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domingo, 18 de agosto de 2019

Plantas de los jardines de Dénia: el árbol del amor

Salvo por la sombra que dan, estos días de verano pasan desapercibidos en las calles y jardines de Dénia los árboles del amor (Cercis siliquastrum[1]. Es el nombre que más me gusta para estos arbolillos, que en otros lugares prefieren llamarlos árboles de Judea o árboles de Judas. La leyenda dice que originalmente todos los Cercis eran árboles gigantes, fuertes y majestuosos, que tenían hermosas flores blancas. Cuando Judas Iscariote traicionó a Jesús y se suicidó ahorcándose, el árbol que eligió fue un Cercis.
El árbol quedó tan avergonzado de su lúgubre papel que a partir de entonces dejó de crecer para que nadie más pudiera usarlo con fines tan macabros. Además, la madera se volvió quebradiza y las flores, que habían dejado de ser puras, perdieron su color blanco y se volvieron rojizas en recuerdo de la sangre de Cristo. Probablemente sea más cierto que este árbol, que originalmente crecía en Judea y que, por tanto, se llamó "árbol de Judea", en algún momento vio cambiado su nombre por el de árbol de Judas.
Su llegada a Europa tuvo lugar en la época de las cruzadas y su primer destino fue Francia. Desde ese momento su extensión por el continente fue muy rápida, como demuestra su frecuente presencia en los herbarios de los siglos XVI y XVII. En la época del Imperio bizantino era uno de los árboles que crecían en mayor número en Constantinopla, en las riberas del Bósforo. Su color morado purpúreo era el preferido de los emperadores bizantinos, porque el púrpura era el color imperial y de uso exclusivo de la familia imperial bizantina. En la actualidad, en Estambul, se siguen viendo gran cantidad de estos árboles a lo largo de las riberas del Bósforo; de hecho, el "Erguvan" (nombre en turco del árbol del amor) es el árbol que identifica a la ciudad.
Los árboles del amor pertenecen al género Cercis, que, para sorpresa de muchos, es de la familia de las leguminosas, la misma que incluye a guisantes, habas, garbanzos, lentejas o judías, por citar unas cuantas. No hay que extrañarse, las leguminosas son una de las familias más numerosas de las plantas con flores; en ella se reúnen casi 20.000 especies, incluyendo –junto a las ya mencionadas, y a otras herbáceas como los tréboles- los árboles dominantes en los bosques tropicales lluviosos y en los bosques secos de América y África.
En total, hay unas diez especies de Cercis distribuidas entre el este y el oeste de América del Norte, el sur de Europa y el este de Asia. Todos ellos son árboles relativamente pequeños con hermosas flores rosas. Las flores presentan una estructura similar a la del resto de la familia. Además de un cáliz acopado, tienen cinco pétalos separados los unos de los otros, y dispuestos de tal forma que, vistos de frente, recuerdan las alas de una mariposa y de ahí que los naturalistas franceses del XVII llamaran a las leguminosas “papilionáceas”, del latín “papilio” (mariposa).
La corola papilionácea o amariposada está integrada por un pétalo superior muy desarrollado, conocido como «estandarte», dos pétalos laterales o «alas» y dos piezas inferiores que constituyen una estructura denominada “quilla” por su semejanza con la proa de una embarcación. El estandarte y las alas sirven para llamar la atención de los polinizadores, y la quilla como plataforma en la que se apoyan cuando se afanan a la búsqueda de los nectarios que están en el fondo de las flores, al pie de los estambres. Aunque no siempre sea un número constante, las papilionáceas suelen tener diez estambres; si el número y la disposición de los estambres puede variar, lo que sí es constante es su ovario, formado por un solo carpelo que, después de la fecundación, se transforma en un fruto en legumbre, popularmente conocido como vaina. Las vainas tienen dos valvas y en su interior se alinean las semillas.
Uno de los aspectos más interesantes de las flores es su desarrollo. Probablemente haya notado que no se originan en las puntas de las ramas, como ocurre en la inmensa mayoría de especies de árboles. Surgen directamente de los troncos y las ramas. Ese fenómeno se llama "caulifloria", que literalmente se traduce como flor que nace directamente sobre los tallos (“caules”, en latín).
Es difícil generalizar sobre esta estrategia de floración. Lo que sí sabemos es que es más común en los bosques tropicales densos. Algunos botánicos han sugerido que la producción de flores en troncos y tallos hace que estén más disponibles para los pequeños insectos y otros polinizadores comunes en las estructuras forestales subordinadas a los grandes árboles de las selvas. Otros han sugerido que puede tener más que ver con la dispersión de semillas que con la polinización. Independientemente de las ventajas potenciales de la caulifloria, la apariencia de un Cerciscubierto de racimos de flores de color rosa vivo es todo un espectáculo visual.
Las flores (y las vainas jóvenes) son comestibles y se han usado en ensaladas para agregarles colorido y un poco de dulzor. Las orugas cortadoras de hojas también encuentran en ellas un manjar, dejando pequeños cortes limpios en las hojas en forma de corazón. De hecho, se han documentado diecinueve especies de orugas, trece de saltamontes y seis de escarabajos que se alimentan de Cercis. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
[1] Es muy común en las calles y jardines de Dénia. Uno de los ejemplares más frondosos se encuentra en una vieja casa de propiedad municipal en la avenida de Miguel Hernández, 2 (esquina con Ausias March). En el jardín de Los Áticos solo hay un ejemplar junto a la valla de la calle Mar Jónica, al otro lado de la palmera. En 2018 el ejemplar estaba muy deteriorado pero el jardinero lo está logrando recuperar.

El fracking es el gran responsable del incremento de metano en la atmósfera

Un estudio recién publicado demuestra que que el auge del fracking en Estados Unidos y Canadá es el principal responsable del aumento global de metano.
El metano es el segundo gas de efecto invernadero (GEI) más importante detrás del dióxido de carbono como causante del cambio climático global (IPCC, 2013). A diferencia del dióxido de carbono, el sistema climático global responde rápidamente a los cambios en las emisiones de metano, por lo que la reducción de las emisiones de metano podría ser una gran oportunidad para reducir rápidamente la tasa de calentamiento global (Shindell et al., 2012) y ayudar muy positivamente cumplir con la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP21 cuyo objetivo es mantener el planeta muy por debajo de 2 ºC por encima de la base preindustrial (IPCC, 2018). 
El metano también contribuye a la formación de ozono a nivel del suelo, lo que acarrea graves consecuencias adversas para la salud humana y la agricultura. Teniendo en cuenta estos efectos y el cambio climático, Shindell (2015) estimó que el costo social del metano es de 40 a 100 veces mayor que el del dióxido de carbono.
La concentración atmosférica de metano ha aumentado rápidamente durante la última década, contribuyendo al cambio climático global. A diferencia de finales del siglo XX, cuando el aumento del metano atmosférico estuvo acompañado de un enriquecimiento en el isótopo más estable de carbono (13C), el metano atmosférico de los últimos años tiene mucho menos 13C. Ese decrecimiento se ha interpretado como indicador de una fuente principalmente biogénica del aumento de metano. 
Una nueva investigación realizada por el profesor Robert Howarth de la Universidad de Cornell, Nueva York, y publicada en la revista Biogeosciences del pasado 14 de agosto, demuestra que el auge del fracking en Estados Unidos y Canadá en la última década es en buena medida el culpable del gran aumento de metano en la atmósfera, y que la reducción de las emisiones de este extremadamente potente GEI es crucial para ayuda a detener la crisis climática internacional 
El profesor Howarth analizó los datos de la fracturación hidráulica en las últimas décadas, subrayando el auge del fracking que ha tenido lugar desde los inicios del siglo XXI. Entre 2005 y 2015, el fracking pasó de producir 31.000 millones de metros cúbicos de gas al año a producir 435.000 millones. Casi el 90% por ciento de la actividad tuvo lugar en Estados Unidos, mientras que alrededor del 10 por ciento se realizó en Canadá.
Figura 1 (a) Aumento global del metano atmosférico entre 1980 y 2015. (b) Cambio en el valor del isotopo 13C del metano atmosférico a nivel mundial entre 1980 y 2015. Fuente.
La clave de la investigación de Howarth reside en el isótopo de carbono 13C. Aunque el metano liberado a finales del siglo XX ya estaba enriquecido con él, Howarth destaca que el metano liberado en los últimos años presenta niveles más bajos. Esto se debe a que el metano en el gas de lutitas (el resultante de la práctica del fracking) ha agotado los niveles del isótopo en comparación con los existentes en el gas natural convencional o en combustibles fósiles como el carbón.
Figura 2 (a) Esquema que compara el gas de lutitas y el gas natural convencional. Cuando se forma el gas natural convencional, a lo largo del tiempo geológico el metano migra desde las lutitas a través de formaciones semipermeables, hasta quedar atrapado bajo un sellado geológico. El gas de lutitas es metano que permaneció en la formación de lutitas y se libera a través de las de fracking. (b) Producción global de gas de lutitas y de otras fuentes de gas natural desde 2000 hasta 2017, con proyecciones futuras de la EIA (2016). Fuente.
Según los resultados de la investigación, el metano en el gas de lutitas tiene una concentración mucho más baja en comparación con el gas natural convencional, lo que permitir concluir a la que la producción durante la última década de gas de lutitas en Norteamérica puede haber contribuido con más de la mitad del incremento de las emisiones de los combustibles fósiles a nivel mundial y aproximadamente con un tercio del aumento total de las emisiones de todas la fuentes mundiales durante la última década. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

viernes, 16 de agosto de 2019

Plantas de los jardines de Dénia: las falsas palmeras que vieron los dinosaurios

Cono de un ejemplar femenino de Cycas revoluta. Foto Mercy.
Cuando desaparecieron los dinosaurios hace 65 millones de años, las cicas ya estaban allí. Las verdaderas palmeras aún tardarían millones de años en aparecer.
Míralas a tu alrededor. Si estás en una zona de clima frío, con heladas invernales, las encontrarás siempre en el interior. Si estás en una zona relativamente cálida, de inviernos suaves, las encontrarás en el exterior, embelleciendo discretamente los jardines siempre que no les falte un poco de agua. Si hacemos una encuesta entre la gente (especialistas abstenerse), todos dirán que es una palmera. Lo parece, pero no lo es. Es Cycas revoluta, un pariente mucho más próximo a los pinos que a las palmeras.
Parterre de Los Áticos. 1, Washingtonia filifera. 2, falsa palmera Cycas revoluta. 3, flor del ave del paraíso (Strelitzia reginae). $, hibisco (Hibiscus rosa-sinensis). 5, Yucca gigantea. 6, galán de noche (Centrum nocturnum).
Cycas revoluta presenta un tronco robusto, cilíndrico, generalmente corto y sin ramificar, con un aspecto muy característico, porque como hacen las palmeras, queda cubierto por las bases foliares una vez que las hojas se desprenden. Tiene un crecimiento lentísimo: los ejemplares grandes de más de 25 años sólo alcanzan metro y medio de altura. Los de mayor edad, no suelen alcanzar más de 3 metros de altura.
Las hojas, que pueden llegar a medir más de un metro de largo, coronan el tronco en forma de penacho son brillantes, de un color verde muy oscuro y pinnadas, lo que quiere decir que cada hoja está formada por un eje central (el raquis) cuya parte basal es muy espinosa, a lo largo de cual van surgiendo fragmentos muy estrechos (pinnas), lineares y punzantes, a modo de las espinas de una raspa de pescado. 
En los climas estacionales como el nuestro, cada año Cycas revoluta, forma una nueva corona de hojas en el extremo de los tallos, que se superponen a la corona del año anterior, la cual irá amarilleando hasta desprenderse. Poco a poco, corona tras corona, la planta va creciendo en longitud y grosor de una forma muy característica, porque, aunque las hojas acaben por caer, sus bases permanecen rodeando los tallos de la misma forma como hacen las palmeras.
Detalles de varias especies de la familia Cycadaceae a. Cycas nedia porte y hábitat, entre Cairns y Port Douglas, NE Queensland, Australia. b. Cycas circinalis, detalle de la hoja, nótense las pinnas con un solo nervio central, cultivada, San Diego, California. c. Cycas platyphylla, detalle del estróbilo femenino, nótense los óvulos todavía verdes en la parte basal de cada pinna femenina, N Queensland, Australia. d. Cycas platyphylla, estróbilo masculino, N Queensland, Australia. Foto.

Cuando llega el momento de reproducirse, lo que suele ocurrir cada año si el clima es favorable, las cicas producen los órganos reproductores. Como nosotros mismos y muchos otros animales y plantas, son dioicas, lo que quiere decir que tienen sexos separados: unos ejemplares son masculinos y otros femeninos. En uno y otro caso, llegado el momento de la reproducción, los órganos de reproducción de las cicas se parecen mucho a las de sus parientes las coníferas (los pinos o los cipreses, por ejemplo) y en nada a las palmeras. 
Como vimos en un artículo anterior, las palmeras tienen verdaderas flores con estambres y ovarios. Las cicas tienen sus estructuras reproductoras, sacos polínicos (productores de gametos masculinos) y óvulos (gametos femeninos) distribuidos en conos o, dicho técnicamente, estróbilos (estróbilo es el vocablo derivado del griego que significa cono). 
Cono masculino de Cycas revoluta.
En botánica un cono, estróbilo o piña es una estructura basada en un eje terminal, alrededor del cual se despliegan hojas reproductivas (las brácteas) con una disposición generalmente helicoidal. Desde el exterior no vemos el eje del cono, porque todo él está rodeado de brácteas. Si se arrancan manualmente las brácteas, aparecerá el eje central. Las brácteas del cono masculino tienen forma de cuña y en su interior llevan los sacos polínicos, Cada bráctea lleva decenas de sacos polínicos y en cada saco polínico hay miles de granos de polen. Por lo tanto, en cada estróbilo masculino de cicas se producen centenares de millones de granos de polen.
Bráctea arrancada de un cono masculino mostrando los sacos políticos. Foto.
Las brácteas de los estróbilos masculinos están tan transformadas que no recuerdan su origen: son hojas muy modificadas para cumplir su función. Los estróbilos femeninos son más cortos y más gruesos que los masculinos, y sus brácteas, aún estando muy modificadas y cubiertas de un fieltro de pelos amarillentos para acunar a los delicados óvulos, son pinnadas y recuerdan su origen foliar. Una vez fecundados, los óvulos se transforman en unas semillas globosas, generalmente estériles, con una cubierta carnosa roja.

Brácteas del cono femenino (el cono completo en la foto del encabezamiento) y semillas de Cycas revoluta. Foto
Hay quien especula con mucha imaginación que, puesto que las cicas convivieron con los dinosaurios, los que eran herbívoros se alimentaban de ellas. Es posible, pero improbable. Aun suponiendo que los belfos de los dinosaurios soportaran la punzante rigidez de las hojas, habría que admitir que tenían unos estómagos a prueba de bomba, porque las cicas son tóxicas, muy tóxicas. 

Si se ingieren, son extremadamente venenosas tanto para los seres humanos (suponiendo que alguien sea lo bastante tonto como para comérselas) como para los animales. El ganado doméstico corre un mayor riesgo porque encuentran la planta especialmente sabrosa. Si es usted tan necio como para prepararse una ensalada de cicas o un hervido con bechamel, sepa lo que le espera: una vez pasadas doce horas aparecen los síntomas clínicos: vómitos, diarrea, debilidad, desvanecimientos, fallo hepático o toxicidad hepática caracterizada por ictericia, cirrosis y ascitis. Si ha zampado mucha, cruce los dedos y rece lo que sepa mientras sale pitando hacia el hospital. 

Los animales domésticos se muestran abatidos, sangran por la nariz, y presentan, entre otras cosas, hematoquecia (sangrado rectal de color rojo mezclado con las heces) y hemartrosis (sangre en las articulaciones). Si desea seguir deleitándose con los cuadros clínicos, consulte este enlace.

Cycas revoluta es oriunda de las islas más sureñas de Japón (Kyushu, Okinawa and Iriomote) y ha sido cultivada en todo el mundo. En castellano, además de cica, se conoce con el nombre de falsa palmera y palma de iglesia, por la costumbre, ya olvidada, de tenerla en tiestos en el interior de los templos. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

jueves, 15 de agosto de 2019

Cómo los mosquitos cambiaron la historia de la humanidad

Cuando el primer homínido apareció sobre la faz de la Tierra, los mosquitos ya estaban allí. Mataron a nuestros antepasados y cambiaron nuestra historia. Aún siguen haciéndolo.
Publicado originalmente ayer, 14 de agosto de 2019, en The Conversation. Sigue leyendo

miércoles, 14 de agosto de 2019

Flores de los jardines de Dénia: el árbol de los dragones

Ahí donde lo tienen, con ese característico porte de árbol ramificado como un grotesco pincel, el drago canario (Dracaena draco) es un pariente de los espárragos con los que comparte familia (Asparagaceae), lo que no se debe evidentemente a su parecido externo, sino a que sus flores son muy semejantes.  
Nativo de las Islas Canarias y ahora en peligro de extinción en su hábitat natural (no llegan a 700 los ejemplares nativos censados), Dracaena draco es uno de los árboles más singulares y originales del mundo. Con tronco grueso y liso, ramas suculentas y hojas en forma de sable de color verde azulado, tiene un aura mágica que pocas plantas pueden igualar. Por lo demás, su capacidad de resistencia la convierten en la planta perfecta para nuestras tierras afectadas por la sequía.
Dracaena drago. A la izquierda flores muy aumentadas. A la derecha, inflorescencia.
Cuando los dragos son jóvenes tienen un solo tallo. Cuando tienen entre 10-15 años, el tallo deja de crecer y produce una primera ramificación de flores blanco-amarillentas perfumadas, las cuales, una vez fecundadas, darán unas bayas rojas. Pasada la floración, aparecen varios brotes terminales dispuestos como los dedos de una mano y el drago comienza a ramificarse. Cada rama crece durante unos 10-15 años y se vuelve a ramificar, por lo que al final una planta madura tiene forma de paraguas. 
Los dragos no forman un tronco leñoso con anillos de crecimiento. En los dragos viejos, como el famoso de Icod de los Vinos en el noroeste de Tenerife, el tronco masivo procede de grupos de raíces aéreas que emergen de las bases de las ramas más bajas y crecen hasta el suelo. Al descender a lo largo del tallo principal, se aferran firmemente a él, se fusionan y contribuyen a su crecimiento radial. 
Grabado realizado por el naturalista francés Sabin Berthelot del gran drago ubicado en el jardín de la Casa de Franchy, en La Orotava. Publicado en su obra Histoire Naturelle des Iles Canaries en 1838.
En los árboles que forman tronco con anillos de crecimiento, se puede calcular con relativa precisión su edad: tantos anillos, tantos años. No es el caso de los dragos. La edad del árbol solo se puede estimar por el número de puntos de ramificación antes de llegar a la copa. Como se ramifican cada 10-15 años, a cada punto de ramificación le corresponde una década a la baja o quince años al alza. El espécimen llamado “Drago Milenario” de Icod de los Vinos es la planta viva más antigua de esta especie. Su edad se estimó en 1975 en alrededor de 250 años, con una horquilla máxima de 365 años, muy lejos de los varios milenios que se le habían adjudicado hasta entonces con la alegría propia de quien ha abusado de los dulces vinos de Icod. 
Dracaena drago. Racimos de bayas.
Los guanches adoraron a un espécimen en Tenerife y ahuecaron su tronco para hacer un pequeño santuario. Alexander von Humboldt lo vio cuando visitó la isla entre el 19 y el 25 de junio de 1799. Tenía 21 metros de altura y 14 de circunferencia, y se estimaba que tenía 6.000 años. Fue destruido por una tormenta en 1868. 
Parterre a la izquierda de la entrada al garaje de la urbanización Los Áticos. 1, Dracaena drago. 2, Yucca gigantea. 3, Olea europea. 4, Ficus benjamina variegata. 5, Strelitzia reginae. 6, Lantana camara. 7, Hebe sp. 8, seto de Pittosporum tobira sobre manto de Aptenia cordifolia
Las flores se producen en ramificaciones muy abiertas (panículas) de 15–160 centímetros de longitud; las flores individuales tienen 2,5 centímetros de diámetro, con una corola de seis lóbulos blanquecinos; huelen muy bien y constituyen un foco irresistible para los insectos polinizadores. El fruto es una baya de color rojo anaranjado de 1–2 cm de diámetro, que contiene varias semillas. 
La resina roja emana de un tronco de un viejo drago.
Como se puede comprobar con tan solo mirar la base de una hoja caída, los dragos tienen la savia de color rojo, lo que le convirtió en una planta muy codiciada para los alquimistas, brujos y curanderos del Medioevo, cuyas pócimas se basaban en mezclar cualquier cosa con “sangre de dragón”. Dado que nadie en su sano juicio ha visto jamás un dragón, se las arreglaban con los frascos de savia de drago que los marinos traían de Canarias o de algunas otras partes del mundo donde existen otras especies del género Dracaena (este nombre significa “dragona”). Así que ya saben, traducido al castellano Dracaena drago es, literalmente, “dragona dragón”.
Entre algunas de las propiedades que se atribuían a la savia estaban sus supuestos poderes para transformar metales en oro y para mantener la eterna juventud. Si bien la primera de las propiedades no cabe en cabeza alguna aunque a muchos ya les gustaría, para la segunda quizás los dragos tengan alguna propiedad que ayude a mantener a raya el paso de los años. 
Y es que su savia posee flavonoides que muestran una potente actividad antioxidante, antiinflamatoria, antiviral y antialérgica, así como un incierto papel protector frente a enfermedades cardiovasculares, cáncer y otras patologías. La savia, una vez seca y reducida a polvo se usó en medicina popular canaria para curar úlceras y hemorragias, y para el fortalecimiento de las encías y la limpieza de los dientes.
¡Dracarys!, ordena Daenerys de la Tormenta, la que no arde, rompedora de cadenas, madre de dragones, Khaleesi de los Dothraki, Reina de los Ándalos y los Rhoynar; la pantalla se ilumina con una gran llamarada procedente de las terribles fauces de la imponente bestia alada, mitad reptil, mitad lanzallamas…, pero árbol en su totalidad. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

martes, 13 de agosto de 2019

Flora de los jardines de Dénia: el palo borracho

Palo borracho o árbol de la seda (Chorisia speciosa, Ceiba speciosa) en un parque de Doha, Qatar. Foto.
En 1982, con ocasión del Mundial de fútbol el Ayuntamiento de Madrid plantó frente al estadio Bernabéu el llamado “Jardín del Mundial”. En una superficie que ronda los 3.000 metros cuadrados, se plantaron veinticuatro árboles, cada uno de los cuales es representativo de los bosques de otras tantas naciones que disputaron el torneo. Argentina tuvo suerte (no en el terreno de juego) porque quienes decidieron los árboles a plantar eligieron para ella uno de los árboles más hermosos del mundo: el palo borracho Chorisia speciosa [1].
El género Chorisia está dedicado a Luis Andrevitch Choris, un siberiano nacido en 1795 que fue dibujante de la expedición del naturalista Otto von Kotzebue durante un viaje alrededor del mundo organizado por la Marina rusa entre 1815 y 1818. La denominación específica es el vocablo latino speciosa (de aspecto vistoso), en referencia a la belleza de sus flores. El nombre común que le dan en Argentina, uno de sus países de origen (también es nativo de Brasil, Paraguay, Bolivia y Perú), alude a la forma de botella de su tronco. Precisamente esta denominación, no interpretada adecuadamente, hizo que en la placa del único ejemplar existente en Madrid, el del Bernabéu, se grabara erróneamente “árbol del vino”. 
El palo borracho es un árbol caducifolio que puede alcanzar de 5 a 18 metros de altura. El tronco es más o menos cilíndrico, muchas veces (aunque no siempre) ensanchado en la parte media baja lo que le otorga una forma barriguda muy característica. La corteza es lisa, al principio verde-grisácea, con estrías verde-claras, aunque con la edad se vuelve grisácea. Está cubierta de unos inconfundibles aguijones cónicos de hasta 2 cm de longitud. Cuando el árbol va madurando, estos vistosos aguijones caen y la corteza se va tornando más oscura y escamosa. La copa es, poco densa, redondeada o aparasolada, con ramas muy abiertas.
Las hojas están compuestas por entre 5 y 7 folíolos dispuestos de forma palmeada y de color verde claro. Los foliolos acaban un tanto bruscamente en punta (acuminados), y tienen los bordes aserrados de dientes salientes con las puntas hacia arriba. Cada folíolo mide hasta 15 cm de longitud. Los nervios son de color verde más claro, especialmente por el envés. 
Las flores son hermafroditas, terminales, grandes (miden hasta 15 cm de diámetro) y tubulosas. Aparecen solitarias o en grupos de hasta tres sobre sobre pedúnculos de 2-3 cm de longitud. Tienen color pétalos largos y ondulados, lo que las hace muy vistosas. El cáliz es verde, acampanado y con 3-5 lóbulos; la corola está formada por cinco pétalos libres, blancos externamente y rosados o rojizos internamente, y generalmente con estrías oscuras haciia la base, con frecuencia algo ondulados en los márgenes. 
Los cinco estambres están unidos formando un tubo, de 7-8 cm de largo, con un collar basal formado por estambres sin desarrollar (estaminodios) menores de un centímetro. El ovario es súpero, cónico, glabro, de 4-5 mm de longitud, con 5 lóculos y numerosos rudimentos seminales; estilo filiforme, situado en la parte interior del tubo estaminal y más largo que este, con el estigma blanco o rosado. Fruto en cápsula dehiscente, ovoide-oblonga, leñosa, de 15-20 x 9-12 cm, rugosa, verde hasta que madura y se torna parda y abre en cinco valvas, dejando ver la lana sedosa blanca de su interior que envuelve a las numerosas semillas, que son oscuras, casi esféricas, de 4-5 mm de diámetro.
Chorisia speciosa (frutos). Foto.
Los frutos son capsulares, oblongo-cilíndricos, de color verde y dispuestos sobre un largo pedúnculo. Miden de 15 a 20 cm de longitud por 5 a 12 cm de anchura. Encierran un gran número de semillas globosas y negras, del tamaño de un guisante, con una envoltura algodonosa que al abrirse las ayuda a esparcirse por el aire. Los frutos cuelgan durante toda la primavera y parte del verano.
Vive en suelos de cualquier naturaleza, pero con una razonable fertilidad y bien drenados. Necesita una exposición soleada. Soporta algo el frío y tolera ligeras heladas. No soporta bien la contaminación. Se reproduce fácilmente por semillas o por estaquillas. Se transplanta con facilidad de primavera a otoño. Tiene crecimiento relativamente rápido de joven, que después se ralentiza. Puede alcanzar el siglo y medio de edad.
La madera es porosa y en su lugar de origen se ha utilizado para fabricar canoas. De su fruto se extrae una fibra sedosa, de gran flexibilidad y elasticidad, empleada para relleno de almohadones, cojines, etcétera. También produce un aceite de sabor y olor agradables, que se emplea para fabricar jabón. 
En Dénia hay varios ejemplares repartidos por la ciudad. Entre los más lucidos se cuentan la pareja que crece en la rotonda de acceso a la lonja del puerto (foto de arriba) y en el jardín de la urbanización La Fontana, de Las Marinas. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.

[1] Por cuestiones nomenclaturales que no vienen al caso, el nombre que debiera emplearse es Ceiba speciosa.

lunes, 12 de agosto de 2019

La corteza de los jesuitas y la invención del gintonic

Rama florida del árbol de la quinina, Cinchona officinalis. Foto.
La malaria o paludismo es una enfermedad causada por parásitos microscópicos del género Plasmodium. El parásito siempre tiene dos huéspedes en su ciclo vital: un mosquito del género Anopheles, que actúa como vector, y un huésped vertebrado. La malaria era una enfermedad endémica de África y muchos africanos habían desarrollado inmunidad o una tolerancia muy elevada a ella. Eran portadores del parásito, pero no sufrían sus consecuencias. Cuando la esclavitud se extendió por el mundo, los barcos cruzaron los océanos con las bodegas cargadas de esclavos portadores. En las cubas de agua y en las pútridas aguas de las sentinas, millones de mosquitos viajaban preparados para propagar la enfermedad. 
Durante décadas, médicos, sanadores, curanderos y alquimistas se habían esforzado en dar con el origen de la fiebre mortal. Se pensaba que su causa eran los vapores malolientes que surgían de ciénagas y pantanos, de donde se derivaron los términos malaria, literalmente, “mal aire” y paludismo del latín paludis, ‘ciénaga, pantano’. En esto último tenían razón: las larvas de los mosquitos se crían en aguas estancadas; pero hasta ahí. Hasta ahora, a pesar del éxito relativo de algunas vacunas, nadie ha logrado acabar con la enfermedad.
Cuando el primer homínido apareció sobre la faz de la Tierra, los mosquitos de la malaria ya estaban allí. Mataron a nuestros antepasados y cambiaron nuestra historia. Según el último informe disponible de la OMS, en 2017 la malaria mató a 435.000 personas (entre 219 millones de casos). Eso significa que es muy posible que la malaria haya matado a más personas que cualquier otra enfermedad a lo largo de la historia. Se estima que las hembras de los mosquitos, las únicas que pican para alimentarse de sangre caliente, han enviado al otro mundo unos 52.000 millones de personas del total de 108.000 millones que han existido a lo largo de la historia.
Según la leyenda, el primer europeo en curarse de la malaria fue Francisca Enríquez, condesa de Chinchón, esposa del virrey español en Perú. A medida que cada oleada de fiebre le hacía sentir más cerca de la muerte, el médico de la corte, que hasta ese momento todo pretendía solucionarlo con inútiles sangrías, le administró en 1638 una poción hecha de la corteza de un árbol que crecía en las laderas orientales de las montañas de los Andes. Mano de santo. La condesa sobrevivió. Desde ese momento, la corteza pasó a llamarse “cascarilla de la condesa” o “cascarilla de la chinchona”. 
Según dicen y nadie ha demostrado, la condesa se llevó la cura milagrosa cuando regresó a Europa en la década de 1640. Sea o no cierta la historia, el naturalista sueco Linneo la creyó a pies juntillas, y cuando tuvo delante una muestra de herbario, bautizó al árbol en honor de la condesa, llamándolo Cinchona. La grafía “cinchona” proviene del italiano, ya que en esa lengua la sílaba escrita “ci” se pronuncia “chi”. [1]
Sin embargo, dado que la corteza se conoció más tarde como “cascarilla de los jesuitas”, parece más probable que fuesen los jesuitas españoles, y no la condesa, quienes trajeran la cinchona a Europa. Los misioneros jesuitas se enteraron del poder curativo de la cinchona cuando fundaron misiones en América Latina en el siglo XVI. En 1635 el jesuita Bernabé Cobo publicó su Historia del Nuevo Mundo”, en la que escribió:
«En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes que tienen la corteza como de canela, un poco más gruesa, y muy amarga, la cual, molida en polvo, se da a los que tienen calenturas y con sólo este remedio se quitan».
Rama florida de Cinchona officinalis. 1, flor; 2, flor en sección longitudinal, etc. 3, corte del tubo de la corola abierto. 4, estambres. 5, polen. 6, cáliz con estilo. 7, estigmas. Lámina del libro de Franz Eugen Köhler, Köhler's Medizinal-Pflanzen(1897).
Es la primera noticia escrita que se tiene del árbol de la quina. Cobo añade que sus polvos ya son conocidos en Europa y que, incluso, se envían al Vaticano. No andaba descaminado. Sus virtudes eran reconocidas en Europa desde 1631, año en el que fue llevada a Roma por el jesuita Alonso Messia Venegas, enviado por el primer farmacéutico del Colegio Máximo de San Pablo de Lima, el jesuita italiano Agustino Salumbrino quien había observado su uso en el Perú para eliminar tembladeras. Los pragmáticos hijos de San Ignacio pusieron manos a la obra: en el Colegio San Pablo de Lima, fundado por la Compañía en 1568, se creó el laboratorio farmacéutico que difundió por Europa la quinina, que de inmediato pasó a ser conocida como la «corteza jesuita» en toda Europa. 
La llegada de un remedio para una enfermedad que mataba cada año a miles de personas debería haber sido recibida con alborozo en Europa. Pero no fue el caso: en lugar de mostrar gratitud, cambiaron bark (corteza) por barks (ladridos) y la mayor parte de la Europa protestante del XVII rechazó el "ladrido de los jesuitas" (bark of the barks) como una conspiración papista. En los mentideros de Londres, clérigos y correveidiles difundieron el rumor de que la corteza era un instrumento de penetración del Maligno y de los demoniacos influjos papales, una quinta columna, un engaño para apoderarse de la salud y las almas que formaba parte de un complot católico para acabar con el protestantismo. Incluso se afirmó que los propios jesuitas estaban tratando de envenenar al rey. Mientras tanto, los médicos despreciaron la quinina como un remedio vulgar sin fundamento alguno.
Un ejemplo del prejuicio contra los jesuitas fue el de Oliver Cromwell, que sufrió episodios recurrentes de malaria durante toda su vida. Finalmente murió a causa de la enfermedad, en lugar de tomar lo que llamaba "el polvo del diablo". Pero solo veinte años después, Carlos II de Inglaterra, el "monarca alegre", no dudó en llamar a un charlatán que se movía por las marismas de Essex, Robert Talbor, quien se había hecho famoso entre los ricos como sanador de la malaria. Mientras se burlaba públicamente de los jesuitas, el astuto Talbor les suministraba a sus pacientes una pócima de su invención que no era otra cosa que una mezcla hecha de la corteza de los jesuitas.
José Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), sacerdote y botánico español que trabajó en el virreinato de Perú donde estudió a fondo el árbol de la quina.
Talbor no solo curó al rey de la malaria, sino que, para consternación de la profesión médica, fue nombrado caballero por sus esfuerzos y por decreto real se convirtió en miembro del prestigioso Colegio Real de Médicos. La reputación de Talbor se extendió al extranjero. En 1679 fue convocado a Francia por Luis XIV, cuyo hijo y heredero tenía malaria. Después de curarlo, Talbor fue recompensado con una pensión vitalicia de 3.000 coronas de oro por la receta, que el rey prometió mantener en secreto hasta después de la muerte del curandero.
Cuando Talbor murió en 1681, el rey francés, además de ahorrase la pensión, reveló la fórmula: seis copas de hojas de rosa, dos onzas de jugo de limón y una fuerte infusión de la corteza en polvo de los jesuitas dispensada en vino. El vino era necesario ya que los alcaloides en la corteza, insolubles en agua, se disuelven en alcohol. El resto de los ingredientes, absolutamente inocuos, servían para disimular el amargo sabor de la quinina.
Muerto Talbor, se acabó la rabia. Con la receta hecha pública, la corteza de los jesuitas fue aceptada por la ahora conversa profesión médica. Aunque era seguro que la corteza de cinchona curaba la malaria, tuvieron que pasar más de cien años para que, en 1820, dos médicos franceses, Joseph Pelletier y Joseph Caventou, aislaran el alcaloide en la corteza que era el agente curativo. Lo llamaron quinina, que tomaron del quechua. 
La palabra quechua "quina" significa corteza, pero esta corteza de propiedades extraordinarias se conoció con el nombre de quina-quina, "corteza de cortezas" de donde derivó el nombre que le dieron los franceses siguiendo a su compatriota Charles Marie de La Condamine que buscó ávidamente el árbol hasta que dio con él en 1737 durante su famosa expedición por Suramérica .
El nombre de tónica no es más que un eufemismo posterior inventado por el joyero alemán Johann Jacob Schweppe quien vistió y aprovechó el brebaje amargo con burbujas carbonatadas para levantar el imperio que perdura hasta hoy.
El control británico de la India colonial requería la capacidad de combatir la malaria, por lo que los británicos en la India consumían raciones en polvo de quinina en forma de "agua tónica india". En la década de 1840, los soldados y ciudadanos británicos residentes en la India usaban 700 toneladas anuales de corteza de quinina. Agregaban ginebra al líquido para reducir su sabor amargo y, sin duda, por su efecto embriagador. Así nació el gintonic.
La colonización europea, la transmisión de enfermedades, el sometimiento de los pueblos indígenas y la explotación de la riqueza imperial en el extranjero, estaban entrelazados y unidos por la sangre de los mosquitos. © Manuel Peinado Lorca @mpeinadolorca.


[1] El árbol que describió Linneo fue Cinchona officinalis, una de las varias especies de Cinchona utilizadas para la producción de quinina. Hoy, Cinchona calisayaes el árbol más cultivado para la producción de quinina. La quinina o quina se emplea principalmente como tónica en forma de polvo, extracto, tintura, jarabe, vino, etcétera; y al exterior en infusión o cocimiento para el lavado de heridas y úlceras. Contiene diversos alcaloides, de los cuales los más abundantes e importantes son cuatro (quinina, quinidina, cinchonina y cinchonidina), todos útiles como antipalúdicos. Aparte de alcaloides, posee también principios astringentes (taninos) y otros compuestos como ácidos orgánicos (ácido quinotánico, rojo cincónico) o compuestos terpénicos que intervienen en su amargor.