Uno tiende a imaginar que
los seres vivos pendientes de descubrir son pequeños, escurridizos y difíciles
de distinguir sin ayuda de un microscopio. Una bacteria, un insecto diminuto,
un hongo que apenas deja una mancha sobre una hoja. Por eso resulta especialmente
satisfactorio enterarse de que los bosques todavía pueden reservarnos un hongo
de hasta medio metro y más de dos kilos. La naturaleza, que no tiene ninguna
obligación de ajustarse a nuestras expectativas, acaba de proporcionar un
ejemplo en la provincia china de Yunnan.
Su nombre es Dianjunus
rex, y lo de rex, rey en latín, alude a su imponente aspecto. El
nombre del género combina una referencia al antiguo reino de Dian, situado en
el territorio de la actual Yunnan, con la palabra china jūn, hongo. Pero
la verdadera sorpresa del estudio, publicado
en septiembre de 2026 en Frontiers in Fungal Biology, no
es que sus autores hayan encontrado una especie grande. Es que han identificado
un linaje tan diferenciado que proponen para él un género y una familia nuevos:
Dianjunus y Dianjunaceae.
Para comprender el
descubrimiento conviene empezar por una distinción que el lenguaje cotidiano
suele pasar por alto. Un hongo no es solamente la estructura que vemos
sobresalir del suelo. Buena parte de su cuerpo está formada por filamentos, las
hifas, que constituyen una red llamada micelio. Lo que llama nuestra atención
suele ser su aparato reproductor. En este caso, las grandes estructuras reciben
el nombre de estromas: masas de tejido fúngico que alojan numerosas cavidades
donde se producen las esporas. No estamos, por tanto, ante un champiñón
desmesurado, con sombrero y láminas, sino ante una arquitectura reproductora
diferente.
Los ejemplares descritos
presentan formas variables: algunos recuerdan a gruesos dedos; otros se
ensanchan, se aplanan o se ramifican como una mano irregular. Su superficie
tiene una cubierta fibrosa y pulverulenta, inicialmente blanquecina y después
amarillenta, salpicada por los puntos oscuros de las aberturas reproductoras.
El tamaño total alcanza los 50 centímetros, aunque aquí hay una precisión
importante: esa medida incluye una prolongación enterrada. La descripción
distingue una porción fértil de 10 a 20 centímetros y una parte subterránea
estéril que puede medir entre 20 y 30. El ejemplar más pesado, formado por dos
lóbulos, alcanzó aproximadamente 2,2 kilos.
Tampoco conviene proclamarlo
sin matices campeón mundial de los hongos. Su tamaño resulta extraordinario
dentro de su grupo, pero el propio trabajo recuerda que otro ascomiceto, Engleromyces
goetzei, puede formar sobre los bambúes masas de unos 30 centímetros de
diámetro y alrededor de 3,2 kilos. Los récords biológicos requieren especificar
qué medimos: altura, diámetro, peso o extensión del organismo completo. Dianjunus
rex no necesita ganar todas esas competiciones para constituir un
descubrimiento excepcional.
Pertenece a los ascomicetos,
hongos cuyas esporas sexuales se forman dentro de unas células microscópicas
llamadas ascas, algo así como pequeños sacos reproductores. En Dianjunus,
estas se encuentran dentro de cavidades alojadas en el estroma. La paradoja es
atractiva: el gigante necesita producir estructuras de varios centímetros para
fabricar y dispersar esporas que apenas miden entre 12 y 17 micrómetros de
longitud. Además, esas esporas presentan una característica útil para
reconocerlo: una hendidura de germinación con forma de S. A escala
microscópica, el rey lleva su propia firma.
Ahora bien, ni el tamaño ni
una espora singular bastan para justificar una familia nueva. Los
investigadores combinaron el estudio de su anatomía con comparaciones de cuatro
regiones del ADN y análisis de centenares de genes. El resultado fue
consistente: los ejemplares formaban una rama propia dentro del orden
Xylariales, próxima a la familia Graphostromataceae, pero claramente
diferenciada de ella. Esta coincidencia entre los caracteres observables y la
información genética sostiene la propuesta taxonómica. No se trata simplemente
de conceder categoría familiar a un hongo porque haya crecido mucho.
La investigación añade una
dimensión temporal. Sus cálculos sitúan la separación de este linaje respecto a
sus parientes en torno a los 65 millones de años, cerca del comienzo del
Paleoceno y de la gran reorganización ecológica posterior a la extinción del
final del Cretácico. Es una asociación sugerente, pero debe interpretarse con
prudencia: el intervalo estimado abarca aproximadamente entre 50 y 80 millones
de años. No demuestra que la extinción originara el linaje, ni que la especie
actual haya permanecido inalterada desde entonces. Lo que se estima es la
antigüedad de una bifurcación del árbol evolutivo, no la edad de los ejemplares
encontrados.
Resulta también interesante
preguntarse sobre su alimentación. Los investigadores encontraron las
estructuras reproductoras vinculadas a raíces y madera de árboles muertos o
moribundos, entre ellos robles. Esa relación apunta hacia el aprovechamiento de
tejidos vegetales, pero su genoma ofrece un resultado inesperado: posee un
repertorio relativamente reducido de genes para enzimas que actúan sobre
carbohidratos, en comparación con varios parientes descomponedores. Llama
especialmente la atención la escasez de determinadas enzimas que degradan pectinas,
componentes de las paredes celulares vegetales. Un gigante, al parecer, no
necesita llevar consigo la caja de herramientas más abundante.

Estromas de Dianjunus rex en el campo. (a, c, d, f) Estromas adheridos a las raíces del huésped. (b, e, g, h) Estromas alrededor de la planta huésped. (i) Peso total de los estromas bilobulados más grandes. Fuente
A partir de esas pistas, los
autores plantean una hipótesis: el hongo podría pasar una primera etapa dentro
de tejidos vivos, de manera discreta, y cambiar después a una vida
descomponedora cuando muere el hospedador. Esa transición permitiría aprovechar
recursos para construir sus grandes estromas. También proponen que una menor
inversión en ciertas enzimas degradativas podría favorecer la asignación de
recursos a la formación de tejido fúngico. Son explicaciones posibles, no
mecanismos demostrados: los genes permiten formular preguntas sobre su modo de
vida, pero todavía hace falta observar y experimentar para responderlas.
El descubrimiento deja así algo más valioso que una fotografía sorprendente. Amplía las formas conocidas de un grupo de hongos, identifica una rama evolutiva hasta ahora inadvertida y abre preguntas sobre cómo un organismo construye semejante aparato reproductor. También recuerda que describir la biodiversidad sigue siendo una tarea elemental y profundamente incompleta. Incluso en un bosque recorrido por personas pueden quedar seres vivos sin nombre científico, sin historia reconstruida y sin lugar reconocido en el árbol de la vida. Algunos son microscópicos. Otros pesan dos kilos y llevan una parte considerable de su secreto enterrada.
