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domingo, 26 de abril de 2026

EN DUBÁI LOS DE CASA SIEMPRE GANAN

 

A 900 metros de altura, la torre que hoy se llama Burj Khalifa —antes Burj Dubai— no es solo un edificio. Es una declaración de intenciones. En el desierto, las declaraciones suelen ser grandilocuentes.

Antes de que alguien se apresure a explicar que Dubái es el futuro, que ya tiene billete o que conoce a un primo que hizo fortuna vendiendo algo indefinido, conviene detenerse un momento. No mucho. Cinco minutos bastan.

Dubái no es la ciudad más rica del mundo, ni la más libre, ni la más justa. Es, con bastante diferencia, la mejor vendida. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor considerable. Vender ilusiones siempre ha sido un negocio excelente.

El llamado sueño árabe funciona como todos los sueños bien construidos: es verosímil desde lejos y bastante más complejo cuando uno se acerca. El problema, como casi siempre, está en los detalles.

Para empezar, Dubái no es un país. Es uno de los siete emiratos que forman los Emiratos Árabes Unidos. El petróleo —ese viejo motor de todo— no está aquí, sino en Abu Dhabi, que posee la inmensa mayoría de las reservas. Dubái, en cambio, decidió especializarse en otra cosa: construir una imagen.

Y la imagen es impecable. Rascacielos improbables, hoteles que convierten el desayuno en una experiencia financiera, centros comerciales con tiburones, pistas de esquí en pleno desierto y policías que patrullan en coches deportivos. Todo funciona como un decorado de superproducción: brillante, preciso y ligeramente irreal.

En ese decorado aparece, cada cierto tiempo, un influencer con gafas de sol explicando que cualquiera puede triunfar allí si tiene la actitud adecuada. Es una frase eficaz. También es falsa. La mayoría de la gente que vive en Dubái no está allí para triunfar, sino para trabajar. Y trabajar mucho.

El país tiene unos diez millones de habitantes. Menos de un millón son ciudadanos. El resto —alrededor del 90%— son extranjeros. Es una proporción que, trasladada a cualquier país europeo, resultaría difícil de imaginar. Pero en Dubái es la norma.

Y esos extranjeros no son turistas de paso. Son residentes que no votan, no acceden a derechos políticos y, sobre todo, no tienen garantizada su permanencia. Su estatus depende de algo bastante sencillo: que alguien quiera seguir empleándolos.

La ciudadanía, por su parte, no se obtiene con papeles ni con paciencia. Se hereda. Y, en concreto, por línea paterna. Uno puede nacer en Dubái, vivir allí toda su vida, hablar árabe y pagar religiosamente sus facturas: seguirá siendo extranjero. Es un sistema claro. También es inflexible.

De modo que Dubái se parece menos a una ciudad abierta que a un club privado con una entrada espectacular. Dentro, además, hay varios niveles.

Existe un Dubái confortable, habitado por ejecutivos extranjeros, con viviendas amplias, colegios internacionales y cierta sensación de estabilidad. Y existe otro Dubái, bastante más discreto, donde viven trabajadores procedentes de Asia, África o América Latina. Ese segundo Dubái rara vez aparece en los folletos.

Ahí están las habitaciones compartidas, el trabajo al sol y los salarios enviados puntualmente a casa. Es un paisaje menos fotogénico, pero imprescindible para sostener el otro.

El mecanismo que articula todo esto tiene nombre: kafala. Significa patrocinio. En la práctica, significa dependencia.

El visado no pertenece al trabajador, sino al empleador. Si el empleador decide prescindir de él, el visado desaparece. A partir de ese momento, comienza una cuenta atrás: encontrar otro trabajo o abandonar el país. No hay mucho margen.

Si, además, hay deudas, la situación se complica. Dubái es una ciudad que invita al gasto con notable insistencia: crédito accesible, consumo constante, lujo a mano. Es fácil caer en la tentación. Y más difícil salir.

Cuando el empleo desaparece, las deudas permanecen. Y con ellas, las restricciones: no se puede salir del país hasta pagar. Tampoco se puede trabajar sin visado. El círculo se cierra con bastante eficacia. Tiene incluso un nombre en inglés: visa trap. No es una metáfora especialmente sutil.

Mientras tanto, para el ciudadano emiratí, la historia es otra. Desde el nacimiento, el Estado acompaña: educación gratuita, sanidad cubierta, ayudas al matrimonio, terrenos, préstamos sin intereses. Hay incentivos para trabajar en el sector privado y mecanismos —como la llamada emiratización— que obligan a las empresas a contratar nacionales.

El resultado es un sistema donde los locales ocupan la posición central y los extranjeros sostienen la estructura. No es un modelo improvisado. Está cuidadosamente diseñado.

¿Es justo? Depende de quién responda. ¿Es eficaz? Sin duda, porque en Dubái, como en los casinos, la casa y los de casa siempre ganan.