A partir de cierta edad, uno
empieza a mirar el paso del tiempo con sentimientos encontrados. Por un lado,
la experiencia tiene sus recompensas: uno aprende a distinguir los problemas
importantes de las pequeñas molestias cotidianas y descubre que muchas preocupaciones
juveniles eran una soberana pérdida de tiempo. Pero, por otro, el cuerpo
comienza a enviar recordatorios poco amables de que el reloj sigue avanzando.
Las rodillas protestan al subir
escaleras, la memoria necesita unos segundos más para rescatar un nombre
conocido y el espejo empieza a mostrar unas arrugas que, por mucho que nos
empeñemos, no son simples efectos de la iluminación del cuarto de baño. No es
extraño, por tanto, que cualquier noticia sobre un posible tratamiento capaz de
retrasar el envejecimiento despierte inmediatamente nuestra atención.
El problema es que el
envejecimiento no se parece a una avería doméstica que pueda solucionarse
sustituyendo una pieza defectuosa. Es más bien una orquesta en la que decenas
de instrumentos empiezan a desafinar al mismo tiempo. El ADN acumula daños, las
proteínas se deterioran, las mitocondrias producen energía con menor eficacia,
el sistema inmunitario pierde precisión, las células madre regeneran peor los
tejidos y hasta la comunidad de billones de microorganismos que habita nuestro
intestino cambia con los años. Pretender corregir un proceso tan complejo
mediante una sola molécula es una idea tan seductora como improbable. Sin
embargo, precisamente esa esperanza ha alimentado durante las dos últimas
décadas una floreciente industria de productos antienvejecimiento tan eficaces
como los antiguos crecepelos.
Uno de los protagonistas de esta
historia es una molécula con un nombre poco atractivo: NAD+, abreviatura de
nicotinamida adenina dinucleótido. Aunque resulte casi impronunciable, se
encuentra en todas las células vivas y desempeña un papel esencial en la producción
de energía. Además, es una coenzima, nombre que se debe a que participa en el
funcionamiento de muchas enzimas, entre otras de las sirtuinas, un grupo de
enzimas implicadas en la reparación del ADN, el control de la inflamación y la
respuesta frente al estrés oxidativo. Cuando, a comienzos de este siglo, los
investigadores comprobaron que los niveles de NAD+ disminuyen con la edad en
ratones y también en seres humanos, la conclusión parecía evidente: quizá
bastaría con recuperar esos niveles para devolver a las células parte de su
juventud perdida.
Los primeros experimentos
alimentaron el entusiasmo. Como el NAD+ no puede administrarse directamente
porque apenas entra en las células y se degrada durante la digestión, los
investigadores recurrieron a sustancias precursoras, como la nicotinamida ribósido
o el mononucleótido de nicotinamida, que las propias células utilizan para
fabricar NAD+. En ratones ancianos los resultados fueron llamativos. Mejoró la
función mitocondrial, aumentó la sensibilidad a la insulina, los vasos
sanguíneos recuperaron parte de su elasticidad y los animales parecían
físicamente más activos. Era exactamente el tipo de noticia que el mercado
llevaba años esperando.
No tardaron en aparecer
suplementos dietéticos prometiendo activar los genes de la longevidad o
devolver la energía perdida con la edad. Dado que no somos ratones, cuando
comenzaron los ensayos clínicos bien diseñados en personas, la realidad resultó
bastante menos espectacular. Es cierto que esos suplementos consiguen aumentar
los niveles de NAD+ en sangre, pero hasta ahora apenas han demostrado
beneficios clínicos consistentes. No mejoran de forma reproducible la fuerza
muscular, ni reducen claramente la presión arterial, ni rejuvenecen el
organismo de la forma que sugerían los estudios en animales. Incluso persiste
cierta cautela teórica acerca de si un aumento mantenido del metabolismo
celular podría favorecer, al menos en determinadas circunstancias, el crecimiento
de células tumorales ya existentes. En ciencia, como tantas veces ocurre, el
paso del ratón al ser humano ha resultado mucho más largo de lo que parecía.
Algo parecido ha sucedido con
otra de las grandes modas nutricionales de los últimos años: los suplementos de
polifenoles. Estas moléculas vegetales poseen una notable capacidad
antioxidante cuando se estudian en el laboratorio, de modo que pronto empezaron
a comercializarse extractos concentrados de cacao, té verde, cúrcuma, semillas
de uva o aceituna con la promesa de prevenir enfermedades cardiovasculares,
proteger la memoria, aliviar la inflamación e incluso retrasar el
envejecimiento. El razonamiento parecía lógico: si los radicales libres
contribuyen al deterioro celular y los polifenoles los neutralizan, bastaría
con ingerir grandes cantidades de estos compuestos para conservarnos jóvenes
durante más tiempo.
Pero nuestro organismo no
funciona como un tubo de ensayo. Los polifenoles se absorben de manera muy
diferente según el alimento del que procedan, interactúan con cientos de
moléculas distintas y son transformados por la microbiota intestinal antes de
ejercer muchos de sus efectos. Por eso los resultados obtenidos con suplementos
aislados han sido, en el mejor de los casos, contradictorios, dicho sea por ser
prudentes. Algunos estudios encuentran beneficios modestos; otros no detectan
ninguno, y algunos extractos concentrados de té verde o cúrcuma incluso se han
relacionado con casos poco frecuentes, pero reales, de toxicidad hepática.
Curiosamente, cuando los
investigadores dejaron de estudiar cápsulas y comenzaron a analizar alimentos
completos, apareció una historia muy distinta. Entre todos ellos, las bayas
destacan con diferencia. Arándanos, moras, frambuesas, grosellas o aronia contienen
una extraordinaria combinación de antocianinas, flavonoles, elagitaninos y
otros polifenoles que actúan conjuntamente. Diversos ensayos clínicos muestran
que el consumo habitual de estas “bayas” mejora la función de los vasos
sanguíneos, reduce ligeramente la presión arterial, aumenta la elasticidad de
las arterias y favorece un mejor flujo sanguíneo. Algunos trabajos también
describen pequeñas, pero significativas, mejoras en la atención y en la memoria
verbal a corto plazo.
Lo más interesante es que buena
parte de estos beneficios no dependen únicamente de los polifenoles que
absorbemos. Una fracción considerable alcanza intacta el colon, donde sirve de
alimento a bacterias beneficiosas como las bifidobacterias. Estos microorganismos
transforman los polifenoles en moléculas más pequeñas, entre ellas las
urolitinas, que posteriormente pasan a la sangre y parecen intervenir en
procesos relacionados con la inflamación, el metabolismo energético e incluso
el reciclaje de las mitocondrias envejecidas. Es un magnífico ejemplo de hasta
qué punto nuestra salud depende de una estrecha colaboración entre nuestras
propias células y los microorganismos que viven con nosotros desde el
nacimiento.
No todas las bayas son idénticas.
La aronia probablemente encabeza el ranking por su extraordinaria riqueza en
polifenoles, aunque su intenso sabor astringente explica por qué rara vez se
consume sola. La grosella negra contiene más antocianinas que muchas variedades
de arándano. Las moras destacan por sus elagitaninos y las frambuesas aportan,
además, una cantidad notable de fibra. Los arándanos son, con diferencia, las
bayas más estudiadas y las que cuentan con mejores evidencias sobre sus efectos
cardiovasculares. También merecen un lugar el saúco —siempre cocinado, para eliminar
su toxicidad—, el arándano rojo americano, el espino amarillo y las grosellas
rojas. Ninguna de ellas constituye una poción mágica, pero todas aportan una
combinación de compuestos bioactivos que difícilmente puede reproducirse dentro
de una cápsula.
Quizá esa sea la enseñanza más
valiosa de toda esta historia. La investigación moderna ha identificado muchas
moléculas fascinantes relacionadas con el envejecimiento, pero también nos
recuerda una y otra vez que el organismo humano funciona como un sistema
extraordinariamente complejo, donde los alimentos completos suelen comportarse
de manera muy distinta a la suma de sus componentes aislados. Es posible que
algún día aparezcan tratamientos realmente eficaces para ralentizar algunos
aspectos del envejecimiento biológico. Ojalá sea así. Mientras tanto, las
pruebas más sólidas siguen apuntando hacia recomendaciones sorprendentemente
sencillas: hacer ejercicio con regularidad, dormir lo suficiente, evitar el
tabaco y mantener una alimentación rica en frutas, verduras y alimentos poco
procesados.
Confieso que sigo observando con bastante escepticismo las promesas de muchos suplementos antienvejecimiento, ya se llamen potenciadores del NAD+ o concentrados de polifenoles. En cambio, cuando alguien me pregunta si procuro incluir bayas en mi dieta con cierta frecuencia, la respuesta sale sin necesidad de consultar ningún ensayo clínico. Sí, procuro hacerlo. Y sospecho, además, que todavía lo hago bastante menos de lo que debería.
