Salvando las distancias históricas, la estrategia de Vox para
integrarse en los gobiernos autonómicos del PP recuerda a la seguida por los nazis durante la República de
Weimar: una incorporación progresiva a los gobiernos regionales de los länder
desde la que fueron ampliando su influencia política y electoral hasta
convertirse en la fuerza más votada en las elecciones federales de 1932 y
facilitar así la llegada de Hitler al poder.
Los abstencionistas de izquierdas
harían bien en leer Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder?, del
historiador francés Johann Chapoutot (Alianza, 2026), un esclarecedor análisis
de los años convulsos que precedieron al nombramiento de Hitler como canciller
del Reich el 30 de enero de 1933.
Hay libros de historia que
explican el pasado y libros que, además, consiguen inquietar el presente. El
libro de Chapoutot pertenece claramente a la segunda categoría. No es un
libro sobre Hitler entendido como monstruo aislado, ni una biografía más del
dictador alemán, ni tampoco una crónica lineal del hundimiento de la República
de Weimar. Es, sobre todo, una investigación sobre las élites conservadoras que
creyeron poder domesticar a la extrema derecha y acabaron entregándole el
poder.
El mérito principal del libro
reside precisamente ahí: desplazar el foco desde el fanático hacia los
respetables. Chapoutot no pregunta únicamente cómo pudo triunfar el nazismo,
sino quiénes abrieron la puerta y por qué lo hicieron. La respuesta desmonta
una explicación tranquilizadora muy extendida: la idea de que Hitler llegó al
poder gracias a una especie de hipnosis colectiva o a un arrebato irracional de
las masas alemanas. El historiador francés sostiene algo más perturbador:
Hitler no conquistó el poder por asalto, sino mediante pactos, cálculos y
cobardías de políticos conservadores, empresarios, aristócratas y burócratas
que pensaron que podrían utilizarlo en beneficio propio.
La historia comienza en una
Alemania agotada por la inflación, la humillación nacional derivada del Tratado
de Versalles y el trauma de la Gran Depresión. La República de Weimar aparece
como un régimen frágil, permanentemente asediado por extremistas de izquierda y
derecha, pero también minado desde dentro por unas élites nostálgicas del del kaiser
Guillermo II que jamás aceptaron del todo el nuevo régimen democrático republicano.
Chapoutot describe con gran precisión ese ambiente de agotamiento democrático:
el desprecio hacia el parlamentarismo, la obsesión por el orden y el miedo al
comunismo fueron creando un terreno fértil para soluciones autoritarias.
Uno de los aspectos más
interesantes del libro es cómo muestra la normalización gradual del nazismo. En
retrospectiva tendemos a imaginar a Hitler como una figura evidentemente
monstruosa desde el principio, pero Chapoutot recuerda que durante años muchos
conservadores lo consideraron un agitador ignorante y vulgar pero útil. Les
desagradaba su retórica populista y su estética plebeya, pero admiraban su
capacidad para movilizar masas contra la izquierda. Pensaban que podrían
integrarlo en coaliciones conservadoras, rodearlo de ministros “serios” y
neutralizar sus impulsos más radicales.
La frase que resume esa
mentalidad pertenece a Franz von Papen, uno de los personajes centrales del
libro y quizá el más irresponsable de todos. Cuando aceptó facilitar el
nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933, Papen aseguró a sus
allegados: “En dos meses lo tendremos arrinconado”. La historia demostró que
ocurrió exactamente lo contrario.
Chapoutot retrata a Papen,
Hindenburg, Schleicher y otros dirigentes conservadores no como villanos
caricaturescos, sino como hombres convencionales atrapados en una mezcla de
arrogancia y ceguera política. No querían necesariamente una dictadura nazi; muchos
de ellos despreciaban personalmente a Hitler. Lo que querían era destruir la
democracia parlamentaria y restaurar un orden autoritario tradicional. Creyeron
que podían servirse de los nazis para alcanzar ese objetivo sin asumir las
consecuencias. El resultado fue que los nazis terminaron devorándolos a ellos
también.
El libro tiene además la virtud
de desmontar otra simplificación habitual: que el ascenso nazi fue inevitable.
Chapoutot insiste en que hubo múltiples momentos en los que la historia pudo
haber tomado otro rumbo. Hitler perdió elecciones importantes, sufrió
divisiones internas y atravesó fases de debilidad política. Nada estaba escrito
de antemano. Precisamente por eso el papel de las élites conservadoras resulta
tan decisivo. Fueron ellas quienes, en un contexto de crisis, eligieron
destruir los mecanismos democráticos creyendo que así preservarían sus
privilegios.
La escritura de Chapoutot es
ágil, elegante y muy francesa en el mejor sentido: combina erudición con
claridad narrativa y evita el tono académico pesado. Aunque el libro está
sólidamente documentado, nunca se convierte en una sucesión tediosa de fechas y
nombres. Al contrario, avanza casi como un thriller político en el que
el lector conoce el desenlace, pero asiste con fascinación al encadenamiento de
errores, ambiciones y cálculos equivocados que conducen al desastre.
Especialmente brillante resulta
el modo en que el autor describe el deterioro gradual de las normas
democráticas. La democracia no cae de golpe; se erosiona lentamente mediante
excepciones justificadas por la urgencia, el miedo o el pragmatismo. Ocurrió lo
que está ocurriendo ahora en España. Primero se toleran discursos extremistas
porque “no gobernarán nunca”. Después se aceptan pactos puntuales porque “es
necesario frenar a un enemigo mayor”. Más tarde se normalizan cesiones
institucionales porque “el sistema necesita estabilidad”. Cuando llega el
momento decisivo, buena parte de la sociedad ya se ha acostumbrado a convivir
con lo intolerable.
Esa es, inevitablemente, la
dimensión contemporánea del libro. Chapoutot evita los paralelismos simplistas
y no sostiene que la historia se repita mecánicamente. No dice que cualquier
partido populista sea nazi ni que Europa esté al borde de un nuevo 1933. Pero
sí lanza una advertencia muy clara sobre la fragilidad de las democracias y
sobre la irresponsabilidad de quienes creen poder instrumentalizar a la extrema
derecha para objetivos coyunturales.
La gran lección del libro quizá
sea precisamente esa: los movimientos autoritarios rara vez llegan solos al
poder. Necesitan aliados respetables que los legitimen, los normalicen y los
introduzcan en las instituciones. Y esos aliados suelen convencerse de que
mantienen el control hasta que dejan de tenerlo.
Leer Irresponsables: ¿quién
llevó a Hitler al poder? en la actualidad produce una inquietud particular
porque obliga a abandonar la comodidad moral con la que normalmente
contemplamos el pasado. Resulta tranquilizador imaginar que nosotros habríamos
reconocido inmediatamente el peligro y actuado en consecuencia. Chapoutot
demuestra que las cosas fueron mucho más ambiguas. Muchos contemporáneos de
Hitler no se consideraban enemigos de la democracia; simplemente creían que
podían sacrificar una parte de ella para salvar el resto.
Nunca funciona así. Por eso este
libro importa tanto. No porque ofrezca analogías fáciles ni porque permita
etiquetar al adversario político de turno como fascista, sino porque recuerda
algo esencial: las democracias rara vez mueren asesinadas desde fuera. Lo más
frecuente es que se suiciden lentamente, convencidas de que aún controlan la
situación.