ha pasado a la posteridad con el título abreviado de La riqueza de las naciones. En ella Smith únicamente utiliza la expresión en tres ocasiones, pero un pasaje clave subraya su importancia: «Ningún individuo pretende promover el interés público, ni sabe en qué medida lo promueve […] al dirigir su industria de tal manera que su producción tenga el mayor valor posible, busca sólo su beneficio personal, y en esto, como en muchas otras circunstancias, le conduce una mano invisible para promover un fin que no formaba parte de sus intenciones [...] Al buscar su propio interés, con frecuencia promueve el de la sociedad de forma más eficaz que cuando se propone hacerlo de modo consciente. Nunca he visto hacer tanto bien a quienes dicen dedicarse al bien público».

La «mano invisible» es, pues, una forma de referirse a la función del interés personal que subyace en la ley de la oferta y la demanda, y explica cómo el tira y afloja de estos dos factores sirve para beneficiar a toda la sociedad. La idea básica es la siguiente: no hay nada malo en que la gente actúe por propio interés. En un mercado libre, las fuerzas combinadas de todos los actores que buscan promover sus intereses individuales benefician a la sociedad en su conjunto y enriquecen a todos sus miembros.

Tomemos como ejemplo el caso de un célebre inventor, Edison, a quien, en 1880, se le ocurrió la idea de un nuevo tipo de bombilla que era más eficiente, más duradera y más brillante que los prototipos existentes en el mercado desde hacía treinta años. Patentó su bombilla y arriesgó su capital en la producción de la misma para satisfacer su propio interés, con la esperanza de hacerse rico y famoso. La consecuencia de ello fue el beneficio de la sociedad en su conjunto: se crearon puestos de trabajo para su fabricación y comercialización, y se mejoró la vida de quienes las compraron. Si no hubiese existido la demanda, nadie hubiese comprado las bombillas y la mano invisible habría castigado a Edison con la ruina por haber cometido semejante error.

Conocido el próspero negocio, otros muchos intentaron superar al avispado Edison diseñando bombillas más brillantes y mejores, consiguiendo con ello abaratar los precios, mejorar los productos, crear empleo y enriquecerse. Sin embargo, la mano invisible nunca duerme y Edison respondió a sus competidores bajando el precio para garantizar que sus ventas siguieran siendo mayores que las de los demás. Los consumidores, encantados, se beneficiaban de bombillas cada vez más baratas y más eficientes. En cada etapa del proceso, Edison actuaba de acuerdo con sus propios intereses, pero el resultado, aunque vaya contra nuestra intuición, era el beneficio de todos. En cierto modo, la teoría de la mano invisible es comparable con el concepto matemático de que la multiplicación de dos cantidades negativas da como resultado una cifra positiva.

A pesar de que en las últimas décadas la idea de la mano invisible ha sido secuestrada por políticos de derechas, la noción no representa necesariamente una posición política particular. Se trata de una teoría económica positiva, aunque, eso sí, socava de forma muy seria las pretensiones de quienes piensan que la economía puede dirigirse mejor desde arriba, con los gobiernos decidiendo lo que debe producirse. La mano invisible subraya el hecho de que son los individuos los que deben decidir qué producir y qué consumir, pero con varios condicionantes. Smith fue muy cauteloso y distinguió entre el interés propio y la pura codicia egoísta. Es una cuestión de interés propio tener un marco de leyes y regulaciones que protejan a todos de un trato injusto. Esto incluye los derechos de propiedad, la defensa de las patentes y de los derechos de autor, y las leyes de protección laboral. La mano invisible debe tener el respaldo del Estado de Derecho.

Es en esto en lo que se equivoca Gordon Gekko. Alguien impulsado exclusivamente por la codicia podría optar por burlar la ley en su intento de enriquecerse a costa de los demás. El honrado Adam Smith nunca hubiera aprobado semejante conducta.

C = SN (d1) - Le-rTN (d1- α√T)

El mercado puede mantenerse irracional más tiempo 
de lo que uno puede mantenerse solvente.
John Maynard Keynes

Durante cientos de años, generación tras generación, decenas de alquimistas se afanaron en la inútil búsqueda de la piedra filosofal, sustancia quimérica que podría transmutar cualquier cosa en oro. La piedra filosofal de los modernos mercados sería capaz de transmutar el riesgo en certeza, de modo que su afortunado poseedor podría comprar activos o bienes a precios bajos para revenderlos a precios más altos sin riesgo alguno para su especulación. Legiones de economistas, de inversores y de especuladores están este mismo momento afanadas en su búsqueda. En 1972, dos economistas norteamericanos, Fisher Black y Myron Scholes, creyeron haberla encontrado en la fórmula que da título a esta Tribuna.


No tiene la elegancia de la E=mc2 de la relatividad, pero ha sido la ecuación más peligrosa desde que la teoría de Einstein condujese a Hiroshima y Nagasaki, porque la fórmula Black-Scholes tuvo el impacto de una bomba atómica en el mundo financiero. Contribuyó a los auges y crisis del mercado de valores, a una sucesión de crisis financieras y a recesiones económicas que condenaron a millones de personas a perder sus medios de subsistencia, sumiéndolas en la pobreza o en el subsidio social. En la fórmula Black-Scholes, y en el núcleo de su historia se encuentra una pregunta fundamental: ¿Pueden los seres humanos aprender de sus errores?

En esencia existen dos escuelas de pensamiento sobre el comportamiento de los mercados financieros. Una es que los seres humanos oscilan de un estado de miedo a uno de codicia y que los mercados pueden volverse obsesivos y, en circunstancias extremas, básicamente irracionales. Su conclusión es que estamos siempre condenados a transitar de una burbuja a otra. Ésta es la teoría de los ciclos de crédito que sostiene la escuela keynesiana. La otra es que los mercados se autocorrigen con el tiempo, benemérita evolución que gradualmente los hace más eficaces y menos propensos a las neurosis ciclotímicas, por lo que tarde o temprano llegará un momento idílico en el que las crisis y las contracciones se convertirán en cosa del pasado y las palabras depresión y deflación viajarán a donde habita el olvido. La ecuación filosofal diseñada por Black y Scholes sustentaba esa tesis.

Myron Scholes y Fischer Black

El modelo de ambos, corregido posteriormente por Robert Merton (a Merton y Scholes les fue concedido el Nobel de Economía de 1997; Black había fallecido en 1995) se sustenta en unos conceptos sencillos de establecer: el precio de la opción de la compra y el precio final de la acción dependen de la misma fuente de incertidumbre (una opción es un acuerdo que da a su poseedor el derecho, en lugar de la obligación, de comprar o vender una inversión a un precio particular en un día determinado). Se puede construir una cartera de valores formada por la opción y la acción eliminando la incertidumbre. La cartera estaría instantáneamente libre de riesgo y debería obtener la rentabilidad del activo libre de riesgo. Esos planteamientos se desarrollaban en un modelo complejo que a efectos exclusivamente periodísticos he resumido en la fórmula del encabezamiento.

Todo modelo es una representación de un fenómeno real. En particular, al modelar matemáticamente una situación real se pretende facilitar su análisis y disponer de un soporte que permita tomar decisiones racionales en torno a aquella. Por esta razón es ideal que el modelo represente tan fielmente como sea posible el fenómeno real. Pero la aproximación entre el modelo y la realidad tiene un precio: cuanta más fidelidad se pretenda, más complejo y más difícil resultará su aplicación. Por eso, en muchas situaciones reales han ocurrido desastres financieros al utilizar modelos matemáticos en situaciones en las que no se cumplen los supuestos, se asignan todas las decisiones trascendentes a una sola persona, el modelo no se conoce suficientemente o se confía sin recelo en algún modelo o software específico, ignorando sus limitaciones. No son las matemáticas o los modelos los que fallan, sino el uso indiscriminado de ellos.

En un libro que ahora recobra plena actualidad (El cisne negro: El impacto de lo altamente improbable; Paidós, 2008) Nassim Taleb explica mediante narraciones trufadas de anécdotas cómo los seres humanos creemos saber más de lo que realmente sabemos y de cómo nuestro cerebro está hecho para ver más orden del que realmente nos rodea. Nuestro software neuronal está programado para crear historias simples sobre fenómenos muy complejos y variados, de modo que siempre terminamos falseando la realidad, porque más que la crudeza de ésta a los seres humanos nos encanta lo tangible, la confirmación, lo explicable, lo estereotipado, lo teatral, lo romántico, lo litúrgico, la verborrea, los másteres MBA, el premio Nobel, marchar por la vereda conocida y, sobre todo, el poder de la ficción narrativa: que todo se nos explique en forma de fábula o cuento para que nuestro sistema crítico permanezca en el nirvana de lo habitual. De ahí el éxito de esos superventas bíblicos que eran las parábolas.

Como el ser humano es el protagonista activo de los mercados, somos incapaces de predecir cualquier anomalía estadística y, por tanto, de construir modelos predictivos que pretenden reducir la complejidad del mundo a unas simples fórmulas que en realidad jamás predicen casi nada, porque las decisiones están marcadas por los impredecibles “animal spirits” que caracterizan el comportamiento del Homo sapiens (véase se este respecto Animal Spirits: como la psicología humana dirige la economía, de Akerlof y Schiller; Ediciones Gestión, 2000).
La ecuación Black-Scholes hizo lo que parecía imposible. A primera vista era sencillamente un medio de calcular cómo debe valorarse una opción en los mercados de derivados financieros. Se trataba de una fórmula matemática que aparentemente eliminaba el riesgo de la inversión. Al seguir la ecuación, se decía, los inversores podían evitar perder millones vendiendo acciones en corto (en otras palabras, apostando por su inminente caída) cuando los precios se estaban hundiendo. La fórmula fue adoptada por prácticamente todos los inversores importantes del mundo. Por desgracia para ellos (y luego para todos), cuando las cosas se pusieron difíciles, no funcionó. En una situación en la que los precios estaban cayendo con tanta rapidez que no había compradores para un valor, acción o inversión particular, la ecuación se vino abajo con toda su lógica.

El problema de la fórmula (y lo mismo puede decirse acerca de todas teorías económicas) es que desde el amanecer de los tiempos los mercados se han comportado de forma irracional, al punto de que auges y las crisis parecen un componente inevitable del capitalismo de mercado gobernado por las pasiones y el azar. La ciencia económica, inmersa en un mundo de acciones brownianas aleatoriamente gobernado por la irracionalidad, está inútilmente empeñada en volverse una ciencia exacta basada en la modelización matemática, intentando hacer ecuaciones a partir de la naturaleza profundamente subjetiva de los comportamientos del Homo economicus. La actual crisis demuestra que había otros derroteros posibles, lo que podríamos denominar la vuelta a una economía de las pasiones humanas, una vuelta a los orígenes del pensamiento económico que desde Adam Smith situaba a la economía en un contexto antropológico.

En 2002, Daniel Kahneman se llevó el Nobel por recordar que los mortales comunes y que somos racionales pero no demasiado. Tal como somos, incautos, temerosos y bastante imprevisibles, es normal que, desregulados, pase lo que está pasando. Todo proceso económico es un proceso antropológico y, por tanto, muchas veces antropo-i-lógico. De ahí que los mejores expertos fueran incapaces de detectar los primeros síntomas de la crisis actual mientras que, como señalaba un economista americano, todos los taxistas neoyorquinos podían describir a sus clientes las características de la burbuja inmobiliaria que se empezó a formar apenas iniciada esta aciaga década.


sábado, 23 de octubre de 2010

Temporeros: vagabundos de la cosecha




Cuando nos necesitan nos llaman emigrantes,
y cuando ya les hemos recogido la cosecha,
somos vagabundos y tenemos que largarnos.
John Steinbeck (Las uvas de la ira).


«Los poblados de chabolas se extienden por toda California. Examinemos un poblado tipo. […] De lejos parece el vertedero de una ciudad, y bien podría serlo, pues de ahí es de donde vienen los materiales con los que están hechas las chabolas. Se ve un montón de andrajos y chatarra, casas hechas de matojos, de chapa de bidón o de cartón. Se tienen que mirar de cerca para descubrir que son hogares.
 
Ésta es la casa que se ha construido una familia empeñada en mantener cierta pulcritud. La casa, de tres por tres metros de planta, está toda hecha de cartón corrugado. […] La barren para que el suelo de tierra esté limpio. […] Todavía no han perdido el ánimo: los tres niños van vestidos y la familia tiene tres colchas viejas y un colchón empapado y lleno de bultos. Pero el dinero que tanta falta les hace para comer no se lo pueden gastar en jabón ni en ropa. […] en unos meses, los niños no irán cubiertos más que con ropas deshilachadas y, cuando lleguen los primeros fríos, la falta de alimentos nutritivos les condenará a todos a la neumonía. Si el marido llega a tiempo a todas las cosechas y no deja de trabajar, quizá llegue a ganar unos cuatrocientos dólares este año. Pero si pasa algo, si se le estropea el viejo coche, si se retrasa y pierde una o dos cosechas, no tendrá más que ciento cincuenta dólares para alimentar a toda la familia. Pero a esta familia todavía le queda orgullo. Allí donde se instalan, intentan llevar a los niños al colegio, aunque puede que no se queden más de un mes en ese colegio antes de marcharse a otro lugar.

En el rostro del marido y en el de su mujer empieza a percibirse una expresión que se aprecia en todos los rostros. No se trata de preocupación: es el terror absoluto al hambre que acecha en los márgenes del poblado y que intenta colarse dentro. Este hombre […] es un recién llegado y todavía no le han arrebatado la dignidad ni el amor propio. El año que viene será como el vecino de al lado.

Esta otra familia la componen seis personas: el hombre, la mujer y cuatro hijos. Viven en una tienda del mismo color que el suelo. […] Aquí hay más suciedad. La tienda está llena de moscas que se pegan a la caja de manzanas que sirve de mesa de comedor y vuelan alrededor de las ropas hediondas de los niños, sobre todo alrededor de las del bebé, al que hace días que nadie baña. Esta familia lleva dando tumbos de aquí para allá más tiempo que la del constructor de la casa de cartón. […] Dos semanas atrás allí vivía otro niño, un chiquillo de cuatro años. Hacía varias semanas que se le veía apático y con los ojos afiebrados. […] una noche tuvo convulsiones y se murió. […] El padre y la madre sienten ahora el embotamiento paralizante con el que la mente suele protegerse cuando el dolor y la pena son demasiado fuertes. Y este padre no podrá volver a ganar cuatrocientos dólares al año porque ya no puede mantenerse alerta: ya no es rápido trabajando a destajo ni es capaz de vencer la apatía que le invade. Su descenso es imparable. […] Son la clase media de los poblados de chabolas. Ya no les queda dignidad, y los ánimos que antes tenían y que terminarán por perder no son más que una rabia sombría.

Para construirse la casa, sus vecinos -un hombre, una mujer y tres niños de tres a nueve años- han arrastrado al suelo ramas de sauce […] No tienen cama. Han encontrado por ahí un trozo grande de moqueta. Está en el suelo. Cuando se van a dormir, se tumban en el suelo sobre la moqueta y la doblan para que les cubra. […] El niño de tres años lleva por todo vestido un saco de arpillera atado a la cintura. Tiene la barriga hinchada, señal inequívoca de malnutrición. […] Se morirá en muy poco tiempo, aunque puede que los otros niños, los mayores, sobrevivan. Hace cuatro noches la madre dio a luz a un bebé en la tienda, sobre la moqueta sucia. Nació muerto. Y tanto mejor, porque no podría haberlo amamantado: con lo que come no da leche. […] Su marido era aparcero, pero no consiguió salir adelante. […] No te mirará a la cara, porque para eso hacen falta ganas, y para tener ganas hace falta tener fuerzas. Y por eso también es un mal temporero. Decidirse le lleva tiempo: siempre se pone en marcha tarde y llega tarde a los campos. Cuando encuentra trabajo -lo que no sucede a menudo-, no consigue ganar más que un dólar al día.

[…] Esta familia ocupa el último escalón del poblado. En esto se convertirá el hombre de la tienda de al lado en seis meses; en esto se convertirá el hombre de la casa de cartón, con su tejado inclinado, en un año, cuando el agua haya echado la casa a perder y sus hijos hayan enfermado o hayan muerto, cuando sin ánimos ni dignidad se vea reducido a algo parecido a la infrahumanidad. Éste es un poblado de chabolas. He descrito a tres familias tipo. […]»


Fotograma de la película Las uvas de la ira, de John Ford, basada en la novela homónima de Steinbeck
 Cuando Estados Unidos atravesaba la Gran Depresión cerca de ciento cincuenta mil norteamericanos vagaban por las carreteras de California ofreciéndose como temporeros para la cosecha. A pesar de ser imprescindibles para llevar a cabo la recolección, eran recibidos con odio y menosprecio por los habitantes de las localidades por donde pasaban, tachados de ignorantes, sucios y portadores de enfermedades. John Steinbeck los retrató en una serie de reportajes aparecidos en The San Francisco News. El trabajo realizado para preparar estos artículos, del que he extractado los párrafos anteriores, le permitiría publicar, poco más tarde, su novela más lograda: Las uvas de la ira (Premio Pulitzer en 1940), que resultaría fundamental para que le fuese concedido el Premio Nobel de Literatura en 1962. Las uvas de la ira es un llanto colérico, un lamento quejumbroso de resonancias bíblicas, que se dirige contra el sistema social que había hecho posible las penalidades de aquellos emigrantes que lo habían perdido todo. Muchos americanos de aquella época, como ocurre ahora entre nosotros, se encogían de hombros ante las injusticias terribles que sufrían los inmigrantes.

En los tiempos que corren, cuando algunos han caído en la cuenta de que las empresas se han beneficiado, y mucho, de la inmigración, mientras que el Estado, es decir, el conjunto de los contribuyentes, es al final es el que se encarga de los altos costos de mantener cientos de miles de trabajadores sin una perspectiva de poder emplearlos, adquiere especial valor la relectura de la obra de Steinbeck, en especial de la colección de artículos que ha publicado en castellano la editorial Libros del Asteroide, con el título Los vagabundos de la cosecha. Todo un antídoto frente a los movimientos xenofóbicos que los políticos de derechas agitan estos días en Cataluña mientras la caverna aplaude.

Allá por los años sesenta del siglo pasado, con la ciudad inundada de inmigrantes andaluces, extremeños y castellanos, una pintada que campaba por las calles de Barcelona rezaba La delinqüència parla castellà. Como ocurre ahora, cierta parte de la sociedad –todavía minoritaria, pero susceptible de aumentar si se la domestica con mensajes adecuados- ha considerado que llegar a un país te convierte automáticamente en sospechoso, sobre todo cuando se llegaba sin riqueza que dar y con algo que pedir, aunque solo sea el castigo bíblico de ganar el pan con el sudor de la frente.



Las fotografías que ilustran esta entrada, se deben a Dorothea Lange, que plasmó las mejores imágenes de la Gran Depresión. Están accesibles en:

viernes, 9 de julio de 2010

El pene de Adán y la colita de King-Kong

En un artículo publicado en estas mismas páginas la pasada semana me ocupé de los problemas provocados en el parto como consecuencia de la bipedestación que caracteriza a los humanos. Pero si la evolución de tal hábito ha traído consecuencias dolorosas para la madre y hecho del bebé un consumado contorsionista durante el traumático parto que distingue a la tragicomedia del alumbramiento humano, también las ha traído en el caso del padre, aunque tales consecuencias parecen algo más venturosas.

En las hembras de los mamíferos la vagina se abre en la parte posterior del cuerpo y se dirige hacia el interior en un plano horizontal ligeramente inclinado hacia abajo, lo que facilita la progresión de los espermatozoides hacia el fondo, en dirección al cuello del útero, el cual se dispone también como un pasillo prácticamente horizontal en cuyo fondo se encuentra el óvulo. Cuando la hembra de un simio está receptiva y el macho se le aproxima por la espalda, aquella levanta sus cuartos traseros y el macho la monta sin más carantoñas para comenzar una brevísima cópula. La hembra, una vez inseminada, puede deambular sin perder el semen depositado en la vagina ya que al andar a cuatro patas no hay riesgo alguno de que aquel resbale gravitacionalmente.

Este mecanismo tan universal de inyección de los espermatozoides en el interior de las hembras, que era también el común en nuestros antecesores simiescos y cuadrúpedos hace unos siete millones de años, se trastocó por un cambio evolutivo tan importante como la bipedestación propia del linaje humano. Para conseguirla de forma estable y permanente, algo que se logró tras millones de años de evolución, los huesos de la pelvis tuvieron que sufrir transformaciones en su arquitectura que se tradujeron en modificaciones en los músculos y en la disposición de las vísceras que ocupan la oquedad pélvica. En el hueco de la pelvis del macho sólo están alojados la vejiga de la orina, la próstata y los intestinos; en la pelvis de la hembra, además de estas vísceras (excepto, obviamente de la próstata), se ubica el aparato genital, que aumenta de tamaño durante el embarazo.

Por tanto, mientras que la evolución hacia la marcha erguida no supuso grandes problemas para la anatomía interna del macho, sí fue un proceso que exigió profundas transformaciones en el aparato genital femenino. Una de ellas fue el desplazamiento de la vagina que, al modificarse la arquitectura de la pelvis, rotó hasta colocarse en la posición actual típica de las mujeres: la vagina se abre hacia delante y se dirige hacia arriba. Las importantes repercusiones que tuvo en nuestra evolución este hecho aparentemente banal han sido numerosas y han afectado tanto a nuestras pautas de comportamiento antes y después de la cópula, como a la estructura del aparato genital masculino. Desde los pudorosos tiempos de Darwin, el primer trasgresor del tabú de la sexualidad para considerarlo uno más de los procesos sujetos a la evolución, existe una copiosa bibliografía al respecto, pero, para lo que aquí nos trae, veamos las implicaciones que una vagina vertical y el deambular erguido tuvieron para la evolución del pene.

Si las carreras de los sanfermines se le antojan las peligrosas, olvídelo. Para recorrido tortuoso, para carrera acongojada, frenética y desesperada, la que recorren los espermatozoides humanos para alcanzar su objetivo: fecundar al óvulo. Cada vez que un varón normal eyacula produce entre cien y cuatrocientos millones de espermatozoides. Sólo unos pocos espermatozoides privilegiados, luchando contra la fuerza de la gravedad y tras superar varias barreras químicas, físicas y biológicas, serán capaces de acercarse a las proximidades del óvulo y sólo uno logrará fecundarlo.

Uno frente a cuatrocientos millones: la razón para esta desproporción estriba en las dificultades del tortuoso camino que provoca una enorme mortandad en las huestes masculinas. A diferencia de la posición aproximadamente horizontal que presenta la vagina en la mayoría de los mamíferos cuadrúpedos, lo que facilita la penetración interna del eyaculado espermático hacia el cuello uterino, que está también en posición horizontal y alineado con el conducto vaginal, en las mujeres la vagina es vertical y el cuello uterino conserva su disposición original en el plano horizontal, por lo que forman un ángulo casi recto, una abrupta esquina que deberán doblar los afortunados espermatozoides que, además de haber vencido la fuerza de la gravedad, hayan logrado sobrepasar el casi letal conducto vaginal. Y es que el 90% de los espermatozoides no supera ese conducto, cuyos fluidos tienen un ph ácido, acidez que es un espermicida muy eficaz como se sabe desde muy antiguo, ya que el lavado postcoital con ciertos ácidos débiles como el acético es el fundamento de un viejo y peligroso método anticonceptivo que ya se empleaba en la Grecia clásica.

A continuación, el diezmado pero veloz tropel deberá entrar en el cuello uterino, unas auténticas horcas caudinas cuyo dintel está taponado por unas mucosidades pegajosas que atrapan a la inmensa mayoría de ellos. El resto, los más potentes y resistentes, están ahora en el cuello uterino donde deben enfrentarse a las defensas inmunológicas que los reconocen como gérmenes extraños y que, ignorando el benéfico fin que impulsa a sus ágiles visitantes, intentan aniquilarlos como si de patógenos infecciosos se tratara. Atacados por las legiones de leucocitos, la inmensa mayoría sucumbe allí, mientras que apenas un centenar, los más veloces y mejor orientados, logra escabullirse para enfilar la recta final, las trompas de Falopio, en cuyo tercio interior, cómodamente instalado, aguarda el óvulo.

A tal exigencia tal respuesta. Puesto que el recorrido del eyaculado es tortuoso; puesto que la vagina es vertical; puesto que el bipedismo favorece la caída gravitacional del eyaculado tras el coito; puesto que el conducto vaginal está lleno de peligros y forma un ángulo recto con el útero, lo mejor es que el semen acorte el camino por el procedimiento de ser introducido lo más profundamente posible. Hete aquí que, además de por las causas que a todos nos vienen a la mente, las hembras han sido (y son, claro) la causa del alargamiento en tamaño del pene del hombre. Y es que aunque en la mayoría de los casos no sea como para tirar cohetes, el tamaño del pene del hombre es extraordinario cuando se compara con el de otros primates. Entre ellos, alégrese hombre, no tenemos rivales.

Tomemos como ejemplo a nuestros parientes de mayor talla: los gorilas. Por término medio un gorila adulto dominante pesa alrededor de doscientos kilos, mientras que su diminuto pene en erección no sobrepasa los cinco centímetros. O sea, un centímetro por cada cuarenta kilos de masa corporal. Vea usted como no hay que desanimarse: pésese, mida y compare su peso y su talla. En los tiempos que corren toda alegría es poca.

Aunque otro día me ocuparé de otra beneficiosa e incomparable consecuencia de la marcha erguida, el orgasmo, quienes con cierta lógica estén pensando en otra hipótesis: la de que un pene más grande es capaz de proporcionar más placer a la mujer al permitir mayores posturas copulatorias, que la vayan olvidando. Los orangutanes, dotados de un miembro mucho más pequeño, son capaces de dejar en ridículo al hombre en cuanto a posturas sexuales y su cópula dura hasta quince minutos, lo que es una dulce utopía para los humanos.


domingo, 4 de julio de 2010

Solsticio de verano en Chiapas



Solsticio de verano en los Altos de Chiapas. Rodeada de bosques de pinos y encinos, San Cristóbal de las Casas despierta en una alborada húmeda que ha mojado el pavimento en la brumosa noche de la Sierra Madre del Sur, pero que pronto, apenas una hora después, dará paso a una luminosa y caliente mañana tropical. En el atrio de Santo Domingo de Guzmán los artesanos se afanan montando sus puestos cuidadosamente ordenados en un complejo laberinto de callecitas enteladas que transcurren entre los bancos del parque siempre florido. En las merindades del mercado de abastos, las indígenas tzotziles y tzeltales que bajan cada mañana desde sus tambos de las quebradas serranas se aposentan con natural armonía para ofrecer los productos de una economía agrícola de supervivencia y trueque. El mercado de hierbas bienhechoras sigue floreciente porque nadie puede asegurar con menor coste y menor esfuerzo remedios tan eficaces para aliviar el hambre, el cansancio y el soroche.



Paseo por la ciudad y en el patio de una casona colonial doy con un mercadillo de libros de ocasión, apenas media docena de puestos refugiados en la sombra fresca de los árboles, sobre un empedrado recién regado que sostiene a los mostradores cubiertos de libros cuyas portadas han ido perdiendo el color según pasaba el tiempo, pero que todavía reclaman la atención entre una abigarrada almoneda de cuadernos escolares, pisapapeles, álbumes de sellos, fotografías de la Revolución repletas de rostros sudorosos y bigotudos, litografías en sepia y estuches de lápices de colores. 

En un solo puesto de esa pequeña feria había tantos libros interesantes que uno, instalado en la umbría refrescante de las jacarandas, podía estarse horas enteras hojeándolos sin hartarse nunca. Finalmente, elijo dos clásicos de la historia de las religiones: A History of Christianity de Paul Johnson, que yacía allí, en la edición original de 1976 de Weidenfeld and Nicholson, milagrosamente preservado tras haber sido anotado a lápiz por su anterior propietario, y The Conclave: A Sometimes Secret and Occasionally Blood History of Papal Elections (Cónclaves: la historia a veces secreta y ocasionalmente sanguinaria de las elecciones papales) de Michael Walsh, que adquiero en la edición de 2003 de Sheed and Ward, una modesta editorial londinense que goza de un reconocido prestigio en el ámbito de la literatura católica, apostólica y romana.

Tanto Johnson como Walsh beben inevitablemente en las fuentes de la monumental Historia de los Papas desde fines de la Edad Media, de Ludwig von Pastor, cuyos cuarenta volúmenes son un centón historiográfico inagotable. La obra de von Pastor es una respuesta a la de su maestro en la técnica histórica, Leopold von Ranke (1795-1886), el primer historiador en hacer historia “científica” en el sentido moderno del término, esto es, historia alejada de la leyenda, documental y documentada.

Entre 1834 y 1836 von Ranke publicó su Historia de los Papas, un valioso estudio de los pontífices en la Edad Moderna. Considerada en extremo crítica y sustancialmente escéptica, fue contestada ampliamente desde la historiografía católica del momento, en especial por von Pastor (1854-1928), quien, en oposición al criticismo escéptico de Ranke, sostenía la tesis de que las deficiencias del Papado son simples reflejos de los defectos comunes de cada época en particular, sin que afecten a la sustancialidad y el valor sacro de la Santa Sede. Concluida su obra magna, von Pastor confesó un tanto cínicamente que su minuciosa redacción había contribuido a su fervorosa militancia en el catolicismo porque una institución como la Iglesia Romana, que había sobrevivido a tanta podredumbre, debía tener por fuerza un origen sobrehumano.

En la controversia entre von Ranke y von Pastor subyace una cuestión de fondo: ¿Es posible escribir del cristianismo con el grado necesario de objetividad histórica? A comienzos del siglo pasado Ernst Troeltsch se planteó la antigua cuestión de las relaciones entre la fe y la ciencia para concluir convincentemente que los métodos obligadamente escépticos y críticos de la investigación histórica eran incompatibles con la convicción cristiana; muchos historiadores y la mayoría de los sociólogos religiosos coinciden con él. El cristianismo, como las otras dos religiones del Libro, es esencialmente una religión histórica. Las tres religiones bíblicas fundan sus afirmaciones en hechos históricos que las retroalimentan. Si se analiza la historia de un modo científico, nada queda. Por tanto, ¿pueden un cristiano, un judío o un musulmán examinar la verdad de los hechos históricos con la misma objetividad que mostrarían frente a cualquier otro acontecimiento? ¿Se le puede pedir a un historiador cristiano que abomine de su propia fe si sus investigaciones desmontan las presunciones históricas de su religión?

Para Johnson y Walsh, historiadores, divulgadores y defensores de la religión católica, la respuesta categórica es que sí. Pero es que la posición de “catolicismo liberal” que impregna el ideario de ambos es abierta, quizás demasiado para algunos ortodoxos católicos: "No sólo creo que la salvación es posible fuera de la Iglesia a la que pertenezco, sino también pienso que es mucho más probable que algunos encuentren la vía de salvación fuera de mi Iglesia, en otras Iglesias o en ninguna de ellas", sostiene Johnson. En el conflicto entre verdad histórica y fe cristiana, es rotundo: el cristiano no sólo no debe privarse en lo más mínimo de seguir la línea de la verdad sino que está realmente obligado a seguirla. Un historiador cristiano que limita su campo de indagación está reconociendo los límites de su fe. De modo que -sostiene Johnson- un cristiano dotado de fe nada tiene que temer de los hechos.

Si de lo que se trata es de presentar hechos al desnudo, eso es precisamente lo que hace Michael J. Walsh en su detallado relato de los cónclaves papales, un acto que debiera estar inspirado por el Espíritu Santo, pero que en la práctica se convirtió en una venta simoníaca del cargo. Gracias al libro de Walsh uno se entera de que el próximo 2 de julio se cumplen 500 años de uno de los decretos papales más sórdidamente pintorescos, el que fue firmado por el Papa Julio II para ordenar la creación de prostíbulos masculinos en los que los jóvenes pudiesen ejercer su particular profesión. Eso sí, la cuarta parte de la recaudación tenía que ir dirigida a alimentar las insaciables arcas vaticanas. 

De casta le viene al galgo. Julio II era sobrino (eufemismo con el que se designaba a los hijos de obispos, cardenales y papas) de Sixto IV, un pontífice que, para financiar una cruzada contra los turcos, tuvo la genial idea de concentrar en varias calles a todas las prostitutas de Roma y obligarlas a pagar un tributo al papa por los servicios prestados. Además, recaudaba otro impuesto a las cortesanas que tenían relaciones sexuales con los altos miembros de la curia vaticana, y a cardenales obispos y clérigos por tener relaciones sexuales con las cortesanas. Todo un negocio redondo.

Así las cosas, no es de extrañar que la obra cumbre de Erasmo, su Elogio de la locura, fuese el resultado de una visita a la Roma de Julio II, el escandaloso Papa-guerrero que asaltaba las fortalezas revestido con su armadura, y a mujeres y efebos revestido de pontifical. En la Roma de Julio, escribió Erasmo, “puede verse a un fatigado anciano que se comporta con energía juvenil y sin prestar atención al trabajo y a los gastos, sólo con el propósito de derogar las leyes, la religión, la paz y las instituciones humanas”. Nadie podía abrigar la esperanza de llegar al cielo utilizando el mecanismo de la Iglesia: “Sin ceremonias, quizás no seas cristiano; pero esa ceremonias no te hacen cristiano”. Daba así la razón a lo que Mark Twain escribió cuatrocientos años después: “Si Jesucristo estuviera aquí ahora, hay una cosa que no sería: cristiano”.