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lunes, 2 de abril de 2018

El abrigo de Donald Trump y el revólver de Ronald Reagan


El jueves 25 de enero, Trump anunció que había dado instrucciones a su Gobierno para que se impusieran aranceles del 20% a las importaciones. Estos días se están concretando las primeras medidas. La tregua que lograron los países de la UE el pasado 23 de marzo al librarse de los aranceles sobre el acero y el aluminio que anunció el presidente estadounidense vence el 1 de mayo y la amenaza se cierne ahora sobre los coches europeos. No es el primer presidente estadounidense en proponer impuestos a las importaciones de coches como una manera de defender la industria doméstica.
En la década de 1980, Ronald Reagan también lo hizo cuando una primera oleada de importaciones japonesas sacudió los cimientos de la hasta ese momento invencible industria automotriz de Estados Unidos. Las medidas no lograron evitar que el antiguo Manufacturing Belt (cinturón industrial) con sede en Detroit se convirtiera en una región empobrecida, el Rust Belt (cinturón de óxido). La principal actividad económica de la zona estaba relacionada con la industria pesada y con la del automóvil. La crisis económica que sobrevino en estos sectores de la economía estadounidense a finales de los años 70 y comienzos de los 80 dejó a varias ciudades de la región en una situación precaria. El sector más afectado y sobre el que se centraron los principales esfuerzos de recuperación fue el del automóvil.
Una de las causas de la presencia de Trump en la Casa Blanca fue el voto de los perdedores de la globalización en el cinturón del óxido, donde los trabajadores contemplaron como caía la última línea de defensa contra los peligros de la vida: el trabajo. Antes, los empleos industriales eran buenos empleos, el obrero estaba protegido por el sindicato, podía vivir una vida confortable, una vida de clase media. En muchos sitios ese estilo de vida se ha esfumado y los nuevos empleos, si existen, no ofrecen ni salarios decentes ni los beneficios de los antiguos.
En 1980 el "enemigo" económico extranjero era otro: la floreciente industria automotriz japonesa. Millones de consumidores estadounidenses estaban dejando de comprar a las firmas tradicionales de Detroit para comprar su primer coche Honda o Toyota, que se habían especializado en producir automóviles simples, pequeños y económicos, muy distintos de los enormes modelos devoradores de combustible que Estados Unidos vendía al mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para complicar más el panorama de la industria norteamericana, los precios de los combustibles se habían disparado después de la crisis árabe-israelí de 1973. El bajo consumo de los vehículos otorgó un atractivo especial a los autos japoneses, que hasta entonces eran vistos como meras curiosidades.
En 1980, al llegar Ronald Reagan al poder con un discurso nacional-proteccionista, los obreros industriales estadounidenses estaban sufriendo la primera de muchas oleadas de despidos. Al producirse la caída de las ventas, gigantes del sector como General Motors y Ford empezaron a despedir a miles de trabajadores. En 1979, Chrysler, la tercera firma más grande del país, se declaró en quiebra. Detroit se tambaleaba y el antiguo pistolero de Hollywood desenfundó su revólver proteccionista.
En su campaña presidencial, el líder republicano había empleado un lenguaje contra las fábricas japonesas que no dista tanto del que Trump usa hoy para los autos "made in Mexico". Como ha hecho ahora Trump con los mineros del carbón o con los desencantados del cinturón del óxido, Reagan se presentó como un defensor del obrero estadounidense.
Ante la amenaza de una guerra comercial, en 1981, a los pocos meses de que Reagan se hubiese mudado al 1600 de Pennsylvania Avenue, Japón llegó a un acuerdo con el Gobierno estadounidense. Se anunció un "acuerdo voluntario de restricción de exportaciones". Japón se comprometió a limitar sus exportaciones a Estados Unidos a 1,68 millones de coches anuales. Reagan se llevó la gloria de haber sido el que había torcido el brazo a los japoneses y el que había logrado su aparente rendición. Sic transit gloria mundi. Pronto comprobaría que sus remedios iban a empeorar la enfermedad.
La realidad terminó siendo mucho más complicada. Las restricciones a las importaciones no hicieron mucho por calmar el apetito del público por los coches japoneses, que habían desarrollado una reputación de ser más seguros y fiables, y muchos meno sedientos, que sus rivales fabricados en Detroit.
Como el público americano demandaba más y más coches japoneses, las grandes firmas niponas idearon estrategias para eludir el impacto de las restricciones proteccionistas. Hasta entonces se habían especializado en la fabricación de utilitarios y compactos de precio bajo. Ante las nuevas restricciones impuestas, Toyota, Honda y Nissan decidieron centrarse en otro segmento del mercado mucho más lucrativo que el de los coches pequeños y baratos. Crearon nuevas marcas exclusivas para sus autos, como Lexus de Toyota, Accura de Honda e Infiniti de Nissan. Así, a pesar de vender menos vehículos para acogerse a las restricciones negociadas con el Gobierno estadounidense, obtenían mayores ganancias en cada venta.
Finalmente, a los pocos años los japoneses se habían instalado en la mente de los consumidores estadounidenses como los fabricantes de autos de lujo que podían competir con los mejores europeos, por los que no importaba pagar precios más altos. Los japoneses habían logrado su objetivo de pasar a ser más reconocidos por su calidad que por su bajo precio. Al mismo tiempo, las firmas automotrices japonesas empezaron a instalar fábricas en territorio estadounidense, generalmente no en Detroit sino en zonas empobrecidas del sur del país, donde los sindicatos eran débiles o inexistentes. Esos coches, producidos en Estados Unidos, ya no estaban sujetos a los acuerdos de restricción de importaciones japonesas, por lo que acabaron por conquistar mercados norteamericanos para los fabricantes asiáticos.
A lo largo de la década de 1980, las empresas japonesas no retrocedieron; por el contrario, consolidaron su presencia en el mercado estadounidense. Las compañías tradicionales de Detroit, entre tanto, continuaron su decadencia. En 1987, American Motors, entonces la cuarta mayor del país, desapareció del mercado. Las otras tres grandes firmas de Detroit, General Motors, Ford y Chrysler, empezaron la década en 1980 con 84% del mercado estadounidense.
Al final de la década, pese a las restricciones oficiales a la competencia japonesa, su participación en el mercado había caído al 69%. Pese al proteccionismo, siguieron fabricando, pero no pudieron mantener los empleos buenos y estables que les había asegurado Ronald Reagan, los mismos que hoy promete Trump. Durante la década de 1980, cuando estuvieron vigentes las restricciones comerciales a las importaciones japonesas, el número de trabajadores sindicalizados en Detroit cayó de 1,6 millones a un millón.
Las restricciones comerciales fueron anuladas finalmente en 1994, bajo el Gobierno de Bill Clinton. El sindicato UAW, el principal gremio de los trabajadores automovilísticos estadounidenses, tiene en la actualidad alrededor de 400.000 miembros, casi cuatro veces menos que los que tenía en la década de 1970.
Un viejo texto de comercio internacional de Paul Theodore Ellsworth contenía una frase en defensa del proteccionismo atribuida a Abraham Lincoln, que decía: «Yo no sé nada de economía, pero sí sé que si compro un abrigo americano, aquí quedan el abrigo y el dinero, mientras que si lo importo, aquí se queda sólo el abrigo». Y añadía Ellsworth: «Lo único verdadero en ese texto es la primera frase». Donald Trump no sabe una palabra de economía, pero le gustan los abrigos… americanos.
Los problemas que tuvo la intervención de Reagan para apuntalar a la industria automovilística estadounidense son presentados hoy día en las facultades de Economía como un ejemplo de las limitaciones que enfrenta un gobierno al intentar negar las realidades del mercado. Una lección de historia económica que Trump debería aprender porque el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 30 de marzo de 2018

El máster de doña Cristina y el aceite de Rajoy


Uno, benévolo y cándido sin más mérito que el de haber nacido así, no quiere poner en duda los esclarecidos méritos de doña Cristina Cifuentes para obtener un máster sin haber aparecido por la universidad; si seré bueno, que incluso he escrito sobre ello en algún periódico lo bastante indulgente como para publicar mis escritos.

Y si no pongo en duda los méritos de doña Cristina, cómo voy a poner en entredicho la reconocida sindéresis del actual presidente del Gobierno español, cuya capacidad intelectual y expresiva es de sobra conocida. Su biografía señala que comenzó a preparar las duras oposiciones de Registrador de la Propiedad durante el último año de carrera. Unas de las pruebas consideradas más difíciles para obtener tan relevante puesto de funcionario público del Estado fueron aprobadas a la primera el año siguiente por Mariano a los 24 años, por lo que se convirtió en el registrador más joven de la historia de España. Fue destinado al Registro de Padrón y luego al más lucrativo de Santa Pola donde le va de perillas.

No hay que asombrarse: de casta le viene al galgo. Los cuatro hijos del que fuera presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra durante los años setenta, don Mariano Rajoy Sobredo, han podido presumir del insólito caso de haber superado las más duras oposiciones de la Administración del Estado. El hermano menor de nuestro presidente, Enrique, estuvo a punto de arrebatarle el récord de ser el registrador más joven de España cuando unos años después aprobó la misma oposición; sigue ostentando la marca del segundo más joven. El camino familiar debía de estar abierto ya en tan prestigioso Cuerpo, pues consiguió también ser registradora su hermana María de las Mercedes, titular de uno de los Registros de Getafe. El cuarto hermano, Luis, concurrió con similar éxito a las igualmente duras pruebas de acceso al Notariado, obteniendo plaza en Orense para terminar en El Escorial, donde falleció hace algunos años.

Muy meritorio el caso de la familia, cuyos éxitos profesionales aplaudo con firmeza como aplaudo la límpida carrera universitaria de la señora Cifuentes. Ahora bien, como en este mundo abundan los personajillos críticos, iconoclastas, mordaces y tocapelotas, no faltan quienes relacionan ese éxito curricular y la obtención de las funcionariales canonjías a cierta pérdida de aceite que tuvo lugar en Redondela.

Quien quiera conocer los detalles de este sórdido asuntillo, que acuda a estos enlaces (1, 2). Allí leerá que don Mariano Rajoy Sobredo  presidió a comienzos de los setenta el tribunal que juzgó el escándalo del aceite de Redondela en el que estaban implicadas personalidades del franquismo, incluido el hermano del General Franco, Nicolás, y en el  curso del cual se produjeron hasta siete muertes sospechosas sin que se aclarase ninguna; cómo la sentencia fue benigna, no determinó qué sucedió con los cuatro millones de litros de aceite desaparecidos ni con los doscientos millones de pesetas esfumados, y la contundente maniobra de Rajoy Sobredo para que Nicolás Franco se marchara de rositas y de embajador a Lisboa. A pesar del escándalo, carpetazo al tema y a otra cosa mariposa. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 18 de marzo de 2018

Nephila edulis: una sabrosa araña cervantina (Nephila edulis: a tasty spider from Cervantes (Western Australia)



Cuando el barco en el que viajaba atracó en 1792 en Nueva Caledonia, el naturalista Jacques Julien Houtou de La Billardière (1755-1834) se quedó estupefacto al ver que los nativos se comían como si tal cosa unas enormes arañas peludas. Eran las mismas que él mismo había capturado semanas antes en tierras australianas y a las que había tomado por venenosas.
Australia es un país duro y admirablemente devorador y ponzoñoso. El arsenal venenoso del continente-isla es impresionante. A falta de grandes mamíferos carnívoros, si te metes en el agua y no te zampa un cocodrilo marino o un tiburón blanco (entre ambos reducen cada año el censo de australianos y turistas en algunas decenas), puede que te tropieces con la medusa cofre (Chironex fleckeri), el minúsculo pulpo de anillos azules (Hapalochlaena maculosa) o el pez piedra (Synanceia horrida), tres especies que se cuentan entre las más letales en el mundo y que tampoco se quedan atrás aliviando el padrón australiano
Taipán (Oxyuranus microlepidotus). Foto.
Cuando pongas pie en tierra, habrá decenas de criaturas venenosas dispuestas a matarte sin más trámites que morderte en un tobillo. Hay catorce serpientes cuya picadura puede resultar mortal. Las diez serpientes más venenosas del mundo son australianas. Entre mis preferidas se encuentra el taipán (Oxyuranus microlepidotus), la serpiente más letal del mundo. Por si ello fuera poco, su embestida es tan rápida que no te darás cuenta de lo que te ha pasado. Si no aparece su antídoto en 45 minutos, reza lo que sepas. Una mordida de taipán puede contener suficiente veneno neurotóxico como para matar a un cuarto de millón de ratones y a 125 personas adultas. Su veneno es entre 200 y 500 veces más tóxico que la mayoría de las serpientes de cascabel y cincuenta veces más tóxico que el de una cobra.
Dos garrapatas paralizadoras antes (izquierda) y después de darse un atracón.
Particularmente encantador es el mundo de los artrópodos. Como bien saben los propietarios de mascotas, una vulgar garrapata, la paralizadora australiana (Ixodes holocyclus), clava a perros y gatos en el suelo inyectándoles una neurotoxina paralizadora. Y qué contarles de las arañas. Cinco de ellas: la araña de tela de embudo (Atrax robustus), que te puedes encontrar en cualquier parque de Sidney, las lampónidas de cola blanca (de las que hay 22 especies), una araña lobo (hay un número indeterminado de especies, emparentadas con las tarántulas europeas de la familia Lycosidae), las viudas negras del género Latrodectus, a las que le gusta dormitar en las casas, y otra estremecedora cofradía peluda, las arañas Huntsman, una extensa familia de arácnidos con idénticos hábitos de okupa, cuyos miembros más ilustres pueden alcanzar los 16 cm de diámetro y muy amigas de encaramarse en el rollo de papel higiénico o de arrastrar un ratón por el garaje.
Dos arañas Huntsman haciendo de las suyas. La de la derecha arrastra su presa, un ratón.
Cambio ahora de tercio para llevarles luego a mi terreno. Acioa edulis, Passiflora edulis, Boletus edulis, Cerastoderma edule, Cirsium edule, Lemuropisum edule, Memecylon edule, Mesembryanthemum edule, Pangium edule, Saccharum edule, Sechium edule, Solanum edule, Stylophyllum edule, Viburnum edule. Todos ellos son nombres científicos de plantas que tienen algo en común: son comestibles. Por eso, los botánicos que las describieron usaron las palabras latines “edule” o “edulis”, que significan precisamente eso: que se pueden comer.
Cuando estaba despistado admirando las plantas de las gigantescas dunas costeras situadas al sur de Cervantes (Australia Occidental), esquivé demasiado rápido un arbolillo espinoso y me di de bruces con una telaraña gigante. Me cayó encima como un paraguas de hebras doradas que se hubiera cerrado de repente. “¡Mira que eres tonto!, me dije. La primera vez que pisas Australia te pica una araña”. Aterrado, miré hacia arriba de reojo y allí estaba la propietaria del viscoso aparejo, afortunadamente absorta devorando un pajarillo. Repuesto del susto, la fotografié tantas veces y tan de cerca como me permitió mi natural valentía. De vuelta a casa, dediqué un buen rato a identificarla. Lo último que podía pensar era que pudiera comerse. Pero no podía ser de otra manera: sin lugar a dudas se trataba de la araña globo dorada, Nephila edulis.
N. edulis es una araña grande que se encuentra en toda Australia costera y en el interior, especialmente en Australia Occidental (volví verla en Nueva Zelanda, así que certifico su presencia). Las hembras son grandes, con cefalotórax plateado y pinceles negros en las patas. Los machos, como pueden ver en la fotografía de abajo, son mucho más pequeños. Ni uno ni otro limpian su hogar, de la que cuelgan cadenas con restos de comida (miren a la derecha de la foto). Afortunadamente para los torpes que nos tropezamos con sus telarañas, las hembras son más bien tímidas y normalmente huyen a la parte superior de la red cuando se alarman y suelen sacudir espasmódicamente la red cuando se les molesta. Pueden morder, pero las mordeduras no son peligrosas salvo para los machos, a los que devoran después de la cópula si no se andan con ojo y ponen sus ocho patas en polvorosa.

Una de las expediciones más conocidas y desgraciadas de la historia de las grandes exploraciones náuticas de los siglos XVIII y XIX fue la dirigida por Jean François Galaup, conde de La Pérouse (1741-1788). Se sabe perfectamente cuando partió, pero nadie sabe con certeza donde terminó. Tras el Tratado de París de 1783 que supuso la independencia de Estados Unidos y puso paz en los mares, el Gobierno de Luis XVI seleccionó al comodoro La Pérouse para dirigir una expedición alrededor del mundo, cuyo objetivo era completar los descubrimientos llevados a cabo por James Cook en el océano Pacífico. La expedición, que constaba de 220 hombres, dejó Brest en agosto de 1785 con dos navíos, la Boussole y la Astrolabe, unos barcos mercantes de 500 toneladas remodelados como fragatas para la ocasión.
Después de navegar con éxito por mares de todo el mundo, desde Alaska a la Polinesia, la expedición tuvo su primer contratiempo en Samoa, cuando, antes de zarpar, los samoanos atacaron a sus hombres y dieron muerte a doce de ellos, entre los que estaba el segundo oficial de la expedición, capitán Fleuriot de Langle, comandante de la Astrolabe. Navegó a continuación hacia la bahía Botanique, en Sídney, donde llegó el 26 de enero de 1788. Los británicos lo recibieron amablemente, pero no pudieron proporcionarle alimento, ya que no disponían de recursos. La Pérouse entregó sus diarios y sus cartas para que fueran enviadas a Europa, y consiguió madera y agua fresca. Partió hacia Nueva Caledonia, las Islas Santa Cruz, las islas Salomón, el archipiélago de las Luisiadas y las costas del oeste y sur de Australia. No se le volvió a ver, ni a él ni a ninguno de sus hombres.

En 1791, el contralmirante Bruni d'Entrecasteaux fue puesto al mando de una expedición que zarpó a la búsqueda de La Pérouse y su tripulación. No lo lograron, y el propio Bruni d'Entrecasteaux murió de escorbuto en 1793. Arrojaron su cuerpo al mar en un ignoto lugar del Pacífico. Más suerte tuvo el naturalista La Billardière, que regresó a Francia en 1796 con sus colecciones botánicas y zoológicas, y sus preciados diarios, que le sirvieron para publicar en 1799 el relato de la expedición, Relation du Voyage à la Recherche de la Pérouse, fait par ordre de l'Assemblée Constituante, un libro que se hizo muy popular.
En la página 240 del segundo volumen, Labillardière describe la araña y anota: «Les habitants de la Nouvelle-Calédonie appellent nougui” cette espèce d'araignée, que je désigne sous le nom d'aranea edulis (araignée que les Calédoniens mangent)». [Los habitantes de Nueva Caledonia llaman a esta araña "nougui". La he descrito con el nombre Aranea edulis, que significa arañas que comen los de Nueva Caledonia].
Ahora me doy cuenta de que perdí la ocasión de haberme tomado un buen aperitivo. Si llego a saber lo que sé ahora, el bicho se entera: La propongo como tapa para la Semana Cervantina. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El genio tullido y la teoría del todo

"Mira a las estrellas y no a tus pies", es el lema del Twitter con el que la Universidad de Cambridge anunció la muerte del profesor Hawking

Stephen Hawking, el físico que explicó el universo desde una silla de ruedas y acercó las estrellas a millones de personas alrededor del mundo, el hombre que encandiló tanto a los científicos como al común de las gentes, murió el mismo día (14 de marzo) en que nació Albert Einstein y en el “Día Pi”, en el que científicos de todo el mundo conmemoran la aproximación de tres dígitos (3,14) de π (pi), la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro en geometría euclidiana, una de las constantes matemáticas más importantes.
Stephen William Hawking, nacido en Oxford el 8 de enero de 1942, era el primogénito del prestigioso biólogo Frank Hawking y de Isobel Walker, quienes se trasladaron a la ciudad universitaria buscando una mayor seguridad para la gestación del primero de sus cuatro hijos, ya que Londres estaba siendo bombardeada por la Luftwaffe. Stephen fue un estudiante mediocre pero su brillantez intelectual era reconocida por sus compañeros que lo apodaron "Einstein" por su facilidad para comprender la ciencia. Se matriculó en Matemáticas y Física en Oxford en 1959, unos estudios que encontró tan fáciles que, según él mismo calculó, sacó adelante con solo mil horas de estudio: una al día.
Después de graduarse en Oxford en 1962, hizo sus estudios de posgrado en el Trinity Hall de Cambridge. Obtuvo su doctorado en Física en Cambridge en 1966 a pesar de que a pesar de que al poco de llegar a Cambridge, recién cumplidos los 21, comenzó a desarrollar síntomas de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), un tipo de enfermedad motoneuronal progresiva que finalmente le impidió mover sus extremidades y hablar sin ayuda de un computador.
Decía Niels Bohr, Premio Nobel de Física de 1922, que quien después de oír una explicación acerca de lo qué es la Física Cuántica manifestara haberla comprendido, es porque no había entendido nada. Otro tanto podría decirse de la obra científica de Hawking, lo que no impidió que fuera probablemente el científico vivo más conocido del mundo, una figura pública popular y querida. Y es que mientras que la labor de otros prestigiosos científicos transcurre en la sombra, la enfermedad catapultó a Hawking a la categoría de figura de culto para el gran público. A su enorme popularidad contribuyó también su idea de que la ciencia descubriría algún día “la teoría del todo”, una frase que el director James Marsh utilizó como el título de una película biográfica, con la que ganó un Oscar Eddie Redmayne, el actor que interpretó a Hawking.
Según Leonard Mlodinow, un físico y divulgador científico del Instituto de Tecnología de California, el superventas de Hawking Una breve historia del tiempo, del Big Bang a los agujeros negros (1988), convertido en el libro de ciencia más vendido de la historia, era probablemente el libro menos leído y más comprado jamás. Su popularidad no fue en absoluto ajena al aforismo humorístico con el que él mismo definió su aceptación como personaje público: “Nadie puede resistirse a la idea de un genio tullido".
Hawking, era un físico teórico cuyo trabajo inicial sobre los agujeros negros transformó la manera en que los científicos piensan sobre la naturaleza del universo. Antes de Hawking, los físicos pensaban que la inmensa gravedad de un agujero negro atraería todo y nada podría escapar. Pero al combinar en 1976 por primera vez la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad, el joven Hawking –que cumplía entonces 34 primaveras- mostró algo asombroso: que, al menos teóricamente, algún tipo de partícula tenía que desafiar lo que los físicos esperaban de la gravedad y escapar de los agujeros negros.
Esa partícula ahora se llama radiación de Hawking y cambió todo el pensamiento sobre la teoría gravitacional. Lo hizo gracias a que enunció una fórmula fundamental, al estilo de la einsteniana ecuación fundamental de la relatividad (E=mc2), que Hawking calculó mediante un complicado análisis matemático realizado mentalmente, sin ayuda de papel y lápiz. La ecuación, S=A/4, dice que la cantidad de información oculta en un agujero negro, que los físicos llaman entropía y denotan con la letra S, es igual al área del borde exterior de agujero dividido por cuatro.
Hoy, cientos de físicos teóricos en todo el mundo tratan de elucidar las consecuencias últimas de esta expresión, que, en palabras del investigador del CSIC José Luis Fernández Barbón, relaciona dos mundos separados: la información y la geometría, el lenguaje de la física del nuevo milenio. Quizás, como escribió Hawking en Una breve historia del tiempo, encontrar la respuesta a eso sería el gran triunfo de la razón humana, porque entonces conoceríamos la mente de Dios. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

lunes, 5 de marzo de 2018

EL PETRÓLEO ESTRANGULA A MÉXICO


“¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”, dicen que dijo el dictador Porfirio Díaz, aunque en realidad fue escrita por Nemesio García Naranjo, intelectual de Monterrey. Viajo a menudo a México, una tierra que amo. Es un gran país, con una naturaleza maravillosa y un poderío intelectual y creativo tremendo. Cuadruplica la extensión de España, posee más de 120 millones de habitantes y su PIB (producto interior bruto) es el decimoquinto del ranking mundial, pero esa gran locomotora corre el peligro de descarrilar por el acoso del crimen organizado y el agotamiento de la que fue una de sus mayores fuentes de ingresos, el petróleo.
Del crimen organizado se escribe mucho: en 2017 se registraron 29.168 muertes violentas, la cifra más alta desde que empezaron a publicar el número de homicidios hace 20 años. De hecho, han superado al anterior año más sangriento, 2011, por 6.600 cadáveres. Estos pavorosos números suponen más de 80 asesinatos al día. A los que hay que añadir secuestros y otros crímenes. Es el infierno. Un infierno que se complica aún más por algo de los que escribe menos: el petróleo, que fue en su momento la gran riqueza nacional, amenaza con estrangular la economía del país.
La situación en la industria petrolera mexicana continúa desintegrándose rápidamente debido a que la caída de la producción y al aumento de sus costes provocaron una pérdida para la petrolera estatal PEMEX de 18.000 millones de dólares en el cuarto trimestre de 2017. En buena medida, la razón de la gran pérdida financiera de PEMEX fue la caída en el valor del peso mexicano. Si bien los costes de PEMEX son en pesos, vende petróleo crudo y compra productos petrolíferos en dólares. Como el peso mexicano se depreció un 8% frente al dólar, eso supuso una gran presión sobre los balances financieros de fin de año de la compañía.
Figura 1. La producción total de petróleo de México se muestra en el área gris, mientras que el consumo lo marca la línea negra. El área verde revela las exportaciones netas de petróleo del país. Como podemos ver, las exportaciones netas de petróleo de México alcanzaron un máximo en 2004 de 1,86 millones de barriles por día (mbd) y hoy están por debajo de 0,5 mbd. La disminución de las exportaciones en 2016 fue del 11%.
En cualquier caso, la producción de petróleo mexicana continúa cayendo debido a la disminución natural de los recursos que conducen inexorablemente a su agotamiento. A medida que la producción de petróleo se desploma, las exportaciones netas de petróleo también han disminuido significativamente, lo que se traduce en menores ingresos para PEMEX. Según la BP Statistical Review de 2017 (Figura 1), las exportaciones netas de petróleo de México alcanzaron un mínimo de 587.000 barriles diarios (bd) en 2016, muy por debajo de los máximos de 1.867.000 bd en 2004.
Aunque la producción de petróleo de México disminuyó desde su pico de 2004, su consumo interno se ha mantenido básicamente estable, lo que significa que las exportaciones netas de petróleo de México se han reducido en más de dos tercios en solo doce años. Desgraciadamente para México, parece que su producción de petróleo disminuirá otro 10% cuando se cierre el ejercicio de 2017. La caída de las exportaciones netas de petróleo es una sentencia de muerte para el gobierno mexicano, porque recibe gran parte de sus ingresos de PEMEX.
Figura 2. Las exportaciones netas de petróleo y productos petrolíferos de México a los Estados Unidos alcanzaron un máximo en 2006 de 1,6 mbd y se convirtieron en importaciones netas de 0,6 mbd en diciembre de 2017. 
Estados Unidos ha importado una gran cantidad de petróleo de México en las últimas tres décadas. Sin embargo, la situación ha ido cambiando en los últimos dos años cuando México pasó de ser un exportador neto a ser un importador neto de petróleo crudo y productos derivados del petróleo estadounidenses (Figura 2). Esa es una noticia terrible para PEMEX y para la economía mexicana. Mientras Estados Unidos puede imprimir dólares a su antojo, ya que sigue siendo la moneda de reserva mundial, México no puede permitirse el mismo lujo.
El balance financiero de PEMEX del último trimestre de 2017 (Tabla 1) muestra que la petrolera sufrió una pérdida de ingresos netos de casi 18.000 millones de dólares en el cuarto trimestre de 2017. Y no solo la pérdida de ventas de PEMEX aumentó significativamente, sino que también sufrió una pérdida de 7.600 millones debido a la depreciación del peso.

La Tabla 2, obtenida del mismo informe, muestra el flujo de caja de PEMEX. Hay dos puntos destacados importantes en esa tabla. El gasto por intereses de PEMEX fue de 5.900 millones de dólares en 2017. El gasto neto por intereses total fue de 5.400 millones. Eso es mucho dinero solo para pagar a quienes tienen su deuda. La segunda cifra importante es que el flujo de efectivo de las operaciones de 2.900 millones fue menor a los 4.300 millones en gastos de capital. PEMEX gastó 1.400 millones más de dólares en la producción de petróleo y gas de lo que recibió por las ventas. Su flujo de caja libre negativo y otros elementos llevaron la deuda a largo plazo de PEMEX a un récord de 95.000 millones de dólares en 2017.

Cuanta más deuda PEMEX agregue a su balance general, mayor será su gasto por intereses anual. Y, para empeorar las cosas, la producción petrolera de México seguirá disminuyendo justo en el momento en que su deuda sube. Será imposible que PEMEX pague su deuda, por lo que es lógico suponer que la compañía petrolera estatal irá probablemente a la quiebra causando con ello dificultades extremas para el gobierno y la economía mexicanos.
No estoy señalando a PEMEX o la producción de petróleo de México como un caso único en la industria petrolera mundial. Todas las compañías petroleras públicas y estatales se arruinarán: es solo cuestión de tiempo. Las industrias petroleras estadounidenses y mundiales están en serios problemas. Si bien estos problemas no afectarán al mundo este año o el próximo, se convertirán en un desastre en la próxima década. © Manuel Peinado Lorca.@mpeinadolorca.