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martes, 26 de mayo de 2026

UN PELIGROSO DIÁLOGO DE BESUGOS

 

En los últimos años hemos asistido a una extraña transformación cultural: hemos conseguido que personas capaces de rematar un balón de cabeza a ciento veinte kilómetros por hora o de entrevistar a un premio Nobel de Literatura sin pestañear terminen opinando con aplomo sobre bioquímica molecular. Es uno de los grandes misterios contemporáneos, comparable a las líneas de Nazca o a la persistencia de las sandalias con calcetines.

La última víctima de esta epidemia epistemológica ha sido la crema solar. Marcos Llorente, futbolista con opiniones terraplanistas cuya musculatura parece diseñada por ingenieros aeronáuticos alemanes, y Pablo Motos, que lleva años conduciendo un programa de televisión donde las hormigas de peluche poseen aparentemente más cautela científica que algunos invitados humanos, decidieron recientemente sembrar dudas sobre el uso de protectores solares. La tesis, en resumidas cuentas, sería algo así: el sol no es tan malo, las cremas solares quizá sí, y nuestros antepasados no necesitaban untarse factor 50 para perseguir mamuts.

Este argumento tiene un problema fundamental: la esperanza de vida de aquellos antepasados rara vez les permitía llegar a una edad suficiente para desarrollar un melanoma diagnosticable por un dermatólogo colegiado. Muchos morían antes por infecciones dentales, osos o golpes particularmente desafortunados con piedras.

La cuestión importante es que el Sol, aunque resulte agradable, poético y estupendo para las fotografías de Instagram, es también un pequeño reactor termonuclear situado a ciento cincuenta millones de kilómetros que lleva aproximadamente 4 600 millones de años disparando radiación en todas direcciones. Parte de esa radiación es inocua; otra parte no tanto.

La peligrosa para nosotros se llama radiación ultravioleta. Y aquí es donde la biología molecular entra en escena con la severidad de un inspector de Hacienda. El ADN, esa elegante doble hélice descrita por James Watson y Francis Crick, funciona razonablemente bien siempre que sus componentes permanezcan ordenados. El problema es que la radiación ultravioleta (UV), especialmente la UVB (la fracción más dañina de la UV), posee la desagradable costumbre de alterar químicamente ciertas bases del ADN, sobre todo las pirimidinas: timina y citosina.

En circunstancias normales, dos timinas (T) vecinas deberían permanecer discretamente separadas, como ingleses en un ascensor. Pero la radiación UV puede provocar que se unan formando dímeros de timina, una especie de soldadura molecular completamente inapropiada. Un químico lo expresaría así:

La célula, al encontrarse con es alteración molecular, comprende que algo va mal. Es como descubrir que dos páginas de una enciclopedia se han pegado con mermelada.

Afortunadamente poseemos sistemas de reparación extraordinariamente sofisticados. Las nucleasas, unas enzimas especializadas, recorren el ADN inspeccionando daños, cortan la zona defectuosa y la reemplazan usando la hebra intacta como plantilla. Es una operación de mantenimiento molecular tan asombrosa que uno casi siente deseos de enviar una carta de agradecimiento a sus nucleasas.

El problema es que el sistema no es perfecto. A veces el daño escapa a la reparación. A veces la célula copia el ADN antes de arreglarlo. Y a veces una mutación aparentemente insignificante afecta justo a un gen encargado de controlar la división celular. Entonces comienza una lotería biológica extraordinariamente desagradable que puede tardar décadas en manifestarse.

Eso es lo inquietante del melanoma: no aparece normalmente porque alguien olvidó ponerse crema una tarde concreta en Benidorm. Surge tras años de daño acumulativo, mutaciones sucesivas y errores celulares progresivos. El cáncer es, en esencia, estadística molecular. Y aquí conviene aclarar algo importante. Los defensores del “sol natural” suelen decir una cosa técnicamente cierta pero profundamente engañosa: necesitamos sol.

Claro que lo necesitamos. También necesitamos sodio, pero nadie recomienda beber agua de mar. La radiación solar permite sintetizar vitamina D, regula ritmos circadianos y tiene efectos psicológicos beneficiosos. El problema aparece cuando se transforma una necesidad biológica razonable en una especie de culto místico al astro rey.

El cuerpo humano posee mecanismos protectores naturales, sí. La melanina es uno de ellos. Broncearse es, literalmente, una reacción defensiva frente al daño. La piel no se oscurece porque esté celebrando el verano; se oscurece porque percibe agresión molecular. Es como si alguien alabara el color rojizo de una quemadura diciendo: “Mira qué maravillosamente adaptado está el tejido inflamado”.

Las cremas solares actúan como una solución bastante ingeniosa. Sus moléculas absorben o dispersan la radiación ultravioleta antes de que alcance el ADN. Algunas convierten la energía UV en calor inocuo; otras la reflejan parcialmente mediante partículas minerales como óxido de zinc o dióxido de titanio.

No son mágicas. No bloquean el 100% de la radiación. No convierten a nadie en un vampiro inmune al cáncer. Pero reducen significativamente el daño acumulativo. Y eso, epidemiológicamente, importa muchísimo.

Lo fascinante es que hemos llegado a un momento histórico en el que millones de personas desconfían más de un fotoprotector aprobado por agencias regulatorias que de una estrella de plasma capaz de vaporizar instantáneamente toda la vida terrestre si decidiera aumentar ligeramente su emisión energética.

Hay algo casi romántico en esta preferencia moderna por lo “natural”. La cicuta era natural. El arsénico también. Un tiburón es extraordinariamente natural y, sin embargo, uno preferiría no abrazarlo. El problema de internet es que ha democratizado el acceso a la información y simultáneamente ha democratizado la producción de disparates. Hoy cualquiera puede leer dos artículos sobre estrés oxidativo y sentirse preparado para corregir a generaciones enteras de dermatólogos.

Y sin embargo la ciencia del daño solar no es precisamente nueva. Sabemos desde hace décadas que la radiación UV produce mutaciones específicas en el ADN. De hecho, los genetistas reconocen la “firma” del daño ultravioleta igual que un criminólogo reconoce una huella dactilar.

La piel conserva memoria. Cada quemadura infantil queda archivada silenciosamente en millones de células. Décadas después, una de ellas puede decidir independizarse de las normas colectivas y convertirse en un tumor.

Nada de esto significa que debamos vivir escondidos en sótanos aplicándonos crema solar cada veinte minutos mientras contemplamos el exterior con terror victoriano. El Sol sigue siendo maravilloso. Un paseo bajo la luz de la mañana continúa siendo una de las mejores experiencias humanas disponibles sin receta médica. Pero convertir la protección solar en una conspiración moderna parece una idea particularmente absurda en un planeta cuya principal fuente energética funciona mediante reacciones nucleares incontroladas. 

Y quizá convenga recordar algo elemental: cuando dermatólogos, oncólogos, bioquímicos y genetistas llevan décadas coincidiendo en una recomendación, probablemente sea prudente escucharlOs antes que a un futbolista iletrado (e iluminado) o a un presentador acompañado de hormigas parlantes.