A todos nos gustaría comer de
forma saludable. Un simple cálculo puede determinar si vamos por buen camino.
Desde hace unos 300 000 años, los
humanos hemos comido prácticamente todo lo que parecía comestible. Plantas,
cereales, frutas, partes de cualquier criatura que camine, vuele, nade o se
arrastre, han pasado por el aparato digestivo del Homo sapiens. Podría
pensarse que con toda esa experiencia ya habríamos descubierto qué tipo de
dieta es beneficiosa para la salud.
Pero que más quisiéramos. Aquí
estamos, 300 000 años después, hablando de dietas bajas en carbohidratos,
dietas cetogénicas, dietas carnívoras, dietas bajas en grasas, dietas veganas,
dietas flexitarianas, dietas de ayuno intermitente y un sinfín de otras. Aunque
todas tienen sus fieles seguidores, el mayor aplauso que genera la comunidad
científica se centra en la "dieta mediterránea".
Perfecto, pero hay un problema.
Hay veintiún países alrededor del Mediterráneo y cada uno tiene su propia forma
de comer. Los españoles no comen como los libaneses, y la baguette francesa no
es como una hogaza manchega. Entonces, ¿de qué demonios hablamos cuando
hablamos de esa quimérica y soñada “dieta mediterránea” que los expertos
defienden con tanto entusiasmo? ¿Y por qué tamaña afición?
La esperanza de vida en la región
mediterránea suele ser unos años mayor que en Estados Unidos (por poner un
sitio donde se come rematadamente mal), aunque esto se aplica principalmente a
países del sur de Europa como España, Italia y Grecia. Estos países presentan
una menor incidencia de enfermedades cardíacas y obesidad, y su población goza
de una mejor salud metabólica, lo que se traduce en niveles óptimos de cinco
indicadores clave evaluados sin necesidad de medicación: circunferencia de la
cintura, glucosa en ayunas, triglicéridos, colesterol HDL y presión arterial.
La alimentación es un factor importante, pero las personas que viven en la
región mediterránea también caminan más, tienen mayor interacción social y, en
general, acceso a una atención médica de calidad.
Partiendo de la base de que la
dieta influye, la pregunta es qué comen realmente los “mediterráneos”. En
general, consumimos muchas verduras, frutas, cereales integrales, legumbres,
frutos secos, semillas y pescado. Ingerimos poca carne roja, cantidades
moderadas de lácteos (principalmente yogur), aves y huevos. Nuestra principal
fuente de grasa es el aceite de oliva. Sin embargo, el secreto de la dieta mediterránea
podría no estar en lo que comemos, sino en lo que no comemos. Evitamos los
alimentos ultraprocesados y los carbohidratos refinados, las carnes procesadas
y las bebidas azucaradas. Este patrón alimentario reduce el colesterol LDL y la
presión arterial, disminuye los marcadores de inflamación y favorece una mayor
sensibilidad a la insulina y una mayor saciedad, lo que se traduce en una menor
ingesta calórica.
Sin embargo, para determinar con
certeza los beneficios de la dieta mediterránea se necesitan más que estudios
observacionales. Se requieren estudios aleatorios y rigurosos, como el ensayo
"Predimed", realizado en España entre 2003 y 2011, que analizó
a 7 500 adultos con alto riesgo de enfermedad cardíaca repartidosen tres
grupos. Un grupo siguió la dieta mediterránea con aceite de oliva virgen extra,
otro grupo consumió la dieta mediterránea con frutos secos adicionales y el
tercero siguió una dieta de control baja en grasas. Tras cinco años, los grupos
que siguieron la dieta mediterránea presentaron un 30% menos de eventos
cardiovasculares graves (infartos, accidentes cerebrovasculares o muertes
cardiovasculares). ¡Impresionante!
¿Y el cáncer? No hay diferencias
drásticas, pero algunos tipos de cáncer, como el de colon y el de mama, tienen
una incidencia algo menor en los países mediterráneos que en Estados Unidos.
Esto podría deberse al mayor consumo de fibra y antioxidantes provenientes de
las verduras. Hay otro aspecto de la salud que merece la pena considerar en
relación con la dieta mediterránea: la salud mental.
Podemos hacernos una idea de esto a partir de un estudio que analizó la adherencia a la dieta "MIND", que se cree que es beneficiosa para el cerebro. La dieta MIND combina la dieta mediterránea y la dieta "DASH" (Enfoques Dietéticos para Detener la Hipertensión). Los investigadores siguieron a 1 600 adultos mayores de 60 años que habían completado cuestionarios de frecuencia de consumo de alimentos y se habían sometido a resonancias magnéticas cada cuatro años. Su dieta se evaluó en función del "Sistema de Puntuación MIND", que otorga puntos según la cantidad de porciones de alimentos "saludables para el cerebro" durante una semana y resta puntos por las porciones de alimentos "perjudiciales para el cerebro". Los alimentos saludables son verduras de hoja verde, otras verduras, bayas, frutos secos, aceite de oliva, cereales integrales, pescado, aves, frijoles, legumbres y vino. Los alimentos poco saludables son carne y productos cárnicos, mantequilla y margarina, queso, pasteles y dulces, comida rápida y frita.
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Grupos saludables para el cerebro |
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Verduras de hojas verdes |
Seis o más raciones semanales |
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Otras verduras |
Una o más raciones diarias |
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Frutos secos |
Cinco o más veces semanales |
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Frutas del bosque o berries, |
Dos o más veces semanales |
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Legumbres |
Tres o más raciones semanales |
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Cereales integrales |
Tres o más raciones semanales |
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Pescados (no fritos) |
Una ración a la semana |
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Pollo |
Dos raciones semanales |
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Aceite de oliva |
Un punto si es el aceite más usado |
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Vino |
Un vasito al día |
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Grupos perjudiciales para el cerebro |
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Carnes rojas y sus derivados |
Menos de cuatro raciones semanales |
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Mantequilla y margarina |
Menos de una cucharada al día |
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Queso |
Menos de una ración a la semana |
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Pastas y dulces |
Menos de cinco piezas semanales |
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Comidas rápidas y frituras |
Menos de una ración a la semana |
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Interpretación del marcador |
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Adhesión* alta |
8,5 a 15 puntos |
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Adhesión moderada |
6,5 a 8,5 |
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Adhesión baja |
0 a 6,5 |
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*En el año 2003
la OMS definió el término “adhesión”
como «el grado en el que la conducta de un paciente, en relación con la toma
de medicación, el seguimiento de una dieta o la modificación de hábitos de
vida, se corresponde con las recomendaciones acordadas con el profesional
sanitario». |
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Los participantes que siguieron
el programa MIND con mayor rigor presentaron menor atrofia cerebral y menor
pérdida de materia gris, que es esencial para la memoria y la cognición.
Lamentablemente, los investigadores no realizaron pruebas de memoria para
determinar si una menor atrofia cerebral se asociaba con una mejor memoria. La
atrofia cerebral y la pérdida de materia gris también están relacionadas con la
enfermedad de Alzheimer, y se ha demostrado que incluso una adhesión moderada
al programa MIND reduce el riesgo de padecerla en aproximadamente un 35%,
mientras que una adhesión elevada puede reducirlo hasta en un 50%.
Creo que este sistema de
puntuación también serviría para evaluar el riesgo de enfermedades cardíacas,
cáncer y diabetes. Mi única objeción es que se le asigne un punto por una copa
de vino al día. No creo que haya evidencia que lo justifique. Sugiero, en
cambio, añadir un punto por no consumir alcohol. En cualquier caso, haz el
cálculo y si obtienes una puntuación superior a nueve, tienes una dieta
razonablemente buena.
Sin embargo, recuerda que lo que
importa es el estilo de vida en su conjunto, así que cualquiera que piense que
vivirá más tiempo añadiendo aceite de oliva a su ensalada o comiendo yogur en
lugar de helado está completamente equivocado.