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sábado, 18 de marzo de 2017

Apriétense el cinturón

Esquema del cinturón de asteroides. Fuente.
En mi entrada anterior comenté la bajísima probabilidad de que un meteorito impactara con un avión comercial haciéndolo estallar. Ahora mire la figura adjunta y observe ese anillo que se sitúa entre las órbitas de Marte y Júpiter. Es el cinturón de asteroides. Alberga multitud de objetos de formas irregulares, denominados asteroides, y al planeta enano Ceres. Denso, ¿verdad? Ese sí parece un lugar peligroso para atravesarlo con una nave espacial. Trataré de explicar por qué navegar en ese lugar del espacio es tan seguro como volar una cometa en una apacible tarde de primavera.
En otra entrada comenté que el primer día de 1801 el astrónomo napolitano Giuseppe Piazzi descubrió el primer asteroide conocido, al que bautizó con el nombre de Ceres. Ceres es uno de los cinco objetos de mayor masa del cinturón de asteroides. Completan el quinteto Palas, Vesta, Higia y Juno. Ceres, el más masivo de todos, tiene un diámetro de 950 km y una masa del doble que Palas y Vesta juntos. Pero la mayoría de cuerpos que componen el cinturón son mucho más pequeños, del tamaño de pelotas y guijarros. Pero a primera vista asustan, entre otras cosas porque un simple pedrusco le bastó al pequeño David para abatir al gigante Goliat. Así que, ¿es seguro o no cruzar el cinturón?
La primera vez que se programó que una sonda espacial lo cruzara, algunos científicos estaban seriamente preocupados ante la posibilidad de que la nave tuviera que surcar un espacio poblado por tal densidad de objetos. El primer paso a través del cinturón de asteroides se produjo a comienzos de la década de 1970, cuando las naves Pioneer 10 y Pioneer 11 viajaron más allá de Júpiter. El número de objetos en el cinturón aumenta mucho a medida que decrece el tamaño, pero, aun así, las Pioneer sólo recibieron contados impactos de cuerpos micrométricos durante su paso, muchos menos que los mosquitos que impactan en el parabrisas de su coche durante cualquier viaje.
Giuseppe Piazzi, descubridor de Ceres,
el objeto más grande y masivo del cinturón de asteroides
. Fuente.
El peligro no estriba en chocar contra un objeto de grandes dimensiones. De hecho, se trata de un riesgo minúsculo porque entre Marte y Júpiter media una cantidad inmensa de espacio y porque, en relación, los objetos que pululan por él son minúsculos. Aunque hubiera un millón no ya de asteroides pequeños sino de planetoides con diámetros superiores a un kilómetro, la probabilidad de que una nave se topara con uno en el cinturón de asteroides seguiría siendo insignificante.
A comienzos de la década de 1990 la NASA quería que la nave Galileo se encontrara con un asteroide cuando atravesara el cinturón en su viaje hacia Júpiter. No resultó fácil localizar algún objeto que se pusiera a tiro de la ruta de la Galileo. Para alcanzar ese cuerpo hubo que modificar expresamente la trayectoria de la sonda espacial, pero gracias a ello se consiguieron las primeras imágenes cercanas de un asteroide, el bautizado como Gaspra.
Puede decirse que el cinturón de asteroides está en realidad más vacío de lo que nos gustaría. Si el cinturón albergara 100.000 planetoides, y la cantidad real se estima en unas diez veces menos, la separación media entre ellos rondaría los cinco millones de kilómetros, casi doce veces la distancia que separa a la Tierra de la Luna. Si, como el Principito en la Luna, nos encontráramos en uno de esos planetoides y miráramos hacia arriba, no veríamos un cielo repleto de rocas, sino que nuestros vecinos se revelarían tan pequeños que haría falta mucha suerte para ver siquiera uno, y no digamos ya cientos.
Esquema de la Pioneer X. Fuente
Sin embargo, esto no significa que un planeta grande como la Tierra no cuente con una probabilidad apreciable de recibir un impacto a lo largo de un periodo dilatado de tiempo. El riesgo procede de los fragmentos que dejan las colisiones entre miembros del propio cinturón; tras fragmentarse, algunos de los pedazos adoptan trayectorias dirigidas hacia la Tierra debido al influjo gravitatorio de Júpiter. La probabilidad de que la Tierra choque con un objeto de un tamaño aproximado de un kilómetro es de una entre 5.000 en el transcurso de una vida humana.
Hace 65 millones de años, un asteroide de unos doce kilómetros de diámetro chocó contra la Tierra y exterminó a cerca del 90% de los animales, entre ellos los dinosaurios. Esos impactos catastróficos constituyen acontecimientos muy raros, pero la probabilidad aumenta con objetos menores. Un objeto de un kilómetro de anchura es lo bastante grande como para causar una catástrofe mundial debido a la enorme cantidad de energía que liberaría en el impacto: al menos un millón de veces la potencia de la bomba arrojada sobre Hiroshima en 1945. ©Manuel Peinado Lorca

viernes, 17 de marzo de 2017

¿Puede un meteorito impactar contra un avión?

Hace algunos años conocí a un cazador de asteroides, Tom Gehrels, profesor de la Universidad de Arizona en Tucson. En colaboración con su equipo, unos tipos tan sabios como él y de similar desaliño indumentario, ese veterano cazador de asteroides de origen holandés detectaba cada año, casi 20.000 objetos (muchos de ellos, asteroides sin catalogar) usando el telescopio Spacewatch del observatorio de Kitt Peak. Unas cuantas charlas con él, acompañadas de unas Budweisers frías, fueron suficientes para que aprendiera cuanto sé sobre los asteroides, esos pedruscos que revolotean amenazadoramente sobre nuestras cabezas sin que seamos conscientes de ello.
Cada vez que tomo un avión me acuerdo de Tom, quien sacó de mi cabeza un hado que asalta a muchos que tienen que volar: ¿qué probabilidad hay de que un asteroide o un simple meteorito choque con un avión comercial?
Sí que la hay, pero muy baja. Veamos. Mi próximo vuelo será a Estados Unidos, así que calcularé la probabilidad de que un meteorito golpee mi avión mientras sobrevuelo el país. En Estados Unidos, grosso modo, hay casi 100 millones de vehículos. Cada vehículo, tiene una superficie media de 10 metros cuadrados, lo que significa que, puestos uno junto a otro bien apretaditos, cubrirían una superficie equivalente a la octava parte de la Comunidad de Madrid, unos 1.000 kilómetros cuadrados.

En ningún sitio he encontrado cuál es la superficie de un avión comercial, así que la he calculado un poco a la cuenta de la vieja, pero siempre a favor de aumentar la superficie del aparato. Como referencia he tomado el “superjumbo” de la imagen de arriba. Suponiendo que el avión fuera un cuadrado perfecto, su superficie sería la calculada multiplicando la longitud del fuselaje de morro a cola por la envergadura de las alas. En total, unos 6.000 metros cuadrados. Teniendo en cuenta que las alas son estrechas, y que los aviones gigantes como ese son la excepción y no la norma, debería dividir esa superficie por seis de donde resultaría que cada avión comercial ocuparía una superficie de mil metros cuadrados. Pero no quiero ser cicatero y haré mis cálculos al máximo: todos los aviones del mundo serán artefactos gigantescos (que por supuesto no lograrían levantar el vuelo) de 6.000 metros cuadrados cada uno (háganse una idea de lo exagerado de mi cálculo: más de medio campo de fútbol por avión).
¿Cuántos aviones comerciales hay en el mundo? En julio de 2016, la flota comercial mundial era de 19.583 aviones de más de cien pasajeros, según los datos del informe de Airbus Global Market Forecast for 2016-2035. Bien, ignoro su tamaño y los uniformizo todos al máximo que he tomado para el “superjumbo” de marras. La superficie resultante son 117 kilómetros cuadrados, o sea, un factor al menos 100 veces inferior al de los vehículos terrestres. Solo se conocen tres casos de impactos de meteoritos contra coches en Estados Unidos durante el siglo XX, de modo que las probabilidades de que un meteorito golpee el avión en el que me desplazaré desde Nueva York a Seattle son ridículas. Y observen que he dado por supuesto que todos los aviones del mundo están sobrevolando al mismo tiempo el espacio aéreo estadounidense.
En definitiva, una probabilidad tan ridícula como que me tocara el gordo de la lotería varias veces seguidas teniendo en cuenta que yo noy soy Carlos Fabra. Eso sí, en el caso de que algún avión sufriera un impacto, sería más probable que le ocurriera parado que en vuelo, porque los aviones pasan más tiempo en tierra que volando.

martes, 14 de marzo de 2017

Un Fórmula Uno sideral

En la madrugada del 1 de enero de 1801, el astrónomo real de Nápoles, Giuseppe Piazzi, descubrió el primer asteroide conocido, al que bautizó con el nombre de Ceres, la diosa romana de las plantas y el amor maternal, y de Ferdinandea por el rey Fernando IV, el hijo de Carlos III, un “apellido” real que se eliminó posteriormente por razones políticas. Así que el primer asteroide conocido lleva sólo el nombre de Ceres, y por su tamaño, más que suficiente para alojar ocho veces a España, es más bien un planeta enano, un planetoide.
Hoy, la inmensa mayoría de los astrónomos busca la gloria explorando el Universo a la caza mayor de agujeros negros, supernovas, nebulosas, galaxias y otras astronómicas gollerías. Sólo unos pocos han seguido el oscuro camino de Piazzi, la caza menor de asteroides. Gracias a estos oscuros rastreadores, dos siglos después del bautizo de Ceres-Ferdinandea se han identificado y nombrado otros 26.000, pero se calcula que mil millones más rondan por ahí, sin que los veamos, sin que inquietantemente sepamos nada de ellos, moviéndose erráticamente sobre nosotros como celestiales, incandescentes y pétreas espadas de Damócles.
El asteroide que más próximo ha transitado de la Tierra fue detectado a finales de 2012 por un equipo de astrofísicos españoles. Bautizado con un nombre -2012 DA14- más prosaico que el de Ceres Ferdinandea, tenía unos 20 kilómetros de diámetro y pasó a unos 27.700 kilómetros de la Tierra, una distancia incluso menor que la de los satélites geoestacionarios, que orbitan a unos 35.800 kilómetros de la superficie terrestre. Para hacerse una idea, si la Tierra fuera una pelota de tenis y la Luna una canica situada a dos metros de distancia, el asteroide habría pasado a tan solo 14 centímetros de nuestras cabezas.
Aunque los asteroides, popularmente conocidos como meteoritos o estrellas fugaces, han sido una amenaza que ha estado siempre ahí, sobre nuestras cabezas, no hemos sido conscientes de su peligrosidad hasta que Hollywood se encargó de recordarlo con películas como Meteoro, Armageddon e Impacto profundo, híbridos un tanto fallidos entre el “cine-catástrofe” y el de ciencia ficción. En ellas, los respectivos cabezas de cartel –Sean Connery, Bruce Willis y Robert Duvall- combaten con otras testas, esta vez nucleares, a una roca gigantesca que avanza a toda velocidad amenazando con la destrucción total de la inocente humanidad.
Catástrofes apocalípticas al margen, la realidad es felizmente más prosaica. Cada día entran en la atmósfera terrestre varios cientos de toneladas de materia, la mayoría de ellas en forma de meteoroides muy pequeños que avanzan a velocidad supersónica, pero que, debido a la fricción, alcanzan temperaturas de ebullición y se vaporizan antes de alcanzar el suelo como un polvo imperceptible. Sólo los más grandes conservan la velocidad suficiente para alcanzar la superficie y para dejar educadamente un cráter como tarjeta de visita.
Supongamos que un circuito de Fórmula Uno es la órbita terrestre, el circuito celestial que en su movimiento de traslación alrededor del Sol recorre la Tierra cada año a una velocidad escalofriante de la que felizmente no somos conscientes: 107.000 kilómetros a la hora. Por si eso fuera poco, el coche-Tierra se comporta como una peonza que rota sobre sí misma a 1.700 kilómetros por hora. Imagínese que es usted el piloto de ese coche: circula por un circuito a casi treinta mil metros por segundo y, por si no tuviera bastante, el vehículo no le deja ver a través parabrisas porque el paisaje gira a su alrededor como una turbina de reactor. Peligroso, ¿no? Pues no acaba ahí la cosa. Mientras usted intenta controlar ese auto ingobernable, miles de objetos se cruzan en su camino y lo hacen de forma errática y totalmente impredecible. Son los asteroides, una verdadera manifestación de peatones suicidas que insensatamente atraviesan aquí y allá la autopista por la que usted circula me atrevo a decir que alucinado. Parece un viaje a ninguna parte, un trayecto abocado a la destrucción por un impacto fatal e inevitable.
«Eppur si muove». Y sin embargo, así funciona la cosa. ©Manuel Peinado Lorca

domingo, 12 de marzo de 2017

Hepáticas cazadoras

Lámina con varias hepáticas tomada del clásico de
Ernst Haeckel Kunstformen der Natur (1904).
Si uno menciona la palabra “hepática” la mayoría de la gente se imaginará que les va a hablar del hígado. Sin embargo, si se trata de un naturalista, inmediatamente se sentirá transportado a una pequeña parte del reino vegetal que lleva sobre la faz de la Tierra unos 250 millones de años y ha vivido todos esos años sin evolucionar.
No es mi propósito extenderme ahora en la descripción de una división de plantas terrestres (Marchantiophyta) que alberga alrededor de 9.000 especies que carecen de tejidos vasculares, lo que quiere decir que, como no pueden tomar agua del suelo porque no tienen raíces, están obligadas a vivir en lugares muy húmedos y sombríos como el interior de los bosques o las rocas y balantes rezumantes. Para los amantes de las curiosidades, el nombre de hepáticas alude a que algunas especies, como esa Marchantia que les dejo en la fotografía, tienen forma de hígado, lo que llevó a que en medicina popular se le considerase como un buen remedio para curar enfermedades hepáticas. No las use: vaya al médico. Para los más interesados, en este enlace encontrarán una excelente descripción.
Talo de una Marchantia.
Mi intención es contarles algo que me fascina desde que leí hace años un artículo que guardé para cuando tuviera tiempo de profundizar en el tema. La casualidad me ha llevado a toparme con él una tarde de ocio. Lo que llamó mi intención es que, entre esas plantas delicadas, las mayores de la cuales apenas alcanzan los dos centímetros, hay algunas que son capaces de cazar animales. He buscado en todos los libros de texto a mi alcance y no he encontrado dato alguno, así que mi breve narración me parece interesante.
Pleurozia purpurea. Foto.
Hasta el momento se han descrito dos especies de hepáticas cazadoras: Colura zoophaga, que es nativa de las tierras altas de África, y Pleurozia purpurea, que tiene una distribución mucho más amplia en todas las turberas del mundo, incluida España. Pleurozia es el único género de hepáticas perteneciente a la familia Pleuroziaceae, del orden Jungermanniales. En la hoja inferior de las once especies conocidas de Pleurozia los lóbulos se fusionan, formando un saco cerrado cubierto por una tapa móvil similar en estructura a los de las angiospermas del género Utricularia. Siempre se ha supuesto que estos sacos jugaban un papel en el almacenamiento de agua, pero en este estudio sobre Pleurozia purpurea se demostró que los sacos atraen y atrapan protozoos de la especie Blepharisma americana (Ciliata), de la misma manera que hace Utricularia. Las observaciones de las plantas in situ también revelaron un gran número de presas atrapado dentro de los sacos, lo que sugiere que las especies de este género obtienen algún beneficio de su hábito carnívoro. Después del descubrimiento realizado en Colura, este es el segundo informe de zoofagia entre las hepáticas.
Foto
Las trampas son increíblemente pequeñas y probablemente derivadas de los órganos de almacenamiento de agua. Lo que es diferente en estas trampas es que, a diferencia de los sacos normales, que se abren hacia afuera, los sacos-trampa tienen una tapa móvil que sólo se abre hacia adentro. Los investigadores que trabajaron en ambos casos demostraron que los protozoos se sentían atraídos hacia el interior de los sacos mediante algún mecanismo desconocido. A pesar de encontrar protozoos muertos, hasta el momento no se han encontrado enzimas digestivos en el interior de los sacos. Los investigadores piensan que esta forma de zoofagia consiste en una simbiosis con bacterias. Los animalitos capturados serían degradados por comunidades bacterianas, cuyos productos digeridos servirían de alimento a las hepáticas. ©Manuel Peinado Lorca

Biodiversidad: Angiopteris evecta, un fósil viviente

Creo que el que yo me haya convertido en botánico profesional se debe en buena medida a la fascinación que sentía de niño por imágenes como las que encabezan este artículo: una imaginativa representación de un bosque del Carbonífero Superior (un período que se extendió entre hace 310 y 280 millones de años) que, más o menos modificada, aparecía en los libros de Ciencias Naturales de Bachillerato. Impera la tranquilidad, solo interrumpida por una libélula con alas de más de un metro de envergadura que se cierne como una cometa entre árboles fantásticos que parecen haber surgido de una ensoñación. No existían ni los dinosaurios, ni los mamíferos. Ni tan siquiera las aves ni las plantas con flores, que llegaron después.
En mi primer curso de Criptogamia, aprendí a reconocer a aquellos gigantes de troncos suculentos: unos eran colas de caballo (Equisetum), otros, los Lepidodendron, eran árboles que, como las mariposas, tenían los troncos cubiertos de escamas; otros, en fin, habían sido bautizados como Calamites, para hacer notar que aquello gigantes habían sufrido la peor de las calamidades: la extinción. Entre aquellos colosos se cernían como parasoles inútiles en aquel ambiente pantanoso y sombrío, las frondes de helechos arbóreos que, años más tarde, tocaría con mis manos en las selvas tropicales de Centroamérica.
Y es que, a pesar de que los bosques dominados por gigantescos helechos arbóreos que cubrieron la Tierra durante el Carbonífero desaparecieron hace unos trescientos de millones de años víctimas de su incapacidad para desligarse reproductivamente del agua, todavía sobreviven algunos gigantes. Algunos de los helechos vivos más grandes se incluyen en el género Angiopteris y son verdaderamente colosales. Colocarse al abrigo de sus enormes frondes es como viajar en la máquina del tiempo cientos de millones de años atrás.
Angiopteris evecta cultivado en el
Wilson Botanical Garden, Puntarenas, Costa Rica. 
Los helechos “pata de mula”, como se conocen en sus lugares de origen, pertenecen a un linaje muy antiguo. Se cree que la familia a la que pertenecen, la Marattiáceas, se separó muy pronto de otros linajes pteridofíticos y protagonizó su propia historia evolutiva. Su primitivismo las emparenta con otros grupos muy antiguos de helechos (Ophioglossales), pero también con otras estirpes de plantas vasculares con esporas como los Psilotales y las colas de caballo (Equisetales), tan alejados filogenéticamente que los taxónomos las sitúan en divisiones diferentes: Psilotófitos y Equisetófitos, respectivamente.
Una de las características más extrañas de Angiopteris es el mecanismo de dispersión de sus esporas. Como sucede en todos los helechos, las esporas se producen en el interior de esporangios, pero a diferencia de lo que ocurre en el resto, dentro del esporangio se crea una diferencia de presión que conduce a la cavitación. La cavitación, o aspiración en vacío, es un efecto hidrodinámico que se produce cuando se crean cavidades gaseosas dentro del agua o cualquier otro fluido en estado líquido en el que actúan fuerzas que responden a diferencias de presión. Las burbujas formadas viajan a zonas de mayor presión e implosionan (el gas regresa al estado líquido de manera súbita, aplastándose bruscamente las burbujas), lo que produce una onda expansiva de gran energía capaz de resquebrajar una superficie sólida, en este caso la pared del esporangio del que salen las esporas impulsadas a grandes velocidades.
Soros en el envés de las frondes de A. evecta. Foto.
La característica más obvia de los Angiopteris, es su tamaño que los convierte en unos de los helechos más grandes de los que hoy habitan el planeta. Cuando despliegan sus frondes en la típica rama con forma de extremo de báculo (lo que los botánicos llaman disposición circinada, un atributo común en los helechos), el lento espectáculo del despliegue adquiere proporciones épicas. El récord de tamaño de una fronde lo tiene Angiopteris evecta: un ejemplar de Java produjo frondes de nueve metros de longitud. Sorprendentemente, el helecho puede moverlas hacia arriba o hacia abajo dependiendo del clima: cuando hay tiempo húmedo las suben y cuando la insolación aprieta, las bajan.
Ese movimiento es toda una hazaña para una fronde de este tamaño. Angiopteris lo consigue gracias a una zona del peciolo conocida como pulvínulo. En botánica, los pulvínulos son engrosamientos o ensanchamientos de forma abultada situados en la base de la hoja o del pecíolo de ciertas especies y que, por variaciones en la turgencia de sus tejidos, puede provocar cambios de posición o movimientos de las hojas. El pulvínulo consiste en un acumulo de tejido parenquimático cortical. Las células responsables del movimiento (células motoras) son de dos tipos: extensoras, que aumentan de tamaño con la humedad por aumento de turgencia durante la apertura foliar, y flexoras, opuestas a las anteriores, que aumentan de tamaño durante el cierre foliar en tiempo seco. Los cambios de turgencia se producen por cambios en el potencial osmótico de las células, de un modo similar al de la apertura y cierre de estomas. Angiopteris evecta tiene los pulvínulos más grandes que cualquier otra planta conocida.
Fronde de A. evecta emergiendo
en disposición circinada. Foto
Angiopteris se puede encontrar en Madagascar y en todas las islas del Pacífico Sur. Es difícil precisar el número de especies, porque el estatus taxonómico de muchas poblaciones es todavía objeto de debate entre especialistas. Por dar una cifra redonda, se han descrito unas 200 especies, pero la mayoría de ellas son fósiles, lo que complica aún más su reconocimiento en detalle. Lamentablemente, muchas de las especies vivas están amenazadas por la pérdida de hábitats en sus lugares de origen. Pero como ocurre en muchos otros casos, “las gallinas que entran por las que salen”. Escapados de los jardines, algunos Angiopteris se han asilvestrado en Hawái y Jamaica donde, faltos de enemigos naturales, se han vuelto plantas invasoras. Y, claro, puestos a tener, es mejor sufrir una plaga de ratones que otra de elefantes.
Recientes investigaciones han demostrado que muchos de esos helechos cultivados y luego asilvestrados son mucho más tolerantes a las condiciones ambientales variables de lo que lo son en sus bosques nativos, que es más o menos lo mismo que les ocurre a los turistas con los cubatas de garrafón en los bares levantinos.©Manuel Peinado Lorca 
Bibliografía utilizada: [1] [2] [3] [4]

lunes, 6 de marzo de 2017

Biodiversidad: El extraño (pero poco) caso de la yuca asesina

Manihot esculenta. Fuente
En la prensa de hoy leo que al menos 28 personas han fallecido en Venezuela por comer una variedad venenosa del tubérculo de la yuca o mandioca (Manihot esculenta).
Los ingresos de un 93,3% de las familias venezolanas son insuficientes para comprar alimentos y el 32,5% (9,6 millones de personas) solo comen dos o menos veces al día, según la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi), elaborada el año pasado por tres universidades venezolanas. De ahí que el consumo de la yuca, que cuesta menos de 30 centavos de dólar el kilo, se haya elevado durante la crisis económica. De ahí también que algunos desaprensivos, como ocurrió en España con la colza, no tengan escrúpulos en comercializar cualquier cosa. Y es que cuando las ganas de comer aprietan, ni las piedras se respetan.
En una entrada anterior les comenté el caso de las almendras dulces y amargas, las segundas de las cuales resultan extremadamente venenosas por contener glucósidos cianogénicos, llamados así porque al ponerse en contacto con ciertas enzimas digestivas que los hidrolizan, liberan cianuro de hidrógeno, una sustancia extremadamente venenosa.
Flores masculinas de M. esculenta. Fuente
Los tubérculos de la yuca o mandioca amarga tienen exactamente los mismos glucósidos cianogénicos que las almendras amargas y, de hecho, en aquella entrada mencionaba a la mandioca entre los vegetales que contienen esos principios venenosos. Las familias de plantas que los contienen son muy dispares y entre ellas se cuentan seis de los diez cultivos más importantes del mundo: arroz, trigo, caña de azúcar, soja, maíz y mandioca. En todas ellas la evolución, en un caso de convergencia adaptativa, las dispuso como defensa frente a los herbívoros. Luego, la selección artificial practicada por el hombre, seleccionó para el consumo las variedades más dulces e inocuas.
En la mayoría de ellos los glucósidos cianogénicos están en concentraciones muy pequeñas, que no solo no provocan daños a la salud, sino que resultan muy adecuadas para nuestra dieta habida cuenta de que micro cantidades de cianuro son indispensables en la ingesta humana. Ocurre, sin embargo, como ha sucedido ahora en el caso de la mandioca, que hay variedades silvestres que los presentan en concentraciones que pueden resultar letales.
La presencia de esos elementos cianogénicos, como por ejemplo la linamarina en los tubérculos radicales de la mandioca amarga, convierte a las plantas en tóxicas a pequeñas dosis y en letales por acumulación si la ingesta es prolongada. Aunque la variedad llamada Manihot aipi (considerada a veces una subespecie de M. esculenta) contiene concentraciones elevadas de elementos venenosos, estos desaparecen al hervirla. De hecho, en muchos países latinoamericanos, entre otros Venezuela, el tubérculo amargo es procesado industrialmente para la elaboración del casabe, un delgado pan tradicional de las etnias indígenas. Solo de esa manera es comestible.
Flores femeninas de M. esculenta. Fuente
La fabricación del casabe se basa en una práctica tradicional mediante la cual la raíz se ralla y muele en crudo y luego se prensa para extraer el jugo potencialmente tóxico (que contiene ácido cianhídrico). Una vez secada al fuego o al sol, se muele para obtener una harina fina y delicada de la que se obtiene, por sedimentación, el almidón de mandioca y de éste se obtiene el casabe. Mediante este procedimiento se hacen comestibles incluso las variedades "amargas" que tienen alto contenido de toxinas. Ciertas culturas africanas hacen algo similar: maceran la raíz en agua hasta su fermentación para eliminar las toxinas antes de secarla y molerla.
Como podrá comprobar en la frutería de la esquina, la mandioca (con el nombre de yuca) se comercializa desde hace algún tiempo con destino a la población inmigrante latinoamericana, que la emplea como sustituto del pan (transformada en harina) o de la patata como acompañante en varias recetas. El comercio mundial de mandioca superó los 180 millones de toneladas en 2002. Toda la yuca que se encuentra en el comercio está controlada y certificada, de manera que no hay ningún riesgo para la salud.
No obstante, les dejo este video en el que pueden ver los caracteres de campo que pueden ayudar a distinguir la yuca amarga de la dulce:

1. La corteza de la yuca dulce es delgada mientras que la corteza de la yuca amarga es gruesa.
2. La piel interna o pulpa de la yuca dulce es blanca, mientras que la piel de la yuca amarga es rosada.
3. La yuca dulce se ablanda rápidamente mientras que la yuca amarga tarda en ablandarse o no se ablanda nunca.
4. La yuca dulce mantiene su color al cocinarse, mientras que la yuca amarga se torna muy amarilla y es de sabor amargo.
5. Si la cocinó con su corteza notará que la concha de la yuca dulce se desprenderá, mientras que la corteza de la yuca dulce se mantendrá dura aun después de cocinada. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.

domingo, 5 de marzo de 2017

Manson, Barringer y Chicxulub: ¿Por qué todos los cráteres son cómo rosquillas?

El cráter Barringer, cerca de Flagstaff, Arizona.
En sendas entradas anteriores [1] [2] les conté que, sin otro afán que disfrutar de un espectáculo que (de momento) es gratis, entre mis vanos intentos de no hacer nada se cuenta observar la Luna. Esa inofensiva y diletante afición, lejos de serenarlo, desazona mi ánímo planteándome preguntas a las que trato de dar respuesta como puedo. Como es evidente que viajar hasta la Luna no entra dentro de mis posibilidades, aprendo y luego lo cuento.
Mirando a nuestro satélite, me pregunté por qué todos los cráteres de impacto tienen forma circular. Hace unos años, visité en Arizona el famoso cráter Barringer, (hoy Meteor Crater National Park) que no es muy grande (tiene un diámetro de aproximadamente 1200 metros y casi 170 metros de profundidad) pero es un ejemplo que me viene como anillo al dedo de lo que les quiero contar. La ventaja de ese cráter es que es visualmente abarcable, algo así como una enorme rosquilla en medio del paisaje. Los hay más grandes, claro, pero uno no se da cuenta de ello hasta que se lo explican.
Viajando por Iowa, cerca de Manson, un pueblecito de unos dos mil habitantes, entretenido con el América de Johnny Cash, estuve conduciendo por el interior de un cráter sin percatarme de que estaba en medio de la que fue una colosal sartén. Manson, que está hoy en pleno corazón del Corn Belt y separado del océano Atlántico –su costa más cercana- unos 1.700 kilómetros, estuvo hace unos 150 millones de años cerca del mar y en un mal lugar en el que cualquiera de los granjeros que hoy dormitan bajo unos gigantescos silos o se aburren vagando por Main Sreet después de votar a Donald Trump, hubiera preferido no estar.
En Manson, aunque disimulen delante de los forasteros, les encanta hablar de su cráter, así que no tuve que hacer el menos esfuerzo para que el encargado de la gasolinera, un tipo alargado como una cucaña que parecía haberse engominado el pelo con grasa de tractor, me pusiera al día sin dejar de mascar una bola de tabaco. Con algún dato de mi cosecha, esto es más o menos lo que, entre escupitajo y escupitajo, me contó.
Monumento alegórico que, a modo de esperpéntica falla,
contribuye al ornato de la entrada de Manson recordando
al visitante lo que pasó por allí.
Cuando Manson estaba en la costa, una roca de unos 1,4 kilómetros de anchura, que pesaba 10.000 millones de toneladas (Medite la cifra: si logramos juntar todo el hierro forjado de la torre Eiffel apenas llegaríamos a las 10.000 toneladas.) y se desplazaba a unas doscientas veces la velocidad del sonido, atravesó la atmósfera y se estrelló en la Tierra con una violencia inimaginable. La zona en la que los trumpistas cultivan hoy maíz y atienden a sus cerdos, se convirtió en un instante en un agujero de cinco kilómetros de profundidad y más de 32 de anchura. El cráter que dejó fue tan colosal que, si te colocas en un borde, sólo en un día claro podrías ver el borde opuesto. Por desgracia para quienes gustan de las vistas espectaculares, las glaciaciones rellenaron el cráter de placas de hielo hasta los bordes durante 2,5 millones de años; cuando se derritió el hielo, en su lugar quedaron capas de limos y arcillas que la erosión se encargó de alisar, dejando el paisaje en muchos kilómetros a la redonda tan plano como La Mancha.
En Chicxulub Puerto, Yucatán, México,
esta bonita estela de concreto fue colocada
en el hipotético centro del cráter.
Sí ese impacto les parece grande, átense los machos, que viene otro. Hace 65 millones de años, un asteroide de unos 12 kilómetros de diámetro chocó contra la Tierra y exterminó a cerca del 90% de los animales, entre ellos los dinosaurios. Luego se evaporó no sin antes dejar como tarjeta de visita el Chicxulub, un cráter de 180 kilómetros de ancho formado en la mexicana península de Yucatán. Pueden ustedes pasar por allí y, salvo el esperpento de la fotografía, no verán ni rastro, pero si quieren ver unas buenas fotografías de Max Alexander, pulsen este enlace.
Estos grandes impactos constituyen acontecimientos muy infrecuentes, pero la probabilidad aumenta con objetos menores. La probabilidad de que mientras que usted vive la Tierra choque con un objeto de un tamaño aproximado de un kilómetro es de una entre 5.000. Un objeto de un kilómetro de anchura es lo bastante grande como para causar una catástrofe mundial debido a la enorme cantidad de energía que liberaría en el impacto: al menos un millón de veces la potencia de la bomba arrojada sobre Hiroshima en 1945.
Cuando geólogos y astrónomos descubrieron que los cráteres se debían a impactos, dieron por supuesto que gran parte del cuerpo incidente debía hallarse aún enterrado bajo la superficie del fondo del cráter. Eso fue lo que animó en 1902 a Daniel Barringer (abogado, geólogo y propietario de negocios mineros, al que debe su nombre el cráter de Arizona) a explotar el hierro meteorítico que suponía estaba enterrado en el cráter. Adquirió el terreno que actualmente conserva su familia y creó la Standard Iron Company. No debió hacerlo.
Tras haber reunido numerosos indicios acerca del origen sideral del cráter y de años de ensayos de campo a base de horadar pozos hasta dejar el fondo del cráter como un queso de gruyer, no fue capaz de encontrar meteorito alguno. Siguió dale que te pego hasta 1929, cuando el buen Dios lo llamó a su seno dejando su compañía minera en bancarrota. Antes de meterse en negocios, infórmense, algo que no hizo Barringer: por entonces, el astrónomo Forest Ray Moulton ya había efectuado una serie de cálculos indicativos de que el meteorito probablemente se había evaporado poco antes de tocar el suelo.
Meteorito Hoba, en Namibia, el más grande
de los encontrados hasta ahora. Fuente.
Moulton fue el primero en pronosticar lo que otros científicos confirmaron mucho después: a las velocidades típicas del Sistema Solar (de las que me ocuparé en una próxima entrada) cualquier cuerpo se evapora al chocar contra otro. Cuando un asteroide colisiona con un planeta, se produce una liberación explosiva de la descomunal energía cinética del asteroide. La energía se deposita con gran brusquedad en un solo punto de la corteza. Esta liberación repentina y concentrada se parece como una gota de agua a otra a la detonación de una bomba de una potencia armagedónica. Como en el caso del estallido de una bomba, el cráter resultante presenta forma circular: las eyecciones salen despedidas de manera homogénea en todas direcciones, con independencia de la dirección de la que provenga la bomba.
La excepción a la regla de que los cráteres meteoríticos son siempre circulares ocurre cuando el impacto se produce con un ángulo extremadamente oblicuo. Si el ángulo de impacto es rasante, las partes baja, central y alta del asteroide golpean la superficie en distintos puntos que se distribuyen a lo largo de una línea. En este caso, en lugar de depositar la energía en un solo punto, esta se libera en una franja alargada (como si la «bomba» tuviera la forma de una barra larga). Para ello es necesario que el ángulo de impacto se aparte muy pocos grados de la horizontal. De ahí que la inmensa mayoría de las colisiones den lugar a cráteres circulares o casi circulares, que es lo más frecuente, c.q.d. ©Manuel Peinado Lorca