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miércoles, 21 de octubre de 2026

EL HAMBRE DE LA POSGUERRA NO CAYÓ DEL CIELO

 

Un amable lector de mi último artículo en estas mismas páginas, El alquiler, una máquina de aumentar la desigualdad, me plantea una pregunta: «¿Sabes por qué en España se pasó hambre y necesidad durante el primer franquismo? ¿Básicamente, porque la producción agraria quedó reducida prácticamente a cero? Es una respuesta que está intrínsecamente unida al asunto que apuntas».

No termino de entender qué relación causal propone entre aquella hambruna y el mercado del alquiler actual, pero la pregunta histórica merece una respuesta. También una primera precisión: la producción agraria sufrió un importante retroceso, pero no quedó reducida prácticamente a cero. Y entre producir menos alimentos y explicar quién pasa hambre hay unas cuantas cuestiones que conviene examinar.

Para orientarse contamos con una bibliografía considerable. Me apoyaré en tres obras complementarias: Autarquía y mercado negro. El fracaso económico del primer franquismo, 1939–1959, coordinada por Carlos Barciela; La economía política del franquismo (1940–1970). Dirigismo, mercado y planificación, de Manuel Jesús González; y Productores disciplinados y minorías subversivas, de Carme Molinero y Pere Ysàs. La primera analiza los mecanismos del fracaso autárquico; la segunda, las decisiones y los cambios de política económica; la tercera, las condiciones y la capacidad de respuesta de los trabajadores. Leídas conjuntamente, permiten entender que el hambre tuvo causas económicas, sociales y políticas.

La Guerra Civil dejó un país profundamente empobrecido. Se habían perdido vidas, haciendas, medios de transporte y capacidad productiva. Muchas familias quedaron deshechas; otras perdieron a quienes aportaban sus ingresos por la muerte, el exilio o la prisión. Los problemas de abastecimiento se sumaron a una pobreza rural que venía de lejos. Sería absurdo minimizar semejante herencia, pero también lo sería utilizarla como explicación suficiente de cuanto ocurrió después. La guerra terminó en 1939; la escasez, las cartillas y la necesidad continuaron durante muchos años. Explicar esa duración obliga a estudiar cómo se administró la posguerra.

El régimen eligió la autarquía: aspiraba a que España se bastara con sus propios recursos y redujera su dependencia del exterior. La autosuficiencia podía sonar magnífica en un discurso patriótico, pero resultaba bastante menos convincente cuando había que abonar un campo, mover un tractor o alimentar una ciudad. España necesitaba importar fertilizantes, combustibles, maquinaria, materias primas y alimentos. Restringir esas compras dificultaba atender las necesidades inmediatas y, al mismo tiempo, producir más en el futuro. La falta de divisas añadía obstáculos, pero la voluntad autárquica fue una elección del régimen, no una obligación impuesta íntegramente desde fuera.

La intervención agraria complicó todavía más las cosas. El Estado regulaba precios, entregas y circulación de productos básicos. Cuando el precio oficial resultaba poco remunerador, el agricultor tenía incentivos para ocultar parte de la cosecha o venderla por otros canales. Eso no significa que todos los productores actuaran igual ni que dispusieran de las mismas oportunidades. Un pequeño campesino que intentaba alimentar a su familia no ocupaba la misma posición que un gran propietario con capacidad para almacenar y contactos para negociar. Pero el funcionamiento del sistema favorecía que una parte de los alimentos escapara al abastecimiento oficial.

Así creció el estraperlo. Los productos que faltaban en los comercios podían encontrarse por otras vías, a precios muy superiores. Cuanto menos llegaba al circuito regulado, más insuficiente resultaba el suministro y mayor era la dependencia del mercado negro. La escasez se convirtió en una oportunidad de negocio para quienes podían aprovecharla. El hambre de unos convivía con las ganancias de otros: no todos los españoles atravesaron la posguerra desde el mismo lado del mostrador. Los estudios reunidos por Barciela permiten seguir ese vínculo entre política agraria, mercados intervenidos y deterioro de las condiciones de vida.

El racionamiento pretendía repartir productos escasos, pero una cartilla no era una despensa. Establecido en 1939 y mantenido hasta 1952, daba acceso a determinadas cantidades de alimentos sin garantizar que fueran suficientes ni que llegaran con regularidad. Para completar la alimentación había que buscar recursos adicionales: pequeños cultivos, intercambios, ayuda familiar, compras clandestinas. Quien tenía dinero podía pagar los precios del estraperlo. Quien dependía de un jornal exiguo debía estirar unas raciones que no se estiraban indefinidamente. El derecho a comprar una cantidad de pan servía de poco cuando esa cantidad no alcanzaba.

Aquí está una de las claves de la cuestión: para pasar hambre no es necesario que los alimentos desaparezcan. Basta con que una familia no pueda conseguir los que necesita. La producción importa, por supuesto, pero también importan los salarios, los precios y las condiciones de distribución. Dos hogares podían vivir en la misma calle, tener cerca los mismos campos y atravesar experiencias alimentarias muy diferentes. La disponibilidad de comida en un país y la posibilidad de comer de sus habitantes están relacionadas, aunque no sean exactamente lo mismo.

La dictadura había eliminado, además, los instrumentos con los que los trabajadores podían defender colectivamente sus condiciones de vida. Sin sindicatos libres ni derecho de huelga, su capacidad para reclamar mejores salarios quedó severamente limitada. A esa subordinación se añadía la situación de los represaliados y sus familias: perder al principal sostén económico, sufrir una depuración o encontrar obstáculos para obtener empleo podía convertir la pobreza en indigencia. La disciplina laboral del franquismo tuvo consecuencias materiales que se medían también en la mesa de las casas. Este es el terreno que permite comprender el trabajo de Molinero e Ysàs.

También contaban las relaciones personales y políticas. En una economía de permisos, cupos y controles, disponer de contactos facilitaba acceder a recursos y oportunidades. El pequeño estraperlo de subsistencia podía ser perseguido mientras operaciones de mayor alcance encontraban protección o tolerancia. Conviene, por tanto, desconfiar de esa imagen de una nación que sufrió unida y por igual una desgracia inevitable. La investigación histórica muestra que la miseria y la represión socioeconómica contribuyeron a la desmovilización de una población para la que conseguir comida podía ocupar buena parte de la jornada.

Nada de esto obliga a negar las dificultades internacionales. La Segunda Guerra Mundial alteró el comercio y los transportes; después, la vinculación de Franco con las potencias fascistas contribuyó al aislamiento de su régimen. España quedó fuera del Plan Marshall. Hubo también sequías y malas cosechas, circunstancias particularmente dañinas en una agricultura vulnerable. Pero reconocer estos factores no equivale a aceptar que expliquen por sí solos la hambruna. El hambre precedió al aislamiento posterior a 1945, y la política interna condicionó la capacidad para afrontar cada dificultad. La propaganda insistió en la guerra y en la «pertinaz sequía», explicaciones muy convenientes para unas autoridades que preferían presentarse como víctimas de las circunstancias.

Vuelvo, pues, a la pregunta del lector. En España se pasó hambre porque se produjo menos, pero también porque se obstaculizó la recuperación, se administró deficientemente el abastecimiento y millones de personas carecieron de ingresos y de capacidad de defensa. No encuentro una relación causal directa que permita trasladar aquella explicación al alquiler actual. Sí aparece una cuestión común, mucho más general: para comprender la privación hay que preguntar cuánto existe, cómo se distribuye y quién puede pagarlo. La guerra dejó muchas mesas vacías; las decisiones de la posguerra contribuyeron a que tardaran demasiado en volver a llenarse.