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sábado, 11 de julio de 2026

CREATINA: LA BATERÍA ESCONDIDA EN LOS MÚSCULOS

 

Si uno entra hoy en una tienda de nutrición deportiva encontrará estanterías repletas de botes que prometen desarrollar músculo, quemar grasa, acelerar la recuperación, mejorar la concentración o retrasar el envejecimiento. El problema es que, cuando esas promesas llegan al laboratorio, la mayoría se desinfla como un globo pinchado. Las campañas de marketing suelen avanzar mucho más deprisa que las evidencias científicas.

Existe, sin embargo, una llamativa excepción. La creatina es uno de los pocos suplementos cuya reputación descansa sobre una sólida base bioquímica y sobre decenas de estudios reproducidos en distintos laboratorios. Curiosamente, el momento en que dejó de ser una molécula casi desconocida para convertirse en protagonista de la nutrición deportiva tuvo lugar en uno de los escenarios donde la sospecha forma parte del espectáculo: los Juegos Olímpicos.

El 5 de agosto de 1992, Linford Christie ganó la final de los cien metros lisos en Barcelona y pasó, como era obligatorio, el correspondiente control antidopaje. Nadie había olvidado el escándalo de Ben Johnson cuatro años antes, cuando el canadiense perdió el oro olímpico tras dar positivo por esteroides anabolizantes. Christie, en cambio, superó el análisis sin problemas. La sorpresa llegó poco después, cuando reconoció que llevaba tiempo tomando un suplemento llamado creatina.

En aquel momento casi nadie sabía de qué estaba hablando. Algunos periodistas insinuaron que se trataba de una nueva forma de dopaje todavía imposible de detectar. Otros la presentaron como una sustancia casi milagrosa capaz de multiplicar la fuerza muscular. Ninguna de las dos cosas era cierta. La creatina no era una droga ni un estimulante. Nuestro organismo la fabrica todos los días y también la obtenemos al consumir carne o pescado. Lo verdaderamente novedoso era que varios grupos de investigación acababan de demostrar que aumentar sus reservas en el músculo podía mejorar ligeramente el rendimiento durante esfuerzos muy intensos y de corta duración.

La historia, sin embargo, había comenzado mucho antes, en un lugar donde nadie pensaba en velocistas ni en medallas olímpicas. En 1832, el químico francés Michel Eugène Chevreul estudiaba la composición de las grasas animales con el propósito de comprender mejor cómo se fabricaban jabones y velas. Mientras analizaba extractos de músculo encontró unos pequeños cristales blancos desconocidos hasta entonces. Los bautizó con el nombre de creatina, derivado del griego kreas, «carne». Había descubierto una nueva molécula, aunque ignoraba por completo para qué servía.

Chevreul fue uno de esos personajes irrepetibles que parecen vivir varias vidas en una sola. Revolucionó la química de las grasas, formuló una ley sobre los colores que inspiraría décadas después a los pintores impresionistas y desmontó experimentalmente algunos de los fenómenos paranormales que entretenían a la sociedad parisina del siglo XIX. Murió a los ciento dos años y su nombre quedó grabado entre los setenta y dos científicos inscritos en la Torre Eiffel. Sin embargo, el descubrimiento que acabaría haciéndolo famoso entre los deportistas permaneció durante casi un siglo como una simple curiosidad de laboratorio.

Solo en la década de 1920 comenzó a resolverse el misterio. Los bioquímicos descubrieron que gran parte de la creatina se encontraba unida a un grupo fosfato formando una nueva molécula, la fosfocreatina, y poco después demostraron que esta desempeñaba un papel esencial en la regeneración del ATP, la auténtica moneda energética de las células.

La explicación puede resumirse con una imagen muy sencilla. Cada vez que un músculo se contrae consume ATP, igual que un automóvil consume combustible. El problema es que las reservas disponibles son sorprendentemente pequeñas y apenas bastan para sostener un esfuerzo máximo durante unos pocos segundos. Cuando un velocista abandona los tacos de salida o un halterófilo intenta levantar una barra de doscientos kilos, el organismo necesita fabricar ATP a una velocidad vertiginosa. Ahí entra en acción la fosfocreatina, que actúa como una batería de emergencia capaz de regenerar ATP casi instantáneamente y prolongar durante unos segundos la máxima potencia muscular. Esas décimas de segundo pueden decidir una final olímpica.

La teoría era seductora, pero todavía faltaba demostrar que aumentar las reservas de creatina permitía reforzar ese mecanismo natural. Los estudios publicados a comienzos de la década de 1990 respondieron afirmativamente. Los voluntarios que tomaban creatina desarrollaban algo más de potencia, se recuperaban mejor entre esfuerzos explosivos y podían completar alguna repetición adicional durante los entrenamientos de fuerza. Las mejoras eran modestas, pero perfectamente medibles. Y ahí reside, precisamente, la credibilidad de la creatina.

Ningún suplemento serio convierte a un deportista mediocre en campeón del mundo. La creatina tampoco lo hace. Su ventaja suele rondar apenas unos pocos puntos porcentuales, una diferencia casi imperceptible para un aficionado, pero enorme cuando la victoria depende de unas centésimas de segundo o de levantar dos kilos más que el rival.

En 1998 la creatina volvió a ocupar titulares cuando el beisbolista Mark McGwire batió el récord histórico de jonrones. Durante semanas se habló tanto de los botes de creatina encontrados en su vestuario como de sus impresionantes batazos. Más tarde se supo que también había utilizado esteroides anabolizantes, lo que empañó su hazaña, pero aquel episodio sirvió para dejar clara una diferencia fundamental. Los esteroides alteran artificialmente el equilibrio hormonal del organismo y están prohibidos. La creatina simplemente potencia un mecanismo energético que todos utilizamos desde el momento en que damos nuestros primeros pasos.

También explica por qué no sirve para todo. Resulta especialmente útil en actividades basadas en esfuerzos breves y explosivos, como la velocidad, la halterofilia, la natación en distancias cortas o deportes colectivos como el fútbol, el baloncesto y el rugby, donde el músculo necesita regenerar ATP una y otra vez. En cambio, apenas aporta ventajas a un maratoniano o a un ciclista de larga distancia, cuyo rendimiento depende sobre todo de la capacidad para utilizar oxígeno y administrar las reservas energéticas durante horas.

Quien espere desarrollar una musculatura espectacular simplemente por tomar creatina también se llevará una decepción. La molécula no construye músculo; quien lo hace es el entrenamiento. Lo que la creatina permite es entrenar un poco mejor: realizar alguna repetición adicional, recuperarse algo antes entre series y acumular, con el paso de los meses, un volumen de trabajo ligeramente superior. Ese pequeño beneficio acaba traduciéndose en una mayor adaptación muscular, pero el protagonista sigue siendo el esfuerzo.

Después de más de treinta años de investigaciones, la creatina continúa siendo uno de los suplementos mejor estudiados del mundo. Su perfil de seguridad es elevado en personas sanas cuando se consume en las dosis habituales, alrededor de cinco gramos diarios de monohidrato de creatina, y las evidencias científicas respaldan con bastante solidez su utilidad en determinados deportes que requieren respuestas explosivas discontinuas. En los últimos años, además, ha despertado el interés de los neurocientíficos, que investigan si podría ayudar también a mejorar determinadas funciones cognitivas o contribuir al tratamiento de algunas enfermedades neurológicas. Los resultados son prometedores, aunque todavía insuficientes para extraer conclusiones definitivas.

Quizá esa sea la enseñanza más interesante de toda esta historia. En un mercado saturado de suplementos que prometen mucho más de lo que pueden demostrar, la creatina ha recorrido el camino exactamente contrario. Nació hace casi dos siglos en el laboratorio de un químico que solo pretendía comprender mejor la composición de las grasas animales y terminó convirtiéndose en una de las pocas ayudas ergogénicas cuyo prestigio no depende de la publicidad, sino de una combinación poco frecuente de buena bioquímica, experimentación rigurosa y resultados reproducibles. No hace milagros, pero demuestra que, de vez en cuando, la ciencia también da la razón a la etiqueta del envase.