Vistas de página en total

sábado, 4 de abril de 2026

ISRAEL, IDENTIDADES JUDÍAS Y EL EQUÍVOCO DEL ANTISEMITISMO

 

Hablar de Israel como si fuera un bloque homogéneo es uno de los errores más frecuentes —y más fértiles en malentendidos— del debate público. Bajo la etiqueta “judío” conviven tradiciones históricas distintas, trayectorias geográficas divergentes y experiencias sociales que no siempre encajan entre sí. Tres nombres sirven para ordenar ese mapa: ashkenazíes, sefardíes y mizrajíes.

Los ashkenazíes proceden de Europa central y oriental. Durante siglos vivieron en territorios como Alemania, Polonia o Rusia, desarrollando una cultura propia —el yidis, una rica tradición literaria y una vida comunitaria marcada por la convivencia, a menudo tensa, con sociedades cristianas. Los sefardíes, por su parte, descienden de los judíos de la Península Ibérica expulsados en 1492; su diáspora se extendió por el Mediterráneo, especialmente en el Imperio Otomano, conservando el ladino y una memoria cultural hispánica. Los mizrajíes (“orientales”) agrupan a comunidades judías del mundo árabe e islámico —Irak, Yemen, Marruecos, Irán— que nunca pasaron por Europa y cuya cultura está profundamente entrelazada con ese entorno.

En el Israel actual, estas diferencias siguen siendo visibles, aunque cada vez más difuminadas por la mezcla social. Aproximadamente, entre los judíos israelíes, los mizrajíes y sefardíes (a menudo agrupados en las estadísticas) constituyen algo más de la mitad de la población, en torno al 50–60%. Los ashkenazíes representan aproximadamente 30–40%, mientras que el resto corresponde a comunidades mixtas o de otros orígenes (incluidos judíos etíopes o inmigrantes recientes). Es una fotografía imperfecta —las identidades se solapan—, pero suficiente para entender que el Israel de hoy ya no es el de 1948.

Y, sin embargo, el Israel que nace en 1948 sí tuvo un marcado sello ashkenazí. El sionismo moderno, el movimiento político que impulsa la creación de un Estado judío, surge en la Europa de finales del siglo XIX. Sus principales impulsores eran judíos europeos, formados en Viena, Berlín o el Imperio ruso, que respondían a un problema muy concreto: el antisemitismo en sociedades europeas que, pese a la emancipación legal, seguían excluyéndolos. El sionismo fue, en ese sentido, una solución política moderna a un problema europeo, aunque apelara a una memoria histórica situada en Oriente Próximo.

Esto explica una aparente paradoja: el Estado de Israel, geográficamente en Oriente Medio, fue en su origen un proyecto concebido en buena medida por intelectuales y activistas europeos. Con el tiempo, sin embargo, la llegada masiva de judíos de países árabes y musulmanes transformó profundamente la demografía y la cultura del país, desplazando el peso exclusivo ashkenazí.

En este contexto, surge otra confusión habitual: equiparar la crítica al sionismo o al Estado de Israel con el antisemitismo. Aquí conviene ser preciso. El antisemitismo es un prejuicio contra los judíos como colectivo —religioso, cultural o étnico—. El sionismo, en cambio, es una ideología política concreta, nacida en un momento histórico determinado y sujeta, como cualquier otra, a debate, apoyo o rechazo.

No son planos equivalentes. Se puede criticar al sionismo —por razones políticas, morales o históricas— sin expresar hostilidad hacia los judíos. Del mismo modo, hay judíos que apoyan el sionismo y otros que lo cuestionan o lo rechazan. La línea se cruza cuando la crítica deja de dirigirse a una política o a un Estado y se transforma en generalización sobre “los judíos”, recurriendo a estereotipos o atribuyendo responsabilidades colectivas.

La confusión persiste por varias razones. Por un lado, el Estado de Israel se presenta a menudo como representante del pueblo judío en su conjunto, lo que tiende a fundir ambas esferas. Por otro, el término “antisemitismo” se ha cargado de un peso histórico enorme —justificado por siglos de persecución— y su uso se ha ampliado en ocasiones de forma polémica en el debate contemporáneo.

El resultado es un terreno resbaladizo donde conviven tres realidades distintas: una diversidad interna judía que no siempre se reconoce, un Estado con una historia compleja y una palabra —antisemitismo— que a veces se usa con precisión y otras con exceso.

Reducir todo eso a equivalencias simples —“judío = sionista”, “crítica a Israel = antisemitismo”— no ayuda a entender nada. Y, sobre todo, borra lo más interesante: que Israel no es una identidad única, sino un cruce de historias, y que el debate sobre él pertenece, como cualquier otro, al terreno de la política, no de las esencias.