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martes, 22 de septiembre de 2026

UNA PLANTA, UNA CUCARACHA Y UN CANGREJO: UNOS EXTRAÑOS COMPAÑEROS DE VIAJE

 

Si alguien se propusiera diseñar una planta tratando de incumplir todas las normas elementales de la botánica, probablemente acabaría inventando una Balanophora. Después de todo, las plantas son verdes, tienen hojas, hacen la fotosíntesis y procuran mantener cierta apariencia vegetal. Balanophora fungosa ha decidido prescindir de casi todo eso. No es verde, carece de hojas dignas de tal nombre, no hace la fotosíntesis y, para completar el desconcierto, tiene un aspecto que invita a confundirla con un hongo. Solo le falta negar que sea una planta.

Pero lo es. Pertenece a Balanophoraceae, una pequeña familia pantropical formada por unas cincuenta especies de plantas no fotosintéticas, aproximadamente veinte de ellas pertenecientes al género Balanophora. Viven en regiones tropicales de Asia, África y Australia y han resuelto el problema fundamental de todo vegetal —conseguir carbono y nutrientes— de una manera bastante expeditiva: se los quitan a otros. Son holoparásitas de las raíces. En lugar de desplegar hojas al sol y dedicarse honradamente a fabricar azúcares con dióxido de carbono y agua, se conectan a las raíces de otras plantas y viven a su costa.

Su rareza no termina ahí. B. fungosa produce unas infrutescencias carnosas cubiertas por una multitud de frutos minúsculos. Cada fruto mide alrededor de tres décimas de milímetro, contiene una sola semilla y aparece acompañado por una pequeña estructura carnosa en forma de maza. Una infrutescencia puede albergar hasta un millón de esos frutos. Si la estrategia reproductora de un roble consiste en fabricar unas cuantas bellotas respetables, Balanophora ha elegido algo parecido a fabricar confeti.

Naturalmente, fabricar un millón de semillas sirve de poco si todas terminan cayendo a los pies de mamá. Durante mucho tiempo se supuso que las semillas diminutas de muchas plantas heterótrofas estaban destinadas a viajar con el viento. Es una explicación razonable hasta que uno recuerda que muchas de estas plantas viven en el suelo de bosques húmedos y sombríos, donde el viento no destaca precisamente por su eficacia como empresa de mensajería. Poco a poco se ha descubierto que algunas Balanophora disponen de sistemas de transporte bastante más imaginativos.

En B. tobiracola, por ejemplo, intervienen cucarachas y grillos camello. Sus frutos permanecen firmemente sujetos a la infrutescencia y hacen falta mandíbulas suficientemente potentes para arrancarlos. B. subcupularis presenta otro sistema: su capa externa de frutos se desprende fácilmente y hormigas y grillos camello pueden encargarse del transporte. La arquitectura del fruto parece determinar, al menos en parte, quién consigue llevárselo.

Cuando el botánico japonés Kenji Suetsugu decidió averiguar qué ocurría con B. fungosa en la isla de Ishigaki, al sur de Japón, tenía una sospecha perfectamente sensata. Sus frutos se desprenden con facilidad, de manera que las hormigas parecían candidatas ideales. Hasta entonces se había propuesto que la gravedad era el principal mecanismo de dispersión. Suetsugu pensó que quizá las hormigas estaban haciendo discretamente algo más interesante.

Balanophora fungosa y sus consumidores de frutos. (A) Infrutescencias de B. fungosa, con algunos frutos y cuerpos claviformes parcialmente desprendidos de la infrutescencia y sobresaliendo de su superficie. (B) Infrutescencia madura con un individuo del cangrejo ermitaño terrestre Coenobita brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (C) Múltiples individuos de C. brevimanus agregándose y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (D) Primer plano de un individuo de C. brevimanus consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (E) Un individuo de C. brevimanus y múltiples individuos de Periplaneta australasiae reunidos y alimentándose de frutos y cuerpos claviformes. (F) Múltiples individuos de P. australasiae reunidos para alimentarse de frutos y cuerpos claviformes. (G) Primer plano de un adulto de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. (H) Primer plano de una ninfa de P. australasiae consumiendo frutos y cuerpos claviformes. Escalas gráficas: 3 cm (A–D), 2 cm (E, F) y 1 cm (G, H). Créditos fotográficos: Kenji Suetsugu.

Y las hormigas acudieron. Concretamente apareció Anoplolepis gracilipes, una especie introducida. Visitaba las infrutescencias maduras y se alimentaba del néctar extrafloral. El problema era que no transportaba los frutos. Suetsugu realizó experimentos en los que permitía acceder únicamente a las hormigas y otros en los que dejaba las plantas abiertas a cualquier visitante. Cuando solo podían entrar las hormigas, prácticamente no desaparecían frutos. Cuando el restaurante quedaba abierto al público general, desaparecía una buena parte de ellos. Las hormigas estaban allí, pero el ladrón era otro.

Las fotografías tomadas a intervalos resolvieron el misterio. Por las noches llegaban cucarachas australianas, Periplaneta australasiae, y, mucho más sorprendentemente, cangrejos ermitaños terrestres, Coenobita brevimanus. En las fotografías del artículo publicado por Suetsugu se los ve congregados alrededor de las infrutescencias como clientes alrededor de una bandeja de canapés. Las cucarachas acudían con mayor frecuencia, pero los cangrejos eran comensales mucho más serios: utilizaban las pinzas para arrancar los frutos y podían dejar prácticamente pelada una infrutescencia durante una sola noche.

Que un cangrejo ermitaño coma fruta tampoco debería escandalizarnos demasiado. Los Coenobita son omnívoros con una concepción muy amplia de lo que constituye una comida. Consumen frutos y semillas, pero también plántulas, heces, carroña y animales varados. El descubrimiento verdaderamente interesante fue comprobar qué ocurría después de cenar.

Los cangrejos salían del banquete llevando frutos pegados al cuerpo y a las pinzas. Los cinco ejemplares examinados mientras comían transportaban una media de 86 frutos cada uno. Uno fue localizado con frutos adheridos a más de cinco metros de la Balanophora más próxima. Para una semilla microscópica que vive en el suelo de un bosque, cinco metros pueden equivaler a cruzar un continente.

Pero el servicio de transporte ofrecía además una segunda modalidad. Los investigadores examinaron las heces de los cangrejos y encontraron semillas que habían atravesado intactas el aparato digestivo. Los animales capturados en el campo expulsaron una media de 139 semillas intactas; los alimentados experimentalmente, unas 184. Las cucarachas también evacuaban semillas supervivientes, aunque en cantidades menores. Dicho de otro modo, Balanophora fungosa puede viajar en cangrejo tanto en clase exterior, adherida al animal —epizoocoria—, como en clase interior, atravesando su intestino —endozoocoria—.

Naturalmente, viajar por el aparato digestivo de un cangrejo tiene inconvenientes. Aproximadamente el 45,5% de las semillas tomadas directamente de las plantas resultaron viables. Entre las transportadas externamente por los cangrejos la cifra fue estadísticamente similar, alrededor del 40%. Después del tránsito intestinal, en cambio, la viabilidad descendió al 21% en los cangrejos y al 23,5% en las cucarachas. No es precisamente primera clase, pero aproximadamente una semilla de cada cinco llega viva al destino.

Quedaba otra pregunta: ¿cómo saben una cucaracha y un cangrejo que en medio del bosque ha aparecido un restaurante? Probablemente por el olor.

Las infrutescencias maduras de B. fungosa desprenden un perceptible aroma a fermentación. Tanto las cucarachas como los cangrejos terrestres dependen mucho del olfato para localizar alimento y ambos visitaban preferentemente las infrutescencias maduras. Suetsugu propone, por tanto, que algún compuesto volátil podría actuar como reclamo químico. Todavía no sabemos cuál. Será necesario analizar el perfume de Balanophora y comprobar experimentalmente qué moléculas atraen a sus particulares socios.

Hay además una ironía especialmente bonita. Periplaneta australasiae ya había sido identificada como polinizadora de esta misma planta. Ahora sabemos que también puede dispersar sus semillas. La cucaracha interviene, por tanto, en dos momentos esenciales de la reproducción de una planta que ni siquiera parece una planta.

Y el cangrejo aporta una novedad aún mayor. Según Suetsugu, esta es la primera demostración empírica de que un cangrejo ermitaño terrestre puede dispersar semillas tanto externa como internamente. No sabemos todavía si ocurre con otras poblaciones de Balanophora fungosa ni si otras especies del género utilizan el mismo servicio de transporte. Pero los cangrejos terrestres son abundantes en muchos bosques costeros tropicales y comen casi cualquier cosa que encuentren, de modo que quizá el fenómeno resulte menos excepcional de lo que ahora parece.

La historia resulta particularmente instructiva porque comenzó con una hipótesis equivocada. Suetsugu fue a buscar hormigas y encontró cangrejos y cucarachas. Es una de las virtudes de observar la naturaleza en lugar de limitarse a imaginar cómo debería funcionar.

Nos gustan las historias naturales bien ordenadas: flores vistosas para las mariposas, frutos carnosos para las aves, bellotas para las ardillas. Después aparece en el suelo de un bosque japonés una cosa marrón que parece un hongo, pero es una planta, que vive robando alimento a las raíces ajenas, produce un millón de frutos microscópicos, huele a fermentación y contrata como servicio de mensajería a una cucaracha y a un cangrejo ermitaño.

La naturaleza tiene cierta tendencia a estropear los libros de texto justo cuando empezábamos a entenderlos.