Vistas de página en total

sábado, 20 de mayo de 2017

Indian removal: El mapa del gran desahucio indio


Jefes sioux. Fotografía de Edward S. Curtis. Librería del Congreso. 
Mediante tratados que nunca cumplieron y órdenes ejecutivas de desahucio directo, entre 1776 y 1887 los Estados Unidos se apropiaron de más de 600 millones de hectáreas (12 veces el tamaño de España peninsular) pertenecientes a los pueblos indígenas de Norteamérica. Ese fue, sin lugar a dudas, el mayor desahucio de la historia.
Como ha sucedido en todo el mundo, la historia de Estados Unidos se ha escrito desde dos perspectivas diferentes: el complaciente y el crítico. Entre los primeros se cuenta el clásico de Paul Johnson Estados Unidos. La historia (Vergara, 2001); entre los segundos, los publicados por el historiador Howard Zinn, cuyo epítome es La otra historia de Estados Unidos. Desde 1492 hasta hoy (Argitaletxe Hiru, 2005). Al situar la centralidad de su narración en los nativos americanos, West of the Revolution: An uncommon history of 1776 (Al oeste de la Revolución: una historia poco frecuente de 1776), el profesor de la Universidad de Georgia Claudio Saunt se sitúa en el bando de los heterodoxos.
Eskadi, un indio apache en 1903.
Foto Edward S. Curtis. Librería del Congreso. 
Según las narrativas estándar de la Revolución Americana, que repiten una frase del Concord Hymn de Ralph Waldo Emerson, el camino hacia la independencia comenzó con un «disparo que resonó en todo el mundo». Pero el libro de Claudio Saunt viene a recordarnos que cuando las trece colonias se unieron contra los británicos y declararon su independencia, la mayor parte del continente apenas se enteró. De hecho, las colonias representaban menos del 4% de la población total de América del Norte en ese momento y, sin embargo, la mayoría de las narraciones del siglo XVIII se fijan en ese minúsculo porcentaje.
El foco de Saunt sobre el período revolucionario contempla a los habitantes de la costa atlántica como una pieza más del abigarrado tablero continental. Es una llamada de atención al extendido discurso histórico popular que considera a los pueblos indígenas como insignificantes en la historia americana hasta que los Estados Unidos los trajeron al redil. Saunt nos recuerda que entre Alaska y los Apalaches había miles de pueblos y aldeas cuyos millones de habitantes hablaban diversos idiomas y pertenecían a una multitud de naciones.
La «mudanza de los indios», el eufemismo aplicado al despojo practicado sobre los nativos, despejó el territorio entre los montes Apalaches y el Mississippi para que fuera ocupado por los blancos. En su libro The Disinherited (Los desheredados), Dale Van Every resumió lo que significaba la "mudanza" para el indio: «El indio era especialmente sensible a cada atributo sensorial de cada rasgo natural de su entorno. Vivía al aire libre. Conocía cada marisma, claro de bosque, paso de montaña, roca, manantial, cañón, como sólo los conoce el cazador. Nunca había acabado de comprender el principio que guiaba la propiedad privada de la tierra, ni veía que fuera más racional que la propiedad del aire. Pero quería la tierra con una emoción más honda que ningún propietario. Se sentía tan parte de ella como las rocas o los árboles, los animales y los pájaros. Su patria era tierra sagrada, bendecida como la morada de los huesos de sus antepasados y el santuario natural de su religión».
Se despejó el continente para sembrar algodón en el Sur y cereales en el Norte, para la expansión, la inmigración, los canales, los ferrocarriles, las nuevas ciudades, para reemplazar las gigantescas manadas de bisontes por rebaños de ganado y para la construcción de un inmenso imperio anglosajón a escala continental que se extendería desde los Apalaches hasta el Pacífico. El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada. La mayoría de los libros de historia que se estudian en las escuelas norteamericanas pasan de puntillas sobre esta época. Como Zinn y Van Every, Saunt pone su empeño en abrir las ventanas para airear la historia.
Cuando Jefferson llegó a la presidencia en 1800, había 700.000 colonos blancos al oeste de los Apalaches y de las Alleghenies. Cuando, con la compra a Francia del territorio de Luisiana en 1803, se dobló el tamaño de la nación -extendiendo de esta forma la frontera occidental desde los montes Apalaches, cruzando el Mississippi, hasta las montañas Rocosas- Jefferson propuso al Congreso que a los indios se les debería de animar a establecerse en territorios más reducidos y dedicarse a la agricultura. «Se consideraron dos medidas urgentes. La primera era la de animarlos a que abandonaran la caza... En segundo lugar, se fomentaron los puestos comerciales entre ellos, llevándoles de esta forma hacia la agricultura, la industria y la civilización...» (Zinn, 2005: 123). El vocabulario de Jefferson resulta revelador «agricultura… industria... civilización». La "mudanza" de los indios era necesaria para el desarrollo de la economía capitalista moderna. Para todo esto, la tierra resultaba indispensable, así que después de la Revolución, los especuladores ricos, incluidos George Washington y Patrick Henry, dos de los patricios estadounidenses, compraron enormes áreas del territorio.
Todo el legado espiritual indio hablaba en contra de marcharse de sus tierras. Un viejo jefe choctaw había dicho, años atrás, en respuesta a las propuestas de marcha hechas por el presidente Monroe «Lamento no poder cumplir con el deseo de mi padre. Queremos quedarnos aquí, en la tierra donde hemos crecido como las hierbas del bosque, no queremos que nos trasplanten en otra tierra». Un jefe seminola dijo a John Quincy Adams «Aquí cortaron nuestros cordones umbilicales y aquí nuestra sangre se hundió en la tierra, haciendo que este país nos sea tan querido.»
Andrew Jackson
Andrew Jackson, séptimo Presidente, encontró la fórmula más adecuada para domesticar a los indios. No se podía "obligar" a los indios a ir hacia el Oeste. Pero si decidían quedarse, tendrían que acomodarse a las leyes estatales, que destruían sus derechos tribales y personales, y los exponía a vejaciones interminables y a la invasión de colonos blancos que deseaban sus tierras. Sin embargo, si se marchaban, el Gobierno federal les daba apoyo económico y les prometía tierras más allá del Mississippi. Las instrucciones de Jackson a un mayor del ejército enviado para hablar con los choctaws y los cherokees, lo contemplaba así: «Decid a los jefes y a los guerreros que soy su amigo, pero deben confiar en mí y marchar de los límites de los estados de Mississippi y Alabama y establecerse en tierras que les ofrezco ahí, más allá de los límites de ningún estado, en posesión de tierra suya, que poseerán mientras crezca la hierba y corra el agua. Seré su amigo y su padre y les protegeré.»
La frase "mientras crezca la hierba y corra el agua" sería recordada con amargura por generaciones de indios en el período que cubre el libro de Claudio Saunt. Este mapa interactivo, elaborado por Saunt para acompañar a su narración, muestra imágenes cronológicas de cómo los nativos norteamericanos fueron perdiendo sus tierras entre 1776 y 1887. Conforme las tierras indias (en azul en el mapa) van desapareciendo, aparecen pequeñas zonas rojas, que significan el asentamiento de nuevas reservas para alojar a los indios despojados de sus ancestrales territorios de caza. En el mapa una pestaña muestra el tiempo transcurrido en cada uno de los avances de los blancos en su imparable codicia por las tierras de los amerindios.
Mientras que la función de lapso de tiempo es el aspecto visual más impresionante de este mapa interactivo, la opción "Source Map" ofrece detalles muy interesantes. Al seleccionar un mapa de origen y, a continuación, hacer zoom en el estado que se haya seleccionado, se pueden ver los detalles del mapa utilizado para generar esa sección del interactivo. Una ventana emergente indica qué nación indígena residía en ese territorio y la fecha del tratado u orden ejecutiva que transfirió el área al Gobierno, además de ofrecer enlaces externos a las descripciones del tratado y del terreno anexionado.
En la pestaña "About" del sitio (accesible haciendo clic en el signo de interrogación), Saunt aclara que las fronteras que se desplazan hacia el oeste a veces pueden ser vagas. Por ejemplo, cuando se firmó en 1791 el tratado con los cherokees mediante el cual estos cedían “graciosamente” las tierras donde actualmente está Knoxville (Tennessee), la descripción del tratado cita topónimos como la “desembocadura del río Duck", lo que constituye un enfoque amplio que permite una interpretación creativa. Cuando se trata de tribus semi-nómadas, escribe Saunt, los negociadores a veces designaban una pequeña reserva en lugar de describir los límites exactos de la cesión.

El propósito de tales vaguedades está claro: actuar con mayor precisión cartográfica y ajustándose a la legalidad que requiere la cesión de tierras mediante escrituras públicas, habrían hecho imposible incautarse tantos territorios en tan poco tiempo. Como la historia, los tratados los redactaban siempre los vencedores. ©Manuel Peinado Lorca

La soga comienza a apretar a Trump


La aparición de nuevas noticias sobre las presiones de Trump para evitar las investigaciones del FBI sobre sus relaciones con Rusia, han provocado que cada vez más congresistas se sumen a la apertura de un proceso de destitución (impeachment) sobre el actual inquilino del 1600 de Penn Avenue.
El martes por la noche, el New York Times informó que, durante una reunión celebrada en febrero, el presidente Donald Trump le pidió al ex director del FBI James Comey que pusiera fin a la investigación federal sobre el ex asesor presidencial Michael Flynn. La Casa Blanca negó en un comunicado que Trump le hubiera pedido a Comey o "a cualquier otra persona que terminara cualquier investigación, incluyendo cualquier investigación que involucrara al General Flynn".
Conocida la noticia, congresistas y senadores han comenzado a preguntarse si el presidente ha cometido delito de obstrucción a la justicia-y un senador ha planteado, por primera vez, la posibilidad de la destitución mediante impeachment:
"Si se confirma esta información, estaríamos ante algo realmente grave: es urgente constituir un comité especial y una comisión independiente para investigar la conducta del Presidente en relación con este asunto y la posible coordinación de su campaña con Rusia. Se han planteado serias dudas sobre si el Presidente respeta la independencia del FBI y de las autoridades policiales. Es vital que el Congreso obtenga los memorandos de la entrevista y escuche los testimonios públicos del ex Director Comey. Nadie, ni siquiera el Presidente, está por encima de la ley y el pueblo estadounidense merece respuestas sobre la conducta del presidente Trump", ha dicho el senador Bob Casey (demócrata por Pensilvania).
En estos enlaces pueden verse declaraciones de varios legisladores demócratas y republicanos solicitando la apertura de una investigación oficial, y un documento registrado en el Congreso solicitando la creación de una Comisión de Investigación.
La soga comienza a apretar. ©Manuel Peinado Lorca

sábado, 13 de mayo de 2017

All You Need Is Love cumple 50 años

All You Need Is Love, una de las canciones más célebres de The Beatles, cumplirá cincuenta años el mes que viene. Fue interpretada en vivo por primera vez en Our World, la primera producción de televisión internacional transmitida en vivo vía satélite que fue vista por 400 millones de personas el 25 de junio de 1967.

Como se trataba de una transmisión mundial, John Lennon le dio a la canción un sentido internacional mediante la inclusión de fragmentos de otras piezas musicales como la segunda parte de la Invención 8 en Fa Mayor, de Johann Sebastian Bach, Greensleeves (una canción tradicional del folklore inglés), In the Mood, de Glenn Miller, la Marcha Príncipe de Dinamarca, de Jeremiah Clarke, y un pequeño fragmento de uno de los primeros éxitos de The Beatles, She Loves You. Pero lo que recordamos todos, es el comienzo de la canción, que abre con La Marsellesa, el himno francés que ha resistido el paso del tiempo y sobrevivido a regímenes hostiles que intentaron sustituirlo a causa precisamente de su carácter revolucionario y de su belicosa letra:
«Marchemos, hijos de la Patria, / ha llegado el día de gloria! / Contra nosotros, la tiranía alza su sangriento estandarte. (bis) / ¿Oís en los campos el bramido de aquellos feroces soldados? / ¡Vienen hasta vuestros mismos brazos a degollar a vuestros hijos y esposas!».
Y viene luego el estribillo que se repite después de cada una de sus siete estrofas:
«¡A las armas, ciudadanos! / ¡Formad vuestros batallones! / ¡Marchemos, marchemos! / ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!».
Hasta aquí todo perfecto, pero de ahí el personal no pasa. La Marsellesa tiene siete estrofas, pero los franceses no pasan de la primera. En su autobiografía la actriz Simone Signoret decía que hay un contenido revolucionario en la primera estrofa de la canción, pero que es un hecho sabido que «nadie conoce la segunda estrofa».

Como en los acontecimientos multitudinarios generalmente sólo se canta la primera estrofa, la ignorancia del pueblo francés sobre la letra de su himno es bastante comprensible. En abril de 1982 un curioso decidió conseguir el dato en la parisina biblioteca del Centro Georges Pompidou, que se supone constituye el depósito general de la cultura francesa. Le remitieron a al segundo piso, donde está la sección 78, dedicada a la música. En la consulta de un índice general de autores, no apareció el compositor del himno Rouget de Lisle, lo que resulta comprensible porque de Lisle no era, en rigor, ni poeta ni compositor. Afortunadamente, un diligente funcionario de esa sección tenía idea de haber visto el himno francés por alguna parte. Rebuscó durante un buen rato entre los anaqueles y finalmente logró localizar la segunda estrofa de La Marsellesa:
«¿Qué pretende esa horda de esclavos / de traidores, de reyes conjurados? / ¿Para quién esas viles cadenas / esos grilletes de hace tiempo preparados? (bis) / Para nosotros, franceses, ¡ah, qué ultraje! / ¡Qué emociones debe suscitar! / ¡A nosotros osan intentar / reducirnos a la antigua servidumbre!».
No fue fácil hacer un himno nacional para Francia. En ese prodigio de síntesis histórica homeopática que es Momentos estelares de la Humanidad. Catorce miniaturas históricas, Stefan Zweig se ocupó del origen del himno nacional francés y de su casi involuntario autor, Rouget de Lisle, un oficial de Ingenieros del ejército francés que prestaba servicio en Estrasburgo en la primavera de 1792, en plena efervescencia de la Revolución Francesa.

El 24 de abril llegó hasta allí la noticia que todos esperaban: Francia había declarado la guerra a los reyes europeos en nombre de la libertad. Durante los días previos toda la ciudad bullía de entusiasmo. En los clubs y en los cafés se pronunciaban discursos enardecidos. Se gritaban fogosas proclamas: «Aux armes, citoyens! L’etendard de la guerre est deployé! Le signal est donné! Aux armes, citoyens! Qu’ils tremblent donc, les des potes couronnées! Marchons, enfants de la liberté!», y una y otra vez la enfebrecida multitud se henchía de espíritu patrio.

Por la tarde de ese mismo día, el burgomaestre ofreció un banquete a los oficiales de la guarnición. Por pura casualidad, se enteró de que el capitán del Cuerpo de Ingenieros Rouget de Lisle se las apañaba muy bien para componer ripios fáciles de repetir. Le propuso que compusiera lo antes posible una marcha militar para el ejército del Rin que al día siguiente debía marchar contra el enemigo.

Abrumado, de Lisle prometió hacerlo lo mejor que pudiera. El banquete duró hasta muy pasada la medianoche y sólo entonces el capitán volvió a su aposento. En su cabeza revoloteaban los gritos que había escuchado por las calles y muchas frases de las arengas y discursos bélicos que se habían pronunciado en la cena, frases aisladas tales como «Le tour de gloire est arrivé» o «¡Allons, marchons!». Apenas hubo llegado a su casa, se puso manos a la obra y esbozó unas cuantas estrofas. Luego sacó su violín del armario y ensayó una melodía para acompañarlas. A las dos horas, todo estaba listo.

De Lisle se acostó a dormir. A la mañana siguiente le llevó al burgomaestre la canción.  Recibió el título de Chant de guerre de l’armée du Rhin, pero poco después la popularizaron quinientos voluntarios que marchaban desde Marsella a París. Miles de parisinos aguardan en las calles para recibirles solemnemente. Y cuando los marselleses se acercaban, quinientos hombres cantando el himno como si lo hicieran con una sola garganta y marcando el paso, la multitud escuchaba con atención. «¿Qué himno espléndido e irresistible es ése que cantan los marselleses?», se pregunta la gente. La Marsellesa –que así rebautizan el himno de Rouget- alcanza su primera gran victoria: acaba de conquistar París.

Se extiende como un torrente desbordado. En uno o dos meses, se había convertido en la canción del pueblo y de todo el ejército. Los generales enemigos, que sólo pueden alentar a sus soldados con la vieja receta de la doble ración de aguardiente, ven con horror que no tienen con qué enfrentarse a la fuerza explosiva de ese himno aterrador. Lo sabía muy bien Napoleón cuando dijo «Esta música nos ahorrará muchos cañones». La Convención Revolucionaria procedió en 1795 a otorgar a la canción el honor de convertirse en el himno nacional.

Pero antes de que el himno fuera definitivamente adoptado por Francia, debió atravesar por situaciones difíciles. Su letra, uno de los primeros himnos que no nombra a Dios, está repleta de amenazas explícitas contra los enemigos del país, así como de referencias antimonárquicas («Temblad, tiranos, y vosotros, pérfidos, oprobio de todos los partidos, ¡temblad! ¡Vuestros planes parricidas recibirán por fin su merecido!»). El contenido revolucionario de la letra motivó que Napoleón se olvidara de aquello del “ahorro de cañones” y una vez ungido Emperador la prohibiera hacia 1804 y que la prohibición fuera después ratificada por el nuevo rey Luis XVIII (1815). Luego, volvió a ser rehabilitada por la revolución siguiente durante la III República (hacia 1830); otro emperador, Luis Napoleón III, volvió a prohibirla en 1852. La situación se mantuvo hasta 1879, cuando el Gobierno francés de la III República volvió a rehabilitarla como himno nacional. Durante 1940-1945 fue nuevamente prohibida, y su canto era considerado como un elemento de resistencia a la ocupación alemana y al gobierno colaboracionista de Vichy.

La prohibición durante la Francia ocupada es el telón de fondo de una de las mejores escenas de Casablanca (1942), la película de Michael Curtiz, que narra un drama romántico en la ciudad marroquí bajo el control del gobierno de Vichy. En el local nocturno de Rick Blaine (Humphrey Bogart) se vive un duelo de himnos entre un pequeño grupo de alemanes que canta Die Wacht am Rhein (El guardia sobre el río Rin), acompañados de un piano, y un numeroso grupo de franceses que termina imponiendo su melodía nacional, por entonces prohibida en Francia. «Toquen la Marsellesa», reclama uno de los personajes a la orquesta, antes de que las voces francesas sepulten por completo a las alemanas. 

El próximo domingo, la primera estrofa de la marcha compuesta por Rouget de Lisle volverá a resurgir en los jardines del Elíseo cuando François Hollande ceda la Presidencia de la Quinta República al hombre sin partido, su sucesor Emmanuel Macron. Y es que resulta difícil vencer al peso histórico de una música que, surgida por casualidad en tiempos bélicos, ha servido para unir a un país en tiempos de paz y como obertura a una preciosa canción que nos recuerda que todo lo que necesitamos es amor.©Manuel Peinado Lorca