A 900 metros de altura, la torre
que hoy se llama Burj Khalifa —antes Burj Dubai— no es solo un edificio. Es una
declaración de intenciones. En el desierto, las declaraciones suelen ser
grandilocuentes.
Antes de que alguien se apresure
a explicar que Dubái es el futuro, que ya tiene billete o que conoce a un primo
que hizo fortuna vendiendo algo indefinido, conviene detenerse un momento. No
mucho. Cinco minutos bastan.
Dubái no es la ciudad más rica
del mundo, ni la más libre, ni la más justa. Es, con bastante diferencia, la
mejor vendida. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor considerable. Vender
ilusiones siempre ha sido un negocio excelente.
El llamado sueño árabe funciona
como todos los sueños bien construidos: es verosímil desde lejos y bastante más
complejo cuando uno se acerca. El problema, como casi siempre, está en los
detalles.
Para empezar, Dubái no es un
país. Es uno de los siete emiratos que forman los Emiratos Árabes Unidos. El
petróleo —ese viejo motor de todo— no está aquí, sino en Abu Dhabi, que posee
la inmensa mayoría de las reservas. Dubái, en cambio, decidió especializarse en
otra cosa: construir una imagen.
Y la imagen es impecable.
Rascacielos improbables, hoteles que convierten el desayuno en una experiencia
financiera, centros comerciales con tiburones, pistas de esquí en pleno
desierto y policías que patrullan en coches deportivos. Todo funciona como un
decorado de superproducción: brillante, preciso y ligeramente irreal.
En ese decorado aparece, cada cierto tiempo, un influencer con gafas de sol explicando que cualquiera puede triunfar allí si tiene la actitud adecuada. Es una frase eficaz. También es falsa. La mayoría de la gente que vive en Dubái no está allí para triunfar, sino para trabajar. Y trabajar mucho.
El país tiene unos diez millones
de habitantes. Menos de un millón son ciudadanos. El resto —alrededor del 90%—
son extranjeros. Es una proporción que, trasladada a cualquier país europeo,
resultaría difícil de imaginar. Pero en Dubái es la norma.
Y esos extranjeros no son
turistas de paso. Son residentes que no votan, no acceden a derechos políticos
y, sobre todo, no tienen garantizada su permanencia. Su estatus depende de algo
bastante sencillo: que alguien quiera seguir empleándolos.
La ciudadanía, por su parte, no
se obtiene con papeles ni con paciencia. Se hereda. Y, en concreto, por línea
paterna. Uno puede nacer en Dubái, vivir allí toda su vida, hablar árabe y
pagar religiosamente sus facturas: seguirá siendo extranjero. Es un sistema
claro. También es inflexible.
De modo que Dubái se parece menos
a una ciudad abierta que a un club privado con una entrada espectacular.
Dentro, además, hay varios niveles.
Existe un Dubái confortable,
habitado por ejecutivos extranjeros, con viviendas amplias, colegios
internacionales y cierta sensación de estabilidad. Y existe otro Dubái,
bastante más discreto, donde viven trabajadores procedentes de Asia, África o
América Latina. Ese segundo Dubái rara vez aparece en los folletos.
Ahí están las habitaciones
compartidas, el trabajo al sol y los salarios enviados puntualmente a casa. Es
un paisaje menos fotogénico, pero imprescindible para sostener el otro.
El mecanismo que articula todo
esto tiene nombre: kafala. Significa patrocinio. En la práctica, significa
dependencia.
El visado no pertenece al
trabajador, sino al empleador. Si el empleador decide prescindir de él, el
visado desaparece. A partir de ese momento, comienza una cuenta atrás:
encontrar otro trabajo o abandonar el país. No hay mucho margen.
Si, además, hay deudas, la
situación se complica. Dubái es una ciudad que invita al gasto con notable
insistencia: crédito accesible, consumo constante, lujo a mano. Es fácil caer
en la tentación. Y más difícil salir.
Cuando el empleo desaparece, las
deudas permanecen. Y con ellas, las restricciones: no se puede salir del país
hasta pagar. Tampoco se puede trabajar sin visado. El círculo se cierra con
bastante eficacia. Tiene incluso un nombre en inglés: visa trap. No es una
metáfora especialmente sutil.
Mientras tanto, para el ciudadano emiratí, la historia es otra. Desde el nacimiento, el Estado acompaña: educación gratuita, sanidad cubierta, ayudas al matrimonio, terrenos, préstamos sin intereses. Hay incentivos para trabajar en el sector privado y mecanismos —como la llamada emiratización— que obligan a las empresas a contratar nacionales.
El resultado es un sistema donde
los locales ocupan la posición central y los extranjeros sostienen la
estructura. No es un modelo improvisado. Está cuidadosamente diseñado.
¿Es justo? Depende de quién
responda. ¿Es eficaz? Sin duda, porque en Dubái, como en los casinos, la casa y
los de casa siempre ganan.