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domingo, 12 de julio de 2026

EL MEJOR ELIXIR DE LA JUVENTUD CRECE EN ALGUNOS ARBUSTOS

 

A partir de cierta edad, uno empieza a mirar el paso del tiempo con sentimientos encontrados. Por un lado, la experiencia tiene sus recompensas: uno aprende a distinguir los problemas importantes de las pequeñas molestias cotidianas y descubre que muchas preocupaciones juveniles eran una soberana pérdida de tiempo. Pero, por otro, el cuerpo comienza a enviar recordatorios poco amables de que el reloj sigue avanzando.

Las rodillas protestan al subir escaleras, la memoria necesita unos segundos más para rescatar un nombre conocido y el espejo empieza a mostrar unas arrugas que, por mucho que nos empeñemos, no son simples efectos de la iluminación del cuarto de baño. No es extraño, por tanto, que cualquier noticia sobre un posible tratamiento capaz de retrasar el envejecimiento despierte inmediatamente nuestra atención.

El problema es que el envejecimiento no se parece a una avería doméstica que pueda solucionarse sustituyendo una pieza defectuosa. Es más bien una orquesta en la que decenas de instrumentos empiezan a desafinar al mismo tiempo. El ADN acumula daños, las proteínas se deterioran, las mitocondrias producen energía con menor eficacia, el sistema inmunitario pierde precisión, las células madre regeneran peor los tejidos y hasta la comunidad de billones de microorganismos que habita nuestro intestino cambia con los años. Pretender corregir un proceso tan complejo mediante una sola molécula es una idea tan seductora como improbable. Sin embargo, precisamente esa esperanza ha alimentado durante las dos últimas décadas una floreciente industria de productos antienvejecimiento tan eficaces como los antiguos crecepelos.

Uno de los protagonistas de esta historia es una molécula con un nombre poco atractivo: NAD+, abreviatura de nicotinamida adenina dinucleótido. Aunque resulte casi impronunciable, se encuentra en todas las células vivas y desempeña un papel esencial en la producción de energía. Además, es una coenzima, nombre que se debe a que participa en el funcionamiento de muchas enzimas, entre otras de las sirtuinas, un grupo de enzimas implicadas en la reparación del ADN, el control de la inflamación y la respuesta frente al estrés oxidativo. Cuando, a comienzos de este siglo, los investigadores comprobaron que los niveles de NAD+ disminuyen con la edad en ratones y también en seres humanos, la conclusión parecía evidente: quizá bastaría con recuperar esos niveles para devolver a las células parte de su juventud perdida.

Los primeros experimentos alimentaron el entusiasmo. Como el NAD+ no puede administrarse directamente porque apenas entra en las células y se degrada durante la digestión, los investigadores recurrieron a sustancias precursoras, como la nicotinamida ribósido o el mononucleótido de nicotinamida, que las propias células utilizan para fabricar NAD+. En ratones ancianos los resultados fueron llamativos. Mejoró la función mitocondrial, aumentó la sensibilidad a la insulina, los vasos sanguíneos recuperaron parte de su elasticidad y los animales parecían físicamente más activos. Era exactamente el tipo de noticia que el mercado llevaba años esperando.

No tardaron en aparecer suplementos dietéticos prometiendo activar los genes de la longevidad o devolver la energía perdida con la edad. Dado que no somos ratones, cuando comenzaron los ensayos clínicos bien diseñados en personas, la realidad resultó bastante menos espectacular. Es cierto que esos suplementos consiguen aumentar los niveles de NAD+ en sangre, pero hasta ahora apenas han demostrado beneficios clínicos consistentes. No mejoran de forma reproducible la fuerza muscular, ni reducen claramente la presión arterial, ni rejuvenecen el organismo de la forma que sugerían los estudios en animales. Incluso persiste cierta cautela teórica acerca de si un aumento mantenido del metabolismo celular podría favorecer, al menos en determinadas circunstancias, el crecimiento de células tumorales ya existentes. En ciencia, como tantas veces ocurre, el paso del ratón al ser humano ha resultado mucho más largo de lo que parecía.

Algo parecido ha sucedido con otra de las grandes modas nutricionales de los últimos años: los suplementos de polifenoles. Estas moléculas vegetales poseen una notable capacidad antioxidante cuando se estudian en el laboratorio, de modo que pronto empezaron a comercializarse extractos concentrados de cacao, té verde, cúrcuma, semillas de uva o aceituna con la promesa de prevenir enfermedades cardiovasculares, proteger la memoria, aliviar la inflamación e incluso retrasar el envejecimiento. El razonamiento parecía lógico: si los radicales libres contribuyen al deterioro celular y los polifenoles los neutralizan, bastaría con ingerir grandes cantidades de estos compuestos para conservarnos jóvenes durante más tiempo.

"Bayas" ricas en polifenoles. 1, aronia: Aronia melanocarpa. 2, saúco negro: Sambucus nigra. 3, grosella negra: Ribes nigrum. 4, zarzamora común: Rubus ulmifolius. 5, arándano rojo americano: Vaccinium macrocapon. 6, espino amarillo: Hippophae rhamnoides.

Pero nuestro organismo no funciona como un tubo de ensayo. Los polifenoles se absorben de manera muy diferente según el alimento del que procedan, interactúan con cientos de moléculas distintas y son transformados por la microbiota intestinal antes de ejercer muchos de sus efectos. Por eso los resultados obtenidos con suplementos aislados han sido, en el mejor de los casos, contradictorios, dicho sea por ser prudentes. Algunos estudios encuentran beneficios modestos; otros no detectan ninguno, y algunos extractos concentrados de té verde o cúrcuma incluso se han relacionado con casos poco frecuentes, pero reales, de toxicidad hepática.

Curiosamente, cuando los investigadores dejaron de estudiar cápsulas y comenzaron a analizar alimentos completos, apareció una historia muy distinta. Entre todos ellos, las bayas destacan con diferencia. Arándanos, moras, frambuesas, grosellas o aronia contienen una extraordinaria combinación de antocianinas, flavonoles, elagitaninos y otros polifenoles que actúan conjuntamente. Diversos ensayos clínicos muestran que el consumo habitual de estas “bayas” mejora la función de los vasos sanguíneos, reduce ligeramente la presión arterial, aumenta la elasticidad de las arterias y favorece un mejor flujo sanguíneo. Algunos trabajos también describen pequeñas, pero significativas, mejoras en la atención y en la memoria verbal a corto plazo.

Lo más interesante es que buena parte de estos beneficios no dependen únicamente de los polifenoles que absorbemos. Una fracción considerable alcanza intacta el colon, donde sirve de alimento a bacterias beneficiosas como las bifidobacterias. Estos microorganismos transforman los polifenoles en moléculas más pequeñas, entre ellas las urolitinas, que posteriormente pasan a la sangre y parecen intervenir en procesos relacionados con la inflamación, el metabolismo energético e incluso el reciclaje de las mitocondrias envejecidas. Es un magnífico ejemplo de hasta qué punto nuestra salud depende de una estrecha colaboración entre nuestras propias células y los microorganismos que viven con nosotros desde el nacimiento.

No todas las bayas son idénticas. La aronia probablemente encabeza el ranking por su extraordinaria riqueza en polifenoles, aunque su intenso sabor astringente explica por qué rara vez se consume sola. La grosella negra contiene más antocianinas que muchas variedades de arándano. Las moras destacan por sus elagitaninos y las frambuesas aportan, además, una cantidad notable de fibra. Los arándanos son, con diferencia, las bayas más estudiadas y las que cuentan con mejores evidencias sobre sus efectos cardiovasculares. También merecen un lugar el saúco —siempre cocinado, para eliminar su toxicidad—, el arándano rojo americano, el espino amarillo y las grosellas rojas. Ninguna de ellas constituye una poción mágica, pero todas aportan una combinación de compuestos bioactivos que difícilmente puede reproducirse dentro de una cápsula.

Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de toda esta historia. La investigación moderna ha identificado muchas moléculas fascinantes relacionadas con el envejecimiento, pero también nos recuerda una y otra vez que el organismo humano funciona como un sistema extraordinariamente complejo, donde los alimentos completos suelen comportarse de manera muy distinta a la suma de sus componentes aislados. Es posible que algún día aparezcan tratamientos realmente eficaces para ralentizar algunos aspectos del envejecimiento biológico. Ojalá sea así. Mientras tanto, las pruebas más sólidas siguen apuntando hacia recomendaciones sorprendentemente sencillas: hacer ejercicio con regularidad, dormir lo suficiente, evitar el tabaco y mantener una alimentación rica en frutas, verduras y alimentos poco procesados.

Confieso que sigo observando con bastante escepticismo las promesas de muchos suplementos antienvejecimiento, ya se llamen potenciadores del NAD+ o concentrados de polifenoles. En cambio, cuando alguien me pregunta si procuro incluir bayas en mi dieta con cierta frecuencia, la respuesta sale sin necesidad de consultar ningún ensayo clínico. Sí, procuro hacerlo. Y sospecho, además, que todavía lo hago bastante menos de lo que debería.