Los nombres científicos tienen
fama de ser precisos, objetivos y casi infalibles. Al fin y al cabo, esa era
precisamente la intención de Carlos Linneo cuando, en 1753, publicó Species
Plantarum y puso orden en el caótico mundo de las plantas. Desde entonces,
cada especie recibe dos palabras latinas que la identifican de forma inequívoca
en cualquier rincón del planeta.
Sin embargo, la ciencia posee un
curioso sentido del humor. A veces, esos mismos nombres creados para evitar
confusiones terminan conservando errores históricos. Uno de los ejemplos más
curiosos es el del humilde dondiego de noche (Mirabilis jalapa), una
planta que probablemente ha florecido alguna vez en el jardín de nuestros
abuelos y cuyo nombre encierra una historia sorprendente de exploradores,
boticarios, médicos, genetistas… y una planta completamente distinta.
Todo comienza en una botica
europea, pongamos que hacia el año 1700. Las paredes aparecen cubiertas por
estanterías repletas de albarelos de cerámica. En ellos se conservan corteza de
quina llegada de los Andes, ruibarbo de Asia, alcanfor, mirra, canela y decenas
de remedios traídos de los territorios recién incorporados al comercio mundial.
Entra un cliente aquejado de un pertinaz estreñimiento. El boticario escucha
con atención, toma un recipiente de barro, pesa cuidadosamente un polvo
parduzco y advierte con solemnidad que no conviene exceder la dosis. En la
etiqueta del frasco puede leerse una sola palabra:
JALAPA
Durante más de dos siglos aquel
preparado figuró entre los purgantes más prestigiosos de Europa. Si hubiéramos
preguntado entonces de qué planta procedía, muchos médicos habrían respondido
sin vacilar que del dondiego de noche, M. jalapa. Y, sin embargo, se
habrían equivocado.
La ironía resulta evidente,
porque fue el propio Linneo quien creó la nomenclatura científica para evitar
errores semejantes. Pero, en este caso, el equívoco terminó incrustándose para
siempre en el nombre de la planta.
El dondiego de noche pertenece a
la familia Nyctaginaceae y es originario de México y otras regiones de
Centroamérica, aunque durante mucho tiempo se creyó que procedía de Perú, de
dónde se desprende otro de los nombres con el que se conoce en jardinería: “Maravilla
del Perú”. Llegó a Europa en el siglo XVI junto a centenares de especies
americanas que transformaron la agricultura, la alimentación y los jardines del
Viejo Continente. El dondiego no alimentaba a nadie ni proporcionaba materias
primas valiosas. Su única riqueza consistía en ser extraordinariamente hermoso.
Y, a veces, eso basta para conquistar un continente.
Es una planta vigorosa y de
cultivo sencillo que desarrolla una gruesa raíz tuberosa donde almacena las
reservas necesarias para rebrotar cada temporada. Sus tallos muy ramificados
forman matas compactas de hojas verdes y ovadas, pero su verdadero espectáculo
comienza al atardecer. Mientras la mayoría de las flores empiezan a cerrarse,
el dondiego abre centenares de flores perfumadas que atraen a esfíngidos y
otros polinizadores nocturnos. Cada flor vive apenas unas horas, aunque la
planta produce tantos capullos que la floración se prolonga durante semanas.
Sin embargo, ni ese perfume ni
sus hábitos nocturnos explican la fascinación que despertó entre los botánicos.
Lo realmente extraordinario era su increíble variabilidad cromática. Una misma
planta podía producir flores blancas, amarillas, rosas, rojas o púrpuras.
Algunas aparecían recorridas por rayas, otras mostraban manchas irregulares y
no era raro encontrar flores divididas en dos colores perfectamente distintos.
Parecía una planta incapaz de decidir de qué color quería florecer.
Aquella exuberancia impresionó
profundamente a Linneo, que eligió para el género el término latino mirabilis,
«maravillosa» o «extraordinaria». Difícilmente habría podido encontrar un
nombre mejor. Lo que ignoraba era que aquella planta acabaría desempeñando un
papel inesperado en el nacimiento de la genética.
Cuando Gregor Mendel publicó en
1866 sus experimentos con guisantes, apenas despertó interés. Sus trabajos
permanecieron olvidados durante más de treinta años, hasta que en 1900 Hugo de
Vries, Carl Correns y Erich von Tschermak redescubrieron independientemente las
mismas leyes de la herencia. A partir de ese momento comenzó la búsqueda de
nuevas especies con las que comprobar hasta dónde llegaban aquellas reglas, y
el dondiego de noche resultó ideal para ese propósito.
Fue Carl Correns quien demostró
con M. jalapa que la herencia era más compleja de lo que sugerían los
experimentos de Mendel. Algunos cruzamientos producían flores rosadas a partir
de progenitores rojos y blancos, uno de los primeros ejemplos clásicos de
dominancia incompleta. Más tarde descubrió que determinados caracteres del
follaje se transmitían exclusivamente por vía materna, una de las primeras
pruebas de la llamada herencia citoplasmática. Aquella modesta planta de jardín
acababa de convertirse en una pieza importante para comprender mejor los
mecanismos de la herencia.
Todo parecía encajar. El género Mirabilis
describía perfectamente una de las características más llamativas de la
especie. Sin embargo, bastaba leer la segunda palabra del nombre para que
surgiera una incógnita. ¿Por qué jalapa?
La respuesta nos obliga a
abandonar los jardines y regresar a las montañas húmedas del actual estado
mexicano de Veracruz. Allí crecía otra planta muy distinta, una discreta
enredadera llamada Ipomoea purga, emparentada con las campanillas y las
correhuelas. Su fama no dependía de las flores, sino de una gruesa raíz
tuberosa utilizada desde mucho antes de la llegada de los españoles como un
potente purgante. La medicina europea de los siglos XVI y XVII, profundamente
influida por la teoría de los cuatro humores, concedía enorme importancia a
sangrías, vomitivos y purgantes para expulsar del organismo las supuestas
sustancias responsables de las enfermedades. No es extraño, por tanto, que
aquella raíz alcanzara un enorme prestigio.
Ipomaea purga. Foto.
La mercancía descendía desde las
montañas hasta la ciudad de Xalapa —entonces escrita Jalapa— antes de continuar
viaje al puerto de Veracruz y embarcar rumbo a Sevilla junto con la vainilla,
el cacao o la cochinilla. Poco a poco, el nombre del lugar terminó
identificando al propio medicamento. Médicos y boticarios hablaban simplemente
de «la jalapa», sin necesidad de mencionar la planta que la producía. Fue
entonces cuando ambas historias comenzaron a entrelazarse.
Mientras la jalapa medicinal
viajaba hacia las farmacias europeas, el dondiego de noche llegaba a los
jardines siguiendo rutas comerciales muy parecidas. Las noticias procedentes de
América eran incompletas, las descripciones botánicas no siempre coincidían y,
en algún momento, alguien relacionó erróneamente la vistosa planta ornamental
con el famoso purgante. La confusión se reprodujo de libro en libro hasta que,
en 1753, Linneo bautizó definitivamente la especie como M. jalapa.
El primer nombre era impecable.
El segundo inmortalizaba un error. Y, sin embargo, corregirlo nunca ha parecido
una buena idea. La nomenclatura científica se basa en la estabilidad. Cambiar
un nombre consolidado generaría más confusión que conservarlo. Por eso, aunque
hoy sabemos que el auténtico «jalap» medicinal procedía de Ipomoea purga
y no del dondiego de noche, el nombre de M. jalapa continúa siendo
perfectamente válido.
Lejos de restar credibilidad a la
ciencia, esta historia demuestra precisamente cómo funciona. Solemos imaginarla
como un edificio construido con verdades inmutables, cuando en realidad se
parece mucho más a una larga conversación que atraviesa los siglos. En ella se
formulan hipótesis, se corrigen errores y, de vez en cuando, alguna
equivocación queda incorporada al lenguaje porque modificarla causaría un
desorden todavía mayor.
Si hoy regresáramos a aquella
botica con la que comenzó este relato, probablemente encontraríamos el viejo
tarro de «Jalapa» cubierto por una fina capa de polvo. Hace mucho que los
médicos dejaron de recetar aquel purgante y muy pocos farmacéuticos reconocerían
ya su origen. En cambio, el dondiego de noche sigue floreciendo cada verano en
jardines y patios, ajeno al equívoco que arrastra su nombre desde hace casi
tres siglos.
No está nada mal para una planta
que nunca fue jalapa.