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martes, 8 de mayo de 2012
Rajoy sigue forrándose
El pasado 26 de febrero escribí una entrada en este blog (¿Qué cosas tienes Mazón!) en la que me ocupé de la denuncia que preparaba el abogado murciano José Luis Mazón contra Mariano Rajoy, quien no ha renunciado a su plaza de registrador de propiedad de Santa Pola y continúa recibiendo todos los meses un salario de varios miles de euros.
El periódico digital El Plural.com se hizo ayer eco de una noticia que pone de relieve como el presidente Rajoy aprieta el cinturón de los demás mientras llena sus propios bolsillos.
lunes, 7 de mayo de 2012
Ayudemos a las abejas gallegas
La Xunta de Galicia va a permitir a la Asociación Española de Fabricantes de Pasta, Papel y Cartón (ASPAPEL) fumigar los eucaliptos de media Galicia con el pesticida Flufenoxurón, con el fin de acabar con una plaga de insectos. Pero no sólo acabará con esa plaga. Los efectos dañinos de este insecticida pueden suponer la extinción casi total de las abejas de Galicia, las responsables de polinizar los cultivos agrícolas.
Lee la información con mayor detalle en:
El pesticida tiene una alta toxicidad no sólo para las abejas y otras especies, sino que también se ha tenido constancia de algún caso de intoxicación de seres humanos. Por ello, la Comisión Europea ha prohibido su venta a partir del 1 de Agosto.
María Luisa vive en Galicia y quiere a toda costa evitar estas fumigaciones y el daño que pueden causar a la fauna, flora e incluso a las personas de su tierra. Por eso ha firmado una petición pidiéndole a la Xunta y a ASPAPEL que no fumiguen con ese producto venenoso. Hay muy poco tiempo, y necesita muchas voces como la tuya para detener esta locura.
María Luisa cree que la salud es más importante que cualquier industria, y por eso considera que la Xunta de Galicia no debería proteger el negocio de las papeleras poniendo en riesgo la flora y fauna de la región y, lo que es peor, la salud de su ciudadanía.
Es posible evitar que este veneno se extienda por los montes, aldeas y pueblos de Galicia y así salvar no sólo a las abejas -vitales para la agricultura de esta región- sino también nuestra salud.
En nombre de
María Luisa , muchas gracias.
sábado, 5 de mayo de 2012
Una lección elemental de náutica bancaria
Felizmente no ocurre así porque, como se encargó de demostrar Arquímedes, el peso del agua desalojada ejerce sobre la nave una fuerza que tiende a enderezarla. Mas para que tan venturoso fenómeno pueda acontecer evitando el naufragio, es preciso que el centro de gravedad esté muy bajo. Para hacerlo dsecender hay que llenar la sentina con algún material pesado a modo de lastre, lo que trae como resultado que el centro de gravedad venga a quedar lo suficientemente bajo como para recuperarse del cabeceo. Si por una causa cualquiera se arrojase el lastre por la borda, el resultado vendría a ser el mismo que el de ponerse de pie en un bote de remos: el centro de gravedad subiría, el equilibrio sería inestable y la zozobra más que probable.
Durante siglos, los galeones españoles de la ruta americana hacían el viaje de ida lastrados con materiales de construcción: clavos de hierro, mármoles, adoquines y ladrillos, que se utilizaban para la pavimentación y la construcción de edificios coloniales. Dejaban los ladrillos y regresaban cargados con lingotes de plata y metales preciosos.
Las entidades financieras españolas emprendieron hace años su particular singladura a tierras americanas. Zarpaban con las sentinas repletas de ladrillos. Durante una década los alisios a favor habían insuflado las velas del préstamo hipotecario. Uno entraba en una sucursal bancaria y a poco que se descuidase salía con una hipoteca inflada bajo el brazo. Hábiles comerciales bancarios, conchabados con tasadores a sueldo, multiplicaban por tres lo que valía uno. Los promotores inmobiliarios entraban por una puerta con pedazos de suelo y salían por la otra cargados de millones. Aquel pelotazo era Jauja.
Para mantener el pelotazo en movimiento sólo era necesario contar con un pelotón de incautos. Sabido es que hay dos formas de fe: la “del carbonero”, que hace creer a los incautos en lo que piensan que existe, y la de los cautos que, esperando obtener alguna ventaja, fingen creer en lo que saben que no existe. Entre quienes movían la pelota los había de uno y otro credo, pero predominaban abrumadoramente los incautos. Un buen día, los cautos, que sabían que de existir el paraíso está en el cielo y no en el suelo, decidieron dejar de empujar la pelota, recogieron ganancias y pusieron pies en polvorosa. Las viviendas dejaron de venderse del mismo instante en que los más avispados se habían dado cuenta de que, nuevamente, se había confundido valor y precio.
Al caer la venta, los promotores inmobiliarios dejaron de recibir dinero fresco y en poco tiempo fueron incapaces de devolver sus préstamos. Entraron por la misma puerta del banco por la que habían salido cargados de crédito y devolvieron sus avales: suelo y ladrillos. Las sentinas bancarias quedaron lastradas con suelo improductivo que no quería nadie y con viviendas que valían un tercio de lo que fijaba su precio. Había más de un millón de viviendas que nadie quería o, si alguno la necesitaba, no podía pagarla porque había fallado la principal función de los bancos: conceder créditos para mover la economía productiva.
Por si fuera poco, la tesorería bancaria estaba exhausta porque los bancos habían estado haciendo su particular travesía americana. Obtenían dinero en Europa a intereses de risa. Cargaban las bodegas de euros y cruzaban el Atlántico. Enredaban en Wall Street y regresaban cargados de un tipo especial y postmoderno de metales preciosos. Se llamaban derivados financieros, luego se llamaron hipotecas subprime y más tarde activos tóxicos. Falta de capital y repleta de artificios contables que tapaban sus vergüenzas, la otrora Armada Invencible de la banca española navegó al menos desde el 2000 con sus sentinas lastradas de tierra y ladrillos y con las bodegas cargadas de basura financiera.
Estando en esas, Lehman Brothers desencadenó la tormenta perfecta. El mundo supo que la colosal carga de basura financiera tenía dimensiones planetarias. El mal de muchos se palió a base de cañonazos de dólares y euros a escalas mil millonarias que disparaban los gobiernos cebándolas con la metralla monetaria de la deuda soberana. No es un eufemismo, se llama deuda soberana porque acaba pagándola el pueblo soberano. Olvidándose de que es el abandono que la política hace de sus deberes reguladores lo que está conduciendo la flota al naufragio, los condenados a pagar las consecuencias económicas reales del desastre naval no son quienes con su codicia lo han lastrado, sino los inocentes perdedores que en, una clamorosa injusticia que supone socializar los costes derivados del fallo del sistema, cargan con las consecuencias de los actos depredadores de unos pocos.
La tempestad que acosa a la banca en forma de un exceso de ladrillo es heredera de los vientos que ella misma agitó. La microeconomía básica nos dice que si en un mercado un bien está en exceso de oferta, su precio debe bajar. Es decir, no se debe decir “hay más vendedores que compradores”, sino “a este precio hay más vendedores que compradores”. La banca tiene una provisión excesiva de bienes inmuebles a precios excesivos. Lo que debe hacer es bajar los precios de su stock de viviendas y darles salida a precios asequibles. Es una cuestión que parece fácil pero que no lo es.
El Santander, que, como todos sus colegas, tiene activos inmobiliarios más que problemáticos, está dando ejemplo de lo que debería hacerse. Resumo a partir de El Confidencial del pasado 29 de febrero: «El Santander, gracias a una agresiva estrategia de precios, ha conseguido ‘quitarse de encima’ casi todos los pisos que heredó en Seseña. Las últimas viviendas que vendía por 65.000 euros han ‘volado’ en apenas quince días, con lo que la entidad ha conseguido sacar de su balance la práctica totalidad de los inmuebles ubicados en la localidad toledana. En noviembre, el Santander vendía a partir de 89.000 euros, precio que mantuvo hasta mediados de enero, cuando volvió a tirar los precios hasta vender los inmuebles de dos dormitorios por 65.000 euros, por debajo incluso del coste de construcción».
Rellenar la “problemática cartera” acabaremos haciéndolo los de siempre, el pueblo soberano, a poco que nos descuidemos. Vienen nuevas piruetas financieras en forma de “bancos malos”. Pero esa es ya otra historia. Atenta la marinería.
viernes, 27 de abril de 2012
Un sindiós
Desde que los ministros de Rajoy, en especial Montoro y Ana Mato, decidieron explicar didácticamente los porqués de la demolición del Estado, entendemos las cosas mucho mejor. He aquí un resumen, claro como el agua, de sus argumentos: Se pone precio a la sanidad para que continúe siendo gratuita y se expulsa de ella a determinados colectivos para que siga siendo universal. Se liquidan las leyes laborales para salvaguardar los derechos de los trabajadores y se penaliza al jubilado y al enfermo para proteger a los colectivos más vulnerables. En cuanto a la educación, ponemos las tasas universitarias por las nubes para defender la igualdad de oportunidades y estimulamos su privatización para que continúe siendo pública. No es todo, ya que al objeto de mantener el orden público amnistiamos a los delincuentes grandes, ofrecemos salidas fiscales a los defraudadores ambiciosos y metemos cuatro años en la cárcel al que rompa una farola. Todo este programa reformador de gran calado no puede ponerse en marcha sin mentir, de modo que mentimos, sí, pero al modo de los novelistas: para que la verdad resplandezca. Dentro de esta lógica implacable, huimos de los periodistas para dar la cara y convocamos ruedas de prensa sin turno de preguntas para responder a todo. Nadie que tenga un poco de buena voluntad pondrá en duda por tanto que hemos autorizado la subida del gas y de la luz a fin de que resulten más baratos y que obedecemos sin rechistar a Merkel para no perder soberanía. A no tardar mucho, quizá dispongamos que los aviones salgan con más retraso para que lleguen puntuales. Convencidos de que el derecho a la información es sagrado en toda democracia que se precie, vamos a tomar RTVE al asalto para mantener la pluralidad informativa. A nadie extrañe que para garantizar la libertad, tengamos que suprimir las libertades.
Juan José Millás. El País, 27-IV-2012
sábado, 21 de abril de 2012
Johnny cogió su fusil
Escribo estas líneas mientras una delegación de la Comisión Europea revisa en Madrid las cuentas españolas. En Bruselas no quieren ningún nuevo susto como el de la ingeniería financiera a la griega, inicio de la crisis de la deuda soberana que amenaza con derrocar al rey Euro. Es una prueba más de la desconfianza internacional hacia el estado económico y financiero español.
En la entrada anterior (Una de zombis) me ocupé de la influencia del sector privado en nuestra falta de credibilidad ante el altar de los mercados. Aunque el porcentaje de la deuda pública española al cierre de marzo pasado (68,5%) se aleja del 60% de endeudamiento máximo que exige la Unión Europea, conviene reconocer que es muy inferior al de Alemania, Francia o el Reino Unido y afecta poco a nuestra credibilidad como deudores. El gran problema de nuestras cuentas públicas es que nadie se cree los ilusorios números del Gobierno.
Antes de que se presentanse los Presupuestos Generales del Estado (PGE), el Gobierno adoptó unas medidas terapéuticas que no inspiraron precisamente confianza en los mercados, porque, lejos de aliviar al enfermo, lo empeoraban. La terapia de incrementar el IRPF supone, siendo benevolentes, un aumento del 0,4% del PIB, mientras que la resucitada deducción por compra de vivienda representa un coste anual del 0,6%, lo que para cualquiera que se moleste en restar quiere decir que la política tributaria aprobada incrementa el déficit estructural, es decir, consigue lo contrario de lo que los mercados esperaban.
El gobierno ha confeccionado unos PGE esclavos de la demagógica y ventajista oposición que hizo a las difíciles decisiones de mayo del 2010 adoptadas por el malvado ZP: recortar pensiones, subir el IVA y congelar los salarios de los funcionarios. El ventajismo político de favorecer los intereses partidistas tendiendo una alfombra roja bajo los pies de Arenas resultó letal para los intereses del país. El retraso en la presentación de los presupuestos, junto con las medidas iniciales de subir pensiones y reintroducir deducción de vivienda, ha sido una cornada en la femoral por dos razones: ha malgastado el periodo de gracia de cien días que nos daba el mercado y que le dieron los ciudadanos al Gobierno, y ha mandado la señal de que se supeditaban decisiones urgentes a intereses políticos. Lo de la amnistía fiscal no hizo más que empeorar la percepción de país fiscalmente poco serio que tienen de nosotros en el extranjero.
Desde que se conocieron las líneas básicas de los PGE, la opinión unánime entre los analistas fue que eran de imposible cumplimiento y que, en el improbable caso de que un milagro acercara la realidad a la ficción, tal aproximación hubiera representado un lastre añadido a nuestra credibilidad. Existen, al menos, dos razones de peso para opinar así: la política de recortes no reduce el problema de disminuir el déficit sino que lo aumenta; y a los inversores les trae sin cuidado los artificios contables del ministro Montoro traducidos en unas cuentas tan voluntariosas como fantásticas cuya inanidad el capital inversor da por descontada.
Vaya por delante que los PGE y el tijeretazo posterior de otros 10.000 millones de euros (M€), prueba del nueve de que las cuentas del ministro Montoro son tan creativas y no menos disparatadas que la Alicia de Lewis Carroll, satisfacen de momento las exigencias de los políticos y burócratas del Eurogrupo y organizaciones afines, cuyas únicas y obsesivas aspiraciones son que las medidas de contención del gasto logren el tan ansiado 5,3% de déficit público sobre PIB en 2012 y, luego, “sólo” quedará rebajarlo hasta el 3% para 2013. Así salvan su cara partiendo la nuestra.
Puede que en los cuadros macroeconómicos de Bruselas nuestros números terminen por cuadrar (que lamentablemente no cuadrarán) y hasta que produzca un burocrático orgasmo entre la tropa funcionarial, pero el verdadero problema de la sociedad española son el paro y la ausencia de crédito a empresas, familias y particulares. Como ha dicho nuestro presidente en otra involuntaria prueba de que la hoja de ruta gubernamental nos conduce al desastre, ni la reforma laboral, ni la reforma financiera, ni los ajustes van a solucionar los problemas. De ahí se derivarán, lamentablemente, el estancamiento económico, el incremento hasta porcentajes apocalípticos del paro (que alcanzará finales de año los seis millones), el empobrecimiento de las clases medias, la reducción de los salarios más bajos y la caída en picado de dos pilares básicos de la movilidad social en España: la educación y la sanidad.
La política del recorte por el recorte es equivocada por más que uno comprenda que satisfaga ideológicamente al Gobierno y a su presidente, convertido en una especie de cirujano de hierro empecinado en convertir al país en un cuerpo amputado al estilo del inolvidable protagonista de Johnny cogió su fusil. Pasemos, pues, al quirófano e imaginemos que nuestro cirujano amputa un dedo de una mano en forma de una reducción de 10.000 M€, un 1% del PIB en números redondos.
Como cualquier estudiante de Económicas sabe, reducir el gasto en un punto básico disminuye el PIB entre un 0,6% y un 0,8%, que no sale de balde, porque reduce la recaudación impositiva en medio punto (0,5%), lo que significa que el Estado perderá entre 3.000 y 4.000 M€. Pero por si no quieres caldo, toma dos tazas: para los que se pasan el día haciendo de entusiastas palmeros de los recortes al gasto público que afectan a hospitales, colegios, universidades e institutos, instituciones que, por lo visto, son las responsables de la crisis, una caída del PIB tiene un inmediato efecto bumerang, que hace subir automáticamente las prestaciones de desempleo y otras prestaciones sociales. Seamos generosos y asumamos que una caída mínima del PIB del 1% solo sube el gasto en un 0,1%, unos 1000 M€.
Reunamos, pues, los números con el telón de fondo de un recorte del 1% y una subida del gasto del 0,1%. Si la caída del PIB es la del escenario menor (0,6%), el efecto sobre el déficit del recorte será 10.000 (-3.000)-1.000 = 6.000 M€. Si el escenario es el del 0,8%, tendremos 10.000 (-4.000)-1.000 = 5.000 M€. Por tanto, si queremos reducir el déficit del 8,51% de finales de 2011 al 5,3% en 2012, no hay que reducir el gasto en 32.000 M€ como se pretende, sino entre unos 53.000 y 64.000 M€, lo cual no puede ser y además es imposible, como el tiempo se encargará de demostrar cuando el daño social sea irreparable.
Durante estos días el ministro de Guindos da la vuelta al ruedo mundial cortando orejas y rabos en plazas repletas de representantes de foros subvencionados a cargo del denostado erario público, de políticos afines y de burócratas de organismos internacionales, tan entusiastas ahora como incapaces fueron de detectar la crisis que nos está crujiendo. Mientras tanto, el modesto respetable público de sol (nosotros) se une al del tendido cero (los mercados internacionales) y agita los pañuelos del tongo ante el matador.
Nosotros ya sabemos la cruz que nos toca, pero ¿qué demonios quieren los ricachones del tendido cero? Los muy taimados, actuando dentro del marco legal y lógico de la maximización del beneficio, quieren cobrar lo prestado con sus correspondientes intereses. Les traen sin cuidado los muletazos presupuestarios y los floridos recortes al capote del maestro Rajoy y su vistosa cuadrilla.
Ajenos a la lidia, miran con temor cómo el cuadro macroeconómico empeora a corto plazo y no se vislumbra crecimiento económico alguno, y cómo, con la austeridad por bandera, el presupuesto arrasa con todo lo que sea inversión en capital físico o humano. Si no hay crecimiento económico vía consumo, disminuirán las ventas de las empresas, caerán sus beneficios, se despedirán trabajadores y tendran serias dificultades para pagar sus deudas. El Estado recaudará menos impuestos y deberá recortar gastos para no generar más déficit público, metiéndose en una negra espiral dentro de la cual habrá (como ya las hay) serias dificultades para justificar cómo se va a poder pagar la deuda y más, si como se teme, nos vemos en el trance de asumir parte de la deuda privada por el conocido via crucis de la refinanciación bancaria.
Al tiempo.
viernes, 20 de abril de 2012
Una de zombis
De uno a otro confín, los analistas financieros hacen un diagnóstico unánime: nadie se fía de nosotros. Descartada la hipótesis de una conspiración internacional y sin otro mérito como economista que mi curiosidad, me parece que hay algunas razones de peso para desconfiar. En esta primera entrega me ocuparé de los problemas derivados de nuestro sistema financiero y dejaré para una próxima los que se derivan de las cuentas del Reino.
Aunque el porcentaje de la deuda pública española con respecto al PIB no debería ser preocupante, el problema es que la financiamos a muy corto plazo. Alrededor del 70% de la deuda soberana desde 2010 ha sido emitida a menos de un año, lo que nos coloca en un problema muy serio porque es el mismo que mató a Lehman Brothers: si de repente no te prestan, te encuentras de un día para otro con los bolsillos vacíos y con la bancarrota. Conocida nuestra inevitable adicción a los préstamos, los especuladores se dedican con ahínco a que nuestra prima de riesgo esté por las nubes con el loable propósito de que el interés de sus préstamos sea el más alto posible.
Pagar en su totalidad la deuda española supone que los españoles deberíamos dejar de comer durante tres años y ocho meses. De ese ayuno, ocho meses corresponden a la deuda pública, un año a la deuda de las familias y dos años a la de las empresas. La deuda pública española significa un coste de 2.000 euros al año para cada español: El coste de la deuda privada equivale a más de 9.000 euros por español y año. Pero el verdadero riesgo es que la deuda privada se transforme finalmente en deuda pública por impago de aquella.
Los bancos y cajas españoles han prestado a familias y empresas unos dos billones de euros, aproximadamente el doble de nuestro PIB. Aproximadamente 325.000 millones son créditos al promotor, en cuya devolución hay una morosidad del 20% y un riesgo de impago cercano al 30% (ambos porcentajes son una barbaridad). Para el resto, la morosidad es menor, aunque en absoluto despreciable: la morosidad de los créditos concedidos a particulares y empresas alcanzó en febrero el 8,15%, con lo que rozó la cota máxima de octubre de 1994, cuando marcó el 8,2%. Añadiendo a estos riesgos bancarios los derivados de los activos tóxicos heredados de la crisis global y del exceso de ladrillo en las provisiones de bancas y cajas, algunos analistas (tildados de optimistas por sus colegas) cifran en 250.000 millones de euros la pérdida final de todo el sistema bancario español.
Particularmente grave es la morosidad en el sector hipotecario cuyo volumen, más de 600.000 millones de euros, hace que un incremento de la morosidad del 5% tenga el doble de efecto sobre el balance que el mismo incremento en la cartera de préstamos a los promotores. La cartera hipotecaria es, además, el centro de muchos debate políticos. Las ayudas a los hogares híper endeudados pueden venir a través del alivio hipotecario, pero debemos ser conscientes de que será a costa de la salud de los balances bancarios. La dación de la vivienda en pago de la hipoteca tiene dos costes. El primero es que abre nuevos agujeros en los bancos en el peor de los momentos (¿los hubo buenos alguna vez?), y el segundo es que deteriora la estabilidad contractual. Cambiar las condiciones establecidas en los contratos mediante una acción legal a posteriori, esto es, después de que hayan sido firmados, es una victoria pírrica que pasará factura en el futuro. Es otra forma de “pan para hoy y hambre para mañana”, pues la incertidumbre cada vez que en el futuro se firme un contrato será enorme y la certidumbre sólo podrá lograrse a costa de un mayor tipo de interés para el consumidor.
Las cuentas del sector financiero siguen siendo un problema. Cada vez que hay una fusión o una intervención, descubrimos que las pérdidas son muchísimo peores que los que la inspección del Banco de España nos contaba: CCM, CAM, Caja Sur, y ahora Cívica con la entrada de la Caixa, que ha dejado con un susto considerable al mercado porque confirma que lo que desde hace años que es vox populi: que los números contables del sector financiero no inspiran confianza. El canje de deuda impagada por activos inmobiliarios a precios ficticios ha permitido a muchas entidades maquillar sus balances y enmascarar sus niveles de morosidad. Se trata de un puro artificio contable para no reconocer las pérdidas e inscribir en su balance números completamente alejados de la realidad. Dadas las numerosas manipulaciones, no es extraño que muchos analistas estimen que la morosidad es la mitad de la que sería si la contabilidad fuera más transparente.
Por supuesto, gran parte de las predecibles pérdidas bancarias serán absorbidas por los propios bancos, que tienen un capital de alrededor de 300.000 millones. Pero el capital no está repartido por igual: algunas entidades como el Santander o la Caixa no van a sufrir casi nada, pero otros van a tener problemas muy serios porque carecen de liquidez para afrontarlos. Si el impago es de unos 250.000 millones, el contribuyente tendría que poner en el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB) unos 150.000 millones. Esto aumentaría la deuda pública y las necesidades de financiación en otro 15%, lo que elevaría el ratio actual de la deuda hasta un 80-90% del PIB a finales de año.
Así las cosas, está claro que el Gobierno y el Banco de España han fracasado en el principal objetivo de la reforma financiera, que según el Real Decreto de saneamiento del sector era “recuperar la credibilidad y la confianza en el sistema español”. Los inversores no se fijan en los beneficios, que sólo vienen de las operaciones realizadas con el dinero del Banco Central Europeo (BCE), en las que los bancos toman al 1% y prestan al 3%, sino en el balance (todavía excesivamente enladrillado) y en la caja. Y lo que ven es que cada trimestre bajan los depósitos y sube la morosidad. Por eso, yendo al grano, los inversores internacionales consideran que hace falta una limpieza radical de los balances bancarios con las consiguientes ampliaciones de capital o con el rescate a través del BCE y del FMI.
Si los balances son peores de lo que parece, si las instituciones financieras saben que los activos en su balance son ficticios, que en realidad las hipotecas no se van a pagar, que el suelo por el que han canjeado la deuda es invendible y que si bajan el precio de las viviendas que poseen hasta su precio real sus balances se desplomarán, no debe sorprender que destinen sus recursos a generar colchones para afrontar futuras pérdidas y no a financiar a familias y empresas, lo que supone un lastre enorme para la economía, porque lejos de contribuir a la recuperación detraen recursos productivos para mantenerse en activo aunque carezcan de viabilidad.
Se convierten así en entidades zombis, ni vivas ni muertas, pero que siembran el terror entre los siempre temerosos inversores.
jueves, 19 de abril de 2012
Moby Duck y el continente cloaca
Una preciosa goleta de dos mástiles, L’Elan, zarpará bajo bandera francesa el próximo 2 de mayo desde el puerto de San Diego, California, con la misión de explorar y de hacer un mapa preciso del que se ha dado en llamar el “séptimo continente”, un basurero de dimensiones colosales que flota en el Pacífico y una especie de agujero negro marino que atrae cada vez más basura a su alrededor.
Hace algún tiempo, la prestigiosa revista científica Science alertaba de la contaminación por vertido de fertilizantes que está provocando un incremento exponencial del número de “zonas muertas” en los litorales de todo el mundo que aumentó en más de un tercio entre los años 1995 y 2007. Según los científicos de la Universidad de Gotemburgo (Suecia) y del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad William y Mary de Virginia (Estados Unidos) que suscribían el artículo, el número de zonas desprovistas de vida en el mundo a comienzos del siglo pasado era de sólo cuatro y ha ido aumentando hasta superar las 400 en la década de 2000, lo que supone una extensión de más de 26.500 kilómetros cuadrados, es decir, una superficie equivalente a unas tres veces el tamaño de la Comunidad de Madrid.
El incremento de las zonas muertas litorales se ha convertido en uno de los principales problemas medioambientales para los ecosistemas marinos. Es un problema importante, sin duda, pero de dimensiones liliputienses cuando se compara con lo que está ocurriendo en el Pacífico Norte, donde se ha formado una gran "sopa de plástico", un basurero apocalíptico cuyo tamaño real es desconocido, pero que algunos evalúan al alza llevando su superficie hasta el doble del territorio de Estados Unidos (serían entonces unos veinte millones de kilómetros cuadrados: cuarenta veces el tamaño de España), mientras que otros lo hacen a la baja, como los oceanógrafos franceses que viajan en la L’Elan, en cuyo caso estamos hablando de un territorio de porquería humana cuyo tamaño equivaldría a siete veces el tamaño de Francia, es decir, unos diez millones de kilómetros cuadrados: veinte veces el tamaño de España.
¿Por qué se ha acumulado tanta basura allí? En realidad, no es el único lugar de los océanos donde se produce el fenómeno de acumulación de residuos plásticos, aunque si es el mayor y el que se conoce relativamente mejor. Las investigaciones oceanográficas señalan que hay otros cuatro vertederos de dimensiones ciclópeas distribuidos por los mares del todo el mundo. Como ocurre con el del Pacífico Norte, todos ellos están localizados en lugares donde los vientos y las corrientes marinas se concitan para formar zonas en las que las aguas oceánicas giran en espiral sobre sí mismas. Como ocurre con un barco que se hunde, la fuerza centrípeta conduce lenta pero inexorablemente las basuras flotantes hacia el centro de esta espiral.
¿Qué cuánta basura plástica hay acumulada? Pues alrededor de cien millones de toneladas. ¿Le parece mucho o poco? Unas cifras domésticas le permitirán situarse. En España se producen alrededor de veinticinco millones de toneladas de residuos sólidos urbanos al año, de modo que en esa zona del Pacífico se acumula la basura acumulada por todos los vertederos españoles durante cuatro años. Juntando la basura que usted, lector, produce durante un año, se tardarían unos trescientos millones de años en acumular lo que hoy se acumula en el Pacífico septentrional.
¿De qué sustrato está formado este nuevo continente? Pues de todo lo que arrojamos a los contenedores amarillos y de otras menos frecuentes en ambientes urbanos como boyas, redes de pesca, restos de naufragios….y patitos de goma. El pasado mes de febrero la editorial Aguilar ha puesto en las librerías la edición en española de Moby Duck, del periodista norteamericano Donovan Hohn, uno de los cien mejores libros de 2011 según The New York Times.
Es un libro con una divertida portada cuya lectura deslumbra de la primera a la última página, en las que Hohn realiza un viaje transoceánico a través de un mundo amenazado por su propia adicción al plástico. Se trata del relato mordaz, divertido y curioso, con moraleja ecologista, de un viaje trepidante de unos treinta mil animalitos de goma: patos amarillos, ranas verdes, castores rojos y tortugas azules de plástico que, después de naufragar en el Pacífico, siguen dando vueltas por el globo veinte años después. Un recorrido científico, mítico y conmovedor que se lee como una novela que merece la pena tener como libro de cabecera como testimonio de nuestra propia estupidez.
En enero de 1992 una de las terribles tormentas que azotan el sur de las islas Aleutianas sorprendió a un carguero que cruzaba el océano Pacífico de Hong Kong a Seattle. Doce contenedores cayeron por la borda, uno de ellos se abrió y llenó el mar de miles de juguetes fabricados en China. Aunque estaban preparados para nadar en bañeras, los animalitos navegaron con soltura por el mar, impulsados por las corrientes oceánicas. Un divertido naufragio que un avispado publicista aprovechó para aprovechó para el vídeo de promoción del Seat Toledo.
Varios oceanógrafos se dieron cuenta de que los patos que tocaban tierra no lo hacían al azar, sino que solían desembarcar en determinadas zonas. Hasta llegaron a realizar un mapa que se basaba en las corrientes y reconstruía los trayectos de navegación de los patitos. El oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer encontró el punto exacto en el que el contenedor se había caído. Aprovechó los movimientos de los juguetes para estudiar el giro oceánico del Pacífico Norte y descubrió por primera vez que un objeto tarda tres años en completar el ciclo.
En 2005 Donovan Hohn leyó la noticia y, fascinado por el naufragio y la aventura náutica de los juguetes, decidió seguir su rastro. Tirar del hilo se convirtió en una odisea accidentada que lo llevó hasta lugares de China, Alaska, Hawai, Escocia y el Ártico, en los que fue testigo del complejo entramado de las compañías marítimas, de la minuciosidad del trabajo de los oceanógrafos, de los riesgos de los marineros mercantes embarcados en cargueros infectos y del turbio mundo de las fábricas de juguetes chinas.
Pero más allá de la conmovedora historia de los patitos flotantes en la inmensa bañera oceánica, lo cierto es que los plásticos son letales para la fauna marina. Su efecto es directo, cuando son engullidos directamente por los grandes depredadores acuáticos, e indirecto, cuando degradados a nivel molecular, se incorporan a la cadena trófica de los ecosistemas marinos.
Según Naciones Unidas, la contaminación del océano provoca la muerte de más de un millón de pájaros marinos cada año y de cien mil mamíferos acuáticos. Jeringuillas, botes de plástico, botellas, restos de aparejos, teléfonos móviles, zapatos y todo tipo de artilugios se encuentran frecuentemente en los estómagos de muchos animales muertos. Pero más peligrosa es la acumulación de los plásticos como toxinas en las cadenas alimenticias. Los plásticos no son biodegradables, pero si son fotodegradables, es decir se descomponen hasta nivel molecular por efecto de la luz sin perder su condición de polímeros tóxicos que se van incorporando a la pirámide trófica marina hasta llegar al gran consumidor final, el hombre, en forma de deliciosos pescados que llevan en su interior el testimonio de cómo nuestra soberbia y nuestra indiferencia están convirtiendo en una gigantesca cloaca y en un Armagedón plástico nuestro Planeta Azul.
Hace algún tiempo, la prestigiosa revista científica Science alertaba de la contaminación por vertido de fertilizantes que está provocando un incremento exponencial del número de “zonas muertas” en los litorales de todo el mundo que aumentó en más de un tercio entre los años 1995 y 2007. Según los científicos de la Universidad de Gotemburgo (Suecia) y del Instituto de Ciencias Marinas de la Universidad William y Mary de Virginia (Estados Unidos) que suscribían el artículo, el número de zonas desprovistas de vida en el mundo a comienzos del siglo pasado era de sólo cuatro y ha ido aumentando hasta superar las 400 en la década de 2000, lo que supone una extensión de más de 26.500 kilómetros cuadrados, es decir, una superficie equivalente a unas tres veces el tamaño de la Comunidad de Madrid.
¿Por qué se ha acumulado tanta basura allí? En realidad, no es el único lugar de los océanos donde se produce el fenómeno de acumulación de residuos plásticos, aunque si es el mayor y el que se conoce relativamente mejor. Las investigaciones oceanográficas señalan que hay otros cuatro vertederos de dimensiones ciclópeas distribuidos por los mares del todo el mundo. Como ocurre con el del Pacífico Norte, todos ellos están localizados en lugares donde los vientos y las corrientes marinas se concitan para formar zonas en las que las aguas oceánicas giran en espiral sobre sí mismas. Como ocurre con un barco que se hunde, la fuerza centrípeta conduce lenta pero inexorablemente las basuras flotantes hacia el centro de esta espiral.
¿Qué cuánta basura plástica hay acumulada? Pues alrededor de cien millones de toneladas. ¿Le parece mucho o poco? Unas cifras domésticas le permitirán situarse. En España se producen alrededor de veinticinco millones de toneladas de residuos sólidos urbanos al año, de modo que en esa zona del Pacífico se acumula la basura acumulada por todos los vertederos españoles durante cuatro años. Juntando la basura que usted, lector, produce durante un año, se tardarían unos trescientos millones de años en acumular lo que hoy se acumula en el Pacífico septentrional.
¿De qué sustrato está formado este nuevo continente? Pues de todo lo que arrojamos a los contenedores amarillos y de otras menos frecuentes en ambientes urbanos como boyas, redes de pesca, restos de naufragios….y patitos de goma. El pasado mes de febrero la editorial Aguilar ha puesto en las librerías la edición en española de Moby Duck, del periodista norteamericano Donovan Hohn, uno de los cien mejores libros de 2011 según The New York Times.
Es un libro con una divertida portada cuya lectura deslumbra de la primera a la última página, en las que Hohn realiza un viaje transoceánico a través de un mundo amenazado por su propia adicción al plástico. Se trata del relato mordaz, divertido y curioso, con moraleja ecologista, de un viaje trepidante de unos treinta mil animalitos de goma: patos amarillos, ranas verdes, castores rojos y tortugas azules de plástico que, después de naufragar en el Pacífico, siguen dando vueltas por el globo veinte años después. Un recorrido científico, mítico y conmovedor que se lee como una novela que merece la pena tener como libro de cabecera como testimonio de nuestra propia estupidez.
En enero de 1992 una de las terribles tormentas que azotan el sur de las islas Aleutianas sorprendió a un carguero que cruzaba el océano Pacífico de Hong Kong a Seattle. Doce contenedores cayeron por la borda, uno de ellos se abrió y llenó el mar de miles de juguetes fabricados en China. Aunque estaban preparados para nadar en bañeras, los animalitos navegaron con soltura por el mar, impulsados por las corrientes oceánicas. Un divertido naufragio que un avispado publicista aprovechó para aprovechó para el vídeo de promoción del Seat Toledo.
Varios oceanógrafos se dieron cuenta de que los patos que tocaban tierra no lo hacían al azar, sino que solían desembarcar en determinadas zonas. Hasta llegaron a realizar un mapa que se basaba en las corrientes y reconstruía los trayectos de navegación de los patitos. El oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer encontró el punto exacto en el que el contenedor se había caído. Aprovechó los movimientos de los juguetes para estudiar el giro oceánico del Pacífico Norte y descubrió por primera vez que un objeto tarda tres años en completar el ciclo.
En 2005 Donovan Hohn leyó la noticia y, fascinado por el naufragio y la aventura náutica de los juguetes, decidió seguir su rastro. Tirar del hilo se convirtió en una odisea accidentada que lo llevó hasta lugares de China, Alaska, Hawai, Escocia y el Ártico, en los que fue testigo del complejo entramado de las compañías marítimas, de la minuciosidad del trabajo de los oceanógrafos, de los riesgos de los marineros mercantes embarcados en cargueros infectos y del turbio mundo de las fábricas de juguetes chinas.
Pero más allá de la conmovedora historia de los patitos flotantes en la inmensa bañera oceánica, lo cierto es que los plásticos son letales para la fauna marina. Su efecto es directo, cuando son engullidos directamente por los grandes depredadores acuáticos, e indirecto, cuando degradados a nivel molecular, se incorporan a la cadena trófica de los ecosistemas marinos.
Según Naciones Unidas, la contaminación del océano provoca la muerte de más de un millón de pájaros marinos cada año y de cien mil mamíferos acuáticos. Jeringuillas, botes de plástico, botellas, restos de aparejos, teléfonos móviles, zapatos y todo tipo de artilugios se encuentran frecuentemente en los estómagos de muchos animales muertos. Pero más peligrosa es la acumulación de los plásticos como toxinas en las cadenas alimenticias. Los plásticos no son biodegradables, pero si son fotodegradables, es decir se descomponen hasta nivel molecular por efecto de la luz sin perder su condición de polímeros tóxicos que se van incorporando a la pirámide trófica marina hasta llegar al gran consumidor final, el hombre, en forma de deliciosos pescados que llevan en su interior el testimonio de cómo nuestra soberbia y nuestra indiferencia están convirtiendo en una gigantesca cloaca y en un Armagedón plástico nuestro Planeta Azul.
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