Hay viajes que empiezan con
una lista de carga y terminan con una lista de muertos.
El Sierra Aránzazu zarpó
como zarpan los barcos que no sospechan nada: con papeles en regla, bodegas
llenas y una rutina que no admite épica. Llevaba alimentos, maquinaria, cosas
útiles y discretas, como si el mundo pudiera seguir funcionando al margen de
los discursos. En cubierta, los marineros hablaban de lo de siempre: del puerto
de destino, del calor que encontrarían en Cuba, de las cartas que escribirían
al llegar. Nadie hablaba de la Guerra Fría. Nadie la nombraba, pero estaba
allí, como una corriente invisible bajo el casco.
Aquel septiembre de 1964 el
Caribe no era exactamente un mar. Era una frontera. Desde la Revolución Cubana,
la isla había dejado de ser un lugar para convertirse en una idea. Y las ideas,
cuando se encienden, suelen quemar lo que tienen cerca. Fidel Castro hablaba de
soberanía; en Washington se hablaba de contención. Entre ambas palabras cabía
un océano lleno de barcos que solo querían pasar.
El Sierra Aránzazu era uno
de ellos. En la travesía, el tiempo se mide en turnos y en horizontes. El mar,
cuando está en calma, tiene algo de engaño: parece que no pasa nada, como si
todo lo importante ocurriera en otra parte. El capitán revisaba cartas
náuticas; el maquinista escuchaba el pulso constante de los motores; alguien,
quizá en popa, fumaba mirando la estela como si fuera una línea que los unía
todavía con casa.
España, en aquellos años, jugaba
a dos bandas sin decirlo en voz alta. Era aliada de Estados Unidos, pero no
había roto del todo con Cuba. Los barcos seguían cruzando. Era un equilibrio
delicado, sostenido con la fe de que nadie dispararía contra un mercante. La
fe, ya se sabe, es un mal sistema de navegación.
La mañana del 13 de septiembre no
tuvo nada de especial al principio. El sol cayó sobre la cubierta como cae
siempre en el Caribe: sin pedir permiso. El aire era espeso, y el mar, de un
azul excesivo, parecía más una pintura que una amenaza. Fue alguien —siempre
hay alguien— quien vio primero las lanchas.
No eran grandes. Eran rápidas.
Demasiado rápidas para ser pescadores. Se acercaban con una decisión que no
dejaba espacio para dudas. Al principio hubo un instante de desconcierto, esa
pausa breve en la que la mente intenta encajar lo que ve en una categoría
conocida: ¿saludo?, ¿inspección?, ¿error?
Luego llegó el sonido. Las
ametralladoras no suenan como en las películas. No tienen ese ritmo limpio y
coreografiado. Son más bien una violencia irregular, seca, que rompe el aire en
pedazos. Los primeros impactos levantaron astillas de metal. Alguien gritó.
Alguien cayó.
El Sierra Aránzazu no
estaba hecho para la guerra. No tenía cómo responder. Solo podía recibir. Las
balas recorrieron la cubierta como una lluvia torcida. El metal vibraba, el
aire se llenó de humo y de órdenes que nadie terminaba de escuchar. En el
puente, el capitán intentaba entender lo que ya no tenía explicación: ¿por qué
disparan?, ¿contra quién creen que disparan?
Pero la guerra, cuando llega, no
suele dar explicaciones. Los atacantes eran hombres también. Hombres en
lanchas, con el rostro endurecido por otra historia. Exiliados cubanos, dicen
los archivos. Anticastristas. Gente que había perdido un país y ahora intentaba
recuperarlo a tiros. La CIA los había adiestrado para disparar, para perseguir y para no hacer preguntas innecesarias. El Caribe, para ellos, era un campo de
batalla.
Para el Sierra Aránzazu era solo una ruta. Entre ambos mundos no había puente posible. Hubo un momento
—siempre lo hay— en que el barco dejó de ser un barco y empezó a ser un
naufragio. El fuego, el humo, el caos. Los marineros corriendo hacia los botes,
ayudándose como pueden los que no han ensayado nunca el desastre. Algunos
lograron saltar al agua. Otros no tuvieron tiempo. Tres hombres quedaron atrás
para siempre, atrapados en un episodio que nadie les había advertido que
existía.
El mar, que unas horas antes era
una promesa, se convirtió en refugio. Desde el agua, el Sierra Aránzazu
debía de parecer irreal: un casco herido, escorado, como si dudara entre seguir
flotando o rendirse. Al final, como tantos otros barcos antes que él, eligió lo
segundo. Se hundió sin épica, con la discreción de lo que no entiende por qué
le ha tocado morir.
| Los supervivientes del Sierra Aranzazu se salvaron en esta pinaza. Foto de Manuel Rodríguez Aguilar en El ataque al mercante Sierra Aránzazu. Editorial Grijalvo. |
Después vienen los informes. Los comunicados. Las protestas diplomáticas. Las palabras medidas. El régimen de Francisco Franco pidió explicaciones. En Estados Unidos, el asunto incomodó más de lo que sorprendió. Desde la CIA se había tejido una red de operaciones, de apoyos, de sombras. Pero las sombras tienen esa cualidad: nunca firman del todo lo que hacen.
¿Quién disparó? Unos hombres en
lanchas. ¿Quién estaba detrás? Esa es otra pregunta, y quizá otra historia. Años
después, el Sierra Aránzazu apenas ocupa unas líneas en muy pocos
libros. Un incidente, se dice. Un episodio menor de la Guerra Fría. Como si
hubiera episodios mayores y menores para quienes estaban allí.
Pero basta imaginar la cubierta
aquella mañana, el sol, el humo, el desconcierto, para entender que no hay nada
menor en un barco que se hunde. Porque cada barco es un pequeño mundo. Y cuando
se hunde, no se pierde solo un casco de acero. Se pierde también la idea
—ingenua, necesaria— de que uno puede atravesar el mundo sin que el mundo le
dispare.
El Sierra Aránzazu no
llevaba armas. Llevaba mercancías, conversaciones, rutinas. Y, sin embargo,
terminó como terminan las cosas que pasan por el lugar equivocado en el momento
exacto: convertido en historia. Una historha ia que, como el mar, seguía ahí, en
silencio hasta que Juan Manuel de Prada la rescatado en una columna de ABC titulada
"La derecha [española] cipaya" que comienza diciendo:
«A medida que la operación de la Alianza Epstein [Estados Unidos e Israel] en Irán se prueba cada vez más desastrosa, la marioneta [de Israel] Trump ha exacerbado su retórica matonil contra Cuba que podría acabar pagando su frustración. Escuchar a ese majadero alardear de que puede hacer con la isla lo que le dé la gana debería sublevar a cualquier español con sangre en las venas. Pero el veneno introducido por las ideologías nos ha desnaturalizado tanto que hay millones de españoles aplaudiendo cipayamente la retórica matonil del majadero gringo, e incluso justificando las criminales sanciones que asfixian a los cubanos».
Recuerda Prada que el Sierra
Aránzazu, que el 13 de septiembre de 1964 transportaba «toneladas
de víveres con destino a Cuba, saltándose el embargo decretado por los Estados
Unidos, fue hundido por el fuego de cañones y ametralladoras de lanchas
tripuladas por exiliados cubanos y agentes de la CIA». Murieron el capitán y dos
tripulantes mientras que muchos más resultaron heridos.
El articulista recuerda lo que, a
este propósito, editorializó en aquel momento ABC:
«La otra noche unos marineros españoles han caído por algo más que la libertad de los mares o la libertad de comercio; han caído por la soberana libertad de España de seguir su relación de familia con unos seres humanos de su sangre que hay en América». J
Juan
Manuel de Prada concluye: «Resulta desolador que la derecha española haya perdido la
ecuanimidad y el discernimiento».
El Sierra Aránzazu quiso
romper el bloqueo porque así lo decidió Franco. Anticomunista él y comunista
Fidel Castro, esa diferencia ideológica fue superada por la hermandad
entre dos pueblos. Franco mantuvo a la Compañía Trasatlántica enlazando con La
Habana, lo que le supuso el cierre de los puertos norteamericanos y, por esa
vía, la quiebra y desaparición. Y, en cuanto a enlaces aéreos, sólo quedaron
tres: Iberia, Aeroflot y Canadian Pacific Air Lines, una compañía canadiense,
porque Canadá, a diferencia de Estados Unidos, no rompió relaciones con Cuba
tras la Revolución Cubana.
Con respecto a la ayuda española,
algunos dijeron que fue un arreglo entre gallegos, pero creo que no, que fue un
pacto amasado en sangre, en solidaridad y en familia. En definitiva, que con
Franco a los cubanos les iba mejor que como les iría si gobernaran los cipayos Abascal y Feijóo.