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domingo, 18 de octubre de 2026

UN GIGANTE ENTRE LOS HONGOS: EL REY QUE SE ESCONDÍA BAJO TIERRA

 

Uno tiende a imaginar que los seres vivos pendientes de descubrir son pequeños, escurridizos y difíciles de distinguir sin ayuda de un microscopio. Una bacteria, un insecto diminuto, un hongo que apenas deja una mancha sobre una hoja. Por eso resulta especialmente satisfactorio enterarse de que los bosques todavía pueden reservarnos un hongo de hasta medio metro y más de dos kilos. La naturaleza, que no tiene ninguna obligación de ajustarse a nuestras expectativas, acaba de proporcionar un ejemplo en la provincia china de Yunnan.

Su nombre es Dianjunus rex, y lo de rex, rey en latín, alude a su imponente aspecto. El nombre del género combina una referencia al antiguo reino de Dian, situado en el territorio de la actual Yunnan, con la palabra china jūn, hongo. Pero la verdadera sorpresa del estudio, publicado en septiembre de 2026 en Frontiers in Fungal Biology, no es que sus autores hayan encontrado una especie grande. Es que han identificado un linaje tan diferenciado que proponen para él un género y una familia nuevos: Dianjunus y Dianjunaceae.

Para comprender el descubrimiento conviene empezar por una distinción que el lenguaje cotidiano suele pasar por alto. Un hongo no es solamente la estructura que vemos sobresalir del suelo. Buena parte de su cuerpo está formada por filamentos, las hifas, que constituyen una red llamada micelio. Lo que llama nuestra atención suele ser su aparato reproductor. En este caso, las grandes estructuras reciben el nombre de estromas: masas de tejido fúngico que alojan numerosas cavidades donde se producen las esporas. No estamos, por tanto, ante un champiñón desmesurado, con sombrero y láminas, sino ante una arquitectura reproductora diferente.

Los ejemplares descritos presentan formas variables: algunos recuerdan a gruesos dedos; otros se ensanchan, se aplanan o se ramifican como una mano irregular. Su superficie tiene una cubierta fibrosa y pulverulenta, inicialmente blanquecina y después amarillenta, salpicada por los puntos oscuros de las aberturas reproductoras. El tamaño total alcanza los 50 centímetros, aunque aquí hay una precisión importante: esa medida incluye una prolongación enterrada. La descripción distingue una porción fértil de 10 a 20 centímetros y una parte subterránea estéril que puede medir entre 20 y 30. El ejemplar más pesado, formado por dos lóbulos, alcanzó aproximadamente 2,2 kilos.

Tampoco conviene proclamarlo sin matices campeón mundial de los hongos. Su tamaño resulta extraordinario dentro de su grupo, pero el propio trabajo recuerda que otro ascomiceto, Engleromyces goetzei, puede formar sobre los bambúes masas de unos 30 centímetros de diámetro y alrededor de 3,2 kilos. Los récords biológicos requieren especificar qué medimos: altura, diámetro, peso o extensión del organismo completo. Dianjunus rex no necesita ganar todas esas competiciones para constituir un descubrimiento excepcional.

Pertenece a los ascomicetos, hongos cuyas esporas sexuales se forman dentro de unas células microscópicas llamadas ascas, algo así como pequeños sacos reproductores. En Dianjunus, estas se encuentran dentro de cavidades alojadas en el estroma. La paradoja es atractiva: el gigante necesita producir estructuras de varios centímetros para fabricar y dispersar esporas que apenas miden entre 12 y 17 micrómetros de longitud. Además, esas esporas presentan una característica útil para reconocerlo: una hendidura de germinación con forma de S. A escala microscópica, el rey lleva su propia firma.

Ahora bien, ni el tamaño ni una espora singular bastan para justificar una familia nueva. Los investigadores combinaron el estudio de su anatomía con comparaciones de cuatro regiones del ADN y análisis de centenares de genes. El resultado fue consistente: los ejemplares formaban una rama propia dentro del orden Xylariales, próxima a la familia Graphostromataceae, pero claramente diferenciada de ella. Esta coincidencia entre los caracteres observables y la información genética sostiene la propuesta taxonómica. No se trata simplemente de conceder categoría familiar a un hongo porque haya crecido mucho.

La investigación añade una dimensión temporal. Sus cálculos sitúan la separación de este linaje respecto a sus parientes en torno a los 65 millones de años, cerca del comienzo del Paleoceno y de la gran reorganización ecológica posterior a la extinción del final del Cretácico. Es una asociación sugerente, pero debe interpretarse con prudencia: el intervalo estimado abarca aproximadamente entre 50 y 80 millones de años. No demuestra que la extinción originara el linaje, ni que la especie actual haya permanecido inalterada desde entonces. Lo que se estima es la antigüedad de una bifurcación del árbol evolutivo, no la edad de los ejemplares encontrados.

Resulta también interesante preguntarse sobre su alimentación. Los investigadores encontraron las estructuras reproductoras vinculadas a raíces y madera de árboles muertos o moribundos, entre ellos robles. Esa relación apunta hacia el aprovechamiento de tejidos vegetales, pero su genoma ofrece un resultado inesperado: posee un repertorio relativamente reducido de genes para enzimas que actúan sobre carbohidratos, en comparación con varios parientes descomponedores. Llama especialmente la atención la escasez de determinadas enzimas que degradan pectinas, componentes de las paredes celulares vegetales. Un gigante, al parecer, no necesita llevar consigo la caja de herramientas más abundante.

Estromas de Dianjunus rex en el campo. (a, c, d, f) Estromas adheridos a las raíces del huésped. (b, e, g, h) Estromas alrededor de la planta huésped. (i) Peso total de los estromas bilobulados más grandes. Fuente

A partir de esas pistas, los autores plantean una hipótesis: el hongo podría pasar una primera etapa dentro de tejidos vivos, de manera discreta, y cambiar después a una vida descomponedora cuando muere el hospedador. Esa transición permitiría aprovechar recursos para construir sus grandes estromas. También proponen que una menor inversión en ciertas enzimas degradativas podría favorecer la asignación de recursos a la formación de tejido fúngico. Son explicaciones posibles, no mecanismos demostrados: los genes permiten formular preguntas sobre su modo de vida, pero todavía hace falta observar y experimentar para responderlas.

El descubrimiento deja así algo más valioso que una fotografía sorprendente. Amplía las formas conocidas de un grupo de hongos, identifica una rama evolutiva hasta ahora inadvertida y abre preguntas sobre cómo un organismo construye semejante aparato reproductor. También recuerda que describir la biodiversidad sigue siendo una tarea elemental y profundamente incompleta. Incluso en un bosque recorrido por personas pueden quedar seres vivos sin nombre científico, sin historia reconstruida y sin lugar reconocido en el árbol de la vida. Algunos son microscópicos. Otros pesan dos kilos y llevan una parte considerable de su secreto enterrada.