En la primera página de Funes
el memorioso, Borges describe a un muchacho uruguayo incapaz de olvidar
nada. Ireneo Funes recuerda la forma exacta de cada nube que ha visto, la
disposición precisa de cada hoja de cada árbol y la posición de las manchas en
una pared cualquier martes de hacía veinte años. El problema es que, después de
un accidente de caballo, el pobre Funes ya no puede pensar. Porque pensar
—descubre Borges— consiste precisamente en olvidar diferencias, resumir,
simplificar, generalizar. Para Funes, cada perro visto a las tres y cuarto de
la tarde es un perro distinto del mismo perro visto a las tres y veinte. Su
memoria absoluta lo condena a un universo insoportablemente detallado.
Décadas después, Hollywood
fabricó una versión más amable de aquella pesadilla en Rain Man. Dustin
Hoffman interpreta a Raymond Babbitt, un hombre autista capaz de memorizar
directorios telefónicos, contar instantáneamente cientos de palillos derramados
en el suelo y calcular probabilidades en Las Vegas con la misma facilidad con
que otros deciden si les apetece sopa. La película convirtió el síndrome savant
en un fenómeno cultural: de pronto, millones de personas empezaron a sospechar
que detrás de cada individuo extraño podía esconderse un calculador prodigioso
o un Mozart encerrado en un cuerpo socialmente torpe.
La realidad, naturalmente, es más
complicada, más rara y bastante más fascinante. El término “savant” procede del
francés y significa simplemente “sabio”. Durante el siglo XIX, los médicos
europeos utilizaban expresiones menos elegantes y bastante más brutales, como idiot
savant, para describir a personas con discapacidades intelectuales severas
que, sin embargo, poseían habilidades extraordinarias en campos muy concretos.
La combinación desconcertaba a los neurólogos victorianos. ¿Cómo podía alguien
incapaz de vestirse solo tocar una sonata de Liszt tras escucharla una única
vez? ¿Cómo podía una persona que apenas sabía sumar calcular mentalmente qué
día de la semana cayó el 12 de octubre de 1746?
La ciencia, cuando se encuentra
algo que no entiende, suele reaccionar de dos maneras: inventa una teoría
grandiosa o mira hacia otro lado. Durante mucho tiempo hizo ambas cosas.
Uno de los primeros casos
célebres fue el de Thomas
Fuller, un esclavo africano del siglo XVIII conocido como “el calculador de
Virginia”. Fuller no sabía leer ni escribir, pero respondía en segundos a
preguntas imposibles. Cuando alguien le preguntó cuántos segundos había vivido
un hombre de setenta años, diecisiete días y doce horas, Fuller respondió: “2
210 500 800”. El interrogador creyó haber encontrado un error y empezó a
corregirlo, hasta que Fuller añadió con calma: “Olvidó contar los años
bisiestos”.
En el siglo XIX le tocó vivir a Blind Tom Wiggins,
quizá el savant musical más extraordinario de la historia. Nació esclavo en
Georgia, era ciego, apenas hablaba y parecía vivir en una nube de sonidos
incomprensibles. Pero podía reproducir al piano cualquier pieza tras escucharla
una sola vez, incluso si la interpretación original contenía errores. Tocaba
piezas simultáneamente con las manos mientras cantaba otra melodía distinta.
Algunos espectadores aseguraban que era como ver a tres músicos atrapados en un
solo cuerpo.
Kim Peek fue el hombre que
inspiró Rain Man. Peek no era autista —detalle que Hollywood omitió
alegremente—, sino una persona con graves anomalías cerebrales congénitas.
Carecía de cuerpo calloso, la gran autopista neuronal que conecta ambos
hemisferios cerebrales. Tenía dificultades para abotonarse la camisa, pero
había memorizado unos doce mil libros. Leía la página izquierda con el ojo
izquierdo y la derecha con el derecho, terminando cada doble página en apenas
diez segundos. Recordaba mapas enteros, calendarios completos y datos
históricos absurdamente específicos. Era el tipo de hombre al que uno podía
preguntar qué tiempo hizo en Toledo el día de la coronación de Alfonso XIII y
obtener una respuesta razonablemente aproximada.
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| Blind Tom Wiggins (izda.) y Kim Peet. |
El síndrome savant tiene una
curiosa predilección por ciertas habilidades. La música aparece constantemente.
También el cálculo de calendarios, la memoria fotográfica, el dibujo
arquitectónico y la capacidad de contar objetos de manera instantánea. El artista
británico Stephen
Wiltshire puede sobrevolar una ciudad en helicóptero durante media hora y
luego dibujarla con precisión casi cartográfica, ventana por ventana, calle por
calle, como si Londres hubiese contratado a una cámara de seguridad con
lápices.
Durante mucho tiempo, la
neurología trató estos casos como si fueran fenómenos de feria ligeramente
embarazosos. En el siglo XIX abundaban las explicaciones espirituales. Algunos
médicos pensaban que aquellas personas poseían una especie de compensación divina:
Dios, al quitarles ciertas facultades, les otorgaba otras. Más adelante llegó
la frenología, esa disciplina hoy felizmente muerta que intentaba explicar la
personalidad palpando bultos en el cráneo. Luego aparecieron teorías
psicoanalíticas, casi siempre capaces de explicar cualquier cosa excepto los
hechos observables.
La situación empezó a cambiar en
la segunda mitad del siglo XX, cuando los neurólogos dejaron de preguntarse
“¿cómo es posible?” y comenzaron a preguntarse “¿qué parte del cerebro está
haciendo esto?”.
Aquí entra en escena uno de los
personajes más interesantes de esta historia: Darold Treffert,
psiquiatra estadounidense que dedicó décadas al estudio de los savants.
Treffert reunió centenares de casos y llegó a una conclusión importante:
aquellas habilidades no eran magia, sino capacidades humanas normales liberadas
de restricciones normales. Según él, el cerebro savant no inventa funciones
nuevas; simplemente accede de manera inusual a mecanismos que todos poseemos en
estado latente.
La neurología moderna sospecha
que el fenómeno tiene mucho que ver con una extraña redistribución de recursos
cerebrales. En muchos savants existe daño o alteración en el hemisferio
izquierdo —el lado más asociado con el lenguaje, la abstracción y la categorización—
y una compensación parcial del hemisferio derecho, más relacionado con el
procesamiento visual, espacial y musical. Es como si el cerebro, tras perder al
gerente general, dejara que departamentos normalmente secundarios tomasen el
control.
El neurólogo australiano Allan
Snyder llevó esta idea a un terreno inquietante. Snyder sostiene que todos
los cerebros humanos almacenan cantidades inmensas de información sensorial
detallada, pero normalmente el cerebro filtra esos datos para construir una
visión simplificada y funcional del mundo. En otras palabras: todos llevamos un
pequeño Funes dentro de la cabeza, pero afortunadamente nuestro cerebro lo
mantiene encerrado en el sótano.
Según esta teoría, el savant
sería alguien cuyo sistema de filtrado funciona de manera distinta. En lugar de
quedarse con conceptos generales —“árbol”, “cara”, “edificio”— percibe detalles
crudos y específicos con intensidad extraordinaria. Eso explicaría por qué
muchos savants dibujan ciudades con exactitud fotográfica o identifican
patrones numéricos invisibles para el resto de nosotros.
Snyder incluso realizó
experimentos utilizando estimulación magnética transcraneal para inhibir
temporalmente ciertas áreas del hemisferio izquierdo en voluntarios normales.
Algunos participantes mostraron mejoras sorprendentes en tareas de dibujo,
detección de errores o cálculo rápido. Durante unos minutos, parecían acercarse
ligeramente a capacidades savant. La idea de que cualquiera de nosotros pueda
esconder un matemático prodigioso detrás de una pequeña interferencia
electromagnética es profundamente perturbadora y muy borgiana.
No todos los científicos están
convencidos. El cerebro humano es un objeto demasiado complicado para admitir
explicaciones simples, y muchos investigadores creen que el síndrome savant
probablemente agrupa fenómenos distintos bajo una misma etiqueta. Además, la
cultura popular ha exagerado enormemente su frecuencia. La mayoría de las
personas vestirseautistas no poseen talentos extraordinarios, y la mayoría de
savants no son genios universales, sino individuos con habilidades muy
específicas coexistiendo con enormes dificultades cotidianas.
Aun así, el fenómeno sigue siendo
una de las grandes provocaciones intelectuales de la neurología. Porque obliga
a replantearse preguntas incómodas: ¿qué significa realmente inteligencia?
¿Cuánto conocimiento permanece oculto en un cerebro normal? ¿Y cuánto de lo que
llamamos “comprender” consiste simplemente en ignorar detalles?
Borges lo entendió antes que los
neurólogos. Funes no era un superhombre. Era alguien incapaz de escapar del
peso insoportable de la realidad. Recordaba demasiado. Percibía demasiado.
Sabía demasiado sobre cada instante individual del mundo. Y por eso mismo no
podía pensar.
Quizá el cerebro humano no sea, después de todo, una máquina diseñada para conocerlo todo, sino una máquina diseñada para olvidar casi todo y sobrevivir gracias a ello.


