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lunes, 18 de mayo de 2026

WEIMAR: UNA LECCIÓN OLVIDADA O DE CÓMO LA DEMOCRACIA SUCUMBE A FUEGO LENTO

 

El presidente Paul von Hindenburg, a la izquierda, y Adolf Hitler viajan en un coche descapotable durante un desfile en Berlín, Alemania, en mayo de 1933 (crédito de la foto: desconocido/Archivo Federal Alemán). El ultraconservador Hindenburg fue uno de los grandes urdidores de la trama que llevó a Hitler al poder.

Salvando las distancias históricas, la estrategia de Vox para integrarse en los gobiernos autonómicos del PP recuerda a la seguida por los nazis durante la República de Weimar: una incorporación progresiva a los gobiernos regionales de los länder desde la que fueron ampliando su influencia política y electoral hasta convertirse en la fuerza más votada en las elecciones federales de 1932 y facilitar así la llegada de Hitler al poder.

Los abstencionistas de izquierdas harían bien en leer Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder?, del historiador francés Johann Chapoutot (Alianza, 2026), un esclarecedor análisis de los años convulsos que precedieron al nombramiento de Hitler como canciller del Reich el 30 de enero de 1933.

Hay libros de historia que explican el pasado y libros que, además, consiguen inquietar el presente. El libro de Chapoutot pertenece claramente a la segunda categoría. No es un libro sobre Hitler entendido como monstruo aislado, ni una biografía más del dictador alemán, ni tampoco una crónica lineal del hundimiento de la República de Weimar. Es, sobre todo, una investigación sobre las élites conservadoras que creyeron poder domesticar a la extrema derecha y acabaron entregándole el poder.

El mérito principal del libro reside precisamente ahí: desplazar el foco desde el fanático hacia los respetables. Chapoutot no pregunta únicamente cómo pudo triunfar el nazismo, sino quiénes abrieron la puerta y por qué lo hicieron. La respuesta desmonta una explicación tranquilizadora muy extendida: la idea de que Hitler llegó al poder gracias a una especie de hipnosis colectiva o a un arrebato irracional de las masas alemanas. El historiador francés sostiene algo más perturbador: Hitler no conquistó el poder por asalto, sino mediante pactos, cálculos y cobardías de políticos conservadores, empresarios, aristócratas y burócratas que pensaron que podrían utilizarlo en beneficio propio.

La historia comienza en una Alemania agotada por la inflación, la humillación nacional derivada del Tratado de Versalles y el trauma de la Gran Depresión. La República de Weimar aparece como un régimen frágil, permanentemente asediado por extremistas de izquierda y derecha, pero también minado desde dentro por unas élites nostálgicas del del kaiser Guillermo II que jamás aceptaron del todo el nuevo régimen democrático republicano. Chapoutot describe con gran precisión ese ambiente de agotamiento democrático: el desprecio hacia el parlamentarismo, la obsesión por el orden y el miedo al comunismo fueron creando un terreno fértil para soluciones autoritarias.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es cómo muestra la normalización gradual del nazismo. En retrospectiva tendemos a imaginar a Hitler como una figura evidentemente monstruosa desde el principio, pero Chapoutot recuerda que durante años muchos conservadores lo consideraron un agitador ignorante y vulgar pero útil. Les desagradaba su retórica populista y su estética plebeya, pero admiraban su capacidad para movilizar masas contra la izquierda. Pensaban que podrían integrarlo en coaliciones conservadoras, rodearlo de ministros “serios” y neutralizar sus impulsos más radicales.

La frase que resume esa mentalidad pertenece a Franz von Papen, uno de los personajes centrales del libro y quizá el más irresponsable de todos. Cuando aceptó facilitar el nombramiento de Hitler como canciller en enero de 1933, Papen aseguró a sus allegados: “En dos meses lo tendremos arrinconado”. La historia demostró que ocurrió exactamente lo contrario.

Chapoutot retrata a Papen, Hindenburg, Schleicher y otros dirigentes conservadores no como villanos caricaturescos, sino como hombres convencionales atrapados en una mezcla de arrogancia y ceguera política. No querían necesariamente una dictadura nazi; muchos de ellos despreciaban personalmente a Hitler. Lo que querían era destruir la democracia parlamentaria y restaurar un orden autoritario tradicional. Creyeron que podían servirse de los nazis para alcanzar ese objetivo sin asumir las consecuencias. El resultado fue que los nazis terminaron devorándolos a ellos también.

El libro tiene además la virtud de desmontar otra simplificación habitual: que el ascenso nazi fue inevitable. Chapoutot insiste en que hubo múltiples momentos en los que la historia pudo haber tomado otro rumbo. Hitler perdió elecciones importantes, sufrió divisiones internas y atravesó fases de debilidad política. Nada estaba escrito de antemano. Precisamente por eso el papel de las élites conservadoras resulta tan decisivo. Fueron ellas quienes, en un contexto de crisis, eligieron destruir los mecanismos democráticos creyendo que así preservarían sus privilegios.

La escritura de Chapoutot es ágil, elegante y muy francesa en el mejor sentido: combina erudición con claridad narrativa y evita el tono académico pesado. Aunque el libro está sólidamente documentado, nunca se convierte en una sucesión tediosa de fechas y nombres. Al contrario, avanza casi como un thriller político en el que el lector conoce el desenlace, pero asiste con fascinación al encadenamiento de errores, ambiciones y cálculos equivocados que conducen al desastre.

Especialmente brillante resulta el modo en que el autor describe el deterioro gradual de las normas democráticas. La democracia no cae de golpe; se erosiona lentamente mediante excepciones justificadas por la urgencia, el miedo o el pragmatismo. Ocurrió lo que está ocurriendo ahora en España. Primero se toleran discursos extremistas porque “no gobernarán nunca”. Después se aceptan pactos puntuales porque “es necesario frenar a un enemigo mayor”. Más tarde se normalizan cesiones institucionales porque “el sistema necesita estabilidad”. Cuando llega el momento decisivo, buena parte de la sociedad ya se ha acostumbrado a convivir con lo intolerable.

Esa es, inevitablemente, la dimensión contemporánea del libro. Chapoutot evita los paralelismos simplistas y no sostiene que la historia se repita mecánicamente. No dice que cualquier partido populista sea nazi ni que Europa esté al borde de un nuevo 1933. Pero sí lanza una advertencia muy clara sobre la fragilidad de las democracias y sobre la irresponsabilidad de quienes creen poder instrumentalizar a la extrema derecha para objetivos coyunturales.

La gran lección del libro quizá sea precisamente esa: los movimientos autoritarios rara vez llegan solos al poder. Necesitan aliados respetables que los legitimen, los normalicen y los introduzcan en las instituciones. Y esos aliados suelen convencerse de que mantienen el control hasta que dejan de tenerlo.

Leer Irresponsables: ¿quién llevó a Hitler al poder? en la actualidad produce una inquietud particular porque obliga a abandonar la comodidad moral con la que normalmente contemplamos el pasado. Resulta tranquilizador imaginar que nosotros habríamos reconocido inmediatamente el peligro y actuado en consecuencia. Chapoutot demuestra que las cosas fueron mucho más ambiguas. Muchos contemporáneos de Hitler no se consideraban enemigos de la democracia; simplemente creían que podían sacrificar una parte de ella para salvar el resto.

Nunca funciona así. Por eso este libro importa tanto. No porque ofrezca analogías fáciles ni porque permita etiquetar al adversario político de turno como fascista, sino porque recuerda algo esencial: las democracias rara vez mueren asesinadas desde fuera. Lo más frecuente es que se suiciden lentamente, convencidas de que aún controlan la situación.