Si tienes garaje, si haces
menos de 300 kilómetros al día, si puedes cargar por la noche y si tu uso es el
habitual, el coche eléctrico gana sin discusión.
Hubo un tiempo —no tan lejano
como para parecer historia antigua, pero sí lo suficiente como para que resulte
entrañable— en que comprarse un coche eléctrico era algo parecido a criar una
cabra en el salón: una mezcla de idealismo, curiosidad tecnológica y cierta
voluntad de complicarse la vida. Uno imaginaba al propietario como alguien con
paneles solares, opiniones firmes y una yogurtera que había usado exactamente
dos veces.
Ese tiempo, conviene decirlo
cuanto antes, ha pasado sin hacer demasiado ruido. En 2025 se vendieron más de
veinte millones de coches eléctricos en el mundo, más de una cuarta parte de
todos los coches nuevos. No es una cifra que describa una rareza, sino más bien
una invasión tranquila, como esas modas que uno no nota hasta que, de pronto,
todo el mundo lleva el mismo tipo de zapatillas. Seguir hablando del coche
eléctrico como si fuese una extravagancia es, en cierto modo, discutir con el
calendario, lo cual rara vez termina bien.
Hay un número que ayuda a ordenar
la conversación: 300 kilómetros al día. Es una cifra redonda, algo arbitraria,
pero útil. La mayoría de los coches eléctricos actuales ofrece entre 240 y 600
kilómetros de autonomía, lo que significa que cubren sobradamente el uso diario
de casi cualquier persona que no se dedique profesionalmente a atravesar
países. Es decir, el problema ya no es técnico. El coche llega. El coche
cumple. El coche, en general, no se queda tirado en mitad de una epifanía.
El problema, si acaso, es que
seguimos tomando decisiones con un mapa mental que ya no corresponde a la
realidad. Nos preocupa quedarnos sin batería en un viaje improbable de 700
kilómetros sin parar, mientras ignoramos que la mayor parte de nuestra vida
automovilística consiste en ir al trabajo, al supermercado y, en ocasiones, a
visitar a alguien que vive razonablemente cerca.
Cuando uno baja de las grandes
ideas al uso cotidiano, la discusión se vuelve incómodamente simple. Si tienes
un garaje o una plaza fija donde enchufar el coche —lo cual ya es media batalla
ganada—, la experiencia cambia por completo. Dejas de “ir a repostar” y
empiezas a “cargar mientras duermes”, que es una actividad sorprendentemente
agradable, sobre todo porque no requiere tu participación consciente. Te
acuestas, el coche se llena, y por la mañana todo está listo, como por arte de
magia o, más exactamente, de electricidad.
Aquí entra un detalle que suele
arruinar muchas discusiones: el dinero. Cargar un coche eléctrico en casa puede
costar entre 1,5 y 3 euros por cada 100 kilómetros. Un coche de gasolina
equivalente se mueve más bien entre 8 y 10 euros para la misma distancia. No es
una cuestión ideológica ni una batalla cultural. Es una resta. Y las restas,
por desgracia, no suelen admitir demasiadas interpretaciones.
A eso se suma otro pequeño
placer: el mantenimiento. Un coche eléctrico tiene menos piezas móviles, lo que
en términos mecánicos equivale a menos cosas que pueden romperse, gotear o
emitir ruidos preocupantes que un mecánico traduce en presupuestos. Menos
aceite, menos filtros, menos visitas al taller donde alguien te explica que
“esto es normal, pero conviene cambiarlo”. En promedio, el mantenimiento es
significativamente más bajo, lo que resulta casi ofensivo para el modelo de
negocio tradicional del automóvil.
Queda, por supuesto, la cuestión
de los viajes largos, que aparece siempre en las conversaciones como ese primo
lejano que nadie ve nunca pero al que todos citan. ¿Se puede viajar con un
coche eléctrico? Sí. ¿Es exactamente igual que con uno de combustión? No.
Requiere cierta planificación, una cualidad que la humanidad ha utilizado con
éxito durante siglos para cosas bastante más complicadas que encontrar un
enchufe. La red de carga pública crece de forma constante, y aunque no es
perfecta, ha dejado de ser una barrera real para la mayoría de los conductores.
Dicho de otro modo: viajar no es el problema estructural que solía ser, aunque
siga siendo el argumento favorito de quien no quiere cambiar de coche.
Entonces, si todo esto es cierto
—y lo es con una obstinación casi matemática—, ¿por qué persiste la
resistencia? La respuesta no es especialmente misteriosa. Hay sectores enteros
cuya lógica económica depende de que sigas consumiendo combustible de forma
recurrente o llevando el coche al taller con cierta frecuencia. Las petroleras
prefieren que no te fabriques tu propia energía en el tejado, los
concesionarios viven en parte del mantenimiento y algunos fabricantes aún están
amortizando inversiones millonarias en motores que hacen ruido. No es una
conspiración, es una suma de intereses perfectamente comprensible.
Mientras tanto, el verdadero
obstáculo en lugares como España no es el coche, sino la casa. O, más
concretamente, el hecho de que la mayoría de la gente vive en pisos. Y los
pisos no se diseñaron pensando en que cada vecino tuviera un coche que
necesitara electricidad como si fuese un electrodoméstico particularmente
grande. De modo que el problema, en el fondo, no es tecnológico, sino
urbanístico y, en ocasiones, ligeramente administrativo.
Con todo, la conclusión resulta
difícil de esquivar. Si tienes un garaje, si haces menos de 300 kilómetros al
día, si puedes cargar por la noche y si tu uso es el habitual —es decir,
razonable—, el coche eléctrico no es una opción interesante ni una apuesta de
futuro. Es, sencillamente, la opción lógica. Todo lo demás empieza a parecerse,
cada vez más, a esa resistencia cultural que acompaña a casi cualquier cambio
evidente, hasta que deja de ser discutible y pasa a ser, simplemente, lo
normal.