Hablar de Israel como si fuera un
bloque homogéneo es uno de los errores más frecuentes —y más fértiles en
malentendidos— del debate público. Bajo la etiqueta “judío” conviven
tradiciones históricas distintas, trayectorias geográficas divergentes y experiencias
sociales que no siempre encajan entre sí. Tres nombres sirven para ordenar ese
mapa: ashkenazíes, sefardíes y mizrajíes.
Los ashkenazíes proceden de
Europa central y oriental. Durante siglos vivieron en territorios como
Alemania, Polonia o Rusia, desarrollando una cultura propia —el yidis, una rica
tradición literaria y una vida comunitaria marcada por la convivencia, a menudo
tensa, con sociedades cristianas. Los sefardíes, por su parte, descienden de
los judíos de la Península Ibérica expulsados en 1492; su diáspora se extendió
por el Mediterráneo, especialmente en el Imperio Otomano, conservando el ladino
y una memoria cultural hispánica. Los mizrajíes (“orientales”) agrupan a
comunidades judías del mundo árabe e islámico —Irak, Yemen, Marruecos, Irán—
que nunca pasaron por Europa y cuya cultura está profundamente entrelazada con
ese entorno.
En el Israel actual, estas
diferencias siguen siendo visibles, aunque cada vez más difuminadas por la
mezcla social. Aproximadamente, entre los judíos israelíes, los mizrajíes y
sefardíes (a menudo agrupados en las estadísticas) constituyen algo más de la
mitad de la población, en torno al 50–60%. Los ashkenazíes representan
aproximadamente 30–40%, mientras que el resto corresponde a comunidades mixtas
o de otros orígenes (incluidos judíos etíopes o inmigrantes recientes). Es una
fotografía imperfecta —las identidades se solapan—, pero suficiente para
entender que el Israel de hoy ya no es el de 1948.
Y, sin embargo, el Israel que
nace en 1948 sí tuvo un marcado sello ashkenazí. El sionismo moderno, el
movimiento político que impulsa la creación de un Estado judío, surge en la
Europa de finales del siglo XIX. Sus principales impulsores eran judíos europeos,
formados en Viena, Berlín o el Imperio ruso, que respondían a un problema muy
concreto: el antisemitismo en sociedades europeas que, pese a la emancipación
legal, seguían excluyéndolos. El sionismo fue, en ese sentido, una solución
política moderna a un problema europeo, aunque apelara a una memoria histórica
situada en Oriente Próximo.
Esto explica una aparente
paradoja: el Estado de Israel, geográficamente en Oriente Medio, fue en su
origen un proyecto concebido en buena medida por intelectuales y activistas
europeos. Con el tiempo, sin embargo, la llegada masiva de judíos de países árabes
y musulmanes transformó profundamente la demografía y la cultura del país,
desplazando el peso exclusivo ashkenazí.
En este contexto, surge otra
confusión habitual: equiparar la crítica al sionismo o al Estado de Israel con
el antisemitismo. Aquí conviene ser preciso. El antisemitismo es un prejuicio
contra los judíos como colectivo —religioso, cultural o étnico—. El sionismo,
en cambio, es una ideología política concreta, nacida en un momento histórico
determinado y sujeta, como cualquier otra, a debate, apoyo o rechazo.
No son planos equivalentes. Se
puede criticar al sionismo —por razones políticas, morales o históricas— sin
expresar hostilidad hacia los judíos. Del mismo modo, hay judíos que apoyan el
sionismo y otros que lo cuestionan o lo rechazan. La línea se cruza cuando la
crítica deja de dirigirse a una política o a un Estado y se transforma en
generalización sobre “los judíos”, recurriendo a estereotipos o atribuyendo
responsabilidades colectivas.
La confusión persiste por varias
razones. Por un lado, el Estado de Israel se presenta a menudo como
representante del pueblo judío en su conjunto, lo que tiende a fundir ambas
esferas. Por otro, el término “antisemitismo” se ha cargado de un peso histórico
enorme —justificado por siglos de persecución— y su uso se ha ampliado en
ocasiones de forma polémica en el debate contemporáneo.
El resultado es un terreno
resbaladizo donde conviven tres realidades distintas: una diversidad interna
judía que no siempre se reconoce, un Estado con una historia compleja y una
palabra —antisemitismo— que a veces se usa con precisión y otras con exceso.
Reducir todo eso a equivalencias
simples —“judío = sionista”, “crítica a Israel = antisemitismo”— no ayuda a
entender nada. Y, sobre todo, borra lo más interesante: que Israel no es una
identidad única, sino un cruce de historias, y que el debate sobre él
pertenece, como cualquier otro, al terreno de la política, no de las esencias.