Hay momentos en la historia en
los que las grandes potencias reparten territorios que aún no controlan, como
si fueran fichas sobre un mapa. Oriente Próximo, durante la Primera Guerra
Mundial, fue uno de esos tableros. Y Gran Bretaña, en su pulso contra el
Imperio otomano, jugó a dos bandas con notable habilidad… y consecuencias
duraderas.
A comienzos del siglo XX, el mapa
de Oriente Próximo no era el que hoy conocemos, sino el de un imperio en
retirada. El Imperio otomano, heredero de siglos de expansión, aún controlaba
amplios territorios: Anatolia, Siria, Mesopotamia, Palestina y buena parte de
Arabia. Era un mosaico de pueblos y religiones, sostenido más por la inercia
que por la fuerza. Y, sin embargo, cuando estalló la Primera Guerra Mundial,
ese viejo rival de Europa decidió alinearse con Alemania y Austria-Hungría.
La decisión tenía lógica. El imperio estaba debilitado tras derrotas recientes y veía en Alemania una potencia capaz de modernizar su ejército y sostenerlo frente a las ambiciones coloniales de Francia, Rusia y, sobre todo, Gran Bretaña. No era una cuestión de afinidad, sino de supervivencia.
Frente a él se alzaba
precisamente el mayor imperio del momento: el británico, cuya prioridad era
asegurar sus rutas hacia la India y el control del Canal de Suez. Oriente
Próximo no era una periferia, sino una bisagra estratégica. Derrotar al Imperio
otomano implicaba abrir ese espacio a la influencia británica.
Y aquí comienza el juego de
promesas.
En 1915, Londres alentó una
revuelta árabe contra los otomanos. A través de la correspondencia con el
jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, los británicos sugirieron que, tras la
guerra, podría surgir un gran Estado árabe independiente. Sobre el terreno, esa
promesa se tradujo en la Revuelta Árabe, apoyada por oficiales británicos como
T. E. Lawrence. Para muchos árabes, la ecuación era clara: luchar contra
Estambul a cambio de soberanía.
Pero mientras esa promesa
circulaba, en despachos europeos se negociaba otra muy distinta. En 1916, Gran
Bretaña y Francia firmaron el acuerdo Sykes-Picot, que dividía el Oriente
Próximo en zonas de influencia. Francia obtendría Siria y Líbano; Gran Bretaña,
Irak y Palestina. No era un engaño a París —que participaba plenamente—, sino
un reparto clásico entre potencias. Las aspiraciones árabes quedaban
subordinadas a ese diseño.
Y aún había una tercera promesa.
En 1917, el gobierno británico emitió la Declaración Balfour, apoyando el
establecimiento de un “hogar nacional judío” en Palestina. Ese respaldo no
surgió en el vacío. El sionismo moderno era un movimiento político nacido en la
Europa de finales del XIX, impulsado en gran medida por judíos ashkenazíes —es
decir, de origen centroeuropeo— como Theodor Herzl, Chaim Weizmann o Nahum
Sokolow. Formados en el mundo político europeo, estos líderes supieron moverse
en Londres y obtener un apoyo clave para su proyecto.
Así, en apenas dos años, Gran
Bretaña había ofrecido futuros incompatibles a tres actores distintos:
A los árabes,
independencia.
A Francia, un
reparto colonial.
A los sionistas, apoyo político
en Palestina.
Desde una mirada actual, el doble
—o triple— juego parece evidente. Pero en la lógica imperial de la época no era
excepcional. Las potencias buscaban maximizar aliados inmediatos sin
comprometerse con un diseño final coherente. El objetivo era ganar la guerra;
el mapa vendría después.
Y el mapa llegó. Tras la derrota
otomana, el imperio se disolvió y fue sustituido por un sistema de mandatos
bajo control europeo. Francia administró Siria y Líbano; Gran Bretaña, Irak y
Palestina. No hubo un gran Estado árabe unificado, sino fronteras trazadas
desde fuera.
En Palestina, además, confluyeron
dos proyectos nacionales distintos: el árabe y el judío, ambos con expectativas
alimentadas durante la guerra. Lo que para unos fue una traición, para otros
fue una oportunidad histórica. Esa superposición de promesas —y de
legitimidades— es uno de los cimientos del conflicto posterior.
Reducir todo a un único engaño simplifica demasiado, pero tampoco es falso decir que Gran Bretaña jugó a varias bandas. Con una mano impulsó una revuelta árabe; con otra pactó con Francia el reparto; y con una tercera abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio.
En última instancia, la historia de Palestina en el siglo XX arranca ahí: en una guerra imperial donde Gran Bretaña necesitaba aliados inmediatos y ofreció futuros incompatibles. Con una mano alentó una revuelta árabe; con la otra, abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio. El mapa que salió de esa ecuación aún no ha dejado de moverse y sigue proyectando su sombra sobre la región.