Para
ahorrar hay que disponer de algo que no sea necesario gastar. La observación
parece demasiado elemental para un debate económico, pero convendría colocarla
al comienzo de cualquier propuesta sobre pensiones. Después de pagar el
alquiler o la hipoteca, comprar comida, mantener la casa y desplazarse al
trabajo, muchas personas apenas conservan margen para afrontar un imprevisto.
Pedirles que, además, acumulen un capital para su jubilación exige explicar de
dónde saldrá el dinero. La educación financiera puede enseñar a administrarlo.
Fabricarlo queda fuera de sus competencias.
La
cuestión viene a cuento del Programa
económico y de vivienda de Vox. En su página 38, dentro del apartado
dedicado a reducir el gasto público, propone capitalizar un fondo público de
pensiones con criterios de rentabilidad privada y avanzar hacia un sistema
mixto tomando Suecia como referencia. También plantea una exención fiscal sin
límite cuantitativo para el ahorro personal destinado a la jubilación, siempre
que se cobre después de jubilarse. El documento anuncia una transformación
importante, pero apenas desarrolla su funcionamiento.
Conviene
precisar qué dice y qué deja abierto. Habla de un fondo público, por lo que no
sería correcto atribuirle sin más una sustitución de las pensiones por planes
privados. Tampoco concreta que ese fondo se organice mediante cuentas
individuales. Sin embargo, quedan pendientes las preguntas fundamentales:
cuánto dinero recibirá, de dónde procederá, qué prestación garantizará y quién
asumirá los riesgos. La palabra «mixto» permite muchas combinaciones; por sí
sola no explica ninguna.
Antes
de discutir las rentabilidades futuras hay, por tanto, dos cuestiones bastante
menos vistosas: cuánto esfuerzo adicional se exigirá a quienes trabajan y cómo
se seguirán pagando las pensiones actuales si una parte de las cotizaciones
deja de financiarlas. Son problemas distintos, aunque ambos conducen al mismo
lugar: alguien tiene que aportar el dinero.
Si
se mantienen las cotizaciones que sostienen las pensiones públicas y se añade
una aportación obligatoria a un fondo, habrá que repartir ese esfuerzo. Si lo
soporta el trabajador, dispondrá de menos salario para sus gastos. Si
corresponde a la empresa, aumentará su desembolso directo. Si el Estado
subvenciona las aportaciones, necesitará recursos públicos. Cabe combinar las
fórmulas, pero ninguna convierte el ahorro en gratuito. Prometer
simultáneamente grandes rebajas fiscales para los más ricos, como dice el
Programa de Vox, obliga, además, a explicar con especial cuidado cómo se
financiarán esas ayudas.
Se
puede imponer el ahorro a quien no logra ahorrar voluntariamente, descontándolo
antes de que cobre. Lo que no puede evitarse es que ese descuento reduzca sus
recursos disponibles respecto a una situación sin esa aportación. La cuenta
para la vejez aumenta mientras el presupuesto del presente se estrecha. Que el
dinero siga perteneciendo al trabajador no permite utilizarlo simultáneamente
para pagar el alquiler.
Además,
una misma aportación no representa el mismo sacrificio para todos. Quien tiene
ingresos holgados puede reducir gastos prescindibles; quien llega justo debe
recortar necesidades o renunciar a su pequeño colchón para emergencias. Un
instrumento de ahorro puede resultar útil como complemento para quien dispone
de margen. Presentarlo como remedio general para salarios insuficientes
confunde la herramienta con los recursos necesarios para utilizarla.
Puesto
que se invoca a Suecia, conviene mirar algo más que su sistema de pensiones.
Según la comparación de Eurostat para 2022, el salario mediano bruto por hora
era de 19,30 euros en Suecia y de 11 euros en España. La mediana deja a la
mitad de los trabajadores por debajo y a la otra mitad por encima. La
diferencia nominal rondaba el 75%; al ajustar por los distintos niveles de
precios, se reducía aproximadamente al 29%. El ajuste acorta la distancia,
pero no la borra.
Otro
indicador resulta aún más cercano a la economía doméstica. Según Eurostat, en
2025 el 37,8 % de la población española no podía afrontar un gasto imprevisto
con sus propios recursos, frente al 24,9 % de la sueca. Casi cuatro de cada
diez personas aquí; una de cada cuatro allí. La prueba utiliza una cantidad
adaptada a cada país, pero permite comparar la falta de un colchón económico.
No demuestra cuánto podría ahorrar cada trabajador; sí impide dar por supuesta
una capacidad generalizada de ahorro adicional.
También
conviene recordar que Suecia conserva un componente público mayoritario de
reparto. De los derechos anuales equivalentes al 18,5 % de los ingresos
computables, 16 puntos corresponden a ese componente y 2,5 a la parte invertida
en fondos. A ello se añaden pensiones laborales complementarias y mecanismos
públicos de protección. Invocar el modelo sueco exige explicar qué piezas se
quieren trasladar y con qué salarios, financiación y garantías.
La
segunda pregunta afecta a quienes ya estamos jubilados y a quienes lo estarán
durante la transición. Algunas críticas al sistema español mezclan su
sostenibilidad con un reproche personal: los pensionistas cobramos más de lo
que aportamos y, por tanto, defender nuestras prestaciones sería reclamar un
privilegio a costa de hijos y nietos. Pero yo no estoy cobrando de una hucha
donde hayan permanecido intactas mis cotizaciones.
No
existe una cartilla con la etiqueta «Manuel Peinado» en la que mi dinero haya
estado dormitando durante medio siglo, esperando a que me jubilase para empezar
a sacar billetes. Mientras trabajaba, mis cotizaciones contribuían a pagar las
pensiones de los jubilados de entonces. Las de los trabajadores actuales
contribuyen a pagar las de hoy, incluida la mía. Ese es el principio del
reparto: un compromiso entre generaciones, no una cuenta de ahorro individual.
Esto
no vuelve irrelevante la relación entre aportaciones y prestaciones. Se puede y
se debe estudiar el equilibrio financiero del sistema, su justicia y cómo
distribuye los esfuerzos entre generaciones. Lo que resulta engañoso es
presentar la diferencia entre lo cotizado y lo percibido como si probara, por
sí sola, que un pensionista está retirando de una cuenta ajena más dinero del
que le pertenece. Ese razonamiento confunde dos formas distintas de organizar
la protección de la vejez.
Precisamente
porque las cotizaciones actuales financian prestaciones actuales, destinarlas
parcialmente a acumular capital abre un problema inmediato. El dinero desviado
deja de estar disponible para pagar las pensiones, pero los jubilados siguen
necesitando su prestación todos los meses. Durante un periodo prolongado habrá
que atender los compromisos del sistema de reparto y formar, a la vez, el
capital del nuevo componente.
Ese
es el coste de la transición. Puede cubrirse mediante impuestos, deuda, otros
ingresos o ajustes presupuestarios. Cada opción reparte el esfuerzo de manera
diferente. Si el fondo se financia con recursos adicionales, la cuestión será
conseguirlos; si recibe cotizaciones existentes, habrá que compensar el hueco.
Una propuesta que describa los rendimientos esperados y omita esta factura deja
sin explicar una parte fundamental de su funcionamiento.
Tampoco
hace falta una catástrofe bursátil para que aparezcan dificultades. Un fondo
puede obtener rendimientos positivos y seguir siendo insuficiente para
financiar una jubilación larga. Los salarios bajos generan aportaciones
pequeñas; el desempleo interrumpe su acumulación; los cuidados no remunerados
tampoco producen capital por sí solos. Sin mecanismos compensatorios, las
desigualdades de la vida laboral llegan a la jubilación incorporadas al saldo.
El
programa añade otra propuesta: permitir que los jóvenes anticipen parte de su
futura pensión para comprar una vivienda. La idea enlaza dos necesidades
reales, pero deja pendiente cómo se calcularía ese anticipo y qué consecuencias
tendría para la prestación posterior. Resolver el acceso a una casa
comprometiendo recursos de la vejez exige explicar quién asumirá la diferencia.
Nada
de esto demuestra que cualquier sistema mixto sea inviable ni convierte el
reparto en un mecanismo ajeno a los problemas demográficos y económicos.
Demuestra que una reforma debe explicar sus aportaciones, sus garantías, sus
costes y sus riesgos. Antes de pedir a la gente que reserve más dinero para
mañana, conviene comprobar cuánto necesita para vivir hoy. Y antes de prometer
rentabilidad, presentar las cuentas: el alquiler se paga con dinero disponible
y la vejez no debería sostenerse sobre una promesa.
