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sábado, 4 de abril de 2026

PALESTINA, PROMESAS CRUZADAS: EL DOBLE JUEGO BRITÁNICO EN ORIENTE PRÓXIMO

 

Hay momentos en la historia en los que las grandes potencias reparten territorios que aún no controlan, como si fueran fichas sobre un mapa. Oriente Próximo, durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de esos tableros. Y Gran Bretaña, en su pulso contra el Imperio otomano, jugó a dos bandas con notable habilidad… y consecuencias duraderas.

A comienzos del siglo XX, el mapa de Oriente Próximo no era el que hoy conocemos, sino el de un imperio en retirada. El Imperio otomano, heredero de siglos de expansión, aún controlaba amplios territorios: Anatolia, Siria, Mesopotamia, Palestina y buena parte de Arabia. Era un mosaico de pueblos y religiones, sostenido más por la inercia que por la fuerza. Y, sin embargo, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, ese viejo rival de Europa decidió alinearse con Alemania y Austria-Hungría.

La decisión tenía lógica. El imperio estaba debilitado tras derrotas recientes y veía en Alemania una potencia capaz de modernizar su ejército y sostenerlo frente a las ambiciones coloniales de Francia, Rusia y, sobre todo, Gran Bretaña. No era una cuestión de afinidad, sino de supervivencia.

Frente a él se alzaba precisamente el mayor imperio del momento: el británico, cuya prioridad era asegurar sus rutas hacia la India y el control del Canal de Suez. Oriente Próximo no era una periferia, sino una bisagra estratégica. Derrotar al Imperio otomano implicaba abrir ese espacio a la influencia británica.

Y aquí comienza el juego de promesas.

En 1915, Londres alentó una revuelta árabe contra los otomanos. A través de la correspondencia con el jerife de La Meca, Husayn ibn Ali, los británicos sugirieron que, tras la guerra, podría surgir un gran Estado árabe independiente. Sobre el terreno, esa promesa se tradujo en la Revuelta Árabe, apoyada por oficiales británicos como T. E. Lawrence. Para muchos árabes, la ecuación era clara: luchar contra Estambul a cambio de soberanía.

Pero mientras esa promesa circulaba, en despachos europeos se negociaba otra muy distinta. En 1916, Gran Bretaña y Francia firmaron el acuerdo Sykes-Picot, que dividía el Oriente Próximo en zonas de influencia. Francia obtendría Siria y Líbano; Gran Bretaña, Irak y Palestina. No era un engaño a París —que participaba plenamente—, sino un reparto clásico entre potencias. Las aspiraciones árabes quedaban subordinadas a ese diseño.

Y aún había una tercera promesa. En 1917, el gobierno británico emitió la Declaración Balfour, apoyando el establecimiento de un “hogar nacional judío” en Palestina. Ese respaldo no surgió en el vacío. El sionismo moderno era un movimiento político nacido en la Europa de finales del XIX, impulsado en gran medida por judíos ashkenazíes —es decir, de origen centroeuropeo— como Theodor Herzl, Chaim Weizmann o Nahum Sokolow. Formados en el mundo político europeo, estos líderes supieron moverse en Londres y obtener un apoyo clave para su proyecto.

Así, en apenas dos años, Gran Bretaña había ofrecido futuros incompatibles a tres actores distintos:

A los árabes, independencia.

A Francia, un reparto colonial.

A los sionistas, apoyo político en Palestina.

Desde una mirada actual, el doble —o triple— juego parece evidente. Pero en la lógica imperial de la época no era excepcional. Las potencias buscaban maximizar aliados inmediatos sin comprometerse con un diseño final coherente. El objetivo era ganar la guerra; el mapa vendría después.

Y el mapa llegó. Tras la derrota otomana, el imperio se disolvió y fue sustituido por un sistema de mandatos bajo control europeo. Francia administró Siria y Líbano; Gran Bretaña, Irak y Palestina. No hubo un gran Estado árabe unificado, sino fronteras trazadas desde fuera.

En Palestina, además, confluyeron dos proyectos nacionales distintos: el árabe y el judío, ambos con expectativas alimentadas durante la guerra. Lo que para unos fue una traición, para otros fue una oportunidad histórica. Esa superposición de promesas —y de legitimidades— es uno de los cimientos del conflicto posterior.

Reducir todo a un único engaño simplifica demasiado, pero tampoco es falso decir que Gran Bretaña jugó a varias bandas. Con una mano impulsó una revuelta árabe; con otra pactó con Francia el reparto; y con una tercera abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio. 

En última instancia, la historia de Palestina en el siglo XX arranca ahí: en una guerra imperial donde Gran Bretaña necesitaba aliados inmediatos y ofreció futuros incompatibles. Con una mano alentó una revuelta árabe; con la otra, abrió la puerta a un proyecto nacional distinto en el mismo territorio. El mapa que salió de esa ecuación aún no ha dejado de moverse y sigue proyectando su sombra sobre la región.