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lunes, 18 de mayo de 2026

FUNES, RAIN MAN Y OTROS PRODIGIOS MEMORÍSTICOS

 

En la primera página de Funes el memorioso, Borges describe a un muchacho uruguayo incapaz de olvidar nada. Ireneo Funes recuerda la forma exacta de cada nube que ha visto, la disposición precisa de cada hoja de cada árbol y la posición de las manchas en una pared cualquier martes de hacía veinte años. El problema es que, después de un accidente de caballo, el pobre Funes ya no puede pensar. Porque pensar —descubre Borges— consiste precisamente en olvidar diferencias, resumir, simplificar, generalizar. Para Funes, cada perro visto a las tres y cuarto de la tarde es un perro distinto del mismo perro visto a las tres y veinte. Su memoria absoluta lo condena a un universo insoportablemente detallado.

Décadas después, Hollywood fabricó una versión más amable de aquella pesadilla en Rain Man. Dustin Hoffman interpreta a Raymond Babbitt, un hombre autista capaz de memorizar directorios telefónicos, contar instantáneamente cientos de palillos derramados en el suelo y calcular probabilidades en Las Vegas con la misma facilidad con que otros deciden si les apetece sopa. La película convirtió el síndrome savant en un fenómeno cultural: de pronto, millones de personas empezaron a sospechar que detrás de cada individuo extraño podía esconderse un calculador prodigioso o un Mozart encerrado en un cuerpo socialmente torpe.

La realidad, naturalmente, es más complicada, más rara y bastante más fascinante. El término “savant” procede del francés y significa simplemente “sabio”. Durante el siglo XIX, los médicos europeos utilizaban expresiones menos elegantes y bastante más brutales, como idiot savant, para describir a personas con discapacidades intelectuales severas que, sin embargo, poseían habilidades extraordinarias en campos muy concretos. La combinación desconcertaba a los neurólogos victorianos. ¿Cómo podía alguien incapaz de vestirse solo tocar una sonata de Liszt tras escucharla una única vez? ¿Cómo podía una persona que apenas sabía sumar calcular mentalmente qué día de la semana cayó el 12 de octubre de 1746?

La ciencia, cuando se encuentra algo que no entiende, suele reaccionar de dos maneras: inventa una teoría grandiosa o mira hacia otro lado. Durante mucho tiempo hizo ambas cosas.

Uno de los primeros casos célebres fue el de Thomas Fuller, un esclavo africano del siglo XVIII conocido como “el calculador de Virginia”. Fuller no sabía leer ni escribir, pero respondía en segundos a preguntas imposibles. Cuando alguien le preguntó cuántos segundos había vivido un hombre de setenta años, diecisiete días y doce horas, Fuller respondió: “2 210 500 800”. El interrogador creyó haber encontrado un error y empezó a corregirlo, hasta que Fuller añadió con calma: “Olvidó contar los años bisiestos”.

Thomas Fuller, un hombre esclavizado del siglo XVIII, pasó a la historia como la “Calculadora de Virginia”. No por títulos académicos ni libros publicados, sino por una capacidad matemática fuera de lo común.

En el siglo XIX le tocó vivir a Blind Tom Wiggins, quizá el savant musical más extraordinario de la historia. Nació esclavo en Georgia, era ciego, apenas hablaba y parecía vivir en una nube de sonidos incomprensibles. Pero podía reproducir al piano cualquier pieza tras escucharla una sola vez, incluso si la interpretación original contenía errores. Tocaba piezas simultáneamente con las manos mientras cantaba otra melodía distinta. Algunos espectadores aseguraban que era como ver a tres músicos atrapados en un solo cuerpo.

Kim Peek fue el hombre que inspiró Rain Man. Peek no era autista —detalle que Hollywood omitió alegremente—, sino una persona con graves anomalías cerebrales congénitas. Carecía de cuerpo calloso, la gran autopista neuronal que conecta ambos hemisferios cerebrales. Tenía dificultades para abotonarse la camisa, pero había memorizado unos doce mil libros. Leía la página izquierda con el ojo izquierdo y la derecha con el derecho, terminando cada doble página en apenas diez segundos. Recordaba mapas enteros, calendarios completos y datos históricos absurdamente específicos. Era el tipo de hombre al que uno podía preguntar qué tiempo hizo en Toledo el día de la coronación de Alfonso XIII y obtener una respuesta razonablemente aproximada.

Blind Tom Wiggins (izda.) y Kim Peet.

El síndrome savant tiene una curiosa predilección por ciertas habilidades. La música aparece constantemente. También el cálculo de calendarios, la memoria fotográfica, el dibujo arquitectónico y la capacidad de contar objetos de manera instantánea. El artista británico Stephen Wiltshire puede sobrevolar una ciudad en helicóptero durante media hora y luego dibujarla con precisión casi cartográfica, ventana por ventana, calle por calle, como si Londres hubiese contratado a una cámara de seguridad con lápices.

Durante mucho tiempo, la neurología trató estos casos como si fueran fenómenos de feria ligeramente embarazosos. En el siglo XIX abundaban las explicaciones espirituales. Algunos médicos pensaban que aquellas personas poseían una especie de compensación divina: Dios, al quitarles ciertas facultades, les otorgaba otras. Más adelante llegó la frenología, esa disciplina hoy felizmente muerta que intentaba explicar la personalidad palpando bultos en el cráneo. Luego aparecieron teorías psicoanalíticas, casi siempre capaces de explicar cualquier cosa excepto los hechos observables.

La situación empezó a cambiar en la segunda mitad del siglo XX, cuando los neurólogos dejaron de preguntarse “¿cómo es posible?” y comenzaron a preguntarse “¿qué parte del cerebro está haciendo esto?”.

Aquí entra en escena uno de los personajes más interesantes de esta historia: Darold Treffert, psiquiatra estadounidense que dedicó décadas al estudio de los savants. Treffert reunió centenares de casos y llegó a una conclusión importante: aquellas habilidades no eran magia, sino capacidades humanas normales liberadas de restricciones normales. Según él, el cerebro savant no inventa funciones nuevas; simplemente accede de manera inusual a mecanismos que todos poseemos en estado latente.

La neurología moderna sospecha que el fenómeno tiene mucho que ver con una extraña redistribución de recursos cerebrales. En muchos savants existe daño o alteración en el hemisferio izquierdo —el lado más asociado con el lenguaje, la abstracción y la categorización— y una compensación parcial del hemisferio derecho, más relacionado con el procesamiento visual, espacial y musical. Es como si el cerebro, tras perder al gerente general, dejara que departamentos normalmente secundarios tomasen el control.

El neurólogo australiano Allan Snyder llevó esta idea a un terreno inquietante. Snyder sostiene que todos los cerebros humanos almacenan cantidades inmensas de información sensorial detallada, pero normalmente el cerebro filtra esos datos para construir una visión simplificada y funcional del mundo. En otras palabras: todos llevamos un pequeño Funes dentro de la cabeza, pero afortunadamente nuestro cerebro lo mantiene encerrado en el sótano.

Según esta teoría, el savant sería alguien cuyo sistema de filtrado funciona de manera distinta. En lugar de quedarse con conceptos generales —“árbol”, “cara”, “edificio”— percibe detalles crudos y específicos con intensidad extraordinaria. Eso explicaría por qué muchos savants dibujan ciudades con exactitud fotográfica o identifican patrones numéricos invisibles para el resto de nosotros.

Snyder incluso realizó experimentos utilizando estimulación magnética transcraneal para inhibir temporalmente ciertas áreas del hemisferio izquierdo en voluntarios normales. Algunos participantes mostraron mejoras sorprendentes en tareas de dibujo, detección de errores o cálculo rápido. Durante unos minutos, parecían acercarse ligeramente a capacidades savant. La idea de que cualquiera de nosotros pueda esconder un matemático prodigioso detrás de una pequeña interferencia electromagnética es profundamente perturbadora y muy borgiana.

No todos los científicos están convencidos. El cerebro humano es un objeto demasiado complicado para admitir explicaciones simples, y muchos investigadores creen que el síndrome savant probablemente agrupa fenómenos distintos bajo una misma etiqueta. Además, la cultura popular ha exagerado enormemente su frecuencia. La mayoría de las personas vestirseautistas no poseen talentos extraordinarios, y la mayoría de savants no son genios universales, sino individuos con habilidades muy específicas coexistiendo con enormes dificultades cotidianas.

Aun así, el fenómeno sigue siendo una de las grandes provocaciones intelectuales de la neurología. Porque obliga a replantearse preguntas incómodas: ¿qué significa realmente inteligencia? ¿Cuánto conocimiento permanece oculto en un cerebro normal? ¿Y cuánto de lo que llamamos “comprender” consiste simplemente en ignorar detalles?

Borges lo entendió antes que los neurólogos. Funes no era un superhombre. Era alguien incapaz de escapar del peso insoportable de la realidad. Recordaba demasiado. Percibía demasiado. Sabía demasiado sobre cada instante individual del mundo. Y por eso mismo no podía pensar.

Quizá el cerebro humano no sea, después de todo, una máquina diseñada para conocerlo todo, sino una máquina diseñada para olvidar casi todo y sobrevivir gracias a ello.