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jueves, 25 de junio de 2026

BIODIVERSIDAD: CÓMO FABRICAR UN BOSQUE… Y PERDER LA NATURALEZA

 

Hay una curiosa tendencia humana a creer que la naturaleza es como una habitación desordenada: basta con colocar las cosas en filas rectas para que todo funcione mejor. Si un valle tiene árboles, pensamos que más árboles solo pueden ser una buena noticia. Si una montaña parece desnuda, la llenamos de verde. Y si ese verde, además, crece deprisa, produce buena madera y luce estupendamente en las fotografías aéreas, tanto mejor. Resulta difícil imaginar una idea más razonable. También resulta difícil imaginar una idea que haya producido tantos errores.

El gran ecólogo Aldo Leopold escribió en 1949 una frase que todavía hoy debería aparecer grabada a la entrada de todos los ministerios de medio ambiente del planeta: «Mantener cada pieza es la primera regla de la inteligencia ecológica». Lo extraordinario es que escribió aquello mucho antes de que existieran las herramientas para demostrarlo. Leopold intuía que la naturaleza era más parecida a un reloj suizo que a un almacén de piezas intercambiables. Uno puede quitar un pequeño engranaje y el reloj quizá siga funcionando durante un tiempo. El problema llega mucho después.

Algo así ocurrió en los Alpes italianos. En los años treinta, el régimen de Benito Mussolini decidió emprender una de aquellas grandes obras que tanto gustaban a los gobiernos convencidos de que la naturaleza necesita disciplina. Muchas laderas alpinas sufrían erosión y desprendimientos, así que la solución parecía evidente: plantar árboles. Millones de árboles.

La especie elegida fue la pícea noruega (Picea abies), una conífera elegante, de crecimiento rápido y madera excelente. Era el candidato perfecto para quien contemple un bosque con la misma mirada con la que un contable contempla una hoja Excel. En pocas décadas, praderas alpinas y bosques autóctonos fueron sustituidos por extensas plantaciones de abetos alineados con la precisión de un desfile militar. Desde la distancia, el resultado parecía magnífico. Las montañas se habían vuelto verdes. ¿Qué podía salir mal?

La respuesta ha tardado casi un siglo en llegar. Lo ha hecho en un artículo publicado en la revista Ecology. Un equipo dirigido por el ecólogo Gianalberto Losapio decidió estudiar dos zonas próximas al lago de Como donde aquellas plantaciones todavía dominan el paisaje. Compararon tres mundos vecinos: los bosques artificiales de pícea, los bosques caducifolios originales y los antiguos pastizales alpinos. Durante meses identificaron plantas, insectos y las propiedades del suelo, convencidos de que, después de noventa años, el bosque habría alcanzado algún tipo de equilibrio.

Encontraron exactamente lo contrario. En las parcelas ocupadas por las píceas aparecían, por término medio, apenas siete especies de plantas. En los bosques naturales había casi diecinueve. En las praderas alpinas, treinta y siete. Es decir, la diversidad vegetal se había reducido a menos de la mitad respecto al bosque original y a una cuarta parte de la que existía en los pastizales subalpinos.

Lo más llamativo es que, visto desde fuera, nadie habría sospechado nada. El bosque seguía siendo verde. Alto. Frondoso. Incluso hermoso. Era un poco como esos decorados del Oeste construidos en Hollywood: fachadas impecables que esconden edificios sin habitaciones detrás.

El problema es que plantar millones de ejemplares de una sola especie no equivale a reconstruir un bosque. Equivale a fabricar una plantación. La diferencia parece semántica, pero es enorme. Un bosque es una comunidad extraordinariamente complicada donde miles de especies llevan millones de años negociando quién vive junto a quién, quién florece primero, quién aprovecha la sombra, quién recicla las hojas caídas y quién alimenta a quién. Cuando todo eso se sustituye por una única especie repetida hasta el horizonte, la naturaleza pierde complejidad del mismo modo que una biblioteca perdería interés si todos sus libros fueran idénticos.

La propia biología de la pícea agravó el problema. Mientras hayas, arces o castaños dejan caer sus hojas durante el invierno y permiten que el sol alcance el suelo justo cuando muchas plantas alpinas necesitan florecer, la pícea conserva sus agujas todo el año. Bajo su copa apenas entra luz. No se trata de una competición justa entre especies. Es una prohibición permanente. Muchas plantas sencillamente dejan de existir porque nunca reciben la breve primavera luminosa para la que evolucionaron.

Tampoco el suelo escapó a la transformación. Durante décadas, las agujas acumuladas fueron acidificándolo lentamente. Los investigadores encontraron más carbono orgánico, lo que podría parecer una buena noticia, salvo porque ese carbono permanecía allí precisamente porque los microorganismos trabajaban cada vez menos. La materia orgánica se descomponía con lentitud, el reciclaje de nutrientes se ralentizaba y el bosque empezaba a comportarse como una ciudad donde los camiones de la basura hubieran dejado de pasar. Los residuos se acumulan, pero nadie diría que eso mejora el funcionamiento de la ciudad.

Los científicos analizaron además algo mucho más difícil de apreciar que el simple número de especies: las funciones ecológicas. No basta con contar habitantes; importa saber qué hace cada uno. En las plantaciones descubrieron que muchos de esos oficios habían desaparecido. Había menos especialistas, menos redundancia y menos capacidad para responder a enfermedades, sequías o plagas. El bosque seguía allí, sí, pero funcionaba peor.

Quizá el descubrimiento más sorprendente fue comprobar que, después de noventa años, la naturaleza ni siquiera había conseguido inventar un ecosistema nuevo. Nadie esperaba encontrar exactamente el bosque original, pero al menos cabía imaginar una comunidad diferente, adaptada a las nuevas condiciones. No ocurrió. No aparecieron especies propias de los bosques boreales ni surgió un equilibrio alternativo. Lo único que encontraron fue una versión empobrecida del antiguo bosque: las mismas especies de siempre, solo que muchas menos.

Los insectos del suelo parecían resistir algo mejor, probablemente porque pueden desplazarse con relativa facilidad entre hábitats cercanos. Sin embargo, incluso allí las alteraciones químicas del suelo sugerían que buena parte de la vida microscópica llevaba décadas cambiando silenciosamente. Todo esto podría parecer un episodio curioso de la historia forestal italiana si no fuera porque el mundo entero continúa haciendo exactamente lo mismo.

Hoy numerosos programas internacionales de reforestación miden su éxito por el número de árboles plantados. Es un indicador sencillo, barato y muy fotogénico. Los gobiernos anuncian millones de nuevos árboles, las empresas presumen de compensar emisiones y todos parecen satisfechos. El problema es que plantar árboles no siempre significa recuperar un bosque. Según diversos estudios, aproximadamente la mitad de las grandes superficies comprometidas para restauración forestal en el mundo consisten en monocultivos, muchas veces de especies ajenas al lugar.

Los Alpes italianos recuerdan que los errores ecológicos tienen una desagradable costumbre: tardan décadas en hacerse visibles. Durante noventa años aquellos bosques parecieron un éxito. Solo ahora sabemos que bajo aquella alfombra verde la biodiversidad se había ido evaporando lentamente, especie tras especie, generación tras generación.

Leopold tenía razón. La naturaleza no funciona porque haya muchos árboles. Funciona porque cada pieza, incluso la más pequeña y aparentemente insignificante, sigue ocupando el lugar que tardó millones de años en encontrar. Y descubrir que falta una pieza suele ocurrir cuando ya es demasiado tarde para volver a colocarla.